Actualizado: 16/11/2018 9:59
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Literatura, Exilio

Amir Valle, Berlín

“Me convertí, según palabras de algunos funcionarios culturales, en ‘un intelectual confundido que no entiende que sus críticas hacen daño al país’”

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Amir Valle nació en Guantánamo, Cuba, en 1967. Ha publicado más de una veintena de títulos de cuento, novela, ensayo y testimonio. Saltó al reconocimiento internacional por el éxito en España de su serie de novela negra “El descenso a los infiernos”, sobre la vida actual en Centro Habana, integrada por Las puertas de la noche (2001), Si Cristo te desnuda (2002), Entre el miedo y las sombras (2003), Últimas noticias del infierno (2004), Santuario de sombras (2006) y Largas noches con Flavia (2008). Su libro Jineteras, publicado por Planeta, obtuvo el Premio Internacional Rodolfo Walsh 2007, a la mejor obra de no ficción publicada en lengua española durante 2006. Santuario de sombras se alzó con el premio NOVELPOL de los lectores españoles a la mejor novela negra publicada en 2006 en España; la novela Las palabras y los muertos, publicada luego por Seix Barral, ganó el Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa 2006; en 2008 obtuvo el Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, de España, con su obra Largas noches con Flavia. Sus libros más recientes son: La Habana. Puerta de las Américas (alMED Ediciones, España, 2009 y la novela Las raíces del odio (El barco ebrio, 2012). Actualmente reside en Berlín desde donde dirige OtroLunes - Revista Hispanoamericana de Cultura.

¿Por qué decidió vivir fuera de su país?

Amir Valle (AV): Nunca lo decidí. A mí me desterraron. Desde 1999, cuando mi serie de novelas negras “El descenso a los infiernos” sobre casos reales ocurridos en la marginalidad de mi barrio en Cuba, Centro Habana, comenzó a recibir elogios de crítica y premios en España, me convertí, según palabras de algunos funcionarios culturales, en “un intelectual confundido que no entiende que sus críticas hacen daño al país” (primero), en “uno más que busca reconocimiento internacional siguiendo la moda de hablar mal de nuestro proceso revolucionario” (más tarde) y, finalmente, en “un escritor menor que hace el juego al enemigo de la Revolución”. Todo porque mis libros mostraban una cara bien fea, y basado en casos reales, de los mundos de la droga, la prostitución, la corrupción policial, el mercado negro y las implicaciones del gobierno en muchos de esos casos; todo por mis declaraciones críticas que se publicaron en importantes periódicos de España, América Latina y Estados Unidos, y también porque no lograron detener nunca, ni siquiera hoy, el impacto que tuvo en miles de lectores cubanos la circulación clandestina de mi libro de investigación testimonial Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba que, para mi orgullo y aunque algunos especialistas cubanos asombrosamente no lo hayan incluido en sus estudios recientes, es considerado por otros críticos y periodistas cubanos y extranjeros, muy serios, como el mayor best seller “underground” de la literatura cubana de los últimos 50 años.

Si a eso sumas que en ese tiempo se podían contar con los dedos de una mano los intelectuales que criticábamos abiertamente al Gobierno y nos atrevíamos a mantener relaciones directas con quienes eran considerados en la Isla “mercenarios del imperio”, era obvio que anduvieran buscando cómo castigarme. Por esas fechas, uno de nuestros novelistas-comisarios más ilustres le comentó a un amigo común que como a mí no habían podido vincularme a ningún grupo político “pagado por los yanquis”, ni habían podido encontrarme ni un centavo de “dinero mercenario”, solo les quedaba dos opciones: o montarme un caso de delincuencia (cosa que por mi modo de vida en Cuba no les iba a ser nada fácil) o lanzarme al exilio donde, según él, “terminarán sus días como escritor”. Confieso que no le creí a ese amigo a quien no menciono porque sigue trabajando allá, dirigiendo una muy renombrada institución cultural. Pero me hicieron la jugarreta. Estuve más de un año exigiendo regresar, en una amplia campaña de la que se hizo eco la prensa internacional, pero jamás tuve respuesta. Y aquí estoy, repito, desterrado. Porque yo nunca quise irme de Cuba.

¿De qué manera salió de Cuba?

