Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cuba, UMAP, Represión

A 50 años de las Umap

Entrevista con “Marino”

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El “exsoldado” Umap “Marino” —seudónimo que utiliza por temor a represalias— llevó el número “4”, el “48” y el “56”, puesto que estuvo en tres campamentos durante los dos años, siete meses y un día que permaneció en las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap), establecidas en Cuba de 1965 a 1968 por la revolución socialista. Cuando fue llevado a las Umap, “Marino” profesaba la fe cristiana y era un trabajador que además impartía clases nocturnas de manera voluntaria.

¿Cómo fue la despedida de tu familia?

La despedida resultó triste, dejaba mi hogar, mis estudios, mi trabajo, mi dedicación al apostolado seglar, mi novia. Nos reunieron en los bajos del antiguo Ayuntamiento de la provincia, en el centro de la ciudad de Matanzas, actual sede de la Asamblea Provincial del Poder Popular. Fueron a despedirme mi madre y mi novia. Allí se encontraban algunos jóvenes católicos conocidos, así como otros de diversas religiones, entre ellos un negro grande y gordo que decía tener azúcar en la sangre y que el día anterior, según comentó, se había hecho “santo”.

¿Sospechabas que era hacia las Umap adonde te llevaban?

No podía sospechar nada, pues mi llamado fue el primero que se hizo para las Umap y yo desconocía la existencia de estas. Me llevaron el día 29 de Noviembre de 1965.

¿Sabías, tenías conciencia de lo que eran las Umap?

No, no sabía qué eran las Umap.

Mi citación era para cumplir el Servicio Militar Obligatorio. Luego supe que era para las Umap y que el visto bueno para que me llevaran lo dio un vecino de mi cuadra, quien, por envidia, en mi opinión, arremetió contra mí. Era de esperar, esta persona era un fanático comunista que trabajaba en el Comité Municipal de Reclutamiento. Creo que le molestaba mi decencia, mi buen vivir, mi honestidad al expresarme, y que yo, religioso, resultaba además un estudiante destacado y un buen trabajador que mantenía excelentes relaciones humanas con todo el mundo.

¿Qué edad tenías en ese momento?

Acababa de cumplir 24 años.

¿A qué te dedicabas?

Por una serie de problemas personales que me llevaron a la depresión, debí dejar mis estudios de Psicología en la Universidad de La Habana. Regresé a Matanzas y comencé a estudiar la carrera de Contador-Planificador en la antigua Escuela Profesional de Comercio, en el horario nocturno, ya que por el día trabajaba en la Empresa de Víveres San Juan de la Unidad 302, donde además servía como profesor de Contabilidad de los trabajadores con carácter voluntario en horario extra.

¿Por qué crees que te llevaron? ¿Tenías antecedentes penales? ¿Habías cometido algún delito?

Creía que me llevaban para cumplir la ley del Servicio Militar Obligatorio (SMO), no tenía antecedentes penales ni había cometido algún delito. Luego, cuando vi las personas que habían sido citadas, me di cuenta de que me llevaban por mis creencias religiosas.

¿Cómo fue el viaje desde Matanzas hasta el destino final? ¿Cuáles te resultaron los momentos más difíciles de ese viaje?

Nos llevaron para las afueras de la ciudad en camiones militares a un lugar llamado Gelpy. Allí nos montaron en un tren lechero como de nueve vagones, que luego vimos venían cargados de otras personas de las provincias de Pinar del Río y de La Habana. A los vagones nos mandaron a subir un grupo de soldados que llevaban armas largas, muy groseros y violentos, nos decían palabras obscenas y nos apuntaban con los fusiles para que nos alejáramos de las puertas; nos trataron como si fuéramos delincuentes peligrosos.

El tren parecía que se había vuelto loco. Parecía un viaje eterno, sin final. Estuvimos las 25 horas que duró el viaje, hasta la terminal de ferrocarriles de Morón, sin poder beber una gota de agua. El depósito de agua que se hallaba en el vagón estaba vacío y a pesar de suplicarles a los guardias que los llenaran al pasar por las terminales, no lo hacían.

El ambiente del vagón era deprimente. Durante las 25 horas que demoró el recorrido hasta llegar a la terminal de ferrocarriles de la ciudad de Morón, solo nos habían dado comida en Santa Clara: una cajita con congrí, con congrí nada más.

Allí en Santa Clara pedimos a los soldados que nos dieran agua o que nos llenaran el depósito, pero no nos hicieron caso.

¿Cuáles fueron algunos de los momentos en que más temor sentiste, si es que los hubo?

Sentí mucho temor al llegar a Morón. Allí una muchedumbre nos repudió. Nos gritaban “maricones”, nos mentaban la madre y otros muchos improperios. Nos habían llevado para la parte de atrás de la terminal. Allí estuvimos mucho tiempo.

