Actualizado: 04/12/2021 9:26
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Libia, Egipto, Latinoamérica

La revancha de los excluidos

Los movimientos de protesta han demostrado rebasar el marco ideológico de las fuerzas políticas previamente existentes. Es quizá su principal virtud, pero también un factor de vulnerabilidad

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Malik Tahar Chaouch es investigador del Instituto de Investigaciones Histórico-Sociales de la Universidad Veracruzana, Maestro en Ciencia Política y Doctor en Sociología del Institut des Hautes Etudes de l’Amérique Latine (IHEAL) de la Sorbonne Nouvelle (París III). Sus líneas de investigación versan sobre religión y política; así como representación, partidos y élites políticas. Ha publicado numerosos trabajos sobre esos temas y hoy comparte con nuestros lectores su visión en torno a la crisis que convulsiona la región norafricana y meso-oriental.

Durante las pasadas semanas hemos presenciado la crisis y caída de diversos regímenes del Norte de África y del Medio Oriente. ¿Cómo explicarías la simultaneidad y extensión de este fenómeno ante regímenes aparentemente divergentes por sus orígenes y orientación ideológica? ¿Podrías calificarlo como una serie de revoluciones o simples revueltas?

Malik Tahar Chaouch (MTCH): Para calificar el fenómeno, retomaría la expresión que utilizó Alain Badiou en una entrevista reciente, definiendo a las “rebeliones” como la expresión de la “revancha” de las sociedades árabes ante gobiernos autoritarios que frustraban sus aspiraciones, independientemente de la retórica oficial de dichos gobiernos (pro-occidentales o antiimperialistas). Es importante señalar que todo empezó de forma espontánea, y las protestas populares iniciaron en Túnez y Argelia ante el alza de los precios. Los que salieron en las calles eran principalmente jóvenes, cansados de la falta de oportunidades, por lo que el primer grito fue la expresión de un descontento social. Luego las protestas asumieron reivindicaciones de cambio político ante la corrupción y al autoritarismo de sus gobiernos.

En Túnez se puso mucho hincapié en la falta de libertad de expresión. El caso de Argelia es distinto, ya que el país sale apenas de una larga guerra civil, lo que puede explicar que —hasta ahora— las protestas no prosperaron tanto como en otros lados. El hecho de que la ola de protestas no sea premeditada, no significa que no haya actores organizados implicados en ella, como partidos políticos, sindicatos y movimientos sociales. Lo que sí es seguro, es que ninguna organización en particular tiene el control y el monopolio de la representación de esas protestas y estas son plurales en sus componentes ideológicos y políticos.

Por eso mismo se pueden definir como movimientos provenientes de la sociedad que rebasan las fuerzas políticas previamente existentes. Es probablemente su principal virtud, pero también un factor de vulnerabilidad, ya que esto implica una dificultad: la de encontrar un proyecto político común. Pues paradójicamente el “vacío de proyecto político” da lugar a que actores mejor organizados se puedan apropiar los movimientos de protesta, sin respetar su pluralismo, o que el propio oficialismo acabe secuestrándolos, otorgando una “apertura democrática” controlada desde el sistema político existente e impidiendo la ruptura exigida. En Egipto se ve claramente cómo las fuerzas armadas asumieron un papel central en el proceso, afirmando por ejemplo ser garantes de los acuerdos internacionales con Israel.

Los mismos movimientos han manifestado inquietudes ante las posibilidades de “recuperación” y han demostrado conciencia política para combatirlas, por lo que la situación es muy incierta y nadie se encuentra hoy en capacidad de anticipar lo que pasará. Calificar las protestas de “revoluciones”, asimilarlas a procesos de “transición a la democracia” o restringirlas al estatus de “revueltas” es aún demasiado prematuro: ahora el espectro de lo posible es aún amplio, aunque el futuro los irá reduciendo. De lo que no cabe duda es que existen aspiraciones democráticas y una voluntad revolucionaria de cambio en ellas. Los movimientos son, al mismo tiempo, críticos ante las intrusiones occidentales en la región y los nacionalismos árabes, cuyo fracaso parece ser ya definitivo. De hecho, suelen denunciar la colusión entre ambos, es decir, la complicidad de las democracias occidentales con las dictaduras y la propia condescendencia de los nacionalismos árabes con los intereses de las multinacionales.

