Actualizado: 24/05/2019 17:31
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Ballet

“Ahora mismo soy muy feliz”

Entrevista con Miguel Altunaga, bailarín de Rambert Dance, una de las compañías de danza contemporánea más prestigiosas del mundo

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Luego de varios años bailando con Rambert Dance, una de las compañías de danza contemporánea más prestigiosas del mundo, este cubano, ex bailarín de Danza Contemporánea de Cuba, debutará en mayo en What Wild Ecstacy (la versión de Rambert para conmemorar el centenario de La siesta de un fauno, la emblemática pieza de Nijinsky).

La Habana son los cuerpos, dice Abilio Estévez.

Con la benevolencia de la distancia, uno los recuerda caminando por La Rampa, reclinados en la noche del Malecón, levitando entre adoquines en la Plaza Vieja, las más de las veces exultantes de deseo o al menos agradecidos del apetito ajeno; cuerpos que plantan los pies sobre la tierra como si fuera suya; se desplazan con cierta arrogancia, exponiendo la mitad de las carnes a la furia del sol.

Pero La Habana es apenas memoria.

Ahora es Londres en el otoño de 2007, donde cuerpos usualmente más pudorosos se adivinan debajo de numerosas capas de abrigos y bufandas. Y en el centro de la ciudad el teatro Saddler´s Wells. Esta noche, como muchas otras, una docena de cuerpos ingleses, españoles, australianos, lituanos, polacos, sudafricanos, singapurenses, alemanes, neozelandeses, hacen puntas y tijeras con la perfección de un ballet clásico, la mitad de los rígidos músculos expuestos a centenares de ojos. Varias formas se retuercen en el tabloncillo, antes de lanzarse al aire y suspender el tiempo por varios segundos; un coro logra gimnásticos saltos en una esquina mientras una pareja improvisa cierta historia de amor con histriónica gestualidad.

Piernas recias, brazos y cuellos que se estiran más allá de lo anatómicamente razonable, abdómenes perfectamente planos caen sobre otros abdómenes y espaldas, para rodar abrazados, sin recato alguno, hacia el borde del escenario. Los pechos se abren como si fueran a romperse, las cabezas parecen zafarse de los hombros, consecutivos fuetés levantan las faldas blancas en una orgía de muerte. Y en medio de ese simétrico desenfreno, un cuerpo se curva un centímetro más y planta sus descalzos pies con más fuerza que el resto. Uno lo sospecha, pero se distrae cuando otro coro de formas reaparece por la derecha repitiendo posiciones de yoga. Ahora se acarician de arriba a abajo, transitan de unos brazos a otros, vuelan sobre las cabezas de ovillos humanos plantados en el suelo, y de nuevo aquel cuerpo sonríe, un enjambre de trencitas se desparrama hacia delante y las caderas se retuercen con cierta insolencia. La orquesta suelta los últimos acordes, las figuras contorsionan por las cuatro esquinas y se despiden camino de los telones. En el último minuto, aquel cuerpo hace una tijera final, mueve la cabeza hacia la derecha violentamente, la vuelve a poner en su sitio, y luego de fijar los ojos en un punto céntrico de la platea, estira el brazo con estudiada vanidad, gira el puño y abre la mano derecha: delicada, tierna, sutilmente. Guiño del último segundo que no deja dudas: es un cuerpo de La Habana.

Se llama Miguel Altunaga, tenía entonces 24 años y era su debut con Rambert Dance, en la premiere londinense de Infinity, una coreografía del australiano Garry Steward.

¿Cómo llegaste aquí?

Miguel Altunaga (MA): Estoy en Londres gracias a Carlos Acosta y Tocororo. Veníamos a Londres desde el 2003 y era posiblemente la última vez. Yo fui y audicioné para Rambert Dance, quise explorar, intentar. Ya era primer bailarín de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) y necesitaba un cambio, ser más ambicioso, quería bailar con compañías europeas, escenarios mundiales y bailar con filosofías distintas de la danza, estilos distintos, coreógrafos internacionales.

Rambert tiene a los mejores bailarines contemporáneos venidos de todas partes del mundo. ¿Cómo es una audición?

