Actualizado: 07/08/2020 16:54
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Literatura, Literatura cubana, Cine

Entrevista a José Rojas Bez

Sobre la labor de un hispanista y cinéfilo cubano, radicado en la Isla, dedicado a la investigación y la docencia

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Nunca logré entender que la carrera de Letras (o Filología) no contemplase en sus planes de estudio a las antiguas literaturas orientales, contenidos que, sin embargo, me han dicho sí se impartían en antiguos diseños de carreras humanísticas de perfil pedagógico. Un libro como Las literaturas egipcia, mesopotámica y hebrea (Editorial Oriente, 1989), fue uno de los primeros que llamó mi atención sobre dicho vacío. Pocos años después, su autor, el profesor, crítico y ensayista José Rojas Bez (Banes, actual provincia Holguín, 1948), volvería sobre una franja de aspectos poco explorados de las literaturas orientales y sus confluencias con Occidente en unas, en verdad, Páginas inusuales, breve colección de ensayos publicados por Ediciones Holguín en 1992.

En un par de visitas a su casa a fin de conocer al autor de esos libros «raros», «raramente» también radicado «en provincia» fui no conociendo, ya que fui con nociones de ellos por sus publicaciones, sino constatando los complejos intereses “universalistas” y por muchos aspectos de la cultura, desde la antigüedad hasta el cine y los modernos medios de hoy, en diálogos que consigno aquí.

Supuse que tenía ancestros de aquellas lejanas geografías; mas creo que, ante todo, nuestro autor estaba más comprometido con contribuciones que paliaran una carencia académica fruto del trazado sobremanera «occidentalista» de nuestros programas universitarios, antes que con alguna deuda familiar.

Quizás sea más conocido por su entrega a la cultura iberoamericana (su primer libro, editado en 1980 por la editorial Oriente, es Un estudio sobre La Vida es sueño), así como al cine y los medios audiovisuales (su último libro, editado por Pueblo y Educación en 2018, es El arte del cine: formas y conceptos), dedicación enla que cumple 50 años de vida artística a partir de la fundación del cine-club Dziga Vertov y la revista Arte 7 de la Universidad de La Habana, en 1970.

Por el rumbo de las literaturas orientales por donde se encamina fundamentalmente este diálogo con Rojas Bez, al menos las primeras interrogantes y las reales motivaciones a abrir un cauce a toda una tradición más que literaria, cultural, en los estudios cubanos.

Sobre intereses, motivaciones y acciones correlacionadas con ellas, no pudiera dialogar con la máxima precisión porque, en primera instancia, se trata de cuestiones multicausales, dadas en diversas líneas formativas de mi personalidad; y estoy seguro de que algunas de esas causas permanecen, o bien desconocidas, o bien poco claras incluso para mí.

De uno u otro modo, sí creo que influye bastante mi niñez y mi convivencia con mis abuelos libaneses, incluso una tatarabuela egipcia. Sobre todo mi abuelo solía hacerme cuentos, leerme y comentarme muchas páginas de aquellos libros escritos en árabe que incluían una Biblia y otro de historias y tradiciones porque se trataba de abuelos cristianos como era lo más común entre los libaneses emigrados a Cuba. Sobre el interés por la literatura judía, bueno, puede entonces parecer paradójico; pero no, en absoluto si se considera mi educación cristiana, desde una niñez en el catolicismo, pero a quien gustaba leer muchísimo. No faltaba entonces una Biblia en mi librero, como tampoco hoy ni en mi lector de e-books.

Pero, creo, como te has dado cuenta, que no se trata solo de causas familiares. No solo la familia influye. Por ejemplo, siempre tuve interés por las ciencias y mi primera matrícula en la Universidad fue en la Escuela de Ciencias Físicas, habiendo sido alumno-ayudante (conocidos entonces como «monitores») de Física y Matemáticas durante todos los años de bachillerato. O, en otro ámbito de vivencias, desde niño me gustó e interesó conocer la música sinfónica y, en general, esa llamada «clásica», tanto como pronto también el rock y otras muchas clases de música, todas las cuales siguen gustándome. ¿Qué tiene ello que ver con mi familia? Pues yo diría que muy poco, para no atreverme a decir que nada. Además de los estímulos familiares y de la niñez y la primera adolescencia, cuentan muchísimo las relaciones con otros adolescentes y aun con personas mayores, con lo cual nació y prendió un interés general por la Cultura, con mayúsculas.

