Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Teatro, UMAP, Represión

A 50 años de las Umap

Entrevista al teatrista y escritor cubano Héctor Santiago

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Las Umap (Unidades Militares de Ayuda a la Producción) fueron campos de trabajo forzado que la revolución cubana estableció en Cuba, en la provincia de Camagüey, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados jóvenes y no tan jóvenes que, por una u otra razón, no se avenían con el “Hombre Nuevo” que el régimen se proponía “construir”. A medio siglo de aquel oprobio, la dictadura aún existente en la Isla no se ha disculpado y, aun más, ha tratado de ocultar el hecho.

El destacado teatrista y escritor cubano Héctor Santiago, hoy residente en Nueva York y quien padeciera las Umap, ha tenido a bien contestar esta entrevista para CUBAENCUENTRO.

Héctor Santiago, nacido en la Habana en 1944, es coreógrafo, dramaturgo, bailarín, director escénico, escritor, pintor y titiritero. En su país natal, se graduó en el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba. Entre sus obras de teatro, escenificadas en numerosos países, se encuentran El último vuelo de la paloma, Balada para tres muñecos tristes o Las noches de madame fru-fru. En 2012 publicó la novela La memoria del agua.

¿Cómo fue la despedida de tu familia?

La despedida fue desgarradora porque no teníamos muchos datos precisos, pero ya sabíamos que era algo siniestro. Sabes cómo son las madres cubanas: la despedida entre lágrimas y abrazos y yo me tuve que poner fuerte porque querían acompañarme y no lo permití. De lo cual me alegré, porque cuando llegué al sitio donde nos habían citado, aquello no era normal: reflectores, perros, guardias armados, y a las madres las mantenían en la distancia y parecían un coro de plañideras de una tragedia griega.

Yo me aguanté las emociones todo lo posible y me dediqué a ayudar a los chicos que nunca se habían separado de sus familiares (que no era mi caso). Nos ayudamos emocionalmente unos a otros. Muchos exteriorizaban tu pánico, pero los guardias tenían orden de no hablarnos. A los que llevaban cadenas con cruces y collares de santería, se los arrancaron literalmente del cuello y a los que llevaban biblias se las pisotearon. Solo cuando todas las listas estaban chequeadas —se comprobó que dos o tres no acudieron— fue que se apareció el transporte.

Existía mucho miedo a los chivatos que podrían existir en el grupo, así que los amigos, si acaso, nos susurrábamos lo que estaba pasando con el peso de lo inevitable que no podías detener: el individuo aplastado por la historia.

Como sabes, los convoyes fueron yendo hacia Camagüey por “camadas”. Cada día, durante semanas, iban partiendo los ómnibus y trenes. Mis amigos, los escritores José Mario, y Jorge Ronet, el folclorista Benigno Garbizo y otros, habían partido antes.

Ya se había corrido la noticia de que se trataba de algo siniestro, sobre todo porque los nombres que se mencionaban, de los que habían sido llevados, eran de religiosos, santeros, abakuás, artistas, maricones, jóvenes que no estaban integrados al “sistema”, los que no estaban en las nóminas laborales del régimen —los llamados “vagos”—. Además, era muy inusual una citación del SMO (Servicio Militar Obligatorio), para las 8 de la noche, en un parque al lado de la Escuela Normal para Maestros, en la Avenida El Manglar, Amenidad y San Joaquín, en La Habana.

¿Sospechabas que era hacia las UMAP adonde te llevaban?

Todavía aquello no tenía un nombre público, pues se enmascaraba bajo el nombre de SMO. Por la premura, te daban como carnet una hoja con tus datos. Después, con la experiencia se sofisticaron y crearon un carnet con tu foto, que decía claramente “Umap”; recuerdo sus últimos dígitos “482”.

En el primer campamento en que estuve, Sola, yo era el número “83”. Luego, en Florida, fui el “16”.

Al salir de las Umap, me rompieron el carnet. Y poco después dinamitaron los campamentos y los arrasaron con excavadoras, para que no quedaran marcas de esa infamia.

Ah, otro “indicio” fue que no nos dieron el regular uniforme verde olivo, sino otro: pantalón azul oscuro de mezclilla y la camisa también de mezclilla pero de un azul más claro. Y un monograma con la forma del escudo cubano, de fondo claro y que en un tono rojizo decía “Umap-1”, que era para ponérselo en la manga izquierda de la camisa.

