Actualizado: 26/11/2022 10:59
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Tres para Lezama

A treinta años de la muerte del autor de 'Paradiso', el 9 de agosto de 1966.

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Un ostracismo insoportable

Pero junto a la cistitis que al complicarse le causa la muerte, Lezama venía padeciendo desde el tenebroso Congreso Nacional de Educación y Cultura (abril de 1971), un ostracismo insoportable en el país del que nunca —como Virgilio Piñera, con el que reanudara la amistad en 1966— quiso irse, que incluía la no publicación, la prohibición de viajar y las deserciones de viejos amigos (más adictos a los cargos que a la poesía) y délficos (jóvenes, en ese entonces, que dejaron el Curso Délfico por presiones oficiales, por miedo).

Quizás una personalidad menos sociable, con una dosis menor de espíritu fundacional —baste recordar sus revistas, desde Verbum hasta la Orígenes que fundara con el agudo y generoso Pepe Rodríguez Feo—, hubiera soportado mejor la desalmada marginación impuesta por las mismas autoridades supremas que pronto —con Castro o sin él— dejarán de ser las autoridades supremas, con la complicidad tácita de los escritores y artistas que entonces y hasta ahora continúan aplaudiendo al supremo Yo.

La certeza de que la revolución cubana había terminado siendo una dictadura, para un intelectual que en un principio había creído en ella, fue la causa esencial de su tristeza —apenas escribe en ese doloroso lustro final—. Hombre esencialmente de familia, la salida del país de sus dos únicas hermanas también ejercía —recuerdo una noche en que Eloísa lo llamó desde Miami, y cuando regresó a la sala estaba llorando— un desolador efecto en su ánimo.

Es una vileza —un pecado a confesar, si uno es católico— ocultar o barnizar las evidencias de que Lezama, desde lo ocurrido en 1968 cuando Nicolás Guillén trató de presionarlo para que no diera su voto a favor de Fuera del juego, había dejado de creer en Castro, había reflexionado en el fracaso de lo que prometió ser una utopía angelical y había devenido engañifa diabólica, trampa, ratonera decadente.

Las datas de sus escasas páginas a favor de lo que cuando las escribiera sí era una revolución, escamoteadas por los filotiránicos, dan prueba inequívoca de que su último quinquenio fue de sobrevivencia, a pesar de los innumerables reconocimientos internacionales, de las traducciones y resonancias de su obra.

Meses antes de su muerte, a raíz de escribir "El pabellón del vacío", la noche de abril en que mandó a María Luisa a extraer del cofre de tabacos el poema, y nos leyó el atormentado texto que invoca el t okonoma taoísta —recogido póstumamente en Fragmentos a su imán—, tengo en mi libreta de apuntes el siguiente comentario: "Ya no era la última era imaginaria, ya Martí había muerto de nuevo. Muy triste, melancólico. Maruchi comenta que los poemas que nos ha leído en las últimas visitas deprimen y perturban".

La manipulación oficial que sobrevino tras su muerte, hasta hoy, recuerda con escalofriante exactitud un poema de quien fuera su amigo, al que le publicara en la Editorial del Consejo Nacional de Cultura, tras su muerte, La realidad y el deseo…; a Luis Cernuda y Birds in the night, donde dice que ahora Francia usa de ambos nombres —Rimbaud y Verlaine— para mayor gloria de Francia y su arte lógico…

Así usan de Lezama los burócratas del régimen, así hasta el ministro de Cultura —que nunca le visitó, y edad le sobraba para hacerlo— escribió un ensayo —mediocre, por cierto— acerca de "Sucesiva o coordenadas habaneras". Así unos cuantos de los textos recogidos en Cercanía de Lezama —no es culpa, desde luego, del compilador— abundan más en falacias y autobombos que en recuerdos verídicos…

Los breves artículos recogidos póstumamente en Imagen y posibilidad no sólo hay que fecharlos con pulcritud, hay que contextualizarlos en una historia republicana que terminó en la dictadura de Batista. Lezama —como casi todos nosotros— pensaba que al fin se abría para Cuba la verdadera era imaginaria. El error lo pagó —lo estamos pagando— a un precio amargo.