Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Música

Blanca Varela, una presencia y una voz ineludibles en la lírica cubana

Entrevista a la destacada soprano, que en la actualidad vive en Miami dedicada a su familia y a cantar en su iglesia

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La soprano cubana Blanca Varela nació en Camagüey el 6 de abril de 1927, donde desde pequeña estudió ballet, canto y piano. A los nueve años la invitaron a cantar tangos en la emisora radial CMJC, y después resultó la ganadora de un concurso patrocinado por la marca de chocolates “La Estrella”, que consistía en una invitación para viajar a la ciudad de La Habana con sus padres, para concursar en el programa La Corte Suprema del Arte, de José Antonio Alonso —donde no le tocaron la famosa campana y obtuvo el segundo lugar, por aplausos, cantando Escucha al ruiseñor, de Ernesto Lecuona—, y, al otro día, a las 12 del día, hacer una presentación especial en la Cadena Crusellas, donde cantó la romanza de María la O, también de Ernesto Lecuona.

Ya graduada de la Academia de Música de la Colonia Española de Camagüey, durante su adolescencia tomó parte en varios recitales de ópera, donde interpretó lo más conocido del repertorio y se destacó especialmente en el Aria de la locura, de la ópera Lucía di Lammemour, de Gaetano Donizetti.

A inicios de los años cincuenta fue contratada para cantar en programas de variedades en La Habana, ocasión en que la escuchó el maestro Gonzalo Roig, quien la invitó para que interpretase el personaje principal de su zarzuela Cecilia Valdés. Desde entonces se convirtió en la cantante ideal de esa obra, así como de María la O, Amalia Batista y de otras obras del repertorio zarzuelero cubano; en tres ocasiones fue la Cio-Cio-San de Madame Butterfly, y también interpretó arias de la Micaela de Carmen y de la Leonora de El trovador.

Encabezó con gran éxito varias producciones en el Cabaret Tropicana, como las versiones de la zarzuela LuisaFernanda y de la opereta La viuda alegre que fueron creadas especialmente para ella, y en 1961 el cantante y director Miguel de Grandy la escogió para ser la protagonista de seis zarzuelas: Luisa Fernanda, Los claveles, La parranda, Amalia Batista, Cecilia Valdés y Katiuska (ésta última fue censurada por el Gobierno “revolucionario” y no se pudo poner); todas bajo la dirección del maestro Gonzalo Roig, para un nuevo programa de televisión, llamado Viernes de gala.

A mediados de ese mismo año se estableció en EEUU con su esposo e hijos, y en Miami la Sociedad Pro Arte Grateli la reclamó en 1968 para su segunda producción, Luisa Fernanda, a partir de la cual se convirtió, junto a su amiga Marta Pérez, en el gran baluarte de Grateli, donde interpretó el vasto repertorio internacional del teatro lírico durante más de veinte años.

Viajó a varios países de América y a ciudades de EEUU para ofrecer exitosos conciertos que incluían lied, zarzuela, ópera y opereta, y en plenas facultades vocales se retiró de los escenarios en 1987, para dedicar ya totalmente su arte a Cristo, como venía haciendo desde 1969 con mucha devoción, pero no a tiempo completo.

Hoy su voz puede escucharse solamente cada semana en alguna congregación cristiana de Miami y de sus alrededores, ciudad donde vive, rodeada de su numerosa familia, del respeto y cariño de sus compañeros del mundo de la lírica, y de un gran número de admiradores que atesoran sus grabaciones discográficas de Cecilia Valdés, María la O, Amalia Batista y de selecciones de otras bellas composiciones musicales como Los claveles, La parranda, Los aguinaldos, de Lola Cruz; Romanza de Soledad; Romanza de Sagrario, de La rosa del azafrán; Romanza de El clarín; Romanza de La hija del sol, y Pensar en él, de la ópera española Marina, de Arrieta, entre muchas otras; discos todos que escuché y que son la prueba fehaciente de su maravillosa, afinada y exquisita voz de soprano lírica ligera de coloratura, con un centro bellísimo, que le permitió cantar además con total brillantez roles más dramáticos, como el de Adriana, de la zarzuela española Los Gavilanes, del compositor Jacinto Guerrero.

En 189 países se pueden escuchar hoy sus canciones cristianas en las emisoras radiales de esa congregación religiosa.

CUBAENCUENTRO la entrevista en su casa, para someterla a un cariñoso interrogatorio sobre su vida y su exitosa carrera:

¿Cómo fue su niñez en Camagüey?

