Actualizado: 16/08/2019 16:52
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Música, Paquito D’Rivera

Blowin’, el primer álbum estadunidense de Paquito D’Rivera

Paquito D’Rivera habla con CUBAENCUENTRO sobre su primer disco grabado en Estados Unidos

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Los cubanos tenemos a un genio en la extensa familia de músicos que nos han dado gloria por todo el orbe: Francisco de Jesús Rivera Figueras —nacido en Marianao, La Habana, el 4 de junio de 1948— es uno de los grandes temperamentos musicales de los últimos 50 años de Latinoamérica. Cuando hablamos de Paquito D’Rivera rápidamente lo asociamos al latin jazz y quizás, algunos se refieran a la ejecución del Adagio de Mozart a finales de los años 70 como saxofonista del ensamble que revolucionó al jazz afrocubano, Irakere, fundado por Chucho Valdés en 1973.

Pero, Paquito D’Rivera es mucho más que eso. Amante de la música cubana, brasileña, venezolana, jazz y música de concierto, ha hecho evidente su preferencia por el formato de cámara, y ha compuesto pequeñas obras maestras para ensambles reducidos: “Habanera”, “Alborada y son”, “Lecuonerías”, “Wapango”, “Preludio y Merengue”, “Dizziness”, “Brussels in the rain”... ¿Jazz o clásico? Quien escuche cualquiera de esas composiciones entrará a un cosmos de ecléctica sonoridad: concordancia barroca, prosodias tradicionales cubanas, bossanova, bebop, trazos neoclásicos... “De niño yo no distinguía el jazz de la música clásica, hasta que escuché un día a mi padre decir que sólo había dos tipos de música: la buena y la mala”, ha dicho el autor de “To Brenda with Love”.

Primeros estudios con su padre, el saxofonista y director de orquesta Tito Rivera, y más tarde en el Conservatorio Municipal de La Habana. A los 10 años debuta en el Teatro Nacional de Cuba ejecutando el ConciertoNo. 2 para clarinete y orquesta, del alemán Carl María von Weber (1786 - 1826), con la Orquesta Sinfónica de La Habana bajo batuta de Gonzalo Roig (1890 - 1970). 1963, coincide con su amigo, el pianista Chucho Valdés, en el Teatro Musical de La Habana. Fundador en 1967 de la Orquesta Cubana de Música Moderna de Armando Romeu, antecedente directo de Irakere del cual también es integrante iniciador.

1980, decide fincar residencia en Nueva York y forma Havana New York Ensemble (Daniel Ponce, Fareed Haque, Danilo Pérez, Claudio Roditi, Michel Camilo, Hilton Ruiz...). Grabación de PaquitoBlowin’ (CBS, 1981), el primer fonograma estadunidense del hijo ilustre de Marianao. Su inaugural placa como líder absoluto (había grabado en 1976, con el bajista danés Niel-Henning Orsted Pedersen, una joyita: Paquito D’Rivera en Finlandia) en la que logra convocar a instrumentistas de primera fila del jazz latino de Nueva York: Jorge Dalto (piano), Hilton Ruiz (piano), Eddie Gómez (contrabajo), Rusell Blake (bajo fender), Ignacio Berroa (batería, percusión), Daniel Ponce (conga, bongó), Mario Rivera (flauta) y Jerry González (percusión).

Ocho composiciones en las que el saxofonista cubano apela a los registros altos, en la conformación de compases en atracaderos de jazz, bossanova, bolero y neo-bebop: sonoridad sin artificios, desgarradora y trepidante. Espiración de aire fresco en el latin jazz de principio de los 80. Arenga que devela un solista con ganas desbordadas: ataques inusitados en el fraseo que lleva al instrumento a las demarcaciones de sus posibilidades. Impetuoso y fresco: con Blowin’, el ex integrante de Irakere se gana el respeto de la comunidad jazzística de Estados Unidos.

Si “Waltz for Moe” (Paquito D’Rivera) es un blues/vals/funk ejecutado con brioso virtuosismo por D’Rivera, “Monga” (D’Rivera), sin embargo, colinda con apuntes de “bolero” arropado en concordias de jazz y bossanova, mientras que “Basstronaut” (D’Rivera) se cobija en acuses tonales de blues y ciertos guiños hard que rinden tributos a Sonny Rollins y Wayne Shorter en la tesitura orquestal. “Chucho” (D’Rivera) rinde deferencia al fundador de Irakere desde cartografía de mambo/cubop, mientras que el clásico “On Green Dolphin Street” (Bronislau Kaper) juguetea con algunas señas de John Coltrane, pero en delineaciones armónicas muy privativa.

El álbum dibuja, en “El día que me quieras” (Gardel/Lepera), una de las grandes estaciones del jazz de todos los tiempos. Una canción-tango cardinal en el repertorio de Gardel que Dalto trasmuta en balada-blues y Paquito la frasea en etéreos equilibrios de bolero filin: exhalaciones de un saxofonista entregado y fervoroso, y un pianista derramando clústeres de arrobada magia.

Han transcurrido 32 años. Paquito D’Rivera es una referencia obligada de la música clásica, jazz y popular en latinoamericana y buena parte del mundo. Uno de los grandes músicos cubanos de los últimos 50 años. Estilo lúdico que lo mismo mezcla los sugestivos colores de Olivier Messiaen con las frondas de un danzón-cha o los columpios del bandoneón con las orlas rítmicas del son montuno. Tenemos el privilegio de un Paquito cubano y universal que cuando ejecuta boleros, temas afrocubanos, piezas de jazz clásico, tangos, valses venezolanos, wapangos, habaneras o un danzón-cha, nos abrasa el alma: la nostalgia se hace festiva y el dolor se ausenta.

