Actualizado: 04/08/2020 9:23
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Lezama Lima, Literatura

Conversación con el ensayista mexicano Sergio Ugalde Quintana

CUBAENCUENTRO habla con el autor de La biblioteca en la Isla. Una lectura de la expresión americana, una obra publicada recientemente por la editorial Colibrí

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El incansable Rafael Rojas realizó las gestiones para que el pasado martes 15 de noviembre —en el Centro Cultural Bella Época de la Editorial Fondo de Cultura Económica— los lectores interesados en la literatura cubana y específicamente, en el autor de Paradiso, tuviéramos un acercamiento con el investigador Sergio Ugalde Quintana, un profesor de literatura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien ha tenido la paciencia de escribir un ensayo que explora —en acuciante y aventurada interpretación— uno de los libros capitales de la ensayística cubana del siglo XX, La expresión americana de José Lezama Lima (La Habana, 1910–1976).

Cuando vi a Ugalde, lo primero que me sorprendió fue su modestia. Le dije en chanza: “Qué hace un mexicano metiéndose en territorios cubanos, pero bueno te perdono, Rafa Rojas dice que eres un apasionado de nuestra Cuba y sus gestos…”. El académico esbozó una tímida sonrisa y ripostó: “Soy un apasionado lector de literatura cubana. Lezama siempre me ha dejado perplejo…”. Abrí al azar La biblioteca de la isla, desemboqué en uno de los pliegos del capítulo cuarto, el cual aborda la figura de Martí y confieso que no pude salirme de esas páginas de tantas incitantes conjeturas. Martí en los trapecios venturosos de la mirada de Lezama.

Cuatro acápites (Las lecturas de Occidente, Conversación en La Habana: los senderos de la memoria, Las andanzas del barroco, Variaciones sobre Martí), que son un intento por “descomponer la biblioteca que utilizó Lezama para escribir La expresión americana”, según palabras del autor de Motivos de Anteo, el historiador Rafael Rojas. Texto que revisita al autor de Muerte de Narciso con apremiante mirada amorosa.

Me vi obligado a buscar al autor de semejante indagación de un libro que con frecuencia examino cuando hablo con mis alumnos del neobarroco. Lo encontré saliendo de unos de los salones de la UNAM y le dije: “Eres un entrometido en nuestros asuntos literarios, te recibo con respeto y admiración. Tu libro es insinuante, tentador, excitante y abarcador”. Me dio las gracias arropado en esa delicada civilidad de los mexicanos. Le pedí una entrevista para CUBAENCUENTRO que hoy pongo a disposición de nuestros lectores.

¿Por qué su preocupación de realizar una exégesis de La expresión americana de José Lezama Lima, un texto publicado hace 54 años?

Sergio Ugalde Quintana (SUQ): La expresión americana es un libro que me ha acompañado desde hace mucho tiempo. Recuerdo que allá por el año de 1996 llegó a mis manos la edición crítica de este texto que hizo Irlemar Chiampi para la Editorial Fondo de Cultura Económica. Leí el libro y quedé fascinado, pero, al mismo tiempo, muy confundido. No entendía muy bien qué sucedía en todo ese acervo de cultura y de imágenes que Lezama movilizaba en cada una de sus cinco conferencias-ensayos. La obra de Lezama, como todos sus lectores lo saben, no se entrega fácilmente. Uno tiene que desarrollar estrategias de lecturas diversas y distintas para acercarse a un sentido que, a veces, termina por no rendirse. Sus obras, como las de Borges, las de Macedonio Fernández, exigen un lector participante. Sus retos y su aparente hermetismo son un pacto con el lector. Por eso, conforme más me intrigaba la lectura de La expresión americana, más urgencia tenía de indagar, buscar y responderme sobre su sentido. Todo lo que investigué y escribí en La biblioteca en la isla tenía un solo fin: explicarme qué pasaba en ese libro. Por supuesto que no quería —ni podía— aclarar todos los interrogantes que se me presentaban. Indagué unos cuantos y esos son los que conforman el libro.

Insiste usted en una analogía entre el autor de La decadencia de Occidente, Oswald Spengler, y el “sujeto metafórico” en Lezama. ¿La historia universal como conjunto de culturas, según el filósofo alemán, emparentada con eso que el autor cubano llamó las “eras imaginarias”?