Blanca Varela (BV): Te puedo decir que fue muy feliz; tuve unos padres maravillosos, y mis primeros “canticos” fueron en la iglesia a la que mi mamá me llevaba —a los 5 años, eso no se me ha borrado; recuerdo hasta el ciclón del 32 cuando pasó por Camagüey—. A los nueve, mi mamá me puso a estudiar piano y me inscribió también en ballet…, ¿y le puedo decir por qué empecé a cantar tangos?, ¡ah!, porque vi a Libertad Lamarque en Ayúdame a vivir (film argentino de 1936) y me gustó tanto que la imité —en esa época Libertad cantaba con una voz más aguda—, y mis padres me llevaron a la radio a cantar tangos, hasta que más adelante —a los diez años— la cosa cambió totalmente, porque mi maestra de piano le comentó a mi mamá que mi voz era para cantar cosas líricas, no tangos, y comencé a cantar como una soprano. La propia maestra me montó Canto indio, de Ernesto Lecuona, y después Escucha al ruiseñor, también de Lecuona. Todos los recuerdos que tengo de mi niñez son muy placenteros, tanto con mi familia como en la música.

¿Cuándo supo que lo suyo era el canto, si estaba estudiando también piano y ballet?

BV: Bueno, como precisamente yo estaba cantando siempre los canticos de la iglesia noté que lo mío era el canto, aunque el ballet me venía bien también para el arte, para ser artista. Vine a terminar el piano tiempo después —por estar en la actuación—, porque me dije: “Tengo que terminarlo”, y así lo hice, estando mis hijos ya nacidos, a instancias del mismo médico que me los atendía, cuyo consejo seguí, ya que entendí que como quiera el tiempo iba a pasar, y era mejor aprovecharlo como él siempre me decía.

¿Cómo era esa Habana de los cincuenta a la que usted llega desde la tranquila ciudad de Camagüey?, ¿le fue fácil adaptarse al nuevo ritmo de vida de la capital?

BV: Yo antes de ir a La Habana había estado ya en Venezuela, en Santo Domingo y en Puerto Rico, porque yo toda mi carrera la había desarrollado en Camagüey hasta el año 1950, y hasta allá fue la compañía de Mario Martínez Casado, y le puedo decir que la Sociedad de Artistas de Camagüey exigía que cada espectáculo que viniera a la sociedad tenía que incluir artistas de la localidad, cosa que a Mario no le debe haber hecho mucha gracia, porque ya él tenía su espectáculo montado. Cuando él me escuchó cantar salió al escenario en medio de los aplausos y frente al micrófono me dijo: “Quedas contratada para que sigas con nosotros en la gira por toda la Isla, y luego para visitar otros países”, lo cual fue algo totalmente imprevisto para mí, porque ya yo tenía a mis dos hijos —una hembra de ocho años y un varón de seis—; nunca me imaginé que yo iba a salir de Camagüey, y fue muy doloroso tener que separarme de ellos, porque yo no lo concebía. Divorciada de mi primer esposo, vivía con mis padres, y eso me ayudó a decidirme, pues ellos me dijeron: “Ve, ¿cómo no vas a ir?; nosotros cuidamos a nuestros nietos”.

Entonces esa gira que te digo concluyó en La Habana, en el teatro Martí, donde actuamos durante quince días, y luego que obtuvimos las visas viajamos a Venezuela, la República Dominicana y Puerto Rico. Al regresar a Cuba tuve que decidirme a mudarme para La Habana con mis hijos, para no tener que dar los viajes entre la capital y Camagüey cada vez que terminaba mis funciones, y entonces sí tuve ya que ver cómo me introducía en el mundo del arte lírico de la capital, donde habían tantas figuras y tanta competencia, y yo era la más nueva.

Recuerdo que el representante de Maruja González, una gran soprano cubana, me llevó a que me viera Rolando Ochoa, el animador de Casino de la alegría (un programa de televisión de la CMQ), donde hice una grabación, y ahí ya me contrataron y todo se me hizo más fácil.

¿Cuándo y cómo conoce al maestro Gonzalo Roig?

BV: Este señor que me introdujo en la CMQ me dijo: “Voy a llevarte a que conozcas también al maestro Roig”, y cuando llegamos el maestro estaba tocando el piano y me empezó a enseñar algunas de sus piezas, y yo, que me sabía ya la Cecilia, le canté la Salida, y me dijo: “Va a haber una nueva Cecilia en homenaje a Agustín Rodríguez (el autor del libreto), y tú vas a ser la protagonista”; ¡imagínese!, con esto se me abrieron las puertas de verdad, pues Cecilia es la mejor zarzuela cubana, la más “codiciada” por todas las cantantes. Esa vez la estrené con el tenor Panchito Anaya, en el año 1954, y aunque Roig no me lo pidió, canté la salida de Cecilia al tono original, pero dando la nota final en un RE natural, más aguda que como estaba escrita, que era un LA natural, y al maestro le gustó, me lo aprobó, y de ahí en adelante esto sentó la pauta para las demás sopranos que podían hacerlo. Mara (la de Orlando) dijo en una entrevista que yo era la culpable de que haya que bajarle el tono a la salida para que algunas cantantes puedan dar un SI bemol o un LA que luzca como la gente espera.

¿Qué la hizo decidirse a trabajar en Tropicana, siendo ya una cantante lírica de renombre?

