Actualizado: 23/11/2017 16:24
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Con Efraín Riverón al otro lado del rostro

“Ante todo tiene que existir la poesía que verdaderamente es la que nos define, cura y salva de las posibles enfermedades”

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Efraín Riverón nació en Güines, La Habana, en 1942 y desde marzo de 1992 reside en Miami. Uno de los más importantes cultores de la décima cubana, ha publicado, entre otros, los poemarios El rumbo de mi sangre (1979), La exacta memoria (1994), Nube y espuma (1999), Un punto en el tiempo (2002), Los ojos en la Isla (2006), De la Isla, la familia y otros recuerdos (2007), Los días de otro almanaque (2008), Después de la ceniza (2010), De la palabra y el espejo (2011) y De la luz su fondo (Editorial Silueta, Miami, 2012). Coautor, junto a Elena Tamargo, de la antología Pasa la palabra junta. Décima y punto (Ediciones Iduna, Miami, 2009), que reúne a diversos decimistas. Riverón habló con CUBAENCUENTRO acerca de la reciente publicación, por Eriginal Books, de su poemario El otro lado del rostro.

Este “decimario” tuyo es extenso, pero el interés por seguir leyendo —al menos para este lector—, no decae; quizás contribuya a ello la diversidad de asuntos tratados a la par que una notable variedad de enfoques. Así, salta esta pregunta: ¿es El otro lado del rostro, en alguna medida, una selección de las décimas escritas en los últimos tiempos o acaso incluiste piezas de otros volúmenes ya publicados?

Todos los textos que conforman este poemario son nuevos. Cuando me dije: “te debes un libro de décimas, diferente en el lenguaje, en la forma y con otras ansias de ver, sentir, decir y dar con la poesía a través del cuerpo de la décima”, ni tan siquiera un segundo pasó por mi mente ninguno de mis libros publicados antes de ir en busca de El otro lado del rostro.

Creo que, sean o no décimas, El otro lado del rostro alcanza un rango semejante al magnífico Después de la ceniza, de 2010. Sin embargo, noto que, en algunos textos, por decirlo de alguna manera, la décima no te alcanza, no te es suficiente, como si “patinaras” al expresarte. Quizás una muestra de esto sea la utilización del estrambote en no pocas ocasiones, y asimismo esa variante de armar endecasílabos y otros versos medidos que resultan casi independientes. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Tu pregunta es muy interesante e importante a la vez, porque siendo tú poeta, novelista, ensayista y crítico de una agudeza refinada y acertada siempre, cuando te vas internando en ese bosque —décima— misterio de pronto te asalta en medio de algún laberinto la duda por el rompimiento que se produce en los versos (todos son octosílabos), no en la métrica ni en la música, sino, en la continuidad de la idea hasta que concluya por sí misma..., pudiera llevar a ciertos lectores a pensar que muchos versos dejan de ser octosílabos para convertirse en endecasílabos, dodecasílabos e incluso en otros casos en alejandrinos. Pero no, no es así. Todos los textos están pensados y regidos por la métrica normal de la estructura.

Lo que prima en este decimario es la fluidez con que van naciendo los poemas y va surgiendo en todos ellos, por sí mismos, un encabalgamiento que une los textos en su recorrido, produciendo rupturas a su paso, sin dejar quebradas la musicalidad ni la medida octosilábica, aunque nos parezca en la escritura que se ha adulterado la forma clásica de la estrofa “espineleana”.

Si el lector se desliza suavemente por todo el territorio que le da cuerpo al volumen, se dará cuenta que con cada consonante está justamente expresado y escrito sin variante alguna en los diez versos que conforman la décima.

Me llama la atención que no pocos de los epígrafes incluidos en El otro lado del rostro, sean de poetas que no han cultivado la décima.

Bueno, aparte de, por ejemplo, Francisco Riverón, Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Lezama Lima y otros... Las demás citas que aparecen a lo largo del decimario, son frases que me sacudieron y conmovieron leyendo las obras de sus autores y que en mi memoria marcaron (marcan) rumbos de luz y sentimientos similares. No niego que me hubiese gustado encontrar en ellos tan siquiera el olor de una décima, para que, como una fuerza más de las tantas que me animan el espíritu y la sangre para seguir en el tiempo tratando de convertir en realidad mi sueño mayor: la poesía, ya sea en décima, romance, soneto, verso libre o blanco. Me sentiría más que honrado, cobijado, apadrinado y alumbrado en sus respectivas lenguas poéticas.

¿Tú te imaginas tener a mano unas décimas de Neruda, Vallejo, Borges, Blake, Yeats, Whitman, Baudelaire, Eliot? En fin, repito, hubiese sido un gustazo memorable, al menos para mí.

¿Estás de acuerdo con esos concursos, antologías, estudios que sitúan a la décima aparte de la “demás” poesía? ¿No crees que aquello que es retirado de su ámbito primario, resulta sobreprotegido precisamente porque es más débil y así no está apto para competir con el resto?

