Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Pedro Juan Gutiérrez, Literatura, Literatura cubana

Entrevista con Pedro Juan Gutiérrez

“La literatura es lo único que puede profundizar en las zonas oscuras del ser humano”

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Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950) es unos de los escritores cubanos contemporáneos de más reconocimiento internacional. La aparición en 1998 de Trilogía sucia de La Habana lo convirtió en un narrador de culto dentro del panorama literario hispanoamericano. La novela El rey de La Habana (1999) ha sido llevada al cine y dos de sus libros han obtenido distinciones relevantes: Animal tropical (Premio Alfonso García-Ramos de Novela 2000, España), y Carne de perro (Premio Narrativa Sur del Mundo 2003, Italia). Su obra: retrato de las miserias de su país natal en un animoso muestrario escatológico y sexual.

Fabian y el caos (Anagrama, 2015), la más reciente novela de Pedro Juan Gutiérrez, narra la contrariada amistad entre un joven pianista homosexual y el atribulado, inquieto, rebelde y extrovertido Pedro Juan, personaje principal —alter ego del autor de Nuestro G. G. en La Habana— de las historias del narrador, poeta, pintor y periodista residente en una azotea de la calle San Lázaro, en Centro Habana. Etiquetado como el “Bukowski caribeño”, el “Henry Miller tropical” o figura continuadora del realismo sucio, sus fábulas conforman el retablo más solazado y veraz de las desventuras, júbilos, infortunios y orfandades de la Cuba actual.

Novela que estuvo rumiando en la cabeza del escritor matancero durante más de 20 años, sustentada en hechos reales, asiente iconografías de los años 60/70, primeras décadas del gobierno revolucionario de Fidel Castro. Pedro Juan y Fabián convergen en un mismo espejo: el primero es retraído, miope, homosexual y toca el piano; el segundo, audaz, convulso, mujeriego, independiente y seductor. Ambos son protagonistas de una crónica en que circunstancias hostiles los acosan hasta conminarlos a gestos extremos. Acomodos, lances contrapuestos que, sin embargo, confluyen en un mismo cataclismo.

Superposición de la primera persona (enunciaciones del personaje Pedro Juan) con la tercera (historia de Fabian y sus padres), Fabian y el caos revela un viraje en las estrategias discursivas del autor de El hijo de la serpiente. Muestrario de contrastes: desbordadas situaciones en que el goce dialoga con lo siniestro. Uno de los textos más inquietantes, irrefutables, descarnados y amargos de la literatura cubana contemporánea.

De visita en México —participante en el Hay Festival DF 2015— sostuvo, el pasado domingo 25 de octubre, una charla con el periodista estadounidense Jon Lee Anderson, en la cual reflexionó sobre el oficio de contar historias y la situación actual de la Isla. El novelista antillano fue uno de los ponentes más solicitados en un coloquio que reunió a un grupo emblemático de poetas, dramaturgos, narradores, ensayistas y editores de España y Latinoamérica. Cientos de lectores hicieron filas en diferentes foros del simposio para obtener un autógrafo del autor de El insaciable hombre araña; los periodistas procuraban una entrevista exclusiva y los admiradores más osados se peleaban por el selfie con el “Bukowski caribeño”.

“Me llama la atención este desborde de los lectores mexicanos por mis libros. No es por mí: Cuba está de moda, después de todo este asunto del restablecimiento de relaciones con Estados Unidos volvimos a ser foco noticioso. Estoy por encima de eso, pero se siente bien que el trabajo de uno, esto de escribir historias, sea reconocido en un país de larga y rigurosa tradición literaria”, comentó para CUBAENCUENTRO, quien es, indiscutiblemente, el mas mediático escritor de Cuba.

¿Qué piensa de todos esos rótulos que pesan sobre usted: el “Bukowski caribeño”, el “Henry Miller tropical”, el “máximo continuador hispano del realismo sucio”…?

Mira las etiquetas son recursos que funcionan en el proceso de marketing. Los editores no sabían dónde ubicar mis textos. Cuando apareció en 1998 Trilogía sucia de La Habana apelaron por llamarme el “Bukowski cubano”. Eso vendía bien. Esa seña no hay quien me la quite de encima: así voy por el mundo. Quizás en lo único que coincido con el autor de La Máquina de follar es en el gusto que tenía por el alcohol. Creo que somos dos escritores con trazas diferentes, sin negar, por supuesto, algunas coexistencias en el deleite por las mujeres y el sexo.

¿Cuáles son entonces sus influencias más notables, las lecturas determinantes en su formación?

Ejercí durante muchos años el periodismo. Hemingway fue muy importante en esa época, pero quien determinó mi destino fue Truman Capote. Cuando cayó en mis manos Desayuno en Tiffany’s me dije: “Esto es lo que yo quiero hacer, una literatura que no parece literatura”. Me quedé impactado. Pensé: “Este hombre parece que no está escribiendo, parece que lo que está es hablando con uno”, y a mí esa tonalidad me marcó. Dije: “Quiero escribir así”. Me impresionó ese discurso marcado por la desnudez, directo, descarnado, visceral y pujante. Me atrevo a decir que soy, en todo caso —si de protocolo se trata— el “Truman Capote caribeño”. Al contrario de lo que se supone, no conocía a Bukowski cuando publiqué Trilogía sucia, en realidad lo descubrí después. Recuerdo que en Anagrama me regalaron todos los libros del narrador cuando visité sus oficinas en Barcelona por primera vez.

Hablemos de Fabian y el caos, la novela que acaba de publicar.

Tardé muchos años con esa historia en mi cabeza: la rumiaba; el problema es que está basada en hechos reales: Fabian —Fabio Hernández en la vida real— era mi amigo homosexual, un tipo con un talento increíble, pianista muy dotado. Nuestra amistad era contrastante, de ahí invento ese diálogo, ese cruce de gestos, entre un personaje machista, mujeriego, rebelde que es Pedro Juan, y el Fabian medroso, retraído, débil… Es, me parece, una novela trágica y asimismo jubilosa.

¿Por qué decidió contrastar las personas narrativas: uso de la tercera (él omnisciente) en la historia de Fabian y sus padres; monólogo en el relato que concierne a los episodios de Pedro Juan?

Me di cuenta que la crónica de las alternativas de Fabián y de sus padres —Felipe y Lucía— necesitaba cierta objetividad. Recurro entonces a un narrador que lo ve todo, que lo sabe todo, para describir la llegada de España a Matanzas de los progenitores de Fabián en los años prerrevolucionarios, el arribo de Fidel Castro al poder y la radicalización de la Revolución en los años 60 y 70. Sin embargo, los incidentes de la vida de Pedro Juan están contados en primera persona porque están delineados desde la subjetividad: gestos intrínsecos de un desadaptado, quien rutinariamente sigue el curso de los acontecimientos de aquellos años cincelados en escenarios naufragantes. Más que un contraste, yo diría que es un mismo narrador desplegado en dos gestos, en dos perspectivas, en dos visiones e incluso en dos consumaciones existenciales.

Fabián y Pedro Juan se reflejan en el mismo espejo, me atrevo a decir que son una suerte de doble, “gemelos empalmados”: dos antihéroes enfrentados a las mismas circunstancias…

Sí, estoy acuerdo con esa lectura tuya. Fabián no es tanto un contraste con la personalidad del rebelde Pedro Juan, sino su otra cara. Me interesaba subrayar eso, en los años que duró nuestra amistad me vi como él, sentí la misma presión sobre mí. Es interesante como los dos personajes coinciden trabajando en aquella infernal enlatadora de carne de puerco.

¿Una crónica de los años 60/70 de inicio del gobierno de Castro?

Sí, lo es. Me interesa la memoria. La literatura tiene la capacidad de profundizar en esas zonas oscuras del ser humano. Fueron años duros de represión. Pedro Juan y Fabián crecen en la espiral de esa mudanza radical que fueron los primeros años de la Revolución. Ambos son renegados, antihéroes, de un proceso que buscaba protagonistas osados, heroicos… Mis libros hablan de seres imprecados por circunstancias adversas. No me interesan los enaltecidos por el triunfo.

¿Es posible un breve recuento de la “vida intelectual” de Pedro Juan Gutiérrez?

Bueno ese recuento que me pides se vislumbra en mis libros, pero te cuento. De niño a Pedro Juan Gutiérrez le encantaban los muñequitos (así le llamábamos en Cuba a los comics). Sin embargo, a los 10 años ya no pudo leerlos porque dejaron de llegar a Cuba. El curioso adolescente que fui emprendió a leer todo lo que cayera en mis manos: de Julio Verne a Franz Kafka, de Carpentier a García Márquez, de Garcilaso a José Martí, de Camus a Sartre… Puro placer casi enfermizo. Se me formó un ajiaco en la cabeza. Vi mucho cine: de Cuchillo en el agua, de Polanski, a las películas de Wajda, Bergman, Milos Forman, Antonioni, Buñuel, Fellini, Vittorio De Sica, Visconti, Truffaut… Todo eso conforma el sustento de mi inventario intelectual. Estudié periodismo y lo ejercí en la revista semanal más importante de Cuba, la mítica Bohemia. Empecé a escribir poesía para enamorar a las muchachas del barrio. Me envicié en el sexo —como cualquier cubano normal— y me alcoholicé. Hoy tiendo a ser abstemio; no practico todavía, gracias a la virgen María, la frugalidad sexual (risas). A los 18 años presentí que lo que yo quería, sobre todo, era ser escritor. Lo dispuse con mucho ímpetu, muy radicalmente. Pero, un ejercicio de la escritura como algo muy sagrado. Nunca me ha interesado ni la fama ni el dinero, sino exponer en mis novelas y cuentos lo que tengo allá dentro de mí, perdona si te suena a lugar común.

Lo han acusado de misoginia, racismo, procacidad, exageración… Desde la aparición de Trilogía sucia de la Habana, para muchos, usted ha conformado un compendio libérrimo de prostitución, borrachera y sexo…

No soy ni misógino ni racista, líbreme Dios de serlo (risas); los atisbos de misoginia y racismo son gestos literarios de los personajes que desfilan por los folios de mis relatos. En mis textos, quizás más en Trilogía sucia…, aparece todo eso: calles con prostitutas, borrachos y sexo al por mayor, a destajo, retrato incomodo del lado pobre de La Habana. Esa cara que no presentan los folletos turísticos oficiales para viajeros ingenuos; pero, todo está allí latente, en total desnudez y evidencia. Quizás yo fui el primero en develarlo. Hoy tengo muchos imitadores.

Sus libros se alejan de esa Cuba habitada por el ideal revolucionario del “hombre nuevo”. ¿Naufragó acaso esa utopía guevarista de los años 60/70?

No se puede hablar de un fiasco total. Hay una disposición al cambio de perspectiva ideológica. Este restablecimiento de relaciones con Estados Unidos lo marca. Obsoleto hablar hoy del hombre nuevo preconizado por el Che. Esto hubiera sido imposible hace 10 años. Ha sido necesaria mucha flexibilidad por ambas partes y eso es lo que marca este momento a mi país: la tolerancia que va apareciendo poco a poco. No sé el rumbo de todo eso, pero se percibe una dinámica de aceptación favorable a nuevos enfoques. Mis libros fueron por mucho tiempo prohibidos en Cuba, era un escritor a contracorriente sin quererlo. Padecí soledad y reclusión. Me aislé, me encerré en la nostalgia: no comprendí que por divulgar un libro en España se formara tanto alboroto. Me molestó esa actitud, pero lo razoné con sentido crítico. Muchos pensaron que me iba a exiliar en algunos de mis viajes al extranjero, pero no le di el gusto a ninguna de las partes en conflicto, pensé: “Yo no me voy del país, porque ésta es mi patria y no tengo necesidad de irme a otro lugar, voy a seguir escribiendo pase lo que pase”. Ya algunos de mis libros van apareciendo en las editoriales oficiales del Estado, Trilogía sucia…, todavía no. Espero verlos publicados todos. Tengo la ilusión de que este testimonio —esta memoria de una época decisiva— que he pretendido mostrar en mis narraciones lo pueda compartir con mis lectores naturales, testigos absolutos de las tramas que rubrico.


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