Pero… ¿volviendo a los libros por donde comenzamos?

Si hablamos de escribir precisamente esos libros, una motivación fundamental fue la carencia, como bien dijiste, de tales materias y textos semejantes. Como profesor, quería no solo motivar el estudio de las literaturas orientales, sino ya contribuir de hecho con páginas que eran unas inexistentes y otras escasas.

Vale saber que las dificultades no estuvieron solo en la redacción de las páginas (años de lecturas, investigación, constatación en clases con estudiantes, diálogos con amigos…). Vino luego el problema de que tenían que ver con mitos y religiones, desde el antiguo Egipto hasta los tiempos de Jesús y el Nuevo Testamento, y eran temas con mucho «control» por parte de los funcionarios que supervisaban. Incluso, no olvides que existen «los buenos», pero también «los malos» —humanos somos—, algunos celosos que se creían dueños y censores de tales conocimientos (a menudo errores y equívocos más que conocimientos), entre ellos los que, ufanos, se pavoneaban llamándose «ateístas científicos». ¡Increíble pero cierto!

¡Imagínate, invitar a leer la Biblia y prodigar elogios sobre ideas y formas suyas en 1986! Pero, también, te decía, existen los buenos, es decir, los honestos y los valientes, personas como la Dra. Adolfina Cossío, como Cuesta, el antiguo director de la Editorial Oriente, y Amparo Muñiz, jefa de edición. En fin, Las literaturas egipcia, mesopotámica y hebrea salió a la venta a principios de 1990, y con una gran tirada pronto agotada.

Vale la pena consignar que antes había publicado un breve ensayo que se incorporaría a este libro, Cinco notas al ‘Cantar de los Cantares’; y como algo útil para nuestra experiencia cultural, recordar que halló muchos reveses y rechazos antes de integrar las páginas de la revista Santiago (no. 37, 1980) de la Universidad de Oriente, gracias a la acción también valiente y honesta de Isabel Taquechel, directora, y Luís Carlos Suárez, redactor. Todo parece indicar que fue el primer ensayo publicado en medios «oficiales» que comentaba e invitaba a leer páginas de la Biblia.

Páginas inusuales sigue la misma línea de intereses —invitar a un gran público a leer páginas poco difundidas, con un cariz también ensayístico, de mirada personal—, pero con mayor brevedad, ligereza y miradas a otras culturas, como las del Kamasutra y los haikus.

Recientemente, a solicitud de instancias académicas también con visiones muy amplias, muy de mi agrado, retomé dichos temas, y otros más, en El arte y sus primeros esplendores, publicado por la Editorial Félix Varela en 2018, libro que también reflexiona sobre la estética y la teoría del arte.

Refiriéndonos a otra temática, creo que, comparados con otros editados luego, uno de los mejores panoramas de nuestra cultura en una visión de síntesis abarcadora lo conforman los dos volúmenes de Apreciación de la Cultura Cubana, publicados a mediados de los ochenta del pasado siglo, con una perspectiva integradora de las distintas artes que debía ser impartida en todas las especialidades, principalmente las humanísticas.

¿Cuál fue la implicación de Rojas Bez en aquel proyecto colectivo conducido por Isabel Taquechel para escribir una historia sumaria de la cultura cubana?

Algo de lo personal… para explicar mejor algo de lo social y que valga de una vez para la historia de la educación con ciertos detalles.

Comencé a trabajar en la actual Universidad de Holguín en 1976, cuando era apenas un centro universitario recién fundado como tal y cuando se comenzaba, por ello mismo, a desarrollar su Departamento de Extensión Universitaria. Recuerdo aquí a los colegas profesores de entonces Norge Marrero y José Millet, quien poco tiempo después fue a trabajar en Santiago de Cuba.