Así que ya aquello se estaba cocinando desde mucho antes. No nos dieron entrenamiento militar, ni portábamos armas. Ya eso lo decía todo.

¿Sabías, tenías conciencia de lo que eran las Umap?

La verdad se fue imponiendo, pero al llegar al sitio adonde nos llevaron. ¿Por qué garitas con soldados con rifles AK, doble círculos de alambradas con pinchos y en su centro los llamados “caza bobos”; los rollos de alambre imposibles de atravesar, donde afortunadamente, para matarnos el hambre, por la noche eran trampas de hurones, ratones, perro jibaros, pájaros, etcétera, que en la mañana rescatábamos con palos y asábamos con ramas, bagazos de caña secos, hojas del periódico Granma, ¡oh, justicia poética! ¿Por qué los perros pastores alemanes traídos de la Republica “Democrática” de Alemania?

¿Te acuerdas de los triples cercos, en torno a los campos cañeros, con los guardias vigilando los cañaverales a pie, los montados a caballo, todos armados?

Y apenas a los tres días nos pusieron un machete en las manos, sin guantes. Y ¡a cortar caña! De 6 de la mañana a 3 de la tarde. Parábamos 30 minutos para el almuerzo, de 12:30 a 1 de la tarde. Pero como el almuerzo lo traían en camiones, dependía de la disponibilidad de estos y de cómo andaba la cocina, si había lo que se necesitaba para cocinar —por eso a veces únicamente daban un boniato hervido y una lata del repelente hígado de esturión búlgaro o carne rusa—.

Si no cortabas la norma, te ponían un guardia armado hasta que la terminaras, a veces los más debiluchos estaban hasta la noche, iluminados por aquellas lámparas artesanales llamadas “chismosas” o “mechones”, de querosén —luz brillante—. Regresaban comidos por los mosquitos y jejenes, al igual que sus escoltas —los muchachos del SMO que cumplían esa función, porque estaban en las Umap castigados también—.

Allí había guajiritos analfabetos, niños “bitongos” (burgueses), monaguillos, antisociales por sus estilos “depravados” que llamaron los de “La Dolce Vita”, por la película de Federico Fellini que retrataba la decadencia de la burguesía italiana.

Ya se sabe que los comunistas son los más fieros católicos a la hora de la moral.

Tanto corrió “la bola” que no pudieron seguir ocultándolo. Además, se dieron a conocer en Canadá las fotos de un campamento Umap. Entonces publicaron en el periódico Granma que las UMAP existían, y eran diferentes al SMO, con fotos de los complacidos participantes cortando caña: dando las gracias por la oportunidad de reformarse que les ofrecía quien tú sabes, y a tenor de la Emulación Socialista los que cortaran más caña recibirían regalos.

Y también el Supremo, en un discurso el 13 de marzo de 1966 en la escalinata de la Universidad de La Habana —aunque años después declararía que en su momento no había tenido tiempo para ocuparse de asuntos como las Umap y desconocía sobre las recogidas de antisociales y maricones—, reveló su existencia y su propósito: acabar con los “preslinianos” —admiradores de Elvis Presley—, los pitusos —así les llamaban a quienes vestían jeans ceñidos al cuerpo—, a los vagos y degenerados enemigos de los abnegados revolucionarios, que luchaban por implantar el socialismo.

Ya antes, en otro discurso en ese mismo lugar, él llamó a cortar con navajas los pitusas (jeans), meterle tijera a las minifaldas, rapar a los peludos y a todos los que tenían afros (supongo que las personas de pelo encrespado que llevaban un peinado muy frondoso, propio de los hombres y mujeres de color).

¿Qué edad tenías en el momento en que te llevaron?

Yo nací el 25 de junio de 1944. Así que saquen la cuenta.

¿A qué te dedicabas?

Era teatrista y bailarín en el Consejo Nacional de Cultura —gran cantera para aplicar planes siniestros, como las Umap—.

¿Por qué crees que te llevaron? ¿Tenías antecedentes penales? ¿Habías cometido algún delito?