BV: Cada vez que Rodney, el coreógrafo principal del cabaret Tropicana, iba a poner en sus espectáculos música del género lírico me llamaba, y yo aceptaba porque así me podía lucir cantando coloratura. Él presentaba sus espectáculos con una grandeza…, y me ponía como primera figura, donde yo era la que llevaba la voz cantante. Yo creo que fui la precursora en eso de llevar el género lírico al cabaret, con selecciones de Marina, La viuda alegre, Luisa Fernanda; también con canciones líricas cubanas, como El cisne, de Ernesto Lecuona, donde la bailarina de ballet clásico Leonela González hacía de cisne acompañada por Henry Boyer, quien era su pareja fija en ese entonces. Fueron varias producciones, la Luisa Fernanda la hizo Rodney en la moda “chemise”, recuerdo ahora; Rapsody in Blue, donde Paquito Godínez tocaba el piano; Tambores en La Habana…; en fin, la Época de Oro de Tropicana y de todo en Cuba durante esa década del cincuenta.

¿Cuál de las zarzuelas que ha interpretado es su favorita?

BV: Yo diría que Cecilia Valdés, porque es la que más he interpretado y la que más éxito me ha dado, acompañada de María la O. Cecilia está considerada como la mejor zarzuela cubana; incluso hasta el propio Lecuona se lo dijo así a Roig cuando éste le tocó por primera vez al piano la partitura completa.

¿Qué pasó con Katiuska, que después de grabada no la dejaron poner?

BV: Eso fue una cosa increíble; cuando vamos ya al ensayo general a las doce del día —“en seco”, como le decían, porque ya la música y las voces estaban grabadas, para solo preocuparse por la parte hablada, que sí era en vivo—, nos dice Miguel de Grandy, que era el director: “Suspendida la zarzuela esta noche, porque según el director de la CMQ el libreto es contrarrevolucionario”. Imagínese, que eran trajes rusos, bailes rusos —para congraciarse con la creciente presencia de Moscú en la Isla—, y Miguel hasta le había quitado cosas para evitar precisamente que la censuraran, como una parte en que yo decía cantando: “la turba roja pasó cruel”, y Miguel me la suprimió, junto con otras partes que sonaban un poco fuertes en esos momentos que se estaban viviendo al inicio de la revolución.

Se quedó grabada, y la pasaron una vez por la radioemisora CMBF, al igual que la Amalia y la Cecilia.

Blanca, ¿por qué la decisión de abandonar Cuba en 1961, justo el año en que usted está tan vigente en la televisión y en los escenarios?

BV: Precisamente porque en 1961 mis padres vinieron con mis hijos a Estados Unidos a visitar a un hermano mío médico que estaba radicado aquí desde antes de 1959, pero yo no pude venir porque me había casado con mi tercer esposo, que era médico también como mi hermano, y él tenía que trabajar. Estando ya ellos aquí fue lo de la Reforma Urbana y lo del cambio del dinero, y les dije: “Esto es comunismo, no regresen”. Entonces yo, que acababa de grabar la Katiuska que fue censurada, dije: “Aquí no canto más”, para no seguir comprometiéndome, además de que Miguel me dijo que ya otras cantantes estaban protestando por mis seis zarzuelas seguidas, lo cual me vino bien para justificar mi decisión y poder salir.

Me habían empezado a hacer un disco bajo la dirección de Adolfo Guzmán, y cuando vieron que yo ya no participaba en nada de lo de ellos, ahí se quedó el disco.

Creo que ninguna otra cantante lírica cubana ha sido escogida para hacer seis zarzuelas seguidas en televisión como lo fui yo, y con el maestro Gonzalo Roig nada menos; una suerte maravillosa para terminar mi estadía en Cuba y dejar un legado mío allá.

Por qué ese retiro tan temprano de los escenarios, en plenas facultades artísticas?

BV: Bueno, tú sabes que siempre las empresas y los cantantes tienen diferencias y se sufren algunas decepciones, y quizás yo sufrí una decepción en 1987, así que tomé la decisión de retirarme y dedicarme a cantar para Cristo, como ya venía haciendo desde 1969 sin abandonar mi carrera.

¿Cuál considera usted que ha sido el mayor logro de su vida?

BV: ¿El mayor logro de mi vida?: Tener una familia numerosa y muy querida, porque para mí la familia siempre ha sido lo más importante, aunque a veces haya sido hasta un freno para mi carrera; fíjate si es lo más grande, que tengo tres hijos —el último nació en 1962 aquí en los Estados Unidos—, dos nietos, ahora voy a tener mi quinto biznieto, y mi primer biznieto ya me hizo tatarabuela.

¿Qué consejos le daría usted a alguien que esté comenzando su carrera como cantante?

BV: Lo primero es que analice bien si realmente tiene las facultades necesarias para triunfar, para llegar de verdad al éxito que todos deseamos, y después estudiar, no solo canto, sino también arte dramático, música, historia del arte y universal, y si es una cantante lírica, que escoja muy bien su repertorio, para que cante cosas que se ajusten a su tesitura y no se le estropee la voz.


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