Comenzamos a desarrollar intensa y exitosamente, ya que un tiempo fue el mejor del país, el Cine-Club Universitario (en el mismo colaboraban también otros profesores, como Manuel García Verdecia y Paquito Aguiar) y, a la vez comenzamos a impartir clases de Fotografía (Norge) y de Apreciación e Historia del Cine (Millet y yo). En una dirección, para los estudiantes universitarios; y en otra, como postgrados. Fueron, además, los primeros programas oficiales de la Extensión Universitaria. Se implementaron luego otras materias entre las que figuraban Historia del Arte y Apreciación de la Cultura Cubana.

Algo importante, la Universidad de Oriente, en aquel entonces especie de alma nutricia de las instituciones universitarias de Holguín, desarrollaba acciones similares. Por supuesto, ambos colectivos nos unimos pronto e irradiamos entusiasmos similares hacia otras provincias y universidades.

Los directivos del Ministerio de Educación Superior, percatándose de tal movimiento, institucionalizaron, formalizaron lo que se llamaría Docencia Artística de la Extensión Universitaria (docencia y prácticas de apreciación del arte y, en general, de la cultura encaminadas a carreras no humanísticas) y, con su poder ministerial, lograron que todas las universidades acogieran este proyecto. Creamos, así, todo un movimiento de proyectos, planes y programas para la educación artística y cultural universitaria, con extensión a la población, acogida en la Extensión Universitaria.

Se formaron colectivos de autores para las distintas disciplinas y surgieron los primeros textos correspondientes. Por supuesto, entonces fueron Cuadernos de Apuntes, textos con valores y utilidad práctica, pero aún en ciernes y necesitados de una redacción con mayor despliegue y perfección. Recuerdo que el texto de cine fue redactado por Norge Marrero, Gisela Gelabert y otros colegas. El de Apreciación de la Cultura Cubana, fue coordinado por Isabel Taquechel, entonces directora de Extensión Universitaria y de la revista Santiago de la Universidad de Oriente. Estuve entre sus redactores.

Vale la pena decir que siempre actuamos como colectivo, aunque alguien tuvo siempre la encomienda principal en uno de los capítulos. Pero el espíritu fue muy unitario, incluso honesto y en contra de todo oportunismo en algunos tópicos «peliagudos» entonces. Por ejemplo, con plena anuencia de todos, fue el primer texto en Cuba (y en correspondencia, el primer programa desde años antes, 1983) que incluyó a la Generación de Orígenes en sus estudios.

Tú te graduaste de Literaturas Hispánicas… ¿Qué me dices sobre ello?

Habiendo iniciado estudios de Ciencias Físicas en la Universidad de La Habana en 1965, me di cuenta de que mi orientación más vital no iba encaminada por esos ámbitos laborales (pero conocimientos que he seguido queriendo); asumí la otra orientación vital, las llamadas Humanidades (¿Quién dice que las ciencias no son humanas?) e ingresé en la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la misma Universidad de La Habana en 1967.

Mis primeras investigaciones fueron, entonces, mirando las literaturas hispánicas, aunque no se socializaron hasta más tarde. Por razones prácticas y públicas, el cineclubismo y la crítica de cine se evidenciaban más, sobre todo a partir de la fundación de la revista Arte 7 (1971) de la Universidad de La Habana.[1] Pero, una vez graduado, trabajando ya como profesor, mantenía ambos intereses y publicaciones correspondientes. Mis primeros artículos y ensayos en periódicos y revistas fueron sobre cine, literatura y otros temas culturales. Pero mi primer libro, ya un libro, ¡qué alegría!, fue Un estudio sobre La vida es sueño, publicado por la Editorial Oriente en 1981. Un segundo Premio de la Ciudad fue Indagaciones sobre un medio milenio, en 1989, cuaderno constituido por tres ensayos relacionados con la cultura iberoamericana. Investigaba y daba conferencias sobre cultura española e iberoamericana, y publicaba en revistas como Universidad de La Habana e Islas y con carácter más esporádico en Cuadernos Americanos (de la UNAM), Meditaçoes Filosóficas (Universidad de Juiz de Fora) y Torre de Papel (Universidad de Iowa).

Diversos ensayos fueron bien acogidos en universidades de Cuba y extranjeras. En especial, recuerdo las páginas sobre Ortega y Gasset y sobre la literatura mística española, temas eludidos en Cuba. Pero, ya antes dije, siempre hay buenos y valientes como Andrés Lora y Aimée González Bolaños, de modo que mis ensayos sobre Ortega y sobre la mística española se publicaron en Islas y como literatura básica en la Universidad Central de Las Villas.