Por ser maricón, y un artista “no comprometido”, y con un largo historial de rebeldía, víctima de recogidas y cárceles. Una de estas cuando recogieron a lo que ellos llamaban “Las Tres P” (puta, pájaro y proxeneta). Y asimismo por salir a la calle vestido de blanco y con mis collares y manillas de la santería —me inicié en la santería a los 7 años por influencia de mis abuelos negros—.

En 1965 no existía aún el Carnet de Identidad. Así que las listas que enviaron al Ministerio de las Fuerzas Armadas, las formaron con los registros de la Policía por las “recogidas de antisociales”, la cuales sembraron el terror sobre todo en La Habana. Y además con las de las “depuraciones” morales e ideológicas en las becas, las escuelas secundarias, las universidades. Y también con las elaboradas por los Sindicatos en los trabajos y, naturalmente, las que proveyeron nuestros compatriotas a nivel de barrio, es decir, los mandos de los Comité de Defensa de la Revolución a nivel de cuadra.

Y como harían luego, cuando el éxodo del Mariel, entonces también vaciaron las galeras de presos comunes y las de los maricones delincuentes, que fueron los últimos en llegar y no portaban ninguna identificación.

Todos los totalitarismos son absurdos. Para las Umap utilizaron mi nombre artístico de Santiago Ruiz, que aparecía en mi dossier policiaco —mi padre me prohibió su apellido por ser yo maricón—. En mi acta de nacimiento era Héctor Santiago Armenteros Ruiz. Y en 1968 ¡me llega con ese nombre una citación para el SMO! ¡Increíble! Mi madre me aconsejó que serían solo tres años y no mencionara las Umap. Me enviaron a la Escuela de Oficiales en Matanzas —limpiando el piso y sirviendo de criado en las casas de los oficiales—.

A los seis meses me harté. Al menos en las Umap era uno entre tantos, pero entre soldados machazos se acentuaba “mi condición”, rodeado de burlas por todas partes y acosos sexuales: la sodomía en el ejército equivalía a cinco años para el pasivo y tres para el activo. ¿Así que gozas y te toca menos?

Entonces fui a ver a un psicólogo militar, teniente de carrera del ejército de la “¿Qué república era aquella?”. Se le veía honorable y correcto. Llevándome por mi intuición y desespero —parafraseando a Carlitos Marx: solo tenía que perder las plumas—, le dije que era maricón y si seguía allí me mataría. Me firmó la licencia.

Posteriormente me enviaron al Ministerio de Trabajo, solo me ofrecían trabajo en el cementerio de Colón, o limpiando pisos en el manicomio de Mazorra, o en una cantera de cal, obras de construcción en Varadero, cuidando cocodrilos en la Ciénaga de Zapata, etcétera. No los acepté y me mandaron para un Tribunal de Trabajo, que funcionaba en el antiguo edificio de El Diario de la Marina, en Prado y Teniente Rey. Pues me aplicaron la Ley de la Vagancia —databa de los tiempos de la Colonia, implantada por el Gobernador General de la Isla, el general Tacón—. Tuve que escoger entre tres años de cárcel o una fábrica de radiadores de autos y camiones, donde estuve por unos años. Lo que sigue es largo y picaresco…

¿Cómo fue el viaje desde La Habana hasta el destino final? ¿Cuáles te resultaron los momentos más difíciles de ese viaje?

Yo no permití que mi madre me acompañara, de lo cual me alegré porque a las que acompañaron a sus hijos, las mantuvieran alejadas de ellos, con los guardias armados y los perros, sin decirles para dónde íbamos —ni mencionar Umap—.

Nos metieron en unos ómnibus con las ventanas cubiertas por periódicos o pintadas de negro. Delante guiaban al convoy unos jeeps con los guardias armados y detrás lo cerraban otros. Íbamos a gran velocidad, evitando las grandes ciudades y pasando por pueblecitos desiertos con las ventanas cerradas, sin testigos y había milicianos en las calles en penumbras. En la parte de atrás del ómnibus orinábamos y defecábamos —con el calor tropical, los gases y pestes formaron parte del menú—.