MA: Mi amigo Andrew Hurst, manager del Royal Ballet, me ayudó a presentarme. Era una clase de ballet y un poco de ensayo con los bailarines a ver cómo encajaba en la compañía. Yo llegué ahí con mi CV, vieron que era cubano y parece que les gusté. Pero yo necesitaba una respuesta rápida, pues la visa se me acababa en un mes y el permiso de Cuba también. Entonces Carlos Acosta llamó al director de Rambert y le dijo: “Mira compadre, esto es así”, y le explicó el problema de los cubanos con los papeles. Los ingleses no entienden, no pueden entender. Carlos le dijo: “Este muchacho es superbueno, tienes que cogerlo, va a ser bueno tener a alguien como él en Rambert”.

Cuando el hombre me llamó a su oficina creí que era para decirme no después de tanta presión, pero me dijo que me ofrecía un contrato como aprendiz, un contrato ligerito para mí, que era primer bailarín en Cuba. Pero era un contrato con Rambert Dance y el dinero me daba para vivir ampliamente en Londres.

Pero la historia no termina ahí, tan fácilmente. Corrí para Cuba a arreglar los papeles con el Ministerio de Cultura y esperar el permiso de trabajo de los ingleses. Lo mandaron a través del Royal Mail, que al llegar a Cuba se convierte en Correos de Cuba, y el contrato se perdió. Hicimos todas las gestiones con la gente del correo: sobornos, amenazas, pero nada.

Entonces tuvimos que convencer a los ingleses de que me mandaran otro contrato por DHL. Lo recibí en cuatro días, los británicos me dieron la visa y el pasaje en el momento y me dijeron: “Te vas mañana”. No me dio tiempo a despedirme de nadie, ni siquiera de mi papá.

Ah, después de todo, el primer contrato apareció en el correo, pero ya era tarde.

Fueron los tres meses más agonizantes de mi vida. Yo estaba mal porque no tenía trabajo y todo el mundo me preguntaba: ‘¿Pero tú no te ibas, cuándo te vas?’. Al final todo salió bien. No tenía dinero para pasaje ni nada y ellos lo compraron a través de un sponsor y eso es algo que siempre le voy a agradecer a Rambert.

Pero en Cuba nunca sabes qué va a suceder. Me puse muy nervioso y mi familia también. Ya me habían dado la baja de DCC y estaba en la calle. Si no se daba aquello, tenía que irme a bailar a un cabaret o al Ballet de la Televisión, o a Rakatán. Pero ese no era el estándar que yo quería. Ya tenía que estar aquí, bailar aquí.

¿Qué otras compañías internacionales importantes conocías en ese momento?

MA: Me gustaba Nederlands Dans Theater, Russell Maliphant Company, Pina Bausch, Nacho Duato. Había visto la compañía de Pina Bausch en Alemania. Las demás las había visto en vídeo y eran mi sueño lejano. Pero, mira, ya estoy en Londres y lo he visto todo: la compañía de Alvin Ailey, American Dance Theater; porque todas las compañías buenas bailan aquí.

¿Y en el futuro te gustaría bailar con...?

MA: Experimentar con Russell Maliphant, Nederlands Dans Theatre, William Forsythe.

¿Alguna pieza en particular?

MA: La coreografía “Afterlife”, de Maliphant, es un solo precioso que me encantaría hacer. Alguna coreografía de Sidi Larbi y Akram Khan, que son geniales, jóvenes dando en el duro. Yo los estudio mucho porque quiero ser coreógrafo también. Hay una coreografía mía, Dont think about it, bailada en una función por una pequeña compañía durante los workshops anuales de Rambert, y también un solo que se llama “Memoria”, que estrené en una gala con Carlos Acosta y sus invitados en el Coliseo en el 2009 y él la baila también.

“Recuerden ese nombre: está hecho para el estrellato”, dijo la prensa.

¿Siempre bailarías danza contemporánea?

MA: Estoy abierto a cualquier cosa. En Rambert hacemos danza muy contemporánea con altísimo nivel técnico. En DCC el nivel técnico no era la prioridad, pero en Rambert el nivel técnico y el sentido plástico tienen que ser perfectos. Mi nivel técnico ha mejorado mucho en los últimos años.