AV: En octubre de 2005 salí a presentar en España la que era en ese entonces la cuarta novela de mi serie de novelas negras: Santuario de sombras. Mi editora, Nicole Cantó había creado el hoy muy reconocido Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y me propuso trabajar como jurado seleccionador, por lo cual obviamente me pagarían un buen dinero, y como para hacer eso necesitaba pasarme una semana del tiempo de mi permiso de estancia en el exterior, hice los trámites requeridos y se me dijo que no habría problemas, que tendría la extensión, trámite que normalmente hacen los escritores a través de la institución cultural por la que viajan, en mi caso, a través de la Uneac (Unión de Escritores y Artistas de Cuba). Pero cuando pasó el tiempo sin que me avisaran, reclamé el permiso para entrar y nadie tenía idea de nada, ni en Cuba ni en los tres consulados que visité en Europa. Al ver que yo estaba ilegal, buscando una solución para ayudarme, mi editor alemán, el también escritor Peter Faecke, habló con la Fundación Heinrich Böll que decidió concederme una beca de tres meses en Langenbroich, la casa de campo de este Premio Nobel alemán, dedicada desde su muerte a recibir a escritores, artistas y periodistas con problemas políticos en sus países de origen. Seguí reclamando por mi permiso de entrada en el consulado cubano de Bonn, sin respuesta. Me concedieron tres meses más de permiso en Alemania. Y entonces el PEN CLUB internacional, enterado de mi caso, me acogió en el programa “Writers in Exile”, bajo la tutela del PEN CLUB de Alemania. Estuve allí tres años, hasta octubre de 2009. En ese período seguí reclamando mi derecho de regresar a Cuba en el consulado en Berlín y me llamó mucho la atención que no querían darme respuesta pero sí insistían sospechosamente en que mi esposa tenía que regresar y sí podía hacerlo, claro, pagando todos sus meses de estancia en el exterior, pues ella había viajado conmigo en 2005. Supe ahí que jamás tendría respuesta: su interés era separarnos. Luego de reclamar una y otra vez tuve una tímida y confusa respuesta: “ha sido un error, ya tenemos su permiso acá”. Pero mi pasaporte estaba vencido, tuve que sacar uno nuevo y cuando me enviaron el pasaporte no había ningún permiso. En fin, una farsa.

Luego de eso, al ver que no me dejarían entrar, comencé los trámites para que dejaran salir a mi hijo de cuatro años y luego de historias de presiones, chantajes y forcejeos que servirían para una novela de terror y espanto logré tenerlo conmigo en Berlín. Mi hijo mayor, de 18 años entonces, logró salir invitado por una universidad un año después.

Pensé que se habían ensañado conmigo, pero en ese tiempo en el que lancé la denuncia internacional recibí mensajes y llamadas telefónicas de cientos de cubanos exiliados que habían estado en mi misma situación. Es decir, es un procedimiento usual de la dictadura para castigar a quienes deciden escapar o a quienes, como yo, ellos deciden echar del país.

¿Le ha resultado muy difícil adaptarse al sitio en donde reside hoy?

AV: Sería injusto si digo que sí. El único problema que hemos tenido acá es el gris de los inviernos, la falta de luz. Alemania es un país muy humanitario y me acogió con los brazos abiertos, dándome todas las facilidades y ayudas que existen acá hasta que pude hacerme independiente. Es un país tan culturalmente activo y Berlín es una ciudad tan impresionante en opciones culturales de todo tipo que me atrevo a decir que hace ya mucho dejó atrás a París, Madrid o Barcelona, especialmente porque aquí confluyen en un mismo escenario artistas, escritores e intelectuales de todas las lenguas. Si, encima de eso, mis hijos se han integrado hasta el punto de que en casa se habla alemán la mitad del tiempo, que he podido escribir con libertad, he logrado viajar por todo el mundo con un pasaporte que abre todas las puertas y, fundamental para mí, he podido leer a los grandes autores alemanes en su propia lengua, me veo obligado a reconocer que si aquí hubiera un poco más de sol durante los largos inviernos sería totalmente feliz.

¿Cuál ha sido su trayectoria artística en su actual lugar de residencia?, ¿qué logros ha obtenido?

AV: Imagínate, llegué en marzo de 2006 a Alemania y tengo acá publicadas cuatro novelas de mi serie negra (Las puertas de la noche, Si Cristo te desnuda, Entre el miedo y las sombras y Santuario de sombras), una novela erótica (La piel y los desnudos), una novela histórica (Las palabras y los muertos) y mi libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba. La traducción de Las palabras y los muertos estuvo compitiendo por la mejor traducción a la obra de un autor extranjero el año en que se publicó; me han incluido en varias antologías de cuento escrito por autores extranjeros residentes en Alemania; escribo usualmente para las más importantes publicaciones culturales acá y me paso la vida viajando por universidades e instituciones culturales del país dando conferencias, cursos, presentando mis libros… No puedo quejarme.