Así, hasta el estadio de béisbol de Ciego de Ávila, el viaje duraría unas 8 o 10 horas, sin agua ni comida. De allí partieron los grupos hacia los distintos campamentos, convenientemente situados junto a los cañaverales de los diferentes centrales azucareros. Todos estábamos mezclados, debido a la urgencia porque comenzaba la zafra azucarera. Pero pronto organizaron a los chivatos —esos de los que decía Francisco de Quevedo. “Erase el tal, tan bugarrón, que cuando entraba en palacio, las nalgas salían huyendo”—, los cuales sirvieron a la revolución con sus vergas, tenían sexo o provocaban a “los extraños”, de donde crearon la lista de los maricones, con las que comenzaron las “cordilleras” —toda una jerga delincuencial— Umap, conduciéndonos a campamentos segregados solo para maricones.

Difícil fue ver a muchachos separados de su familia por primera vez, llorando por un destino desconocido, preguntando qué habían hecho. En la Unidad 2018, en Sola, donde había un cartel con toscos brochazos de pintura negra. Textual: “El trabajo los ara ombres”. Los hados divinos propiciaron que allí estuvieran el poeta José Mario y el escritor Jorge Ronet, y otros amigos. Me imagino que el espanto compartido me ¿ayudó? Sí, porque los pateados forman su cofradía.

¿Cuáles fueron algunos de los momentos en que más temor sentiste, si es que los hubo?

Soy humano, lo que es también ser cobarde. No fue fácil la sangre derramada por los testigos de Jehová —mis héroes para siempre—, el suicidio de los más débiles, la saña de los guardias golpeando a los que no querían trabajar, ver que incendiaban los cañaverales cuando alguien se escondía en ellos para escaparse y verlos salir convertidos en teas vivientes a gritos y corriendo, el escorbuto por la avitaminosis —a veces, en una conversación salían volando los dientes—, las anemias, la sarna, el asedio de las chinches, piojos y ladillas —traídos de la prisión del Castillo del Príncipe habanero—, las quemaduras por el sol intenso: para todo solo había aspirinas en las “enfermerías” y se vendía en bolsa negra el alcohol y la tintura de calamina para las picadas de mosquitos, se improvisaban para las heridas el orinarlas, tela de arañas, azúcar que restañaba y trapos por vendas; que muchas veces las infectaban, empeorándolas, los cadáveres que enterraban sabe Dios dónde, cuando sus familiares reclamaban. Si es que lo hacían, porque ser de las Umap era como los triángulos de distintos colores, que los nazis ponían en las camisas de los concentrados y te marcaban como un oprobio. (Como después lo fue ser un “marielito”.) Simplemente les decían o les mandaban un telegrama: “El compañero X, murió cumpliendo con sus obligaciones revolucionarias. R.C. Ministro de las FAR”.

Después la cotidianidad de la maldad sin sentido y gratuita, te envolvía y quisieras o no formabas parte de ello; llorabas, te imponías tus límites —para no ser el próximo—. Yo, siempre un “reaccionario” muy espiritual, que es distinto a ser religioso, rezaba, meditaba, hacia yoga —pese al cuerpo despedazado—. Y como en un testimonio que te envié (se refiere al entrevistador), le montaba las coreografías a los shows en los campamentos. Así trataba de elevar el nivel cultural, de modo que hicimos “actos culturales”, para los que escribíamos y montábamos bufonadas con José Mario y Jorge Ronet, además de leerles libros. Pero era una lucha titánica, pues no permitían libros “no revolucionarios”, y nos hacían “requisas” inesperadas, sobre todo mientras dormíamos, además buscando las ropas de los shows y los velos hechos de mosquitero para las bodas entre los “tapiñados” y las públicas.

Pues para sobrevivir se recurrió al delirio, y como perdimos la identidad y nos llamaban por números, se utilizó el bautizo con “contranombres”, y así aparecieron Rosita Fornés, el “16”, Ninón Sevilla, el “34”, María Félix, el “10”... ¡Puro Kafka, Ionesco y la jodedera cubana!

¿Qué propósito, en verdad, piensas que tenía el gobierno al crear las UMAP?

Mano de obra barata para unas cada vez más desastrosas zafras azucareras —en teoría te pagaban siete pesos mensuales que pocas veces recibías—, con las cuales costear el armamentismo en el Congo, Argelia, etcétera, subvencionar a la guerrilla latinoamericana, penetrar las universidades liberales, instituciones culturales y los medios de comunicación que los apoyaban. Apartar a los inutilizables para que no contaminaran a la “sociedad revolucionaria”, el mito de que los maricones pegan “eso”, crear el terror y que todos se autometieran en el “clóset” y un muy disfrazado propósito de exterminio —que me perdonen: con especial acento los Testigos de Jehová, los adventistas, y maricones—.