Pude saber entonces con más precisión las características de mis compañeros de viaje. Casi todos eran jóvenes, religiosos de varias denominaciones: masones, santeros, paleros, etcétera y también homosexuales y desafectos a la revolución en sentido general.

Al poco rato comenzaron a llegar varios camiones militares para trasladarnos. A mí y a dos amigos católicos, entre otros, nos llevaron para un campamento conocido como Guindandillo, no muy lejos del batey Manguito, del central azucarero Pina. Allí nos informaron que formábamos la “compañía” 3.

La llegada al campamento fue muy deprimente. El piso de la barraca era de tierra y las literas de madera y saco de yute, sin colchón ni almohada.

Cerca del comedor había un latón de manteca ruso con agua para beber. Allí todos metíamos un jarrito para coger agua, de manera que el agua se ensuciaba y se contaminaba.

Carecíamos de luz eléctrica, nos alumbrábamos con mechones de queroseno cuya mecha era de saco de yute.

El campamento se hallaba resguardado por enormes cercas de alambres de púas y estaba prohibido acercarse a ellas.

La primera noche, y otras, me conmovió escuchar como lloraban muchos de los “reclutados”. Los religiosos nos pusimos de acuerdo para ir por las literas a consolarlos fraternalmente, a darles ánimo.

Un mulato grande, que era santero, lloriqueaba mucho, siempre lo apadriné y me tomó gran cariño, me decía “Padre”. Él apenas sabía escribir y yo le hacía las cartas a su mamá a la que él llamaba “La Pura”. Él era de Guanabacoa.

¿Qué propósito, en verdad, piensas que tenía el gobierno al crear las Umap?

Era un centro de castigo, así se lo decían constantemente a los testigos de Jehová para que trabajaran y evitaran las consecuencias, pues ellos mantenían su plante de que su religión no les permitía servir a dos señores.

El gobierno había creado las Umap para ejercer una represión contra todo joven, y algunos no jóvenes, que no se correspondieran con la ideología imperante. Era una forma de desarticular y desorganizar las iglesias cristianas, las logias, etcétera. De amedrentar a los creyentes para que se alejaran de las iglesias y de las logias.

Y también para aterrorizar a la juventud desafecta con la revolución y a la vez garantizar mano de obra gratis en la agricultura; ya en esa época los campos se hallaban muy desiertos porque muchas personas, jóvenes y no, habían emigrado hacia La Habana.

Cuéntame un día de trabajo, desde la salida del campamento hasta el regreso.

Daban el de pie alrededor de las cinco y media de la mañana. A veces antes de esa hora. Había que andar muy rápido; asearse como fuera posible, recoger las literas y formar frente al asta de la bandera para luego ir en fila al comedor. El desayuno era un jarrito de fécula de maíz ruso con un pedacito de pan. Poco después montábamos en carretas para ir a los campos de caña. Nos acompañaban soldados con sus armas largas y nos vigilaban todo el día, se nos daba por merienda una naranja y se llevaba el almuerzo, consistente casi siempre en arroz, chícharos y tronchos de pescado.

El trabajo agrícola fundamentalmente consistía en cortar caña, y a veces desyerbar los campos de frutos menores. Un trabajo muy rudo para quienes no estábamos acostumbrados a realizarlo. Nos agobiaba sentir que no podríamos cumplir la norma que nos imponían.

La norma era de 15 grandes pilas de caña.

Era un trabajo terrible. Tanto que algunos de los “reclutados” se autoagredían con el machete, casi siempre en manos y piernas, para de este modo tener unos días de descanso, cuando los situaban como cuarteleros en la barraca.

Regresábamos al anochecer.

Una vez en el campamento, había que actuar con agilidad para alcanzar lo más rápido posible una de las duchas del baño colectivo, que eran más bien ocho tubos de agua para 120 hombres, sin privacidad alguna.

Luego de más o menos una hora, formábamos fila para arriar la bandera e ir al comedor. Todo estaba alumbrado con mechones.

Nos hallábamos muy agotados al terminar el día. A las diez de la noche daban la orden de “Silencio”.

¿En algún momento recibieron instrucción, adoctrinamiento alguno que indicara que estaban allí para “reeducarlos”, o quedaba claro que no era más que un castigo por equis razón?

En realidad, nunca nos dieron alguna instrucción. Los sargentos políticos eran personas con una cultura muy pobre, al igual que los demás que dirigían la “compañía”. Eran militares en su mayoría también castigados. Siempre nos decían que nos portáramos bien, tenían muy mal concepto de todos nosotros, a quienes consideraban “lacra social”.