Incluso los gobiernos más marcados con el sello del antiimperialismo, como el de Gadafi, ya eran aliados del capitalismo internacional y buenos socios de la “guerra en contra del terrorismo”, además de cazadores de la inmigración clandestina. Incluso más allá de esa “cercanía” entre demócratas occidentales y autócratas árabes, yo iría hasta decir que —en sí— el autoritarismo árabe comparte una misma pedagogía del poder con el pasado colonial que combatió. Por lo tanto, si los insurgentes piden democracia, no por ello confían en el “apoyo” y la “supervisión” de las democracias occidentales; si piden soberanía, no es en sintonía con la retórica oficial del nacionalismo de antaño. Tampoco están unidos bajo la bandera del islamismo, si bien este último está presente en ellos con menor o mayor impacto según los países.

Sobre la expansión del fenómeno, se ha hablado mucho del papel de las redes sociales y de los medios de comunicación; en este sentido existe indiscutiblemente un efecto de contagio o “efecto dominó”. Lo que pasó en Túnez despertó esperanzas en todos los otros pueblos árabes, confrontados a los mismos tipos de problemas y gobiernos, más allá de sus fachadas ideológicas e institucionales, lo que demuestra que existe una problemática común del mundo árabe, si bien ese mundo no es de ninguna manera homogéneo, tomando en cuenta la variedad de los contextos. De hecho, después de los escenarios de Túnez y Egipto, se pensaba que lo mismo iba a ocurrir en los otros países y ya vemos que los efectos de la ola de protesta varían de un país a otro. Ya mencioné que en Argelia hay menos propensión a la radicalización por los traumatismos del pasado reciente. A pesar de las protestas crecientes ante la falta de libertades, la monarquía marroquí tiene una base de legitimidad bastante apreciable. En Libia, la situación apunta ya a la guerra civil. Además, el movimiento se concentra en la periferia del mundo árabe. Arabia Saudita y Siria salen hasta ahora muy librados.

Desde este punto de vista, la calificación de las protestas cambiará probablemente de un país a otro: más allá de las diferencias de regímenes y contextos nacionales, todas están conectadas entre sí y existe un impulso común, pero cada escenario nacional responde también a factores sui generis. En fin, si bien la ola de protestas no fue premeditada, estaba al orden del día, ya que diferentes agencias y expertos occidentales habían alertado sobre esa eventualidad, tomando en cuenta la evolución de las sociedades árabes, los Gobiernos occidentales no prestaron atención a esos informes y siguieron ciegamente con su política tradicional de satanización del islamismo y de apoyo a los gobiernos autoritarios que constituían —según ellos— una barrera a la “amenaza” islamista. La región era un polvorín y hoy —ante los ojos asombrados del mundo entero— el polvorín explota. Esto demuestra por lo menos algo: que la aspiración a la libertad no es la exclusividad de Occidente, ni requiere siempre de sus luces.

El islamismo como corriente y movimiento político ha sido una suerte de “fantasma” esgrimido por diversos actores dentro de la cobertura mediática de los sucesos. ¿Cómo valoras la presencia de dicho fenómeno en las sociedades convulsionadas? ¿Qué peso real estaría teniendo en las protestas?

El politólogo Mahik Tahar (i.) y el historiador Armando ChaguacedaFoto

El politólogo Mahik Tahar (i.) y el historiador Armando Chaguaceda.

MTCH: Algunos observadores insistieron mucho en el carácter “desideologizado” de las protestas. El islamismo cristalizó durante décadas el descontento ante el carácter autoritario, corrupto y represivo de los gobiernos de la región, así como ante la falta de oportunidades sociales. Si bien es diverso en sus expresiones religiosas y políticas, el islamismo encarnó hasta cierto punto una tentativa de “regreso” a la supuesta esencia de la vida musulmana, en particular a través de la vía de la lucha política e incluso armada. En esta óptica, pretendía oponerse a la influencia occidental en las sociedades musulmanas. Lo que se observa a través de esas manifestaciones es el surgimiento de una nueva generación, bastante diplomada, en cierto sentido occidentalizada y profundamente descontenta con el escenario social y político, que no se identifica ya con un proyecto político, ni una ideología en particular (nacionalismo laico, islamismo e incluso las concepciones pro-occidentales de una modernización lineal).