En Cuba se espera que seas más artista. La parte artística cubana es muy alta. Teníamos que ser actores. Aquí es más sobrio, más contenido, más inglés. El nivel artístico siempre tiene que estar muy por encima, pero en lo técnico tienes que estar dando la hora.

En las coreografías de Rambert Dance hay mucho de ballet clásico…

MA: Se entrena muy fuerte el clásico. Yo veo la danza como un todo, sin separar la contemporánea de la clásica. Es la misma familia, se complementan, aunque tienen diferentes intenciones y estéticas. No estoy en la limitación de elegir una u otra. Estoy abierto a bailar cualquier cosa.

Bailaría encantado de la vida con el Royal Ballet. A donde tú me invites, voy, así haya que hacer bailes populares, cabaret, actuación, cantar, todo lo que sea arte. Ahora soy Senior Dancer en Rambert y he sido primer bailarín en Cuba. Hago papeles importantes, pero también puedo bailar en algo más comercial. Me interesa aprender y disfrutar. Para decirte la verdad, entro por la mañana a los ensayos y hay que sacarme por la noche. Como, duermo y camino danza. Es mi razón de vivir, mi misión y le dedicaré mi vida.

¿Cómo y dónde empezó tu historia?

MA: Bailaba como aficionado en la escuela. Bailaba estampas campesinas, bailes populares, y participábamos en competencias con otras escuelas. Yo bailaba por vocación, aunque realmente lo que me llamaba más la atención era la música, tocar algún instrumento, percusión fundamentalmente. No tenía en mente ser bailarín. Le daba golpes a una lata y eso. Tengo buen ritmo, por eso quería ser percusionista. Pero cuando estaba en sexto grado vinieron a la escuela buscando muchachos para danza en la ENA (Escuela Nacional de Arte). Creo que había un solo varón en danza para la enseñanza secundaria; estaban desesperados buscando muchachos. Fue fácil pasar los exámenes porque estaban buscando hombres a lo que fuera.

Claro que me movía bien y era uno de los puntales del grupo en que bailaba, pero realmente la idea era ver si, una vez allí, podía pasarme para música. Solo mucho después me enamoré de la danza. Nunca dejé de pensar en la percusión, pero le fui cogiendo sabor a la danza y me di cuenta de que quería bailar. En tercer año de la ENA, cuando tienes que pasar al nivel medio y vienen las escuelas de todas provincias, tuve una quemadura en una rodilla y casi me quedé fuera del paso de nivel. Ahí me di cuenta de lo que me gustaba, empecé a apreciarlo, a sentir que de verdad yo estaba hecho para bailar.

Me destacaba por naturaleza, no era un palo, era espontáneo, tenía ritmo, carisma, pero había gente con muchas más condiciones que yo, fácilmente. Tuve que trabajar duro. Había gente con mejores condiciones.

¿Y dónde está esa gente ahora?

MA: Ya algunos se han descarrilado, algunos hacen cabaret o lo que aparezca, pero había muchachos con más condiciones que yo.

Cuando regresé a la escuela luego de tres meses fuera por la quemadura, tuve que ponerle más y llegó un momento en que tuve que ponerme en forma. Trabajé duro y me convertí en uno de los puntales. A partir de ahí me di cuenta de que bailar era mi vida. Era un poco distraído y bastante indisciplinado en la parte escolar, siempre estaba hablando en el aula, o me dormía, o hacía chistes. Pero entonces me junté con Julio César, el hijo del director de DCC, y empezamos a hacer coreografías juntos y ahí fue cuando me sentí más atraído por la danza moderna o contemporánea, porque lo que más me gustaba hasta entonces era la danza folclórica, los bailes populares, los bailes de los orishas. Estando todavía en la escuela vino un coreógrafo americano a bailar con DCC y necesitaban un muchacho para hijo del principal, y me escogieron. Estaba todavía en la escuela y fue tremendo reto bailar con los profesionales. Después de graduarme empecé a trabajar ahí (en DCC).

