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Yoani Sánchez

La primera entrevista de Yoani Sánchez en México

“Yo no estoy acostumbrada a que me cuiden sino a que me persigan”

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Aeropuerto de la Ciudad de México: 9 de marzo del 2013.

“Necesito conectarme”, dijo Yoani Sánchez mientras me pedía que enchufara su Iphone a una toma de corriente. Apenas llevaba quince minutos en México y ya mostraba su inquietud por comenzar a tuitear. Tomé el teléfono y entonces me di cuenta que, por medio de ese aparatito, informaba al mundo entero sobre la realidad cubana. Los 140 caracteres que la habían convertido en la espina más crítica del gobierno castrista (en toda la amplitud de la palabra), pasaban a través del objeto de veinte centímetros que sostenía en mis manos. Un hecho tan normal, tan cotidiano, como es recargar la batería del celular, se había convertido en un símbolo.

El escritor cubano Manuel Pereira y yo habíamos llegado al aeropuerto unas horas antes. Éramos los únicos que conocíamos la fecha precisa de la visita de la bloguera junto a los tres hombres de traje que se presentaron a las seis de la mañana en la sala de “Llegadas Internacionales”: los oficiales encargados de la seguridad de Yoani. Nos explicaron los detalles del operativo para el traslado a Puebla. Ahí supe que la cosa iba en serio.

Preparé mi cámara porque, en unos momentos, estaría cara a cara con el curso de la Historia. Se abrieron las puertas y apareció Yoani Sánchez. Vestía un saco negro con una bufanda naranja. Se dirigió hacia Manuel y se abrazaron calurosamente. Era el encuentro entre dos generaciones de cubanos. Ambos, con una diferencia de veinte años de edad, compartían el infortunio de haber coincidido con la dictadura.

Yoani me saludó con dos besos, uno en cada mejilla: “Aquí nada más es un beso, ¿verdad? Es que vengo con la inercia de España…” La bloguera no perdía el tiempo. Nada más pisar tierra mexicana quería empaparse de su cultura. Era una cubana universal.

Entramos a un café para que conociera el itinerario de su viaje. Ahí conecté su iPhone. Yoani encargó un capuchino. Estaba sorprendida por la cantidad de luces y luces que se observan desde el avión. Le pido me firme su libro Cuba Libre. Accede amablemente. Pero al terminar la dedicatoria se detiene, levanta la cabeza y pregunta: “¿A qué estamos? Ya ni sé en qué día vivo. Es el onceavo avión que tomo en dos semanas”. Sufre la fatalidad de los aeropuertos: el desvanecer del tiempo. Similar a la fortuna del personaje de Un viejo viaje, de Manuel Pereira, la novela que escogió como acompañante de su propia travesía. Recuerdo que en la isla sucede algo parecido. Yoani se mueve entre la velocidad de los kilobytes, los posts, los tweets, y la lentitud de los Chevrolet del 59 (“almendrones”) que aún circulan por La Habana, los edificios decimonónicos, y el descarado uso oficial de palabras como siempre y jamás.

“Oye Manuel, te pasaste con la escolta”, dice Yoani risueñamente, “yo no estoy acostumbrada a que me cuiden sino a que me persigan”. Manuel entiende el juego y contesta: “Te los conseguimos para que no sientas nostalgia de las dos sombras que te siguen en todo momento en Cuba”. Se ríen. Están de buen humor.

Yoani mira mi grabadora y me invita cordialmente a entrevistarla. Estoy consciente de que viene de un largo viaje. Escojo mentalmente cinco:

¿No temes algún tipo de represalia al regresar a Cuba?

Yoani Sánchez (YS): Es posible, porque el gobierno cubano se comporta —un poco— como un padre despótico. Y cuando los hijos salen de casa y hacen travesuras, es decir, opinan, manifiestan su criterio contrario, y expresan sus críticas al Estado, normalmente a la vuelta siempre les espera un castigo. Sin embargo, tengo la impresión de que ahora mismo, el gobierno está ocupado en una situación bastante delicada, con la muerte de Hugo Chávez. Además, tanto la observación de la comunidad internacional como la protección que me da este viaje, puede ser que minimice o no haga tan grave ese castigo que le espera a la niña inquieta, que es Yoani Sánchez.

¿Podrías definir a Fidel Castro en pocas palabras?

(YS): Un hombre del siglo XX que no tiene cabida en el siglo XXI.

¿Un dinosaurio?

(YS): Probablemente (risas).

He visto cómo te rodean los reporteros, camarógrafos, periodistas. ¿No hay un momento en el que te llegan a abrumar?

(YS): No, ya estoy acostumbrada —dice Yoani, mientras me toma afectuosamente de mis brazos—; ellos son mis colegas, ellos me ayudan a difundir la realidad de Cuba por el mundo.

¿Cómo esperas que te reciba México?

(YS): Con abrazos, comida picante y mucha buena literatura.

Le agradezco sus respuestas. Sin embargo, ahora ella se interesa en mí: “¿y tú qué estudias con Manuel?” Contesto que Literatura. Yoani es una mujer sencilla y, como dije anteriormente, demuestra una extrema curiosidad por cualquier atisbo de cultura. Mira directamente hacia los ojos, sincera. “¿Te interesa alguna en especial?”, agrega. “Sí, la argentina”, respondo rápidamente. Le alegra saber que trabajo con las palabras: “¡Qué bien! Yo estudié Filología”, añade. Le pregunto sobre su tesis que escribió en 2000 llamada “Palabras bajo presión: un estudio de la literatura de la dictadura en Latinoamérica”. Un título que encerraba una premonición: Generación Y, el blog que abriría siete años más tarde. “Sí, yo estaba leyendo La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Me costó mucho trabajo conseguirlo pues en la Isla es prácticamente imposible encontrar un libro del peruano. También leí una obra argentina, La Dama de Cristal, de Zelmar Acevedo, que había recibido el premio Casa de las Américas. A mis sinodales no les agradó el paralelismo que hice entre los protagonistas literarios y, obviamente, Fidel. Además, surgía en esos momentos la figura de Chávez. Y ¿quién iba a perder la oportunidad de retratar a semejante personaje generador de literatura?”, dice Yoani, encantadoramente.

Es un momento de relajación antes de partir a Puebla para asistir a la Sociedad Interamericana de Prensa. Pereira le cuenta a Yoani cuando recibió una carta de Reinaldo Escobar (su mejor amigo de juventud y marido de la bloguera) en Barcelona en 1993, diciéndole que había conocido a una bella filóloga, a la que le había gustado un libro de Manuel: La quinta nave de los locos. Yoani contesta: “hace veinte años de eso” y se miran por un momento. No necesitan demasiadas palabras, los silencios también cuentan historias. Únicamente los cubanos tienen esa extraña manera de entenderse, y en lugar de suspirar, sonríen.

Yoani narra brevemente cuando se colaba hace algunos años a los vestíbulos de los hoteles para utilizar el Internet. Se ponía gafas oscuras y si algún empleado la trataba de interceptar, soltaba un rotundo: “Entschuldigung, ich spreche keinen Spanisch”. Los habaneros se quedaban pasmados y la ingeniosa Yoani colgaba en la red sus crónicas cotidianas.

El café se había terminado y era momento de partir nuevamente…


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