Algunos se sorprendían con el comportamiento de los católicos: el teniente segundo de la “compañía”, de apellido Ferriol, un día me dijo que consideraba que yo y otros más estábamos allí por una equivocación, que éramos muy buenos y le pregunté: “Oficial, ¿cómo usted cree que sería esta ´compañía´ si todos fueran como nosotros?”. Él se torció el hombro y mirando por la ventana hacia fuera me respondió: “Esto sería de maravilla, pues a pesar de todas las boberías en que ustedes creen, son buenos”. Entonces le dije: “Precisamente, esas boberías son las que nos hacen ser felices en medio de tanto sufrimiento injusto”.

¿En cuál o cuáles campamentos estuviste? ¿Cómo eran estos campamentos, cómo funcionaban, cuán alejados de la “civilización” se hallaban?

Estuve inicialmente en el de la “compañía” No. 3, después me enviaron a trabajar en el Suministro del “Batallón” No.9, donde al poco tiempo me castigó el político de allí, un tipo muy despectivo de apellido Manzano. Él violaba mi correspondencia y leyó cartas de personas católicas que me escribían dándome ánimos. El castigo consistió en trabajar donde lo hacía la “compañía” número 4, no la 3. De este modo me alejó de mis amigos y antiguos jefes, quienes ya me conocían bien y creo que hasta me tenían alguna estima.

No mucho tiempo después, el sargento Alberto Rodríguez Pérez logró reincorporarme a trabajar con él en la jefatura del “Batallón”, alegando mi eficiencia en la distribución de los alimentos y en el vestuario de todas las “compañías”.

La jefatura del “Batallón” se encontraba en un lugar llamado “La Norma”, cerca del entronque de la carretera que va para Ciego de Ávila y Morón, mientras que la “compañía” 4 estaba cerca del batey Minas, también cercano al pueblo Pina del central Ciro Redondo (antiguamente, tanto el pueblo como el central azucarero, se llamaban Pina).

¿Tú o tus copadecientes recibieron, además de castigos psicológicos, castigos físicos? Si así fue, ¿puedes detallarme algunos de esos castigos y las causas por las cuales se aplicaban?

El castigo físico y moral lo recibimos desde la hora en que nos recogieron como animales para hacinarnos en los campos de Camagüey, para trabajar en labores agrícolas de manera forzada y con la propaganda oficial de que éramos “lacra social”.

Por ejemplo, a quienes llevaban a la consulta médica en el pueblo de Pina, cerca de las ciudades de Morón y Ciego de Ávila, eran mirados con temor o desprecio por los transeúntes, puesto que debían pensar que eran malas personas.

Los testigos de Jehová, como se negaban a saludar la bandera e ir a trabajar al campo, recibían muchos castigos. En ocasiones no les permitían comer. También les retenían los paquetes que les enviaban sus familiares y no tenían derecho a recibir cartas.

Uno de los castigos más crueles que vi fue el que le aplicaron al testigo de Jehová Amador: durante horas lo pusieron, desnudo, sin comer ni beber agua, al lado del asta de la bandera y encima de él un grueso madero que le hacía parecer a Jesucristo camino del Calvario.

También al propio Amador lo obligaron a cargar una carretilla de piedras varios metros fuera del campamento y detrás el primer teniente disparando tiros al aire. Esa noche de nuevo lo pararon desnudo al lado de la bandera, que él se negaba a saludar, sin probar ni agua ni alimentos. Yo, a escondidas de los guardias, le llevé un jarrito con agua y otro con algo de mi comida. Sabía a lo que me arriesgaba, pero me partía el alma ver al testigo Amador en semejantes condiciones, se veía que estaba destrozado, pero resistía.

Había muchos otros castigos, pero no quiero ni acordarme de eso. Pero la verdad es que quienes más castigos inhumanos recibían eran los testigos de Jehová, que por otra parte, como no iban al trabajo en el surco, estaban obligados a limpiar las letrinas.

¿A quiénes de tus copadecientes recuerdas con cariño, o solamente recuerdas?

Recuerdo con cariño a los “soldados” Umap católicos Gilberto Maseda, Reynaldo Ceballos y Osvaldo Mesa; a los bautistas Rolando Padrón y a Eduardo; de los testigos de Jehová, principalmente a Amador, y también al mulato “Jimagua”, quien le diera mucho aliento a Amador durante los castigos.

Recuerdo también con afecto al recluta del SMO César, quien fuera enviado a las Umap, desde su unidad miliar en La Habana, luego que otros dos reclutas, también del SMO, lo violaran. Él sufría mucho por esa violación y por el hecho de haber ido a parar a las Umap. Sin embargo, en la medida en que tuvo contacto con los religiosos, fue resignándose hasta que finalmente se convirtió al cristianismo. De igual modo, otros jóvenes que eran ateos se convirtieron al cristianismo allí al interactuar con nosotros los religiosos.

