Actualizado: 01/12/2021 17:25
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Teatro

Los benditos ochenta de Matías

Matías Montes Huidobro cumplió en abril 80 años. Se dice rápido, pero su obra llena fácilmente un anaquel de un buen librero

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Cumples ochenta años lúcido, recorriendo el Camino de Santiago con numerosos libros y personajes creados por ti. Estos son tan metateatrales que podríamos imaginarnos una gran celebración donde ellos —excepto El Caballo/Solavalla, por supuesto—, te agradezcan existir. Yara (“¡Oh gran total de horas compartidas/ unidad de pincel/ autorretrato/ imagen de los dos/ que configura/ el espejo real/ de nuestra vida!”), dirige la puesta en escena porque sin ella, ¿tus ochenta fueran así de plenos?

Tienes razón. Los ochenta años que cumplí hace poco no serían los mismos si no hubiera tenido a Yara a mi lado prácticamente por seis décadas, más de medio siglo, teniendo en cuenta que nos conocimos a fines de los años cuarenta, cuando ambos empezamos estudios en la Universidad de La Habana, compartiendo todas estas peripecias vitales. Líricamente lo expreso en las disolvencias de imágenes presentes en el poema que citas. Pero representa también, racionalmente hablando, una convergencia romántica, erótica y profesional en que nuestras existencias quedan entrelazadas, dentro de un contexto de incertidumbres y decisiones integradas al proceso histórico cubano: República, Revolución y Exilio. No quiere esto decir que sea una relación idílica ni la única posible, pero fue la que nosotros elegimos. En la Universidad de Hawai, por más de treinta años, tuvimos siempre un par de estupendos despachos uno al lado del otro. En nuestra casa en Miami ocurre exactamente lo mismo, en una convivencia matrimonial absoluta. Ha sido un acoplamiento permanente en todos los niveles y nadie mejor que ella ha conocido mi obsesión por la escritura, y mis propias angustias como escritor. Logros y frustraciones conviven día a día. A esto habría que agregar el papel protagonista de Yara en mi obra creadora, ya que ella es la médula de mis personajes femeninos, la fuente que me sirve para construirlos, elaborarlos y transformarlos, la base de mi propia construcción de escenas, jugando un importante papel en todo lo que he escrito, incluyendo el análisis literario.

“En qué consiste la originalidad de Matías Montes? En una decidida intención de tomar de la realidad segmentos casi absurdos, para luego organizarlos en un orden veraz. Quizás esto lo acerque a Kafka pero es un acercamiento a posteriori, pues ya Montes trabajaba en sus cuentos, poemas y piezas de teatro, mucho antes de que Kafka estuviera de moda.” Así escribió Guillermo Cabrera Infante al publicar tu cuento La constante distanciaen la revista Carteles en 1956. Estudiosos como Patricia Montilla se refieren a un “onirismo erótico y subversión surrealista en Esa fuente de dolor. Luis F. González-Cruz menciona “laberintos barrocos” en otra novela, Parto en el cosmos. ¿Cómo defines tu estilo? ¿Influencia de Borges, Carpentier o José Antonio Ramos?

Admiro a José Antonio Ramos, pero no me identifico con el realismo: me identifico más con la distorsión expresionista, kafkiana, onírica, surrealista y barroca pero no me estoy refiriendo directamente a Carpentier, (de cuya obra solo me ha interesado El reino de este mundo), incluyendo el absurdo. Ciertamente en el momento en que Cabrera Infante usó sus buenos oficios para publicar mi cuento, su generosa interpretación apunta sintéticamente a lo que yo quisiera que fuera mi obra.

En Esa fuente de dolor, por ejemplo, ¿ofreces una visión pesimista de La Habana de los años cincuenta que contrasta con otras casi paradisíacas de exiliados contemporáneos tuyos; y en Un objeto de deseo Martí cuestiona las valoraciones acerca de él y sus circunstancias? ¿Será que no hay “peor ciego que el que no quiere ver”?