Tu mejor momento, la mejor coreografía que has interpretado.

MA: Creo que todos han sido buenos momentos porque cada uno ha servido para evolucionar. Quizás el mejor ha sido con la coreografía Compás, del holandés Jan Linkens. Fue una noche en que yo tenía muchos roles en hora y media de pieza y dos intervalos. Fue en el García Lorca, en La Habana. La prensa me mencionó, tuve entrevistas por la radio, fue uno de los mejores momentos para coger algo en arte. Pero en siete años hay muchos buenos momentos.

La vida profesional de un bailarín es muy limitada. Cuando no pueda bailar voy a coreografiar, ser profesor, maestro de baile. La parte intelectual también. Estudiando historia de la danza, creando técnicas y, si se puede, brindando mucha creatividad, ayudando a las nuevas generaciones a ser mejores artistas, abiertos y no limitados; a querer el mundo del arte como un todo, no elegir un bando u otro. En el mundo del arte todo vale.

¿Cómo calificarías el estilo Rambert?

MA: Por su historia, tiene un estilo muy variado, se hacen cosas muy modernas como Cunningham, Portelo, de 2012, o del año 1912, como La siesta del Fauno, de Nijinsky, que estamos estrenando por su centenario. Rambert es una compañía de repertorio, trata de abarcar todos los estilos, ser versátil, interpretar una obra como Un tranvía llamado deseo, convertirte en algo más abstracto como Cunningham, o moderno como Paul Taylor. Es un reto muy grande y día a día enfrentas diferentes estilos y filosofías, diferentes maneras de moverte, diferentes eras. Un bailarín contemporáneo debe indagar cómo se bailaba en la época moderna, cómo se interpretó el Fauno en 1912, cómo se creó, cuál es la historia de ese ballet. Es muy interesante y ayuda a cultivarte, a crecer como intelectual.

Algunos críticos han mencionado como un problema precisamente la inexistencia de un estilo Rambert. Me gusta que no puedan definirlo, porque a la vez que te defines y creas una identidad te puedes encerrar y embarcar, encasillar y convertirte en un río que no fluye. Lo indefinido es algo que constantemente cambia y se mueve.

¿Cuánto puedes improvisar con Rambert Dance?

MA: Siempre hay un margen de improvisación, uno debe ir organizado, saber dónde empezar y terminar, y en esa trayectoria moverse con improvisación, estar abierto. Como bailarín uno adiciona cosas al personaje. Todos los días trato de buscar algo nuevo para no repetirme y que el personaje evolucione.

¿Y tu estilo personal es?

MA: No tengo un estilo, sino muchos. Realmente soy todo y nada. Trato de estar abierto a todos los estilos. He hecho contemporánea, danza teatro, Pina Bausch, William Forsythe. En un momento me dije: ‘Si puedo hacer de todo, no me quiero encasillar’. Es una virtud, creo, pues lo mismo puedo bailar salsa que cabaret, un neoclásico que danza teatro. En una carrera corta como esta es importante poder abrazar todo lo que venga y adicionarle más colores a tu carrera.

¿Cuál es el personaje que recuerdas con más cariño?

MA: Yo fui muy feliz en Compás, pero trabajar con Carlos Acosta en Tocororo, donde yo hacía pequeños personajes, fue una alegría inmensa, estar en el escenario con él. Somos muy amigos, como familia.

Y ahora mismo, ensayando La siesta del fauno, la estoy pasando muy bien, disfrutando como nunca en mi vida.

Miguel se levanta a las 8:00, y ensaya ininterrumpidamente desde las 10:15 hasta las 6:00 pm. Todos los días, de lunes a viernes. Si hay funciones, entonces puede bailar hasta siete veces a la semana. Su régimen de alimentación es bastante estricto, aunque alterno: días de ensaladas, días de proteínas, de vegetales, en dependencia de lo duro que haya trabajado. Cuando tiene función, cena una hora y media antes de bailar, pero no mucho, sino pedacitos de todo, barritas, frutas, mucha banana, muchos jugos. Ya no come comida cubana, pero a veces, si tiene tiempo libre, come arroz y frijoles en un restaurante brasileño y, últimamente, desde que vive con su novia española (Itziar Mendizabal, primera solista del Royal Ballet), come muchos embutidos. “Pero yo como, porque con tanto esfuerzo físico tengo que comer, pero lo suelto todo bailando”. Duerme al menos ocho horas diarias y casi nunca bebe alcohol. “Una cervecita, un mojito o un vinito de vez en cuando no está mal, pero no tomo mucho”.