Mi primer libro fuera de Cuba, es también sobre cultura iberoamericana, Visiones en el tiempo de América, publicado en 1995 por la Universidad Autónoma del Estado de México.

Dada esta actividad como hispanista, el Instituto de Cooperación Iberoamericana me otorgó una de las becas por oposición para estudios especializados en España, durante 1990. De nuevo en Holguín, intensifiqué acciones en esa dirección. Por ejemplo, el primer postgrado sobre Literatura Española Contemporánea impartido en la región oriental, quizá en toda Cuba.

De uno u otro modo, mi amor, vocación y actividad en pro de los estudios y conocimiento de la cultura hispánica e iberoamericana siempre han sido perennes, incluso hoy. Las cuestiones prácticas y formales (y algunas miradas de ciertos burócratas) fueron las que obligaron a intensificar o hicieron más visibles otras acciones. Por ejemplo, un grupo de egresados de la Universidad de Oriente proporcionó excelentes profesores de Literatura y Lingüística, como Marisela Messeguer, María Elena Infante, Isabel Estupiñán y Petra Silva, entre otras, que me harían menos solitario en ello, para alegría mía, y remarcaban mayores necesidades en otros campos.

En fin, la carencia de especialistas en cuestiones sobre estética, semiótica, cine y audiovisualidad hizo intensificar mis acciones en este ramo, sobre todo cuando fundamos en Holguín la filial de la Facultad de Artes y Medios de la Comunicación Audiovisual.

Hispanismo, arte y cultura general, audiovisualidad —una imagen sexista aunque, siendo pecador, no peco como tal— son cuestión de amores, de esposas y amantes un poco como de turno y circunstancias —ya vamos siendo jocosos—, pero nunca ha faltado el amor a una y otra. Pues, sí, toda una vida dedicada al hispanismo, a la cultura general y al cine.

El cine es una de las pasiones de José Rojas Bez. A él ha dedicado muchas páginas y una sistemática participación en sus eventos y en las publicaciones especializadas. Desde el lejano Artes, Cine y videotape: límites y confluencias (Premio de la Ciudad, Holguín, 1987) primer libro en nuestra lengua, que sepamos, sobre la relación arte-video, pasando por los publicados en México —El cine por dentro y Pasaje al arte del cine— hasta los más recientes El arte del cine: formas y conceptos y el ambicioso Audiovisualidad, artes y cultura contemporánea (ambos por la Editorial Pueblo y Educación, 2014), constatan el enriquecimiento y actualización de un estudio constante apoyado en la investigación ya más que del cine propiamente, del ancho universo de la (audio)visualidad.

Sin embargo, Rojas Bez me ha comentado sobre cierta decepción a propósito de lo que en este ámbito hoy discuten nuestros especialistas, la penuria de la teoría cubana o al menos de aquella reflexión que intenta acercarse a la problemática de la audiovisualidad, la cual está apenas llegando, cuando no muy por detrás. Y una de las dificultades —según nuestro autor— parece estar en la confusión entre lo general —con la consabida tendencia, no sé si solo cubana, a generalizar— y lo particular.

Primeramente corrijo, amigo mío. No desde el lejano Artes, cine y videotape, de 1987, sino desde siempre, desde la niñez como asiduo y muy interesado espectador; pero especialmente desde 1968, años estudiantiles en la Universidad de La Habana, cuando fundamos el cine club DzigaVertov y luego publicábamos la revista Arte 7, tan connotada como efímera (por animadversiones que incluían el tacharnos de «cahieristas», aludiendo, claro está, a Cahiers du Cinéma, a las teorías y nuevas olas francesa y de toda Europa, incluyendo la del Este (lo cual tenía algo de cierto pero era exagerado en dicha constricción. Había mucho más). Luego, radicado en Holguín, los años del cine-club universitario, la columna semanal de crítica de cine en el periódico de la provincia, ¡Ahora!, y otros menesteres, antes y después de ese primer libro sobre cine. Se incluye, por supuesto, la actividad académica.