En general, mi interpretación de la realidad y la conducta humana es pesimista. Y, en particular, mi experiencia personal durante los años que me tocaron vivir en la Cuba republicana fueron años difíciles, no solamente para mí sino para mi familia, que era pobre, víctima de muchas injusticias cometidas en el período republicano, y con ello me distancio de la visión edulcorante que tienen muchos exiliados de lo que era Cuba ante de Castro. Por otra parte, en la mejor tradición de las letras cubanas y universales, la función de los escritores es atacar a los íconos falsos para poner al desnudo la escoria que se esconde detrás de las apariencias, como hacia, por ejemplo, José Antonio Ramos. La historia de Cuba en el siglo XX no ha sido otra cosa, antes y después del 1959, que una acumulación de bajezas y mezquindades que nos llevaron al abismo en que todavía nos encontramos y no veo la menor razón para ser optimistas. No todo era así, naturalmente, pero debe tenerse en cuenta. Esto incluye mi personal interpretación martiana que ubico en Un objeto de deseo, dentro de un espacio total para adoptar una posición crítica contemporánea que sirve para proyectar el aquí y ahora del exilio, que muchos no quieren ver para no tener que verse.

Los artistas e intelectuales que residen en la Isla gozan de cierto atractivo en el exterior en detrimento de los exiliados…

Cuando Yara y yo tomamos la decisión de irnos de Cuba en 1961 (a cuya razón de ser he sido fiel hasta hoy en día), no podía predecir que fuera para el resto de mi vida, ni calcular todas las consecuencias de tal acto. Durante tres años (1959-1961) mis obras dramáticas se estrenaban y se publicaban tan pronto las escribía, y no tenía que caerle atrás a nadie para que las llevaran a escena. Incluyendo La botija, que se siguió montando después de irme de Cuba y en cuyo mensaje comprometido con la Revolución creía en el momento que la escribí. Nadie me presionó para que lo hiciera porque en Cuba, durante la República, había muchos sinvergüenzas y ladrones, y no es cosa de tapar el sol con un dedo. Pero tan pronto se hizo evidente que la libertad del escritor estaba en peligro, se puso al descubierto que las condiciones de cambio eran inaceptables y que una cosa sería peor que la otra. Era una trampa. Es cierto que irme implicó que me eliminaran del canon de la dramaturgia nacional. Lo tomo como un privilegio ya que no me vi precisado a ceder ante posiciones con las cuales no estaba de acuerdo. Fue el precio que he tenido que pagar. Pero como Ojos para no ver demuestra, iba a ser el primer dramaturgo cubano que llamaría a las cosas por su nombre, y al darle a Solavaya el papel protagónico, escribía una metáfora explícita de Fidel Castro, más allá de esos resquicios interpretativos que el público cubano busca en piezas de discurso implícito, al modo de Manteca de Alberto Pedro, y como todavía se hace en otros textos. Yo no tuve que esperar hasta el siglo XXI para hacer una denuncia explícita de la homofobia nacional porque, conózcase o no en Cuba, lo hice en Exilio antes que los dramaturgos insulares pudieran hacer tal cosa cuando el régimen de La Habana le dio el visto bueno. Todo esto lo escribí por Cuba y para Cuba, aunque los cubanos no lo reconozcan o lo sepan. Si bien hoy en día todo parece indicar que en Cuba es posible hacer referencias a las persecuciones que han sufrido los homosexuales, no creo que todavía se pueda decir quien fue, específicamente, el responsable de la misma (es decir, Castro), como yo expongo en Exilio cuando la escribí a principio de los ochenta.

¿ A qué se debe tu pasión por lo metateatral como recurso expresivo?

Creo que es un rasgo de la identidad nacional. Los cubanos, como los ingleses, pero técnicamente a la inversa, somos estupendos actores, nos encontramos siempre en un plano actoral, y las circunstancias históricas nos han llevado al inevitable uso de la máscara como recurso de la sobrevivencia. Aunque con tendencia a la gestualidad explícita, detrás de ella se esconden matices, sutilezas, recovecos sicológicos y de la conducta, a la altura de los momentos más elaborados del teatro isabelino, cubriendo con nuestro carisma congénito las más elaboradas complejidades sicológicas.

Los directores teatrales decontruyen y reconstruyen los textos cuyos dramaturgos han parido con fórceps. Abreu Felipe dice que desde el instante en que el director comienza a montar, él se olvida de la obra. José Milián no asiste a los ensayos. Ernesto García dirigió Los acosados el año 2008 en Teatro en Miami Studio. ¿Sufriste demasiado?