El sábado de la única nevada de 2012 en Londres, Miguel había comido comida brasileña, y se había bebido dos mojitos en un bar de Notting Hill. A la mañana siguiente, durante las varias horas de conversación, hizo automáticos ejercicios de estiramiento del cuello, se bebió un té de manzanilla y me aseguró que iba a dormir por la tarde para recuperar las horas de sueño perdido. Al día siguiente comenzaba la gira anual de la compañía “Seven for a secret”.

¿Cómo te comparas con el resto de los bailarines de la compañía?

MA: Cuando llegué a la compañía el nivel clásico de los demás era más elevado que el mío. Yo tenía buen nivel, pero no tan compacto ni cerrado como los bailarines de Rambert, donde casi todos tienen un background clásico. Yo venía de algo más contemporáneo. Ese era mi fuerte. Tenía más improvisación, la facilidad para hacer más cosas con el cuerpo, la facilidad para la suavidad, era donde más cómodo me sentía. Mi lado débil era el trabajo de los pies en la parte clásica, y aún hoy sigo trabajando en ello, pero ahora me siento un bailarín más all around, más completo. Ahora sí tengo una técnica para todos los estilos: clásico, neoclásico, moderno y contemporáneo. He entrenado diferentes técnicas como Martha Graham, la técnica cubana mezclada con Cunnigham. Ahora me siento más al nivel del estilo requerido por la compañía.

¿Y cómo te ven en Rambert?

MA: En todas las compañías del mundo nos encanta etiquetar a las personas, yo trato de ser bueno en todo, en todas las tendencias, buscarle sentido a cada obra e interpretarlo todo con toda la técnica, la gracia, la espontaneidad y la entrega para que nadie me encasille. Al principio les gustaba decir que yo era más contemporáneo y otros bailarines de Rambert eran más clásicos. Ahora no pueden decir lo mismo, yo me propuse que iba a mejorar la técnica clásica y así hice. Cuando alguien me dice tú eres mejor para esto o lo otro, yo lo tomo como un consejo, entiendo dónde tengo que trabajar más y durante un tiempo le dedico mucho tiempo, ni duermo, hasta que logro lo que quiero. Hasta que no logré encontrar el estilo clásico de Rambert, no descansé.

En Rambert los bailarines tienen unos cuerpos perfectos, pero no es así en todas las compañías de danza contemporánea.

MA: En Rambert hacemos entrenamiento clásico y de alargamientos de la figura, hay mucha preocupación por la parte visual, la manera en que el cuerpo se estira para que se vea mas atlético, pero que otros no lo tengan no demerita el estilo. Hay personas y compañías que no necesitan el nivel de atleticismo o físico que nosotros tenemos en Rambert y pueden bailar perfectamente contemporáneo, con otras maneras de moverse, otras filosofías coreográficas que no necesitan esa musicalidad.

Tomó muy poco tiempo para que el público de Rambert te identificara y te aplaudiera.

MA: El público de Rambert es muy fiel, sabe la historia, la idiosincrasia, sabe todo sobre la compañía, es un público exigente, pero a veces me gustaría que nos pidiera más, pues eso nos ayuda a ser mejores. A veces es tan fiel que puede ser conservador. Me gustaría que nos empuje aún más.

¿El asma?

