Actualizado: 26/11/2022 10:59
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Tres para Lezama

A treinta años de la muerte del autor de 'Paradiso', el 9 de agosto de 1966.

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En el canon de la narrativa

Pero también este 2006 celebramos el aniversario 40 de su novela. El "Eros cognoscente" de este habanero va a necesitar, alrededor de sus treinta y nueve años (1949) que la forma novela —multiplicidad y extrañamiento— también le sirva para desplegar su "era imaginaria", la única estéticamente válida, por encima de la historia —arpía perversa , sobre todo la de Cuba— y de otros aderezos políticos, ahora que el imperio de los estudios sociológicos sobre la literatura comienza a desmoronarse.

Los veinticuatro capítulos de la iniciática e inconclusa Paradiso-Oppiano Licario, tensan un arco expresivo que a partir de la edición príncipe de los primeros catorce (Ediciones Unión, La Habana, 1966, con excelente cubierta de Fayad Jamís), entran al canon de la narrativa, como enseguida escribiera Julio Cortázar.

Es curioso que las tres novelas decisivas de la literatura cubana en el siglo XX, aparecieran en menos de cinco años, con el antecedente de Los pasos perdidos (1953). Cuando empecé a escribir mi primera novela ( Mariel, Ed. Aldus, México, 1997) sabía que la búsqueda de un desvío estilístico (clinamen) partía de un agón nacional formado por Alejo Carpentier ( El siglo de las luces, 1962), Lezama ( Paradiso, 1966) y Guillermo Cabrera Infante ( Tres tristes tigres, 1967). Por esas espléndidas avenidas casi nada podía explorarse, a riesgo de convertirme en un epígono.

En el momento de su aparición, Lezama había publicado en la revista Orígenes los cinco primeros capítulos de Paradiso, y en 1953 lo que entonces parecía ser un cuento: "Oppiano Licario", que se convertiría en el axis de toda la obra. Cuando bajo la coordinación de Cintio Vitier preparamos la edición crítica, pude verificar en su dossier que el plan estaba listo casi desde el inicio, que Lezama desde mediados de los cuarenta, y quizás desde antes, modulaba el proyecto. Sobre todo si consideramos un valioso antecedente del denso capítulo IX a los diálogos platónicos de: "X y XX" (1945) y si leemos como un prólogo-proyecto "La otra desintegración" (1949). Lo indubitable es que su escritura abarca por lo menos tres lustros, que los lectores de Orígenes ya esperaban la novela antes de 1959.

Además, el escándalo de su censura —el Partido Comunista ordenó retirar los ejemplares de las librerías— multiplicó las resonancias dentro y fuera del país. Aunque a los pocos días se rectificó el mandato, la acusación de pornográfica y homosexual referida al Capítulo VIII —la "moral de tapadillo", que José Martí había criticado— logró incentivar el interés del gran público.

Antes de que finalizara 1966 ya Lezama —apenas conocido por los corros poéticos— era tan famoso como Rulfo o Borges. Pronto la crítica se encargó de cualificar las recepciones. Pronto comenzaron las traducciones.

Entre 1966 y 1970, no quedó casi ningún escritor relevante o crítico literario del orbe hispano, que no escribiera sobre Paradiso. Fenómeno que se repite —menguado— cuando en 1977 aparece la segunda, inconclusa parte. No menos de quinientos asientos bibliográficos y más de un centenar de tesis, por supuesto que privilegian determinado ángulo y emplean disímiles instrumentales. Tampoco excluyen —parece inexorable con cualquier obra fuerte— ensayos ciertamente extravagantes o rústicamente tendenciosos.

La imagen encarnada en su única novela responde dialógicamente a la propia formulación de su poética. Pocos escritores —como su amigo Octavio Paz, por ejemplo— han escrito tanto sobre lo que se proponen, han meditado tanto sobre la creación artística. Desde Las imágenes posibles hasta Las eras imaginarias, sin contar referencias en otros ensayos y las opiniones en entrevistas, puede seguirse su "sistema poético".