Cada director tiene una aproximación diferente. Francisco Morín era meticulosamente fiel al texto, y sin embargo su sello como director se reflejaba nítidamente en sus propuestas escénicas. En California se estrenó Su cara mitad y en el montaje no se hizo el menor corte, haciéndome saborear cada parlamento, convencido de que había dado en el blanco y que el texto se sostenía en escena perfectamente, lo cual resultó muy gratificante. El director debe caminar por una cuerda floja cuya identidad creadora permanezca sin que se asfixie la identidad de la obra y el autor. Pero cada director tiene su aproximación. Cuando dejé de ser expresionista en Exilio para volverme algo ibseniano siguiendo las leyes de la causa y el efecto, Dumé se bajó con un montaje expresionista que respondía a la personalidad total de mi dramaturgia. Lo que es importante para mí es que el director, a pesar de ese proceso de deconstrucción y reconstrucción, sea fiel a la médula del texto, y que cuando los personajes suban a escena yo los reconozca como míos. Y en este sentido, a pesar de que Ernesto García puso en vigor todo su talento creador, los personajes y las circunstancias siguieron vigente en escena y en todo momento los sentí absolutamente míos. Aunque no asistí a los ensayos, substancialmente, intrínsecamente, hubo un trabajo de equipo, una simbiosis, incluyendo el trabajo actoral, que fue excelente, enfrentándose con las demandas del texto en manos de un director exigente. Ernesto tuvo ideas excelentes y novedosas que lo enriquecieron y le dieron su sello personal como director, pero cualquiera que conozca el original se da cuenta que en lo esencial permaneció fiel al mismo.

Por último, al preguntarle sobre ti a un director, dramaturgo y actor que vive en Cuba, contestó: “Matías Monte Huidobro es un total desconocido dentro de la mayoría de los teatreros de la Isla. Hace tiempo leí un trabajo de él acerca del teatro que hace Pedro Monge. Ni siquiera he tenido la posibilidad de leer una de sus obras de este teatrista de quien todos hablan cuando se cruzan las fronteras del agua y la sal… Una antología del teatro cubano de la diáspora que me mandó Monge nunca llegó a mis manos. Así que el ostracismo, por ser un abierto oponente político, ha sido cruel y nos ha apartado del conocimiento de su obra de arte… Y de qué vale leerlo si no podemos llevarlo a nuestra escena… casi peor. !Ay!, es triste cumplir ochenta años dedicados al teatro cubano y ser un total ignorado o excluido, que son los adjetivos exactos… Son dolores imperdonables, como tantos otros. No sé si Matías Montes Huidobro es uno de esos obstinados que dicen una y otra vez: ‘Los amores que matan, nunca mueren’”.

Aunque mi obra se conoce en otras partes, ciertamente me duele que no sea bien conocida en Cuba. Ha habido excepciones, como el caso de Amado del Pino, por ejemplo. Debido a mi propia integridad he tenido que pagar consecuencias. No obstante ello, lo entiendo políticamente porque, después de todo, yo mismo me lo busqué diciendo lo que en Cuba no se puede decir. Que mi trabajo no se reconozca debidamente allá responde a una lógica histórica de un sistema represivo donde la libertad de expresión no es la norma. Pero lo que más me duele es que en el exilio, salvo honrosas excepciones y excelentes directores (Morín, Dumé, de Acha, Trigoura, Salas Lanz, Ernesto García, etc.), mis obras no se han llevado a escena en la medida de la calidad reconocida por la crítica y mi identificación con el exilio, del cual formo parte desde 1961, y esto sí es del carajo. En el exilio, sin ir más lejos, en el aquí y ahora de estos ochenta años que tú me celebras, una modesta propuesta de reconocimiento fue rechazada, recientemente, por una institución que proclama ser representativa de la cultura del exilio. Es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Esto duele y de no tener absoluta seguridad de lo que escribo, hace mucho tiempo hubiera dejado de hacerlo.

Por otra parte, me parece que está muy bien que los autores cubanos residentes en Cuba se estrenen en Miami, pero no estaría de más que fuera una política recíproca y que también se estrene aquí y allá a los que hemos sufrido las injusticias del discurso castrista, porque al omitirnos, los que así lo hacen, se vuelven eco de una propuesta de marginación y censura que tiene su origen en el discurso oficial cubano. Recordemos que René Ariza trazó interesantes paralelos sobre el asunto.



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