Desde este punto de vista, no sería una ideología, sino la propia crisis de las ideologías lo que explicaría la radicalidad de un fenómeno que —ya emancipado de los sesgos ideológicos del pasado— constituiría un movimiento de denuncia del estado real de las cosas. Pienso que hay que ser prudente con esos planteamientos. Primero, no sé hasta qué punto se puede ser “desideologizado”, se debería más bien hablar de una relativa indefinición ideológica. Segundo, está claro que no todos los actores de las protestas son tan alejados de posturas ideológicas y, para algunos, incluso son islamistas. Aún así, eso otorga un carácter de novedad a lo que ocurre que saca los países árabes del dilema “autoritarismo laico o islamismo” e incluso de la triple ecuación “nacionalismo-islamismo-occidentalización” para abrir nuevas perspectivas. Pues repito: los insurgentes, incluso los más “occidentalizados”, no suelen confiar en Occidente, pero cuando critican la “doble moral” y la imposición de modelos por parte de las democracias occidentales en la región no lo hacen necesariamente —ni principalmente— con la bandera del islamismo. Por lo menos, así parece ser en Túnez y Egipto, aunque en Libia, la situación es mucho más confusa.

Ahora, esto no significa que el islamismo no será un protagonista importante del porvenir político de esos países. Participará probablemente en coaliciones gubernamentales, podrá llegar al poder en algunos casos y, por lo menos, tendrá que ser tomado en cuenta. Ya no se puede satanizar al islamismo; pues resulta hasta contraproducente. Pero es un hecho que el llamado “Islam político” o “islamismo” no ha sido el impulsor de lo que está ocurriendo y que está siendo completamente rebasado por el fenómeno actual. Asimismo, esa corriente de ideas conoce una profunda transformación interna, donde algunos de sus militantes se alejan de la lucha política y se repliegan en la radicalización de la vida religiosa y otros moderan mucho los términos de esa lucha. Ya se debe distinguir entre un “islamismo radical” y otro “moderado”. En fin, en el contexto de la sociedades musulmanas, el islamismo —como corriente político-religiosa del Islam— siempre ha constituido una minoría; hoy constituye incluso una minoría en el concierto del descontento popular y de expresiones de frustraciones de las juventudes arabo-musulmanas, pero una minoría que cuenta y no se encuentra —como se ha dicho a veces con exageración— en vías de desaparición.

Dentro de la crisis regional, la actualidad de las últimas semanas ha estado copada por el conflicto en Libia. Las potencias occidentales reunidas en la OTAN (y en particular EEUU) están hablando de intervención y movilizando fuerzas para tal fin. Los Gobiernos “progresistas” latinoamericanos se resisten a condenar a Gadafi y esgrimen como principal problema la “amenaza a la soberanía nacional de Libia” proveniente de una incursión extranjera. Mientras las Naciones Unidas han expulsado al régimen libio del Consejo de Derechos Humanos, adelantando un conjunto de sanciones y abriendo la puerta para ulteriores medidas como el establecimiento de una Zona de Exclusión Aérea. ¿Qué opinión te merecen estas posturas y en general la acción de la comunidad internacional en este caso y en toda la crisis norafricana y meso-oriental?

MTCH: La llamada “comunidad internacional” (con todas las reticencias que me provoca ese término demasiado angelical) y, en particular, los Gobiernos occidentales y la OTAN han sido tomado por sorpresa por la ola de protestas. En un principio, las declaraciones de las cancillerías y de los distintos gobiernos han sido tímidas y caracterizadas por un malestar palpable. Los Gobiernos occidentales denunciaban la violencia de la represión, pedían que se respetaran los derechos de los manifestantes, pero tampoco se pronunciaban políticamente pues se vieron obligados a adoptar posturas críticas en contra de los que apenas ayer eran sus aliados y socios incondicionales. En Medio Oriente, gobiernos como el de Mubarak eran considerados los “garantes de la estabilidad y paz regionales”, al mismo tiempo que un freno represivo necesario al desarrollo de la amenaza —real e imaginaria— del islamismo. El hecho de que surja algo como un “tercer elemento”, irreductible al islamismo y hostil al oficialismo, no ha sido necesariamente una buena noticia para ellos.

Existe un temor cierto a la desestabilización de la región, en detrimento de Israel y de los propios intereses occidentales. Al principio, una forma de disfrazar ese temor consistió en decir que esas revueltas podían servir a los islamistas y que había que prevenirse ante tal amenaza. Muchos intelectuales pro-Israel —que ya modificaron oportunistamente su postura— no pudieron evitar decirlo, pero su discurso ya está agotado. El temor real versa en que se desconoce dónde desembocarán las revueltas y cuáles serán sus alcances y consecuencias geopolíticas a mediano y largo plazo. Al mismo tiempo, ante sus opiniones públicas (opiniones que oscilan entre el apoyo a las revueltas y el temor de sus consecuencias) y por obvias razones morales, los mismos gobiernos no podían evadir el carácter “positivo” —incluso con cierta hipocresía— de la voluntad de “emancipación” de los pueblos árabes.

