Actualizado: 21/09/2018 11:18
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Raúl Castro: entre la indecisión y la espera

Alimentar la paciencia de los cubanos ha sido un empeño del Gobierno gracias a dos instrumentos: la represión y la ilusión. Solo que ahora dicha salida de la Isla es cada vez más difícil

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Desde su llegada a la presidencia, el general Raúl Castro le ha pedido, una y otra vez, paciencia y trabajo a los cubanos, Todo ello en medio de un panorama económico desolador.

Una y otra vez ha enfatizado la necesidad de ajustes basados en el ahorro, el aumento de la producción y eficiencia laboral; la sustitución de importaciones y la reducción de gastos.

Sin embargo, la sustitución de importaciones no ha sido posible, sobre todo en el sector de los alimentos, lo cual consume gran parte del presupuesto nacional, y es posible que la eficiencia haya aumentado en algunos renglones productivos y de servicios, pero poco. La conclusión es que el trabajar más no ha pasado de ser lo de siempre en Cuba: una consigna más. Y el ahorro es nulo, salvo en los exprimidos bolsillos de los ciudadanos. Lo único que parece ser infinito en la Isla es la paciencia de los ciudadanos.

Alimentar la paciencia de los cubanos ha sido un empeño del Gobierno de la Isla gracias a dos instrumentos: la represión y la ilusión. Solo que la ilusión no está en el futuro nacional sino más allá del mar, en la partida de la Isla o en recibir ayuda de quienes viven en el extranjero.

Incluso con anterioridad a que asumiera de forma oficial la presidencia de Cuba, Raúl Castro había formulado el mensaje de que lo que su Gobierno consideraba “la revolución y su continuidad” dependían de “hacer eficiente” la economía.

Sin embargo, y a días de concluir lo que supuestamente es el último año del mandato de Raúl Castro al frente de la administración cotidiana del país, esa eficiencia económica no se ve por ninguna parte.

En los últimos años, el énfasis mayor del Gobierno cubano se ha centrado en lograr la inversión extranjera, lo que se ha traducido en que la eficiencia tiene que venir de afuera y de nuevo los cubanos han vuelto a enfrentarse con la apuesta de colocar las esperanzas en el exterior.

Durante el Gobierno de Raúl Castro se han destacado dos tendencias en pugna: una que favorece darle prioridad a la producción y otra preocupada, sobre todo, en mantener un férreo control ideológico de la gestión económica.

Tradicionalmente —y de forma esquemática— se identificaron a Raúl con la primera y a Fidel con la segunda. Pero a un año del fallecimiento del líder del proceso, la realidad ha demostrado ser mucho más compleja.

Existe una gran distancia entre el análisis de los problemas económicos, bajo el gobierno de Raúl Castro, y las soluciones que ha intentado poner en práctica.

Cabe señalar dos bloques, que por una parte definen ese abismo entre las aspiraciones y las realidades del Gobierno raulista, y por la otra las diferencias entre la situación en las que vivían los cubanos antes de la llegada al poder del menor de los Castro y la situación hoy día.

En el primer caso, hay un marcado contraste entre un diagnóstico, en muchas ocasiones certero y más realista, y las soluciones tardías y a medias llevadas a cabo por el actual Gobierno cubano, en el mejor de los casos.

El reconocimiento al planteamiento real de los problemas por algunos órganos de la prensa oficial cubana —con una frecuencia no vista antes en la Isla— debe ir acompañado del señalamiento de que por lo general estos omiten o no enfatizan el corto alcance de las soluciones adoptadas hasta el momento.

No basta el planteamiento del problema cuando no se dice además lo poco que se hace para resolverlo o lo ineficaz que resultan las medidas adoptadas al respecto.

Hasta hace poco la “excusa perfecta”, que se mencionaba una y otra vez ante la ineficiencia económica del Gobierno del general era la presencia de su hermano mayor: un Fidel Castro que desde un ámbito semiprivado continuaba influyendo o determinando en las decisiones. Pero incluso antes de la muerte del mayor de los Castro ese argumento fue perdiendo vigencia.

Para Raúl Castro, esa supuesta dependencia tuvo un efecto doblemente negativo. Por una parte, lo mostró indeciso. Por la otra, intensificó la percepción de que, pese a una serie de pequeñas reformas, la situación económica no ha logrado transformarse.

Dos son los aspectos básicos, que constituyen la diferencia más marcada entre los diez años del gobierno de Raúl Castro y las largas décadas bajo el mando de su hermano mayor.

Donde Fidel Castro veía supuestas limitaciones individuales, una ausencia de cualidades revolucionarias y un afán natural hacia la avaricia y el enriquecimiento que el Estado debe reprimir, Raúl Castro notó una condición humana, un mecanismo y una forma de motivación que la sociedad debía aprovechar para su desarrollo: una paga sin restricciones, la posibilidad de tener más de un empleo y la existencia de estímulos económicos que permitan la utilización del dinero como motor impulsor de una mayor productividad.

En este sentido, Raúl Castro no solo apoyó lo postulado por Marx en la Crítica del Programa de Gotha, sino que al principio de su mandato pareció inclinado a poner en práctica en Cuba la célebre frase de Bujarin a los campesinos rusos, ¡Enriqueceos! Sin embargo, como se demostró en el VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC), al tiempo que se reconocía la existencia de la propiedad privada sobre “determinados medios de producción” con “el incremento del sector no estatal de la economía”, quedaba claro que no se permite la concentración de la propiedad y la riqueza en personas naturales o jurídicas no estatales”. Es decir, se reconocía la existencia de un sector productivo no estatal, siempre que fuera regulado por el Estado: Cuba no es China, ya que, si bien dicho congreso concedió propiedad jurídica a las formas no estatales de producción, al mismo tiempo prohibió no solo la concentración de la propiedad, sino también de la riqueza.

De esta forma, el sector no estatal en la economía quedó limitado a dos tipos de “emprendimiento” privado. Por una parte, los pequeños negocios realizados fundamentalmente por el trabajador y su familia, como personas naturales, y empresas privadas de micro, pequeña y mediana escala, reconocidas como personas jurídicas. Por la otra, “los tipos de cooperativa que reconoce el modelo forman parte del sistema de propiedad socialista”, y tienen personalidad jurídica, ejerciendo propiedad colectiva de los medios de producción.

En ningún otro sector productivo han quedado más claras las limitaciones del plan raulista que en la agricultura.

El Gobierno de Raúl Castro ha tratado de estimular la agricultura a través de formas diversas, desde lograr que el Estado pague sus deudas a los campesinos hasta un aumento de los precios que paga por los productos agrícolas y la entrega de tierras improductivas en usufructo a quienes quieren cultivarlas. La reducción del papel de intermediario del Gobierno y la incipiente creación de un mercado mayorista donde los campesinos puedan adquirir libremente los recursos que necesitan para ser más productivos. Sin embargo, los resultados de tales planes han sido pobres.

Y aquí se vuelve al punto de partida: la infinita paciencia del cubano, que ha escuchado el discurso sin creerlo y continuado apostando a la salida del país y las remesas procedentes del exterior. Solo que dicha salida es cada vez más difícil y las remesas dependen tanto de la bondad de familiares y amigos como de los vaivenes políticos más allá de las costas de Cuba.


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