Actualizado: 22/05/2019 9:03
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Guerra, Represión, Turismo

Un “bloqueo” sin barcos de guerra

La Habana lleva años cambiando las reglas, cuando se señalan las diferencias que hay entre condenar a una persona por un delito de opinión y el expediente de colaborar con el enemigo

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Por décadas el Gobierno cubano viene repitiendo que “no hay una sola familia cubana que en los últimos 50 años llore a un familiar desaparecido, no hay una sola que llore a un familiar asesinado extrajudicialmente, no hay una sola denunciando trato inhumano degradante, torturas como las que se aplicaron en otros países de América Latina”.

Estas palabras las pronunció el excanciller Pérez Roque en un foro internacional, el mismo que años después sería separado de forma abrupta del gabinete cubano, sin necesidad de muchas explicaciones al respecto, salvo el dictado casi bíblico de Fidel Castro sobre la predilección por las “mieles del poder”.

Aunque no importa si lo dice un funcionario u otro. Un “ex” o alguien a quien aún no han declarado fuera de la colmena. En todos los casos, no se trata más que de máquinas repetidoras, que no se apartan una palabra del guion dictado desde la Plaza de la Revolución.

La afirmación no solo ha sido cuestionada por diversos testimonios, sino que encierra una falacia. Las formas de represión ejercidas por el régimen cubano han sido mucho más organizadas y disciplinadas, sin tener que recurrir, hasta el momento y en la mayoría de los casos, a la violencia indiscriminada.

Hay una porción de verdad en la afirmación del Gobierno de La Habana, en el sentido de que no hay en Cuba un historial de desapariciones similar al que tienen diversas dictaduras latinoamericanas. Sin embargo, este criterio no lo absuelve de su historia represiva.

Es más, lo que en otros países es pasado, en Cuba es presente. En la Isla se practica una represión sin tregua, aunque en la mayoría de los casos las largas condenas han sido sustituidas por breves arrestos preventivos.

La referencia a las desapariciones tiene cierta dualidad, ya que busca tanto la absolución como el destacar la eficiencia de la maquinaria represiva cubana. Esta le ha permitido prescindir de acciones que tanta “mala fama” acumulan sobre los violadores.

No siempre ha sido así. Basta recordar la barbarie ocurrida con el remolcador 13 de Marzo, cuando 41 personas, incluidos niños y mujeres, murieron en un intento de abandonar el país. O la del río Canimar, donde aún se desconoce el número exacto de víctimas. La ocasión en que tres jóvenes secuestraron una embarcación con capacidad para 100 pasajeros, el XX Aniversario, que hacía excursiones en ese río. Dos lanchas rápidas de las patrullas de la Marina, con órdenes de evitar la fuga y hundir la embarcación si fuera necesario, abrieron fuego contra el XX Aniversario y los jóvenes respondieron. Como resultaba difícil hundir la embarcación que estaba hecha de fibra de cemento, las patrullas se retiraron. En cubierta quedaron varios pasajeros muertos y heridos. Entonces, un avión de la Fuerza Aérea sobrevoló la nave. Algunos padres cargaron en alto a sus hijos con la esperanza de evitar un ataque, pero este regresó y abrió fuego, hiriendo y matando a más personas.

Aunque se puede argumentar sobre la existencia de otras formas de “desaparición” en la Isla —fusilamientos, juicios sumarios, condenas excesivas y encarcelamientos sin la celebración de un proceso penal, para citar algunos de los hechos ocurridos desde la llegada de Fidel Castro al poder, a los que hay que agregar las muertes en el mar intentando llegar a Estados Unidos, hay un elemento importante a destacar: la diferencia entre el recurrir a lo prohibido con la intención de lograr un cambio de Gobierno y el establecimiento de un régimen que cambia las leyes y normas con el objetivo de perpetuarse.

En este sentido, La Habana lleva años cambiando las reglas, cuando se señalan las diferencias que hay entre condenar a una persona por un delito de opinión y el expediente de colaborar con el enemigo. Es lógico pensar en actos de espionaje, terrorismo y sabotaje cuando se habla de “colaborar con el enemigo”. No en el caso cubano. Para el régimen de La Habana, esta colaboración puede ser algo tan simple como publicar una crónica en un periódico de Miami y España o simplemente intentar una labor de periodismo alternativo, sin por ello incurrir en una crítica visceral al Gobierno.

Al igual que en cualquier sociedad, el Gobierno de la Isla se encarga de definir lo que es un delito. Sin embargo, lo que disgusta a sus funcionarios es que alguien en cualquier lugar del mundo se cuestione esa definición.

La ira desde la Plaza de la Revolución, por lo general, se expresa acompañada de la denuncia de que la Isla se enfrenta a una “guerra terrible con una potencia nuclear”, y pese a la retórica caduca, más a partir del restablecimiento de relaciones entre Washington y La Habana, los tambores de guerra resurgen puntuales, como acaba de ocurrir ahora con las maniobras Bastión 2016.

Difícil comprender que una nación está en guerra con otra y al mismo tiempo busca que se incremente el turismo desde el país enemigo. Una guerra sin disparos y ataques mortíferos, sin acorazados y con viajes de cruceros turísticos. Cuba recibió la visita de 53.748 viajeros de cruceros durante el primer semestre de este año, 40.751 más que en igual periodo de 2015, y la cifra incluye viajeros desde Miami (Carnival Cruise Lines ya ha realizado viajes a la Isla mientras Royal Caribbean, sin permiso aún de la parte cubana, ha decidido esperar tras el triunfo electoral de Donald Trump).

Una contienda donde los únicos “barcos enemigos” que entran en aguas cubanas traen mercancías que se cargan en los puertos de la nación agresora. Cuba está en una “guerra”, dicen quienes gobiernan en la Isla, y no le queda más remedio que encarcelar a los “agentes” que luchan en favor del otro lado. Pero un buen número de disidentes cubanos ha cumplido condenas de cárcel por el único “delito” de divulgar información y buscar cambios pacíficos.

Recalcar el carácter pacifista de su lucha no tiene otro objetivo que establecer un contraste: ese que existe entre las sentencias drásticas y una actividad que limita su acción al terreno de la palabra.

Raúl Castro ha utilizado una ecuación básica para mantenerse en el poder sin grandes problemas tras la desaparición de su hermano del control cotidiano de la situación: lograr un difícil equilibrio entre represión y reforma. Solo que las reformas son cada vez más tenues y con mayor desánimo, mientras la represión se mantiene sin tregua.


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