Tal experiencia, como dices, me avala para afirmar que los estudios a fondo —y con ello, los escritos y las opiniones— no solo sobre cine, sino sobre todo el universo audiovisual, se han comportado con penuria.

Hay excepciones, por ejemplo colegas como Mario Masvidal en la semiótica (materia que obliga a recordar al muy utilísimo Desiderio Navarro), docentes e investigadores como Joel del Río, Pedro Noa, Norge Marrero, como el último Rufo Caballero, lamentablemente fallecido cuando comenzaba a ser un teórico riguroso, de los mejores más allá de las demandas circunstanciales de opiniones. Hay algunos entre los que acostumbran hoy a escribir de y sobre cine. Pero muchos acuciosos más en el orden práctico que teórico, en especial el cineclubismo; muchos más críticos que teóricos, aunque no carezcan de toda teoría que, después de todo, no es su objetivo máximo.

Lamentablemente, los «dichos» sobre cine y audiovisualidad en Cuba no suelen trascender los márgenes de la crítica inteligente y los buenos opinadores: son la doxa no la episteme. Escasean teóricos concienzudos, y muchos se contentan con lanzar conclusiones inspiradas (los médiums de la cultura) o vivir enganchados a la carroza de la moda, a veces con algunas pocas premisas probatorias; escasean los que investigan hondamente el tema y nunca sienten agotadas las premisas antes de asir y exponer conclusiones que tampoco dejan de cuestionar; sobran los que saben «hacerse ver y sentir» en las múltiples acciones culturales.

Tú que me preguntas, te pregunto yo a ti: ¿Conoces muchos estudios que, luego de multitud de reportes de investigación y enjundiosos argumentos, dejen planteados conceptos y tesis realmente fundadas y renovadoras fuera de repetir lo que ya está dicho o lanzar alguna creencia provechosa que justifican con escarceos? ¿Cuántos hablan de «audiovisualidad» y reflexionan primero sobre qué es la audiovisualidad… más allá de las frases manidas, frecuentemente equívocas como esa de «EL» arte de las imágenes? Aunque muchos lo crean, la lógica aristotélica no ha muerto; ha sido enriquecida y variado sus modos de uso, sí, pero no perecido. La lógica «borrosa» es una cosa y tener la mente borrosa es otra. La teoría de la complejidad es un gran logro, pero no es un logro extraviarse en lo complejo.

En fin, creo que hace falta algo mejor que «las buenas opiniones» (válidas, enriquecedoras y deseables para el ensayismo y la literatura de creación), insuficientes para la teoría del cine y, en general, de los audiovisuales. Una teoría que, si plantea al cine como arte, sea capaz de reflexionar y dilucidar primero qué es el arte y qué es el cine. ¿Cómo, si no, vas a unir dichas concepciones y conceptos? Por ejemplo, muy de moda, teorías sobre la disolución del cine en las redes y lo mediático que ignoran la historia y la sociología del arte, que ignoran qué es un arte y qué es un medio, con precisiones, y que no se atreven a pronunciar una definición del cine desde ayer a hoy y mucho menos a postular una definición de arte. O tonterías como oponerse a que se hable de «cine» y se hable mejor de «audiovisuales»: algo así se da en nuestros predios; algo equivalente a que se hable de «artes plásticas» y oponerse a que se hable de «pintura», como que tampoco habría que hablar de «teatro», sino de «artes escénicas». ¡Hay cada moda! Y muchas dan dinero… e invitaciones.

La cuestión es que, quiérase o no, para reflexionar sobre el cine y sobre cualquier arte, hay que nutrirse muy bien de la estética y su historia, de la teoría y la historia del arte y de la historia y la teoría del cine. Una teoría estética que fundamente y sea fundamentada con una historia y teoría del arte y, a su vez, fundamente y sea fundamentada con una historia y teoría del cine. Entonces, ya puedes teorizar concienzudamente —no solo opinar bonito— sobre el arte del cine y sus correlaciones con los medios y otras artes.

Ese es mi ideal, no niego la existencia de otros, pero creo que éste es sustentable y fecundo.