SUQ: Cuando yo emprendí este trabajo, no me interesaba preguntarme por las “influencias” en la obra de Lezama. Hablar de influencias siempre adquiere un sentido determinista. Por el contrario, yo quería reconstruir la parte activa de las lecturas lezamianas; me interesaba reconstruir la imagen de Lezama como un lector creativo que lo mismo devoraba libros de poesía, de historia, de teología o de filosofía. En ese sentido, Spengler fue una de las muchas lecturas que Lezama realizó durante sus años juveniles. Sin embargo, una pregunta me rondaba todo el tiempo ¿dónde leyó Lezama a Spengler? ¿En qué traducción? La respuesta a esto me revelaba también todo un universo de empresas editoriales que marcó el campo cultural americano de las primeras décadas del siglo XX. Me refiero al acervo de cultura que José Ortega y Gasset ofreció a los lectores hispanoamericanos a través de sus editoriales y su Revista de Occidente. El concepto de “Las eras imaginarias”, propuesta lezamiana de acercamiento a las culturas —que aparece por primera vez en La expresión americana en 1957—, dialoga, desde mi perspectiva, con todo el acervo culturalista promovido por Ortega en sus órganos editoriales. Dentro de ese universo de lecturas y traducciones promovido por Revista de Occidente. Spengler fue solo un punto de referencia; los otros eran Curtius, Vossler, Huizinga, Frobenius y otros más.

Su libro es, hasta cierto punto, una indagación por ese tejido de múltiples vasos de intercomunicación que hierven en los “tiempos cruzados” de toda la obra del autor de Enemigo rumor. ¿Considera usted La expresión americana como un vislumbre desbordado de imágenes simbólicas, centro neurálgico de la semántica de sustextos posteriores?

SUQ: La obra de Lezama, como la de cualquier autor, siempre teje un conjunto de referencias internas que es necesario seguir e indagar para entender su función y su importancia. En La expresión americana, en específico, se encuentran elementos que preludian temáticas que el poeta desarrolló posteriormente y también motivos que sintetizan inquietudes ya trabajadas. Por ejemplo, en el primer ensayo de La expresión americana, el que lleva por título “Mitos y cansancio clásico”, hay una alusión a una puerta —señalada por un hexagrama del I Ching—, que durante mucho tiempo me intrigó. Esa puerta, a la entrada del ensayo, es el preludio de otra puerta que aparece al inicio de la novela póstuma de Lezama Oppiano Licaro. En ambas hay un uso simbólico de este elemento. Las dos anuncian la entrada al mundo mágico de la literatura. Tanto Oppiano… —novela— como La expresión… —ensayo—, usan el mismo elemento para designar procesos similares. De ahí que se presente como necesario establecer un sistema de referencias interno que nos muestre la interrelación de la obra de Lezama. De alguna manera podríamos hablar de una retórica interna de la obra lezamiana.

“Razón poética” y “poesía como conocimiento”: Zambrano y Lezama en un coloquio que deja secuelas definitivas en los integrantes del Grupo de Orígenes. “Discurso mítico filosófico” de la autora de La Cuba secreta, y un “saber específico del poeta a través de la evocación”, tesis del autor de Dador. ¿Figuras contrapuestas o figuras dialogantes? ¿Hasta qué punto la alumna de Ortega y Gasset influye y configura el pensamiento de Lezama Lima?

SUQ: Lezama, Zambrano y varios de los integrantes del grupo Orígenes establecieron un circuito de relaciones amistosas e intelectuales durante los años que la filósofa española vivió intermitentemente en la Isla de 1940 a 1954. No me gusta la idea de influencia y por eso no hablo de influjo de Zambrano sobre Lezama. Me gusta más la idea de la conversación, del intercambio libre de ideas y de perspectivas. Ese intercambio nunca es pasivo, sino creador. La idea de la razón poética, madurada por Zambrano durante su periodo insular, dialoga con la idea del conocimiento poético que Lezama elaboró a lo largo de su ensayística en las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta. Ese diálogo entre “razón poética” y “conocimiento poético” tuvo una manifestación peculiar en La expresión americana: el tema de la memoria. Tanto las indagaciones de Zambrano, como las reflexiones lezamianas, así como las poéticas de Eliseo Diego y de Cintio Vitier, tienen un elemento reminiscente fundamental. Sin embargo, las poéticas y políticas de la memoria que cada uno de ellos desarrolló tienen matices diferentes. No es lo mismo la memoria de los arquetipos de María que la memoria de las sustancias de la patria de Vitier, ni la memoria de lo cotidiano de Eliseo que la memoria desbordante y transformadora de Lezama.

Su ensayo se nutre y se conforma con visos de otros géneros. El Capítulo tercero, Las andanzas del barroco, la introducción y epílogo —Visitaciones de Lezama I y II— se leen como crónicas especulativas. Hay una modulación relatora en buena parte de su libro. ¿Por qué la explotación de ese recurso en la exposición de un texto delineado desde lo teórico?

