Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Mejilla con mejilla con Rosita Fornés

Una entrevista con la legendaria figura de la farándula cubana

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Con la venia de la propia entrevistada y de mi amigo Jorge Losada, voy a usar el título de la película que protagonizaron juntos en el 2011 para encabezar esta conversación con mi querida y admirada Rosita Fornés, “la vedette por excelencia de la cultura cubana”, quien ha tenido la gentileza de recibirme para hablar un poco de su vida, su carrera, y de “lo humano y de lo divino”, como diría Éufrates del Valle, aquel inefable periodista de San Nicolás del Peladero, ese pueblo legendario de la televisión cubana que se vestía de fiesta, literal y en sentido figurado, cada vez que Rosita aparecía en el programa.

Rosalía Palet Bonavía nació en Nueva York —ya dijimos el día— en 1923, pero a la edad de dos años sus padres se la llevaron para Cuba, donde se radicaron. En 1938 la joven adoptó el Fornés como su nombre artístico, a sugerencia de su padrastro, quien la crió a partir de los cuatro años, y ese mismo año obtuvo su primer gran triunfo como cantante en “La Corte Suprema del Arte”, un famoso concurso de la radio cubana, donde “no le tocaron la campana” y ganó el gran premio de la competencia, aunque sus padres no querían que fuera artista, y le dijeron, una vez obtenido el reconocimiento: “Ya te complacimos, ahora para la casa a seguir estudiando”. No obstante, al fin los convencieron y entonces Rosita comenzó a recibir clases de canto con el profesor Mariano Meléndez, dando inicio así a una carrera ascendente que la llevaría a conquistar los primeros planos de popularidad en la Isla.

Además de sus grandes triunfos en Cuba —donde sigue siendo profeta sin relevo— fuentes fidedignas le achacan también la conquista de México, donde la bautizaron como “la primera vedette de América”, y de España, con una Revoltosa “de rechupete”, y una Duquesa Carolina de alquilar balcones, que les hizo decir a su compositor, Federico Moreno Torroba, y a uno de sus dos libretistas (¿Federico Romero o Guillermo Fernández?) después de verla en una función de la zarzuela en México: “Tú eres nuestra mejor Duquesa Carolina”…; setenta y cuatro años de una maravillosa vida artística, donde Rosa Fornés ha brillado en el canto, la actuación, el baile, el cine, la zarzuela, la opereta y el teatro, y sus actuaciones han sido —y siguen siendo, gracias a Dios— un paradigma de excelencia y de profesionalismo.

Y ahora, que sea la misma Rosita Fornés la que con sus propias palabras nos hable de “lo humano y de lo divino” de su carrera:

Rosita, ¿qué cantaste en la Corte Suprema del Arte, y qué te dieron como premio?

Rosita Fornés (RF): Allí todos los días se hacía ese programa, y canté, del género flamenco —hacía poco que yo había regresado de España— la milonga LahijadeJuanSimón. Me dieron el primer premio de esa noche, que venía acompañado de algo de dinero, pero no recuerdo bien la cantidad. Eso me abrió las puertas, y a cada rato me llamaban para que cantara una cancioncita del repertorio que yo tenía en ese entonces.

¿Cómo y cuándo la Rosita cantante se convirtió en actriz?

RF: Antonio Palacios me escuchó cantar y me dijo que yo tenía voz de soprano, y entonces Meléndez me hizo llegar hasta un do sobreagudo. Como Palacios tenía una compañía de zarzuelas, me contrató e hice ElasombrodeDamasco, donde tenía que cantar y actuar, como demanda el género de la zarzuela, por lo que comencé a recibir clases de actuación con Enriqueta Sierra, una primera actriz muy reconocida, que fue también profesora de Raquel Revuelta, Eva Vázquez, Marina Rodríguez y Gina Cabrera, entre otras grandes actrices de las radionovelas…

Cuando se terminó la temporada de zarzuela, las clases de actuación me sirvieron para conseguir trabajo como actriz, pues Mario Martínez Casado me propuso entrar en su compañía, y allí comencé a hacer teatro hablado —grandes comedias y obras muy dramáticas—, aunque sin dejar mis clases de canto, porque seguía haciendo mis programas de radio.

¿Qué te hizo seguir incursionando en el género lírico, que es más “elitista”, cuando ya tenías el favor del gran público cantando cosas populares?

RF: En aquel momento no sentía que tenía el favor del “gran público”, como tú le llamas, porque en la radio no había público en el estudio —o muy poco—, y cuando comencé a recibir las clases de canto me empezó a gustar la zarzuela, e incluso en la radio hice papeles de tiple cómica en zarzuelas, donde también tenía que cantar, y así me fui apartando del flamenco y monté canciones para soprano, a medida que iba avanzando en las clases de canto. Yo fui atrevida, no decía que no a nada; “tienes ‘ángel’”, me decían. Llegué a cantar con cantantes líricos famosísimos de España que iban a Cuba, y la gente les criticaba que no actuaban, sino que se limitaban a cantar y ya, cuando en ese género hay que ser actriz y cantante, y por eso me gustó seguir incursionando en la zarzuela, la opereta y el teatro musical.