CUBAENCUENTRO le envío un breve cuestionario a raíz de los 32 años de Blowin’: su entrada triunfal al jazz norteamericano. Entrevista que ponemos a disposición de nuestros lectores.

¿Qué significa para ti Blowin’, después de 32 años de haberlo grabado?

Paquito D’Rivera (PDR):Blowin’ fue un evento feliz, pues fue mi primer proyecto discográfico con una compañía grande, ya radicado yo en Nueva York.

¿Cómo conseguiste esa magia particular en la pieza emblemática del repertorio de Gardel, “El día que me quieras”, con Jorge Dalto al piano?

PDR: Yo he sido muy afortunado para los buenos pianistas y Dalto fue uno de los que más disfruté trabajando con él. Esa versión de “El día que me quieras” no fue ensayada, y además salió en una sola toma. No existen tomas alternativas.

Recuerdo la placa AfroCuban Jazz (1986), de Mario Bauzá, en la que Dalto es productor y pianista, y tú tocas el alto & soprano. ¿Qué imagen guardas de él?

PDR: Dalto era quien le hacía las partes de piano y transcribía casi toda la música de Mario Bauza, pues él ya no veía muy bien. Aquella grabación fue muy divertida. Había músicos fenomenales, como Victor Paz, Conrad Herwig y Daniel Ponce. La gente adoraba a Mario, que era como un padrino de todos.

El disco comienza con un instrumentista agresivo en la pieza “Waltz for Moe”. Hay muchos melómanos que extrañan a ese Paquito de pujanza virtuosa en solos de arrolladora configuración instrumental. Han pasado los años. ¿Qué queda de aquel Paquito de los 80?

PDR: Pues ni sé, pues casi nunca escucho mis propias grabaciones. En ese tiempo tenia abandonado el clarinete, que ocupa ahora casi todo mi tiempo.

En Blowin’ tocas el flugelhorn y percusiones. ¿Has vuelto a incursionar en esos instrumentos en algún concierto o disco?

PDR: No; tengo un fliscorno conmigo, pero lo toco solamente en el patio, y en las fiestas que organizo con amigos en mi casa. Tengo regados por todos lados todo tipo de instrumentos: un trombón de pistones, varias flautas, un cornetín, un “pocket trumpet”, un saxofón sopranino, y hasta un figle; pero en el escenario o en los estudios me concentro sólo en el alto, el clarinete y, a veces, el soprano.

¿Cómo nacieron esas tres piezas personales dedicadas a seres entrañables para ti: “Monga”, “Chucho” y “Song to my son”?

PDR: Ah, pues fueron dedicadas a mi segunda esposa, a mi querido amigo Chucho y al nacimiento de mi hijo Franco, respectivamente. “Chucho” está basada en la armonía de “Mambo Influenciado”, que escribió Chucho Valdés hace muchos años. La mejor forma de plagiar es dedicándole la pieza al autor, y entonces el mismo no sabe si demandarte o darte las gracias.

Muchas veces has declarado tu admiración por Adolfo Guzman. En Blowin’ incluyes su “Al fin amor”. Qué dejó en ti el compositor, pianista y director del Teatro Musical de la Habana, arreglista de Bola de Nieve, y del mexicano Jorge Negrete.

PDR: Guzman tenía el sonido de piano más lindo que he escuchado, y era un amigo muy tierno, de trato exquisito. Trabajé mucho con él: lo admiraba muchísimo. Yo estaba con Irakere en Kingston, Jamaica, cuando recibimos la triste noticia de su fallecimiento.

¿Qué hiciste —recién llegado a Estados Unidos— para convocar a semejante piquete de músicos: Dalto, Jerry González, Eddie Gómez, Hilton Ruiz, Rusell Blake, Mario Rivera...?

PDR: A muchos los conocí en un sitio en Manhattan llamado Sounscape, que lo manejaba Verna Gillis. Allí se reunían gente como Carlos Franzetti, Dalto, Hilton, Michael Camilo, Claudio Roditi y Daniel Ponce, entre muchos otros. A Eddy Gómez, por ejemplo, lo llame por teléfono, le dije que lo admiraba y que estaba loco por grabar con él.

¿Si hoy grabaras Blowin’, lo harías igual? ¿Conservarías el mismo formato orquestal, las mismas armonizaciones? ¿Qué le agregaría? ¿Qué le quitarías?

PDR: No, no creo. Blowin’ fue el producto de una época muy definida. Ya no haría nada de eso de esa forma. Además, ya se me quitó el nerviosismo que hay en muchas de las piezas grabadas en ese disco, y en los 3 discos que le siguen. En aquel tiempo, todavía debía sacudirme un poco la influencia de la “turbomúsica” que traía de Cuba. La música olímpica, que –sin negarle sus méritos– tanto daño le ha hecho al Cuban Jazz. Los músicos jóvenes (y otros no tan jóvenes) cubanos deberían convencerse de que la música es un arte, no un deporte: lo más importante no son las notas que tocas, sino las que dejas fuera.

¿Qué vínculos existen entre Blowin’ (1981) y Mariel (1982)? ¿Se pueden ver como dos trabajos que se complementan en los inicios de tu incursión dentro del jazz estadunidense?

PDR:Blowin’, Mariel y Live at the KeystoneKorner son hermanos trillizos. Después fui dándome cuenta de que hay algo más que notas rápidas y arreglos complicados. Y ese algo se llama Música, así con negritas y cursivas para que se entienda la diferencia y lo que quiero decir.


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