Además, era un arma política contra los disidentes. ¿Por qué no pasaron por las Umap el escritor Miguel Barnet, el dramaturgo Abelardo Estorino y su amante el pintor Raúl Martínez, ni el pintor René Portocarrero y su amante el también pintor José Milián, ni el pintor Cabrera Moreno y el teatrista Vicente Revueltas, ni el compositor Héctor Angulo, o el cineasta Humberto Solás —la lista sigue, es larga—. ¡Ah, porque eran maricones incondicionales al régimen! Pasa la hoja.

Cuéntame un día de trabajo, desde la salida del campamento hasta el regreso.

El himno nacional. “¡Hijeputas testigos de Jehová! ¿No van a saludar a la bandera?” “¡Mi Patria es Jehová!” “¡No te arranques el monograma!” “¡Solo llevo a Jehová en mi corazón!”. Batazos, puñetazos, bayonetazos, golpes con cadenas, sogas, mangueras. “¡Saluda!” “¡No!”.

Más de lo mismo cada mañana. Y nosotros ¡CAÑA CAÑA Y CAÑA! En el tiempo muerto preparar el terreno para la zafra: desyerbar con azadones o arrancar las hierbas con las manos, remover las piedras, regar abonos químicos con las manos desnudas que el nitrato quemaba. Desayuno: leche en polvo aguada —Made in URSS— con borra de café hervida y una lasca de pan gomoso y reseco.

Almuerzo que cabía en una lata de leche condensada: espaguetis sin salsa ni sabores —con o sin sal—, un boniato hervido —la gastritis nos mataba—. Cena de chicharos aguados, harina de maíz, una fiesta si había arroz, sopa de carne de res —sus rabos, orejas, tripas y el cebo—, de pollo —pescuezos, rabadillas, alas y patas—, todas con gorgojos y gusanos. ¡¿Carne, caballeros?!... Pues los jefes de las unidades se robaban el resto. Y encima del hambre, en la requisa al entrar al campamento, te quitaban la caña o las frutas silvestres que habías encontrado.

Diez de la noche. Recuento por si se escapó alguno —¿con alambradas, garitas, perros, los guajiros que nos huían porque les dijeron que éramos asesinos, delincuentes, y los maricones íbamos a violar a sus hijos? A contar un día tras otro, un mes, un año—.

¿Cuándo se acaba esto, Dios mío? Me quiero coger unos días de descanso y le pregunto a Armando Díaz Báez, “Rosita la Sanguinaria”, el “43”. Bueno, pues un machetazo superficial en la mano: una caja de cigarros y 10 pesos. Cortándote un tendón del dedo: 20 pesos, una libra de azúcar y otra de gofio. Varios tendones de los dedos de los pies o un corte en la rodilla: 40 pesos, dos cajas de cigarro, una toalla, una sábana y unos cuantos jabones. O mira, escoge un batido de tierra con jabón amarillo, para que te dé vómitos y diarreas, esto… lo otro... Y llegando al límite: la horca, beber salfumán —acido muriático—, cortarse las venas, tragarse hojas de cuchillas de afeitar —soviéticas—…

¿En algún momento recibieron instrucción, adoctrinamiento alguno que indicara que estaban allí para “reeducarlos””, o quedaba claro que no era más que un castigo por equis razón?

De todo. “El trabajo nos ara ombres” “Están aquí para reeducarse” “Fidel es muy generoso y quiere que se monten al carro de la Revolución” “Esto no es un castigo, es un proceso revolucionario, para que no sean más antisociales, ni maricones”. “La Patria necesita hombres, para el uno, dos, tres muchos Vietnam”. Y dale que dale con lo mismo. Las obligatorias clases de Instrucción Revolucionaria: El socialismo en Cuba, de Blas Roca, mucho Lenin, y cada discurso del “Supremo” a discutir. Y se quejaba Benigno Garbizo “La Ochún” el “32”. ¡Ya empezaron con la cantaleta! Y el Comisario Político Hermenegildo a los guardias. ¡Sáquenlo y métanlo en El Hoyo! Y en la próxima clase. ¡Ya empezaron…! ¡Porque los había tremendos!