Gonzalo Roig, quien también me dijo que yo tenía voz de soprano, me pidió que hiciera su CeciliaValdés, pero le dije que yo no tenía el tipo y que prefería hacer la Isabel Lincheta —blanca y rubia—, antagonista de la mulata Cecilia, aunque luego canté la salida y alguna que otra aria, pero nunca la zarzuela completa.

¿En qué circunstancias se produjo tu conquista de México, y por qué, a pesar de tus grandes triunfos allí, decidiste regresar a Cuba?

RF: La primera vez el que me llevó a México fue Cantinflas (Mario Moreno), quien estaba contratado en Cuba. Trabajamos juntos en su espectáculo —donde yo era la figura principal—, nos hicimos buenos amigos, y conoció a mi padres. Hacíamos un sketch muy simpático, recuerdo.

Cantinflas convenció a mi padre para que me dejara ir a México a trabajar, donde filmé la película Eldeseo como protagonista, junto a Emilio Tuero, dirigida por Chano Urueta. Como papá no podía permanecer más tiempo en México —“No tienes con quien quedarte”, me dijo— y yo también tenía compromisos artísticos en Cuba, regresamos.

(En realidad yo tenía un primo hermano por parte de madre en México, pero en ese momento no existían condiciones en su casa para que yo viviera allí un tiempo).

Cuando volví a México para hacer teatro, mi primo me preparó un cuarto en su casa, y cuando terminé la primera temporada como “Primera vedette”, comenzaron a ofrecerme más contratos para que yo me quedara, y entonces fue cuando conocí a Manuel Medel, que era primer actor y director de una compañía teatral, con quien inauguré el Teatro Tívoli como “primera vedette”. Todas las revistas tenían un argumento, y había que cantar, bailar y actuar, con cuerpo de baile y todo, y también todas las semanas se contrataba a una figura famosa y la presentaban en la segunda parte; una de ellas fue Libertad Lamarque, recuerdo.

Mi trabajo gustó mucho, y primero me nombraron como “la primera vedette de México”, y luego “de América”. El público me quería mucho, y teníamos que dar funciones de lunes a domingo, y el domingo tres al día.

Medel y yo nos enamoramos, nos casamos, y estuvimos cuatro años juntos, pero el matrimonio no resultó y yo regresé a Cuba en 1952 con nuestra hija Rosa María, aunque lo recuerdo con afecto, con cariño, y lo seguí viendo cuando yo iba a México hasta que murió en 1997.

Yo me hice vedette en México, donde el público me adoraba —hasta querían asegurar mis piernas— e hice mucho cine. En el momento en que rompí el contrato para irme a Cuba con mi hija tenía propuestas para hacer cinco películas…

¿Qué programa tuyo en la televisión cubana recuerdas con más cariño?

RF: Todos los hice con el mayor cariño, y todos fueron programas de éxito, que llegaron a los primeros lugares de audiencia y de popularidad; todos los hacía con el mayor entusiasmo y entrega: Desfile de la alegría, Sunochefavorita, DerepenteenTV, En órbita con la alegría, Cita con Rosita

Comparto contigo la fe en el milagroso San Lázaro, y el pueblo de Cuba sabe que nunca dejaste de ir a su iglesia en el Rincón y al leprosorio adjuntoen aquella época difícil en que la fe religiosa estuvo tan mal vista por las autoridades; ¿tuviste algún problema en el ICRT (el Instituto Cubano de Radio y Televisión) por no haber renunciado a tus creencias religiosas?

RF: Me nombraron “madrina de San Lázaro”, y fui también la primera artista que fue a Villa Los Cocos a cantar para los enfermos de sida, pero nunca tuve problemas en el ICRT; me respetaron siempre.

Tampoco retiré de mi casa en el Nuevo Vedado el pedestal con la Virgen de la Caridad del Cobre; ¡nunca oculté ni negué mi fe religiosa!

Tampoco dejaste de cantar a Lecuona ni a Meme, cuando, en tiempos diferentes, estuvieron vetados por la dirección de cultura del país, ¿hubo consecuencias negativas, o no se metieron contigo debido a tu gran fama y prestigio?

RF: No, nunca, pero eso hay que ganárselo. Otra cosa, en mis espectáculos en el Teatro Amadeo Roldán —antes de que lo quemaran— llegaba la policía con los carros jaula y los llenaban con mis admiradores que eran gays, y yo hasta que no los soltaban no empezaba mi espectáculo.

La permuta primero, y luego Papeles secundarios, marcan tu regreso al cine cubano como protagonista, ¿por qué no habías vuelto a hacer cine antes de eso?

RF: Cuando yo hice Lapermuta, el cine cubano (el ICAIC) cumplía 25 años, y Alfredo Guevara, que lo dirigía, no quería saber nada de mí, porque él consideraba el vedettismo que yo representaba como “algo que debía ser rebasado”. