Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Literatura, Literatura cubana, Dovalpage

La cocina y el crimen: entrevista con Teresa Dovalpage

Teresa Dovalpage participa como invitada en la Feria del Libro de Miami

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Death Comes in through the Kitchen (Soho Crime, 2018) fue escogida por Penguin Random House Library entre las obras con las que celebró el Mes de la Herencia Hispana, y fue Libro del Mes de Las Comadres en octubre pasado. Su autora, Teresa Dovalpage, participará en la Feria del Libro de Miami en el panel “Masters of Mysteries” el sábado 17 de noviembre a las dos de la tarde. Aquí comparte con los lectores de CUBAENCUENTRO cómo surgió la idea de esta novela.

Del caldero a la página

Death Comes in through the Kitchen fue el resultado de una charla con mi madre que tuvo lugar hace un par de años. Todo empezó cuando la doña, curiosona, quiso saber qué había preparado de cena la noche anterior.

—Traté de hacer el arroz con pollo de abuela —le respondí azorada.

Lo cierto era que me había quedado espanto, con el arroz duro como un palo y el pollo a medio cocinar.

—¿Y qué pasó?

—Chica, no sé. Algo salió mal.

—¡Ay, mijita! ¿Qué puede salir mal con un plato tan fácil?

Procedió a describir todos los pasos para hacer el arroz con pollo y yo, por si las moscas, los copié. Hablamos de las muchas recetas que se habían conservado desde los tiempos en que mi bisabuela, Anita Rayneri, recreaba los platos italianos de sus orígenes para la mesa familiar. Mi madre se acordaba del spaghetti a la crema, del risotto, y de otros muy criollos como el picadillo con pasas y el tasajo con boniato. Algunos no llegué a probarlos en Cuba, por haber nacido cuando muchos ingredientes eran sólo un recuerdo. Pero mi abuela nunca cejó en su empeño de prepararlos, dándoles, según los medios a su alcance, un toque personal. Era una pena, dijo mi madre, que se perdiera su memoria culinaria.

—¿Por qué no tratas de hacer un plato distinto todos los sábados y me cuentas qué pasa? —me animó.

Le hice caso. Engordé casi diez libras en el brete. Al cabo, estuvimos de acuerdo en que aquellas delicias debían conservarse de manera menos efímera que una cena de sábado. ¿Pero cómo? Mi madre insistía en que escribiera un libro de cocina, pero no teníamos la receta precisa para ningún plato. Era más bien “un chorrito de esto” y “una pizca de lo otro.” Además, no soy buena cocinera. (Si no me creen, pregúntenselo a mi marido). ¿Quién demonches iba a comprar un libro de cocina escrito por mí?

Sin embargo, ya tenía once libros —de ficción, claro— publicados, ocho en español y tres en inglés. Había coqueteado con la muerte en varios, pero nada muy en serio. Tenía ganas de meterme con una novela detectivesca. En inglés, por aquello de si el mercado no viene a dónde estás tú, vete tú a dónde está el mercado. Y “el mercado,” en aquellos momentos, a mediados de 2016, tenía los ojos puestos en la Isla. A cada rato alguien me preguntaba sobre los paladares, las casas particulares, los almendrones y el copón divino. Yo tenía una idea general para la trama, pero necesitaba algo con sandunga para darle... sazón. Entonces fue cuando se me ocurrió la idea de mezclar las recetas con la historia.

La cocina y el crimen

La novela empieza cuando Matt, un periodista de San Diego, llega a La Habana para casarse con una cubanita, Yarmila, a quien ha conocido gracias a su blog “Yarmi Cooks Cuban”. Pero la encuentra muerta y la policía le retiene el pasaporte en tanto que se aclara el crimen. Mientras Marlene Martínez, una teniente fondillúa, trata de descubrir al asesino, Matt coge la experiencia cubana con raíces y todo: almuerza en paladares, monta almendrones, y, ante la demora oficial, contrata a un antiguo policía devenido santero para que averigüe quién mató a Yarmila. Al final, como en toda novela detectivesca que se respete, el crimen paga… con pesos cubanos.

Les digo a mis amigos que no sé si este libro me hizo mejor escritora, pero sin dudas me ayudó a convertirme en cocinera estrella porque preparé todas las recetas que aparecen allí. Aquí está una de mis favoritas, tocinillo del cielo, tomada del blog de la protagonista.

¡Provecho!

Empieza por hacer el almíbar. Hierve media taza de agua y una taza de azúcar con unas gotas de limón durante diez minutos, revolviendo constantemente. (No le quites ojo porque el almíbar es imprevisible y se pega al caldero cuando menos lo esperas). Deja que se enfríe un poco.

Mientras tanto, calienta media taza de azúcar (¡revuelve, revuelve y vuelve a revolver!) en otro recipiente. Déjalo a un lado.

Ahora vamos pal tocinillo como tal. Bate cinco yemas y dos huevos enteros juntos. ¡Pero no lo requete batas! No como si fueran a usarse para, pongamos por caso, merenguitos. Pero eso sí, asegúrate de que todo esté bien mezclado.

Agrega el almíbar y un chorrito de extracto de vainilla. Cuélalo, ponto todo en una cazuela y prepárate para la parte más difícil: el baño de María.

El baño de María, que mi novio Yuma llama “baño de agua”, consiste en colocar una cazuelita pequeña dentro de una más grande y agregar agua caliente a la mayor hasta que cubra la mitad de la pequeña. (¿Ya enredé la pita o qué?)

En la cazuelita pequeña es donde se vierte la mezcla colada. Déjalo todo en el horno durante una hora más o menos. Luego vuelca el tocinillo en un plato y rocíalo con el azúcar quemado. Ponlo en el frío por tres o cuatro horas… ¡y a comer!


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