MA: Soy asmático, pero realmente he mejorado últimamente, porque hasta para respirar hace falta técnica. La técnica no es lo más importante, no me malinterpretes, pero es una herramienta para facilitar las cosas. Tú tienes técnica para hablar inglés más fluido, para bailar con más gracia y facilidad, sin lastimarte. Aquí en Rambert he aprendido a respirar, leyendo, investigando, porque tenía que encontrar una manera de no cansarme tan rápido y que no me diera asma en el escenario. Leyendo he aprendido cómo respirar por el diafragma, más relajado, los hombros relajados, el cuerpo elástico. He aprendido a bailar más tranquilo y no tener asma. En Cuba siempre me daba mucho asma, siempre tenía catarro y aquí aunque es muy húmedo, es más seco que en Cuba. De todas formas siempre ando con el aerosol arriba (se toca el bolsillo derecho del abrigo).

Cada día hay más compañías de danza contemporánea, parecen salir cientos cada año.

MA: La danza contemporánea ha llegado a un nivel en que la tecnología es fundamental. Hoy en día ya no es solo el coreógrafo y los bailarines, es el diseñador de luces, vestuaristas, compositor, stage manager. Si quieres ser vanguardista, tienes que tener un gran equipo detrás. La danza contemporánea es como una película.

Londres

MA: Londres me encanta, es magnífico. Tienes la oportunidad de conocer tantas personas de tantos países, tantas culturas, hay tanto arte, tanta arquitectura, tantos idiomas. Londres lo tiene todo. En Tate Modern, por ejemplo, está todo el arte. Todo es bueno en Londres. Me gustan los parques, sobre todo Hyde Park. Me encanta el centro de la ciudad, donde vivo. Caminar por el South Bank me relaja mucho. Para muchos el clima es duro, pero a mí no me afecta. A veces los duros no son los lugares, sino uno mismo. Uno es duro con uno mismo, depende de ti más que del lugar. Puedes estar haciendo arte y tener dinero, y no ser feliz. Pero ahora mismo soy muy feliz.

¿Qué es lo más importante que has aprendido como bailarín?

MA: Tienes que aprender a relajar el cuerpo. Me he lastimado y las lastimaduras te enseñan. Si tomas la lastimadura como algo que te sucedió accidentalmente, nunca aprendes. Si eres inteligente, lo tomas como aprendizaje, no caes en eso nuevamente y evolucionas como bailarín. Las lastimaduras me han ayudado a ser mejor bailarín, pero hay que aprender. Yo hago mis ejercicios de relajación y meditación que me ayudan a relajar el cuerpo por completo, a no lastimarte y a ser un mejor bailarín.

¿Has hecho desnudos en escena?

MA: Con Rambert hice una coreografía mía que se llama La semilla de la mostaza, que al final hago el desnudo, para mí no es un problema. En el escenario siempre estoy cómodo.

Y cuando no estás bailando, ¿qué haces?

MA: Veo películas con mi novia, leo libros de filosofía, libros de Osho; veo vídeos de danza. Es el momento de descanso, pero soy fanático a lo que hago, me gusta mucho. Cuando quiero de verdad desconectar, juego PlayStation. De verdad, soy bastante tranquilo.

Muchas coreografías de Danza Contemporánea de Cuba trataban temas muy cercanos a la realidad nacional. ¿Cómo ves a DCC ahora, desde aquí?

MA: En estos momentos están en proceso de evolución, de esparcimiento, de búsqueda. Marianela Boan es de las mejores coreógrafas de todos los tiempos en Cuba, muy intelectual y DCC necesita eso. En aquella época se reflejaba mucho la realidad cubana a través del movimiento, la sátira, y nosotros éramos conscientes de eso, y todavía hacen cosas sobre la realidad cubana. De hecho, ahora mismo estamos tratando de rescatar lo que habíamos perdido por un momento, nuestra identidad, que es lo que nos hace auténticos. Mientras mantengamos las raíces sin cerrarnos y seamos abiertos a otras influencias y tendencias, vamos bien, porque la danza contemporánea es universal.

¿Nos, nosotros?

MA: Yo salí de ahí, esa es mi escuela, ese soy yo. No dudo de que algún día vuelva a bailar con la compañía como invitado, bailar en Cuba. DCC me lo ha dado todo, mis raíces. Me volvería a sentir en casa bailando con DCC, en Cuba. Por la danza cubana yo haría cualquier cosa. Yo soy Danza Contemporánea de Cuba.


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