¿En cuál o cuáles campamentos estuviste? ¿Cómo eran estos campamentos, cómo funcionaban, cuán alejados de la “civilización” se hallaban?

Estuve en campamentos ¿?... en Florida, Esmeralda, el más grabado por ser el último, en Sola —pues te movían cerca de los distintos centrales azucareros, de acuerdo con las necesidades de su mano de obra—. A veces te trasladaban temporalmente a otros cercanos o en viajes lejanos que duraban mucho y entonces te despertaban a las 4 y 30 de la mañana.

La vitrina del paraíso era “pacífica” y todos éramos iguales, la revolución el más alto ejemplo de humanismo. Pero tras la espesura de los cañaverales y en lo lejano del monte, estaban las embajadas del horror, que al no verse “no existían”, pues aunque lo supieran, los pobladores de la zona se mordían la lengua y si te daban un corto pase a un pueblo cercano, para ir al médico o algo así, todos te huían porque el uniforme te marcaba y propiciaba que no pudieras escaparte. Como tras la derrota nazi, en que todos los que vivían en los pueblos aledaños a los campos de concentración, juraban que ellos no sabían nada, no vieron el humo de los hornos ni olían a carne quemada.

Pero si me pides que te describa el infierno: MANIANTABO —¿Florida? ¿Esmeralda? ¡Ay, mente! Erigido sobre un pantano ligeramente drenado, que perpetuamente mojaba las botas —soviéticas— y así los pies se llenaban de hongos; se podrían las uñas; se ponían en crisis los asmáticos. Era una humedad perpetua que no te dejaba ni dormir. Allí los mosquitos eran de un tamaño inverosímil, y antes que anochezca había que meter a los caballos bajo techo, porque los cubría una nube negra de mosquitos y jejenes, enloqueciéndolos o matándolos, y las perreras cubiertas con mallas —la castigada guarnición, no—. Este infierno estaba construido específicamente para los maricones rebeldes, líderes de huelgas, los que se reviraron y respondieron a los golpes, intentaron escapar, prendieron fuego a las camas… Allí había cercas electrificadas. Y donde, continuando con el absurdo, por perder una lima para afilar los machetes te acusaban de “Daño a la propiedad del Estado”, negarte a trabajar “Delito de Vagancia”, juicios que te celebrarían en Tribunales Civiles y las seguras condenas como delincuentes en cárceles. Si les contestabas a algunos de los jefes: “Ataque a un oficial”. Negarte a ir a las clases de Instrucción Revolucionaria o hacer un chiste de índole político: “alguien apedreó a una jicotea matándola”. ¡Así quisiera ver a Fidel Castro! “Atentado contra la figura del Máximo Líder”. Incumpliendo con sus mismos códigos, eras “militar”, pero te venían a buscar para meterte en el G2, añadiéndole a tu odisea una causa por contrarrevolucionario.

Muchos piensan que la KGB soviética implantó su modelo de seguridad estalinista en Cuba. Pero fue la STASI de la Alemania comunista, heredera de los métodos nazis. Así que los campamentos estaban construidos según los campos nazis —y algo del gulag soviético—, que funcionaban con una fría y calculada eficiencia alemana. Donde todo lo que lo impidiera lo eliminaban sin reparos: éramos piezas sin nombres ni derechos, de una maquinaria donde lo colectivo borraba toda humanidad.

Tú y tus copadecientes recibieron, además de castigos psicológicos, castigos físicos? Si así fue, ¿puedes detallarme algunos de esos castigos y las causas por las cuales se aplicaban?

Si no obedecías, respondías con rapidez a una orden, no cumplías con tus normas de trabajo, o te acusaban de tener sexo con nombres que proveían los chivatos que estaban entre nosotros, te sacabas las cejas o maquillabas, etcétera., estaban:

“El Hoyo”: enterrarte hasta el cuello.

“El trapecio”: colgarte por las muñecas en el aire y la circulación de la sangre y los líquidos corporales se acumulaban en las piernas, creando unas inflamaciones muy dolorosas.