Pasado un tiempo, Rojas Bez vuelve a la sabiduría y la creación en los relatos de la Antigüedad, así como a los de la Modernidad en «Sobre relatos en la Historia, la Literatura y el Cine», ensayo incluido en el libro Derroteros historiográficos cubanos (Ediciones Holguín, 2016, coordinado por Armando Cuba de la Cruz (quien también coordina el evento teórico homónimo del cual nació), con versión anterior en la revista Educación (No. 146, 2015). Creo que por encima o por debajo de los deslindes y confluencias, hay una intención de rastreo de expresiones culturales que se adjudicó Occidente y cuya cuna se localiza, no obstante, en las civilizaciones orientales.

Por supuesto, tienes la sagacidad y la capacidad analítica para ver lo que se dice y lo que subyace. Los orígenes y las derivaciones universales de la cultura son siempre asunto fundamental para historiadores, sociólogos, antropólogos y demás especialistas, en especial cuando se trata del mundo de hoy así como de América, tan reputada como “mundo síntesis” del resto del mundo.

Pero definitivamente El arte y sus primeros esplendores. Conceptos sobre el arte y miradas al arte antiguo (Editorial Universitaria Félix Varela, 2018), es un libro osado. Y su atrevimiento mayor es su existencia misma como un libro de historia del arte antiguo, desde la Prehistoria hasta el lejano y próximo Oriente, entre la disquisición teórica y el afán del relato histórico o en el cruce de perspectivas ontológicas e institucionales. Me ha comentado Rojas Bez que es un libro que pretende rescates para bien, lo cual «incluye rescatar las enseñanzas y el talante de algunos “padres” ignorados a menudo por algunos manuales […] y busca concepciones más ricas y precisas que aquella tan repetida en manuales sobre el arte como forma de la conciencia social que responde a la ideología de la clase dominante». Y son palabras que hacía rato no escuchaba ni en el ámbito académico. ¿Qué nos puede compartir José Rojas Bez a propósito de esta edición?

En la introducción a la misma se aclara bien todo ello. Ante todo, se trata de un libro «panorámico», no encaminado a altas especializaciones en cada uno de sus temas o culturas tratadas, sino a un acercamiento general a los orígenes de la cultura y el arte, con sus primeras cumbres o civilizaciones. Surgió, se me encomendó —con los inevitables y provechosos debates en sesiones científicas— no solo por la conocida afición por tales saberes; no solo porque, lo saben, incluso cuando he tenido invitaciones de instituciones extranjeras, no pierdo la oportunidad de visitar museos y exposiciones sobre obras de tales culturas (a algunos colegas le llamaba la atención tantas tardes que pasé en el Templo de Debod en Madrid, por ejemplo, compartidas con las del Museo del Prado); sino, más aun, porque ya tenía una experiencia previa bien validada por los estudiantes y otros profesores en Historia del Arte.

El libro estuvo precedido por conferencias sobre el tema, impresas en mimeógrafos en los ochenta, las cuales fueron muy valoradas por colegas y estudiantes. Pareció lógico encomendarme la redacción de esos temas del programa de Historia del Arte. Su carácter «panorámico», ya dijimos, no impidió subrayar aspectos (obras, artes, estilos) particulares y singulares relevantes en su rejuego con conceptos y principios fundamentales sobre el origen y desenvolvimiento primigenio del universo simbólico general, incluyendo la mitología y las concepciones políticas y jurídicas; así como el origen, la estructuración y funciones de las que hoy llamamos «artes». Por supuesto, hicimos hincapié en cómo las llamadas «antiguas culturas orientales» (apelación muy convencional) fueron pábulo fecundo y sedimentaron las bases y muchos aspectos aún vitales de las civilizaciones, culturas y artes «contemporáneas». Ya desde Mesopotamia y Egipto nacen las ramas artísticas basales (arquitectura, escultura, pintura, cerámica…) y los géneros literarios (la poesía lírica y épica, la cuentística, la ensayística de las Sabidurías y otras manifestaciones…), sin olvidar al teatro, manifiesto ya en las representaciones rituales de Isis y Osiris. No olvidemos que se trata de un legado que llega a los griegos por diversas vías y no solo con determinados personajes como el real pero también aun semilegendario Pitágoras; aunque estos les imprimieran su sello muy personal antes de transmitírnoslo a nosotros.