Nunca olvido al señor Eliseo García, de 54 años de edad y castigado junto con un numeroso grupo de trabajadores de Cubana de Aviación. Se afirmaba que habían sido enviados a las Umap porque uno de los trabajadores de Cubana de Aviación había intentado desviar una nave aérea para huir hacia Estados Unidos y en la confrontación murió el piloto de la nave.

Me dolía mucho ver llorar en silencio al señor Eliseo García. Los religiosos le dábamos ánimo.

¿A quiénes de los jefes recuerdas con afecto o con repulsión?

Recuerdo con afecto al sargento responsable de los suministros, Alberto Rodríguez Pérez, combatiente de la Sierra Maestra, quien reconoció siempre que estábamos allí por una equivocación. También a los muchachos reclutas de la guarnición del SMO, entre ellos a Chamorro, Goitizolo y “El Buldi”, que tenía cara de perro buldog, pero no recuerdo su nombre, y también a Pedro Lister y a José Ramón Gómez Yánez.

Con repulsión recuerdo a un sargento que le llamaban “El Gallego”. Este, una noche nos levantó a todos diciéndonos groserías y afirmando que un Umap, en medio de la oscuridad, en horario de silencio, había silbado burlándose de él. Yo estaba dormido en la hamaca y él me amenazó con lanzarme al suelo. El caso es que nos puso en fila en las afueras de la barraca, todo estaba muy oscuro y los enjambres de mosquitos nos comían y el frío nos llegaba a los huesos. Así nos tuvo hasta el amanecer.

Pero siempre debemos ser justos y decir que los testigos de Jehová sufrieron muchísimo más, recibían más castigos y eran tratados despóticamente por los jefes.

Hoy, tantos años después, ¿guardas rencor?, ¿has perdonado a tus verdugos?

Recordar es volver a vivir aquella pesadilla, según mi formación cristiana he tratado de perdonar tanta injuria, injusticia y dolor sufridos.

Cuando me llevaron, yo era un buen estudiante y un buen trabajador. Y era asimismo un líder católico con buenas relaciones con los cristianos de otras denominaciones.

En las Umap, en la medida de mis posibilidades, di ánimos a los más desesperados, en reuniones que realizábamos donde fuera posible. Estudiábamos el Evangelio sin que existiera la menor discrepancia entre los jóvenes protestantes evangélicos, los testigos de Jehová, los paleros, espiritistas, masones y otros.

El vivir la alegría del Evangelio hizo irradiar a Jesús a los demás, aun algunos jóvenes ateos se convirtieron al cristianismo, como ya te decía.

Creo que nuestra fe nos hacía distintos, más resignados, libres en “La Libertad de la Luz”.

¿Deseas agregar algo más para CUBAENCUENTRO?

Agradezco a ustedes la gentileza de recibir mi testimonio y quisiera citar algo que le dije a un grupo de oficiales del Ejército Central, que me entrevistaron en la jefatura del “batallón” No. 9 para saber, eso me dijeron, la verdad sobre las Umap, puesto que de nosotros comentaban tanto en Cuba como en el extranjero y se afirmaba que estábamos en “Campos de Concentración”. Asimismo, diversas organizaciones humanitarias y religiosas se habían quejado en todo el mundo por las condiciones en que nos tenían, incluida la Nunciatura Apostólica de Cuba, que había intervenido con las autoridades cubanas para que nos liberaran. A las protestas se sumaron los gobiernos de Canadá, España y México y en un reportaje de la revista Live se habían publicado fotos de las torturas que recibían los testigos de Jehová.

Bueno… yo les contesté a los oficiales del Ejército Central lo siguiente: “Mediante el castigo no se logra reivindicar a nadie, y mucho menos a los homosexuales, así no es posible atraer a jóvenes con pensamientos políticos establecidos y mucho menos hacer que los creyentes abandonen su fe en Jesucristo.

Miren, los sargentos políticos han afirmado constantemente que los homosexuales, con el rigor del trabajo se harían viriles, los alcohólicos dejarían de beber, los chulos no explotarían a las mujeres, los religiosos abandonaríamos el camino de Dios, y en mi caso, por ejemplo, yo estaría confinado hasta que me hiciese ateo… Pero miren, me ha sucedido lo contrario: ahora creo en Dios más que antes de estar en las Umap”.

Quiero dejar constancia de que allí al campamento de la “compañía” No. 3, llegó un día, sin que nos explicara cómo logró hacerlo, mi párroco, el padre Juan Manuel Machado, para conferirme el ministerio extraordinario de la Eucaristía y para orar con los católicos y administrarles la sagrada comunión. Creo que por haber realizado tan largo y escabroso viaje, y sin saber a ciencia cierta los resultados que podría alcanzar, le permitieron al padre Juan Manuel que realizara su propósito, para lo cual nos autorizaron a trasladarnos fuera del campamento, hasta bajo un algarrobo.

Gracias.


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