Considero erróneo, insultante y falaz, el disparate de aislar la décima de cualquier tipo de competición, de las demás formas de la poesía. Aunque no sé quién fue el inventor e impulsor de tan enajenada y maligna idea, debió haber tenido por grandes cantidades en su cerebro, todas las tinieblas de la envidia y la ignorancia. Dicho personaje no se detuvo a hojear las innumerables circunstancias y el papel que jugó, juega y jugará la estrofa del pueblo, como la llamara el poeta bayamés José Joaquín Palma.

Hay que decir también que para ser poeta, más que ir a buscar las formas, las rimas o los demás caminos establecidos en el panorama universal de las letras, para que cada creador exprese la cosmogonía de su mundo interior, ante todo tiene que existir la poesía que verdaderamente es la que nos define, cura y salva de las posibles enfermedades.

Si revisamos los archivos de los últimos tiempos de la literatura cubana, encontraremos que una buena parte del continente de la mejor poesía se ha escrito en décimas, pésele a quién le pese.

¿Consideras que tienes influencia de la décima cantada, del juglarismo, el repentismo?

Pues claro que sí. Soy producto de un guateque. En mi casa, mejor dicho, la de mis abuelos, se reunían casi todos los decimistas de mi población güinera. Entre ellos carboneros, bodegueros, carniceros, zapateros, barberos y múltiples admiradores del repentismo. Era muy rara la noche que no terminara en una gran fiesta de la improvisación y yo, con 8 años de edad, en medio de todos aquellos trovadores, músicos y asistentes a la velada, improvisando de vez en cuando simples cuartetas.

Mi incipiente manera de pensar no daba para nada más. Así comenzó mi adicción al llamado “punto guajiro”, mi apego al juglarismo y a la poesía. Después, como todo lo sembrado, crecí, florecí y empezaron mis árboles a dar frutos verdaderos. (Me refiero a la seriedad.)

Mis raíces tomaron lo mejor de las savias que me fueron rodeando de una forma u otra. Al paso del tiempo y de la vida me alimenté con las lecturas y me fui poblando de los conocimientos imprescindibles de toda la literatura que me llegaba y bebía con avidez. Lo demás ya se sabe.

Quiero traer a colación una reflexión del poeta y amigo Manuel Vázquez Portal, en unas palabras que escribió en la contraportada de mi libro Después de la ceniza: “Para Efraín Riverón la décima no es un oficio, es un latido. Él no va a construirla, está fabricado por ella. En su sangre, como un torrente hereditario, fluye el octosílabo sereno. La metáfora es su plasma: verso y sangre corren juntos por sus venas”.

¿Estás de acuerdo con esa máxima: “oh, rima, cuántos crímenes se han cometido en tu nombre?

Bueno, los que cometen ese tipo de “crimen” me dan la impresión de que no tienen conciencia de lo que hacen y es por eso que no se cansan de repetir la escena.

Pienso también que eso sea producto de la poca creatividad que los asiste y la falta de dominio que sufren en el movimiento del lenguaje empleado en sus textos.

La rima es la rima, la poesía es la poesía, las dos tienen vidas individuales. En el mundo poético y en la literatura, puede haber poesía en la rima y puede en la rima no haber poesía, lo que nos lleva a pensar y confirmar (no en todos los casos, por supuesto,) que los “criminales” son rimadores que buscan en vano la poesía rimando por rimar y no los poetas que, en lugar de ir a buscar la rima, desentrañan la poesía y la engrandecen y embellecen con todo tipo de rima y cualquier forma que represente el arte de poetizar.

No creo que se deba obstruir ningún camino a la plenitud del verso poético, ya sea rimado, libre o blanco. Lo esencial es que en cada poema corra con su limpio cristal, el agua sagrada que brota profusamente de lo que llamamos con suavidad de silencio sanguíneo: poesía.

¿Acaso tienes en tus planes —inspiración aparte— escribir mediante el verso libre o en fin más allá del octosílabo?

Bueno, en realidad hace mucho tiempo que escribo el verso libre, aunque no con mucha profusión. Para mi forma de vivir y sentir, cada poema tiene su carácter y su temperamento, que nacen más bien del estado de ánimo que tengas y de cómo vas abordar el tema a la hora de volcarte en la cuartilla en blanco, como todo escritor hace.

En mí resulta distinto, porque según salga el primer verso continuo hasta el final del texto; es decir, si el verso me sale octosílabo transito por toda la idea décima a décima, si es endecasílabo, dodecasílabo o alejandrino pasa lo mismo. No establezco diferencia, gusto ni preferencia, acepto lo que me dicta el corazón.

En casi todos mis títulos publicados, hay sonetos, décimas endecasílabas, versos libres, además de la décima tradicional (lejos de las del Cucalambé), lo que sucede es que siempre hago una mezcla de formas para plasmar de una manera diferente mis alegrías, mis penas, mis nostalgias, mis desamores y mi filosofía sobre la vida de la época que me ha tocado vivir. Y bueno, si lo que quieres es tener un cuaderno de poesía en verso libre de mi autoría, lo tendrás, te lo prometo.

¿Alguna otra observación para CUBAENCUENTRO?

Que le siga abriendo nuevos espacios a escritores y a la buena literatura y que continúe por el camino de dar a conocer la verdad de lo que ocurre en la isla de Cuba.


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