Así que hay que subrayar las ambigüedades evidentes en la forma como los Gobiernos occidentales —e incluso sus opiniones públicas— perciben la ola de protestas en el mundo árabe. En el caso de Túnez, la Sdministración estadounidense apoyó la salida de Ben Ali, porque quiso anticiparse a una posible radicalización y apostó a favor de un “cambio controlado” con la participación de elementos del viejo régimen y con la integración regulada de nuevos actores políticos. La diplomacia francesa (recordemos que Túnez fue una colonia francesa) se quedó paralizada y rebasada por los hechos hasta el último instante. Ante la situación de Egipto, se vio más indecisión en la Administración estadounidense, ya que el propio Israel apoyaba a Mubarak. Ante la violenta represión que se dio desde un principio en Libia, las reacciones y medidas tardaron mucho. Otra vez, Italia —que había sido la “potencia colonial” de esa parte de Norte-África y que tiene intereses estratégicos en el país— fue de los últimos países en reaccionar.

Ahora, el caso de Libia es muy distinto, porque implica una situación mucho más grave de crisis humanitaria, lo cual deja entrever la posibilidad de una intervención militar por parte de la OTAN. Los Gobiernos “progresistas” latinoamericanos, como se les llama a veces, habían visto con buen ojo lo que ocurría en Túnez y Egipto; algunos de ellos tomaron, al contrario, la defensa de Gadafi como “hermano de la lucha antiimperialista” y alertaron desde el principio sobre el riesgo de una intervención militar “imperialista” para tomar el control de los recursos del país. Su lectura de los hechos es por supuesto muy sesgada: no existe ningún complot de la OTAN en contra de Gadafi, ya que Gadafi era un aliado. La defensa a ultranza del líder libio muestra bien la verdadera cara de esos supuestos gobiernos “progresistas” que no pueden concebir la existencia de movimientos populares que rebasen sus vocaciones autocráticas.

Aun así, el riesgo de tal intervención existe. La situación humanitaria podría ser un excelente pretexto para una ocupación militar de la OTAN, y los Gobiernos occidentales —que no conocen bien la oposición libia— podrían anticiparse a la instauración de un poder político que no convenga a sus intereses. De hecho, esta oposición se opuso contundentemente al escenario de la intervención militar, lo que resta de entrada cualquier legitimidad. De la misma manera que no existe un complot por parte de los Gobiernos occidentales, sus motivaciones humanitarias son siempre muy sospechosas. Al mismo tiempo, existen ciertas reticencias a esa intervención militar al interior mismo de las cancillerías de las potencias occidentales por temor a abrir un nuevo frente en la región y por los costos que implicaría una ocupación terrestre, por lo que la veo aún poco probable. Parece privilegiarse la negociación con la oposición libia y la búsqueda de vías alternas de solución de la crisis humanitaria y de apoyo a la oposición (con la esperanza de ganarse sus gracias).

En el caso de que el conflicto perdurara y de que no se viera una salida rápida de crisis, la intervención directa podría volverse más probable. Entre las vía alternas posibles, se ha hablado mucho de la Zona de Exclusión Aérea, es decir, de la utilización de la fuerza para impedir los vuelos y bombardeos de la aviación de Gadafi. Más allá del cinismo de los intereses y de las fantasías civilizadoras, esa solución tiene el apoyo de los sectores no gubernamentales de la “comunidad internacional” sinceramente preocupados por la situación humanitaria y de la Liga de los países árabes. La contraofensiva de Gadafi, aun cuando no deba permitirle retomar durablemente el control territorial del país, no deja tampoco entrever una pronta caída, a menos de que se negocie una salida inmediata.

Por lo tanto, la opción de la Zona de Exclusión Aérea parece ser cada vez más inevitable. Es una solución intermedia —si bien pasajera en caso de perduración del conflicto— que no violenta la conciencia de los muchos que tememos las motivaciones y consecuencias nefastas de una intervención militar de la OTAN. Y que responde también a la urgencia de una situación humanitaria ante la cual los excesos ideológicos del principio de “no intervención” pueden volverse moralmente cómplices de una masacre de gran escala. Pero no seamos ingenuos: puede también ser el primer paso dado en el círculo vicioso del intervencionismo, cuyas consecuencias pueden ser mucho más graves. El dilema se plantea en esos términos.


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