SUQ: Cuando escribí este trabajo intenté mantener la rigurosidad de la investigación junto con un cierto elemento narrativo que fuera relacionando los cuatro capítulos. Los dos fragmentos que usted menciona (Visitaciones de Lezama I y II) son los momentos más libres y líricos del libro. Con ellos hice una crónica imaginaria que intenta reconstruir un pasaje de la vida de Lezama que, con los materiales y datos que hasta ahora tenemos, nos es difícil aclarar. Me refiero al viaje que el poeta hizo a México en octubre de 1949. Lezama, el autor identificado con el inmovilismo y el encierro, fue un viajero trota-mundos durante un periodo corto de su vida. Entre 1949 y 1950 Lezama hizo dos viajes fuera de su Isla: el trayecto mexicano y un viaje a Jamaica. De ambos desplazamientos tenemos muy pocos testimonios y datos. De alguna manera quise recrear, con algo de imaginación y con algunos elementos históricos, un momento importante para entender el capítulo sobre el barroco en La expresión americana.

Lezama y México. ¿Cómo fue la relación del autor de Fragmentos a su imán con la cultura mexicana y en específico con Alfonso Reyes?

SUQ: Lezama, como muy bien lo ha señalado Rafael Rojas en uno de sus ensayos, siempre estuvo atento de lo que acontecía culturalmente en México. De hecho, durante los años treinta, cuando funda la revista Verbum y publica su famoso ensayo Coloquio con Juan Ramón Jiménez, pensó siempre en emular ciertas políticas culturales que habían emanado de la revolución mexicana. Sin embargo, el poeta no se identificaba con las políticas culturales más duras del nacionalismo mexicano, sino con aquellas que para él resultaban más abiertas, cosmopolitas y humanistas. Ahí es donde entra la relación con Alfonso Reyes, quien por cierto es citado por Lezama, de forma velada, en el Coloquio con Juan Ramón en 1937. Por ejemplo, en la tercera revista de Lezama, Nadie Parecía (1942-1944), aparecen publicados unos poemas de Alfonso Reyes. Hay un testimonio epistolar donde el mexicano le dice a Lezama que le manda tres poemas “algo malejos” para que se publique uno. Lezama publica los tres. Bueno, pues el envío de estos poemas se debió a que Lezama meses antes le había escrito al Alfonso Reyes una carta, muy significativa por la radicalidad humanista de la propuesta, donde le pedía que colaborara con sus publicaciones. La carta había permanecido inédita hasta ahora. Años después, cuando Lezama y Rodríguez Feo publicaron el número homenaje a México en la revista Orígenes, el encargado de abrir el volumen fue, por supuesto, Reyes con un breve ensayo sobre Othón. Esto lo he estudiado muy bien Javier Hernández Quezada en su reciente libro La imago mexicana en la obra de José Lezama Lima.

El capítulo cuarto, Variaciones de Martí, me parece el más incitante, el más especulativo. Explíqueme, ¿cómo usted elucidó la presencia de José Martí en La expresión americana?

SUQ: Martí es una figura evanescente en La expresión americana; su presencia, en la cantidad de páginas dedicadas, es escasa. Sin embargo, en la concepción global del libro, Martí juega un papel central, aunque descentrado. Lo que yo me preguntaba todo el tiempo era ¿qué tiene de particular el Martí de Lezama? ¿En que se acerca y en que se distingue de la recepción martiana que acontece en esos momentos con otros personajes de la Isla? Dentro de las distintas apropiaciones que se habían hecho de la figura y de la obra de Martí, la de Lezama era a todas luces la más conflictiva, según creo. Los textos de Lezama dedicados al autor de los Versos libres son pocos si los comparamos con los que escribió sobre Julián del Casal o sobre Góngora. Incluso en La expresión americana las páginas dedicadas a Fray Servando, Simón Rodríguez o Francisco Miranda son más numerosas que las breves alusiones hechas a Martí. En fin, quise establecer un contrapunteo cubano entre la recepción literaria y la política en torno a la figura de Martí en Lezama. Lo que se revela en ese recorrido es la peculiaridad de la lectura lezamiana. En ella no se encuentra la típica santificación pública del prócer y el héroe, su imagen sirve para fundar una era poética. El Martí de Lezama es el fundador de una imaginación literaria: desbordante y órfico, alucinatorio y barroco, omnicomprensivo y sintético.

Doy por terminada la plática. Ugalde estaba dispuesto a continuar; lo noté excitado, nervioso, barroco… Apenas probó los tacos de carnitas y la cerveza que pedimos en el tranquilo restaurante donde nos citamos; por él, este coloquio hubiera sido interminable. Indiscutiblemente, la jiribilla lezamiana se le metió bien adentro.


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