“El palo”: como San Sebastián, atado, desnudo, a un poste, con unas fuertes luces sobre ti, que atraían a los mosquitos y jejenes, que prácticamente te comían.

“El ladrillo”: parado sobre un ladrillo durante horas o toda la noche, si te movías o te caías, dos guardias a cada lado te golpeaban.

“El barril”: lleno de agua, en el que te metían la cabeza al punto del ahogo, te sacaban hasta recuperarte y lo volvían a hacer.

Asimismo, vi sentar a alguien, atado, sobre un nido de hormigas bravas y a otro acostarlo sobre unas ramas con espinas. Unos más de los tantos.

¡Pero los que eran físicos-psicológicos! En el blog “La Habana Elegante”, ya en la libertad informática que me encontré en el exilio, encontré el preámbulo de algo que se me ha caído la lengua denunciando —sobre todo ahora que “hay que olvidar” y los dinosaurios vivimos en el pasado—. A comienzos de 1965 se celebró en Cuba un “Congreso de Psicología Marxista”, con participantes de México, Chile, España, Francia, Italia, la Madrecita URSS, Bulgaria, profesores de la Universidad Carolingia de Praga, etcétera. Allí se esbozaron varios métodos para la “solución final” del problema de los maricones. Al finalizar, a muchos los invitaron a quedarse, cooperando con la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana, el Instituto Nacional de Higiene Mental —que dirigía el capitán Eduardo Bernabé Ordaz—, y doctores del manicomio de Mazorra. El objetivo era aplicar las investigaciones del ruso Pavlov, acerca de la conducta condicionada —los animales identificaban las campanadas y los colores de las luces, con diferentes reacciones y actitudes, así que apenas las escuchaban o veían, respondían de acuerdo—.

Además, los checoeslovacos trajeron las “máquinas de curar la mariconería” —en realidad para los electroshock y los detectores de mentiras—. Ellos, al igual que los soviéticos, ¡ay, siempre ellos!, pensaban que la sexualidad podía reacomodarse y esto aplicaron en los países del eje comunista y pensaban que en Cuba sería efectivo para que los maricones se transformaran en el “Hombre Nuevo” machazo criollo guevarista.

Así, mientras veías películas pornográficas de sexo heterosexual y mujeres desnudas, te daban café, cigarros, jamón —¿qué es eso?—, agua fría, sodas, etcétera. Después, cambiaban “palo pa´ rumba” y veías machos encuerados, falos erectos, mientras te aplicaban los electros o te inyectaban insulina para choquearte —ahora se está aplicando en China, y aquí en USA tienen su versión los evangelistas—.

Sesión tras sesión te hacían preguntas y valoraban “el progreso”. Solo a los muy masculinos los aceptaban, a los que eran damas versallescas. ¡No! ¡Ay Olofi! ¿Cómo me escogieron? Tú le ibas cogiendo el golpe y te confesabas adorador de vaginas, viéndolas en todas las manchas que te mostraban. Y muy repugnado. ¡Qué asco, fo, un hombre! Pero al cabo de unos seis meses, se dieron cuenta que el que nace… Y se acabó el rejuego marxista de transformarnos en animales utilizables, para seguir siendo “animales degenerados”.

¿A quiénes de tus copadecientes recuerdas con cariño, o solamente recuerdas?

¡Tantos que no cabrían en una larga lista! Pero escojo a Julio Ernesto, en el campamento mixto en Ciego de Ávila. Guajiro analfabeto, de 16 años, descendiente de los canarios que poblaron nuestros campos; cachetes rosados, rubio, ojos verdes. Los bugarrones lo acosaban y le decían “Manzanita” —sería por la fruta prohibida de Eva—. Su hermoso rostro se llenó de cicatrices por los golpes, cojeaba por un menisco que le fracturaron, rezaba con unos labios que se le partían y nunca podían sanar, porque al próximo día le hacían lo mismo. “¡Grita que viva Fidel!”, le ordenaban, o frases parecidas. Los testigos de Jehová lo resistían todo, resignados, como parte de la promesa de la nueva Jerusalén. Pero quizás Julio Ernesto le pidió permiso o perdón a Jehová: se colgó de una viga en uno de los cuarticos de las letrinas. Los guardias entraron en la barraca, era un domingo, día de descanso. Y nos escogieron a tres para cortarle la soga y bajarlo, meterlo en un camión que se alejó, llevándose nuestra última esperanza en los humanos, dejando paso al odio a los cubanos —los partícipes de la complicidad, diría que un 95 %—. Y en el mundo alucinante.

