Actualizado: 15/10/2021 16:37
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Opinión

Celebración sin amnesia

¿Sigue vigente el mensaje de Juan Pablo II? ¿Celebramos anclados en la nostalgia lo que enseñó, anunció y denunció el Papa?

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Muchos dicen que la visita del papa Juan Pablo II a Cuba, hace diez años, marcó su vida personal y la vida de la Iglesia y del país. Esto es verdad. Yo soy uno de ellos. Lo que se puede discutir es la magnitud de esa huella, su profundidad, su expansión, sus consecuencias palpables. Pero tengo la opinión de que lo más importante sería preguntarnos si tiene sentido celebrar un evento ocurrido hace una década, más allá de los recuerdos y resultados a corto y mediano plazo. Y si la respuesta fuera positiva, sería bueno responder por qué tiene sentido esta celebración y, sobre todo, para qué se celebra.

Debo decir antes que fui uno de los laicos católicos que con gran ilusión, compromiso y mucho trabajo, contribuyeron a la preparación de esta visita. Mi aporte fue más en la parte reflexiva, en el estudio de las comunidades y grupos de apostolado laical. Luego tuve el honor y el gusto imborrable de vivir con miles de cubanos y cubanas esa semana de libertad y luz.

Salí a la calle para saludar, con un espejo y una bandera, al Papa que sobrevolaba sobre Pinar del Río en gesto extraordinario de reconocimiento a esta Iglesia local, "cuyos atractivos naturales evocan aquella otra riqueza que son los valores espirituales que les han distinguido y que están llamados a conservar y transmitir a las generaciones futuras para el bien y el progreso de la Patria" (Telegrama al sobrevolar la provincia de Pinar del Río).

Luego quedé, como millones de cubanos, pendientes de cada detalle, de cada noticia, de su arribo al aeropuerto, hasta aquel atardecer del domingo 25 de enero en el que la lluvia que despedía al Papa era ya polisémica: podía ser que "los cielos cubanos lloran" porque el Papa podía ser "un signo bueno de un nuevo Adviento en vuestra historia".

Participé directamente en dos eventos papales: en el Encuentro con el mundo de la Cultura, en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, al pie de los restos del Padre Varela, y en la Misa del domingo 25 en la plaza cívica José Martí, en la que, junto a otros 19 laicos comprometidos de toda Cuba, recibí de sus manos una Biblia. Durante esos días respiré libertad y sentido de nación. La Iglesia salió a la plaza pública y vimos que éramos, por una semana, ciudadanos "normales".

Lección no aprendida

Denie Rousseau, un periodista francés amigo de Cuba, por entonces corresponsal de la agencia France Press en La Habana, resumió la visita en dos líneas: "De pronto, se produjo lo impensable, lo prohibido fue tolerado, alentado; lo que era imposible fue súbitamente posible… Y es esta la lección que los cubanos deben ahora madurar o asimilar".

Diez años después, no estoy seguro que la mayoría de los cubanos y cubanas hayamos asimilado esta lección. Seguimos "creyendo" que muchas cosas son eternas, que muchos cambios son imposibles, que lo prohibido no va a ser tolerado y que las palabras son sólo palabras. Es uno de nuestros males nacionales, luego de medio siglo de un sistemático proceso de despersonalización. Ya no es sólo que no tengamos libertades, es que no creemos que nacemos libres y que podemos alcanzar con nuestro propio esfuerzo los derechos y libertades que Dios nos ha dado a todos por igual.

Sobre todo, por esta última limitación, creo que sigue vigente el mensaje de Juan Pablo II y cada vez más urgente su asimilación y aplicación. Ni una tilde ha pasado. Ni uno de sus análisis ha caducado. Sus enseñanzas, más allá de lo estrictamente religioso, siguen constituyendo una visión cívica y humanista que puede iluminar a los cubanos.

Un Papa no es un político cuyo programa, gestos y sugerencias pasan cuando salen de este mundo o cuando terminan su mandato y viene otro. Los Papas son, sobre todo, testigos de una experiencia de vida, maestros de un camino de mejoramiento humano, profetas de un mundo más justo, fraterno y pacífico, pontífices entre los hombres, los pueblos, y entre lo transitorio y lo trascendente. Por eso lo que vivió, enseñó, anunció y denunció Juan Pablo II, no debe celebrarse anclados en la nostalgia.


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