Por ello me preocupó siempre la mirada excesivamente occidentalizante de nuestras concepciones y, con ellas, de nuestros programas de estudios. Sí, no es posible entender la cultura occidental sin Grecia y Roma (entre otros factores); pero tampoco sin estas culturas madres precedentes, a pesar de que aún no se pueda precisar con la máxima exactitud cuánto debe, por ejemplo, la ciencia y la tecnología constructiva griega a la egipcia y mesopotámica, o cuánto debe la literatura judía a la egipcia antes de ser asimilada por el cristianismo y, con este, claro está, por la cultura occidental. Todo el mundo puede asegurar, sin embargo, que deben mucho y referir bastantes ejemplos contundentes.

¿Cómo entonces, prescindir de ellos en los programa de Historia del Arte?; o, lo que sí sucede mucho más a menudo, ¿cómo prescindir de Mesopotamia, Egipto y los hebreos —creadores de géneros desde Gilgamesh e Imhotep y las primeras Sabidurías en los programas de Historia de la Literatura?

Personalmente, tengo en alta estima o satisfacción el primer capítulo, una especie de primera parte del libro, dedicada a la teoría del arte. ¿Qué es el arte? Sobre ello se ha escrito poco en Cuba, aparte de algunos buenos colegas del Instituto Superior de Arte y la Universidad de La Habana. Pero hacía falta un capítulo coherente, actualizado y, por supuesto, cuya cientificidad no eludiera los aportes de ninguna de las grandes tendencias, fuesen fenomenológicas u ontológicas, fuesen teorías institucionalistas o teorías de la recepción, sin olvidar tópicos cardinales como el carácter virtual del arte y de toda experiencia estética así como su relativa autonomía. Creo que salió bien, aunque hoy día lo ampliara algo más.

Por supuesto, como me resulta imposible mentir, no podía concordar con aquellas teorías que considero inválidas o no acepto del todo, ni tampoco lo inverso, dejar de consignar las deudas o mi concordancia con aquellas que creo válidas. Así me comporté y sobre esta base consigné los criterios centrales sobre qué es lo estético y qué es el arte; para definir, en fin, lo estético como el modo humano de aprehensión sensible de los fenómenos en concordancia con categorías determinadas histórica y culturalmente; y el arte como el modo de actividad humana, institucionalizado en mayor o menor grado, en correspondencia con el privilegio de la experiencia estética.

En este libro no se trataba de cine, pero ya que hablamos de conceptos rigurosos, invito, es un reto, a analizar el establecido en mi libro El arte del cine: formas y conceptos —pero ya con sus bases en aquel de 1987 sobre la relación entre cine, artes y video, y en plena armonía con los acabados de exponer— para entender el cine desde ayer hasta hoy, en una u otra modalidad, una u otra pantalla (superficie), uno u otro soporte... y su auténtica correlación con otros artes y medios: el cine como arte de la sucesión coherente de imágenes comúnmente audiovisuales logradas mediante una matriz y una superficie.

¿Me dirías algo de deseos y esperanzas o de desesperanzas académicas o personales?

No, no voy a hablarte de esperanzas y desesperanzas, satisfacciones e insatisfacciones personales porque serían muchas, con muchas páginas. Como se dice: largo y extendido. Solo algo que tiene que ver con lo personal, pero más concretamente con lo académico, lo científico o lo cultural. Una esperanza que te dice ya cuál es la desesperanza, la decepción o lo negativo que he afrontado demasiado a menudo: la esperanza por el crecimiento del amor y, con este, la honestidad y la dedicación seria a la cultura y las verdades; o, dicho con otras palabras, lo mismo desde otra perspectiva, el derrumbe de facilismos, oportunismos, «piñitas» y otros males similares en los proyectos rectores de la cultura, la educación y, en general, la espiritualidad.

Danilo Vega Cabrera es curador, crítico e investigador de artes visuales.


[1] La revista Arte 7 surgió en la Universidad de La Habana y llegó a ser conocida internacionalmente. Ella inspiró a su generación y otras subsiguientes. Muchos cine-clubes, por ejemplo uno en Santa Clara, adoptaron su nombre y quizás el actual programa de televisión también, si no conscientemente, entonces bebiéndolo desde el inconsciente colectivo. Existe página sobre ella en Ecured y Google. (Nota aclaratoria de JRB)


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