Actualizado: 03/12/2021 11:36
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Lo que dejó 2007

Cuba: Fin de Siglo

Habla la disidencia (III): La revolución está siendo liquidada revolucionariamente.

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La discusión sigue en pie. Qué será de Cuba el próximo año. Es la pregunta que muchos cubanos y observadores internacionales se hacen después que la relación de poder en la Isla redefiniera su estructura republicana, para adoptar una salida monárquico-partidista en la que las familias consanguíneas adquieren mayor relevancia frente al poder estrictamente revolucionario.

La cuestión sobre quién decide qué, no es algo que discurra a trámite en medio del Politburó, la Asamblea Nacional o el recién redivivo Secretariado del Comité Central del partido comunista de Cuba. Ellos existen y parecen cobrar mayor importancia. La diferencia es que ahora transmiten decisiones de familias políticas creadas a través de la sangre. Esto es nuevo y confirma la transición política en el poder en un estilo sospechado.

En el nivel político, esto ha significado una discusión interna que se zanja, por un lado, en torno a lealtades constituidas y, por otro, a un debate argumental que se desentiende del poder histórico y mítico para abrirle paso a la Cuba sociológica. La extraña discusión posmoderna en torno a los derechos de las minorías homosexuales, extraña para un país con múltiples problemas modernos, ejemplifica cómo la nación real penetra el poder a través de la familia real.

El reconocimiento por parte de uno de los príncipes herederos de la Revolución de que la constante emigración de los jóvenes es un peligro más fundamental que el que constituye la oposición dentro del país, es otra ilustración clara de que la política-que-no-se-ve, se prepara en las cocinas de los hogares monárquicos del país. ¿Cuántos debates políticos o ideológicos desarrollados en el lugar apropiado, a la hora apropiada y por los canales apropiados, no fueron ahogados porque se consideraban contrarrevolucionarios? Pregunta retrospectiva que confirma esta certeza actual: la revolución está siendo liquidada revolucionariamente.

Lo interesante es que esta liquidación suave e involuntaria garantiza el contacto con el país bajo dinámicas monárquicas. Y eso no es del todo negativo, porque pone de relieve algo que es propio de monarquías en momentos de crisis: el valor de la familia y la importancia de las sensibilidades a la hora de tomar decisiones políticas. Bajo el cielo glacial de la metafísica revolucionaria cubana y de paradigmas ideológicos incompatibles con el ritmo de la Isla, parecía imposible que el poder en Cuba se diera los necesarios baños de realidad que habrían evitado el actual estado de cosas del país.

De manera que, con la evidente paradoja que supone, Cuba pudo poner fin, el 31 de julio de 2006, a su Siglo XX, retornando ¿provisionalmente? al sistema monárquico de tomas de decisiones estratégicas. Como hemos discutido algunos amigos, hasta esa fecha los cubanos nos debatíamos culturalmente entre el siglo XIX y el siglo XX tardío. A partir de ella, comienza la discusión cultural entre el siglo XX duro y apisonador y las tendencias posmodernas de Cuba en dirección al siglo XXI, que aparecen inscritas, aunque no desarrolladas debidamente, en la estructura cultural de la nación.

De ahí la confluencia de dos debates en Cuba: el debate por satisfacer las necesidades primarias y el debate por el autoreconocimiento individual y de las minorías. Modernidad y posmodernidad presionando por el igual al poder político cubano.

El dilema comer o no comer

Por esa razón fundamental de confluencias entre el hambre y las demandas de la cultura, participo de y defiendo la idea de la inevitabilidad de los cambios en la Isla, con independencia de la voluntad política e ideológica del poder.

Esta confluencia significa algo clave para el futuro del país: el proceso de autodescolonización cultural en todos nuestros ámbitos decisivos de convivencia. Un proceso difícil, duro y complicado que supone remover, dulcificadamente, el tipo de dominio colonial sobre los cubanos que se enmascaró tras el discurso revolucionario. Si alguien puede demostrar que hemos sido controlados más por los ideologemas leninistas que por el capricho, entonces la discusión se desplaza de territorio.

Esa confluencia significa otra cosa más: la necesidad de conducir el debate hacia el futuro por los cauces del diálogo. Las batallas del hambre disparan las protestas cívicas por doquier. También las batallas por la libertad. No es muy seguro que se ganen este tipo de batallas frente a Estados policíacos, pero es cierto que en términos populares la discusión sobre un plato de comida, o sobre derechos elementales, no necesita pasar por la mesa de negociaciones. Son cuestiones de estricto sentido común. Pero las batallas culturales se discuten y se ganan en otros terrenos: el del taller, la voz ciudadana, la discusión comunitaria, el debate intelectual y el diálogo político. Sobre todo en Cuba, donde el dilema comer o no comer es un dilema generado en el capricho político: la variable cultural y psicológica más importante para entender la historia de nuestro país en estos últimos 49 años.

Tres retos básicos

Qué será de Cuba en el próximo año es una pregunta que entiendo más como destino estratégico que como posibilidades cotidianas de nosotros, los cubanos, vistos como gente común. Bienestar, hogar, comida, estabilidad, libertad de movimiento, sí, por supuesto. Sin embargo, lo que se está definiendo ahora mismo es Cuba como nación, como cultura y como modelo de convivencia: tres dimensiones desencontradas en nuestro itinerario histórico y que necesitamos poner de acuerdo definitivamente.

Cuba ha descrito la rara trayectoria de un país que disfrutaba de una planta industrial y de servicios modernos que se perdió a partir de 1959, por los desencuentros desgarradores en esas tres dimensiones descritas. Y no caben dudas de que el gobierno actual advierte que Cuba no tiene más opciones que la de su recuperación histórica en términos de economía, empresa y gestión eficaz. Por tal razón, el peligro, que yo veo conjurado desde el momento en el que las autoridades se dan cuenta de que somos un país occidental, residiría en que esa recuperación histórica se intentara al margen de las libertades.

Este último desarrollo no es posible. Y es claro que, a partir de las confluencias que presionan desde abajo al poder, el peligro para los demócratas se desplaza de la importante demanda de derechos hacia la capacidad de gobernabilidad e interlocución con una sociedad posmoderna y alfabetizada.

En tal sentido, en el Arco Progresista creemos que los demócratas tenemos tres retos básicos: cómo y qué tipo de mensaje presentar, cómo y qué tipo de relación es necesario construir con los ciudadanos, y cómo y qué proyecto articular toda vez que el fin del siglo XX cubano, largo y tumultuoso, va dando paso a una transición democrática construida desde abajo.


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