Y eso me permite lanzarle una trompetilla a ese triste novelista-comisario que pronosticó que, lanzándome al destierro, terminarían mis días como escritor. En su caso, a duras penas, ha logrado publicar, sin éxito por cierto, un par de libros en España gracias a que es amigo de algunos dueños de editoriales, intelectuales de rosca izquierda que siguen defendiendo ciegamente al régimen. Pero yo creo estar satisfecho de lo que he logrado desde que salí. Aunque suene autosuficiente, por citar solo un par de los premios que he recibido, menciono al Premio Internacional Rodolfo Walsh al mejor libro de no ficción publicado en lengua española en el 2007 otorgado a mi libro Jineteras (Habana Babilonia en la edición de Planeta) y el Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa 2006 obtenido con mi novela Las palabras y los muertos. Por si no bastara, ahí está lo que he hecho desde que me desterraron: he publicado nueve novelas, dos libros de testimonios, un libro de cuentos y una historia novelada sobre La Habana en grandes y medianas editoriales: Planeta, Seix Barral, Ediciones B, Metailié en Francia, para mencionar a las más conocidas; he preparado cinco antologías del cuento cubano y latinoamericano para editoriales de América Latina, España, Estados Unidos y Eslovaquia; he logrado mantener desde 2007 una publicación: OtroLunes – Revista Hispanoamericana de Cultura, para orgullo de nuestro equipo, considerada hoy una de las revistas más serias y consultadas en lengua española; mis novelas y cuentos han sido traducidos desde entonces a siete idiomas; como periodista escribo usualmente para la más importante agencia de prensa alemana, la Deutsche Welle y tengo columnas y colaboraciones habituales en más de cinco periódicos en América Latina y Europa… Más no puedo pedir.

Pero lo mejor del exilio ha sido restablecer el puente con esa inmensa ola de escritores y artistas cuya obra desconocía en Cuba. Una obra que me he dedicado a estudiar, a difundir y que, nadie puede negarlo, es de una altísima calidad. Además, en mi promoción, allá por inicios de los años 80, éramos cerca de 50 escritores de los cuales solo seis viven aún en Cuba. Y nada se compara al abrazo que he podido darles a algunos de esos escritores que se convirtieron en hermanos en aquellos duros años.

Lo único triste es haber comprobado cuánto nos falta a los escritores e intelectuales cubanos para dejar a un lado nuestras heridas, para dejar de atacarnos y dividirnos entre los que habitamos este exilio, para abandonar nuestros grupúsculos y capillas, para dejar de hablar el lenguaje del “allá y el acá” que nos impusieron y abrazarnos en un objetivo común: terminar de una vez con ese muro de divisiones que la dictadura levantó entre nosotros y que, por esas heridas o por rencillas personales o por envidias absurdas o por defensa de capillas estúpidas o por muchas otras razones, no hemos podido derrumbar ni los que quedan en la Isla con las manos atadas por fuerza o conveniencia, ni los que estamos acá, supuestamente en libertad. Esa, la de soltar todos los lastres y unirnos, es una lección pendiente, algo que le debemos todos a la cultura cubana.

¿Qué opina de la sociedad de la que ahora forma parte?

AV: El pueblo alemán es un pueblo culto, humanista, muy tolerante y muy trabajador. En su mayoría son bastante cerrados, con modos de vida demasiado rígidos para mi gusto, pero tengo que decir que los alemanes a quienes llamo “amigos” han hecho por mí cosas asombrosas, sacrificándose por mí y por mi familia de un modo que agradeceré eternamente. Es una sociedad totalmente burocratizada, pero con la diferencia en relación a nuestros países “latinos” de que acá la burocracia resuelve las cosas y te facilita la vida. Una sociedad que prioriza la cultura, la educación, el deporte, el desarrollo de la niñez y la juventud, la interrelación de culturas… Y ahora mismo, cuando el mundo está abocado a una crisis económica feroz, acá siguen subiendo las ayudas sociales a desempleados, jubilados y sectores sensibles o de menor ingreso; se continúa fomentando la iniciativa privada incluso en sectores tan “peligrosos económicamente” como la cultura; se mantienen o idean planes sociales de fomento o perfeccionamiento de los sistemas educacional, laboral y de salud… en fin, casi el paraíso si se compara con lo que sucede en otras regiones de Europa.

¿Alguna otra observación para los lectores de Cubaencuentro?

AV: Imagino que la mayoría de los lectores de esta entrevista sean cubanos. Y aunque no fuera así, aquí va esa observación, para cubanos: unirnos en la diversidad y las diferencias, esa es la clave. Solo así dejaremos de ladrarnos unos a otros, siguiendo inconscientemente la pauta del “divide y vencerás” en la que muchos crecimos. Solo así el cubano dejará de ser el lobo del cubano, el mayor daño que le ha hecho la dictadura a un pueblo que, como el nuestro, era admirado por su generosidad, su sinceridad y su humanismo. Es algo que sería criminal olvidar.


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