Heriberto Cancio, la “Esther Williams”, el “28”. Fanático de dicha actriz, al que sus películas le jodieron la vida. Para los shows llenaba de agua uno de esos barriles donde traían el petróleo —soviético— o las palanganas, se metía adentro o se echaba cubos de agua, bailando y cantando: ¡Ae, ae, ae la chambelona, yo no tengo la culpita, ni tampoco la culpona, de ser maricona! —¡Vaya que nos endulzaba el acíbar!— Fuimos a un cañaveral, junto a un pequeño río que corría bajo una quebrada. A la hora del descanso —de 20 minutos a media hora— se puso en el borde, alzó los brazos triunfales, nos sonrió. “¡Viva la Reina de los Mares!”, y se tiró de cabeza. Pero no era tan hondo como creía y se enterró verticalmente con la cabeza incrustada en el fango, muriendo al instante desnucado. Gritos y llantos a los que el sargento Cuesta replicaba “¡Sáquenlo, maricones!”. Y hala que hala, la cabeza una bola de fango que le limpiamos. Estalló una de esas imprevistas tormentas tropicales y pusimos el cadáver en el comedor, con cuatro chismosas a cada lado, y lluvia y más lluvia. Se inundaron los caminos, y el camión militar no se lo pudo llevar al cementerio con tumbas anónimas. Varios días de calor y humedad, el cuerpo hinchándose sobre la mesa de hormigón, y la peste volando, que entraba a las barracas para recordarnos que de la muerte no hay huida. Tengo otros, pero dejémoslos descansar…

¿A quiénes de los jefes recuerdas con afecto o con repulsión?

La memoria es mala y muy mal agradecida. Se recuerda más a quien te pateó, que a quien te limpió las nalgas. Quizás es que eran tan pocos los buenos… Sí, el cabo José Antonio: aunque estaba prohibido, siempre les llevaba agua a los que sufrían “El Hoyo” y “El Palo”. Tiene que haber otros. ¡Gracias! Con repulsión, a un tal sargento Echevarría, que siempre sonreía cuando nos golpeaba. De los otros prefiero no acordarme.

Hoy, tantos años después, ¿guardas rencor?, ¿has perdonado a tus verdugos?

Pregúntenles a los pocos viejitos judíos sobrevivientes del Holocausto, y a los del gulag soviético, a los descendientes de los negros que ahorcó el KKK, a los torturados en la Guerra Sucia latinoamericana, a quienes les mataron sus familiares las guerrillas latinoamericanas, a los que Mao Tze Tung asesinó durante la Revolución Cultural… Yo…, pues el odio y el rencor, el artista lo diluye en su obra.

En lo personal practico el budismo zen, que te enseña a luchar contra el lobo de tu condición humana. Y aunque es difícil cuando se ha vivido tanto malo, perdonar es como el viento, y el odio cargar una montaña. En Nueva York me encontré con aquel jefe en las Umap que me dio un bayonetazo en el rostro. Le dije: ¡Bienvenido al país de la libertad! Y me fui a disfrutar mi diaria caminata por el río Hudson.

¿Deseas agregar algo más para CUBAENCUENTRO?

He perdido al que fuera mi país, aunque encontré otro —¡Gracias, USA!—, mis viejos han muerto, a los sobrinos que nacieron tras exiliarme —yo no soy diáspora— no los conozco —les soy el tío de los dólares—, otros no me tratan porque les conviene o siguen creyendo en “aquello” —lo cual les respeto—.

No siento nostalgias; pero era mía una Habana que adoraba, no soy nacionalista; pero disfruto mi cultura antillana —más o menos la trasplanté aquí, pero no es lo mismo—. La casa donde nací, la derrumbó la desidia; la finca donde adoraba a mis orichas, la viven una familia de militares. En lugar de enterrar mis cenizas bajo Iroko, la ceiba, serán lanzadas al Hudson. Creo que me lo he ganado con tanto acontecer: ¡YO NO OLVIDO!

¡Gracias a CUBAENCUENTRO y a ti por esta oportunidad!


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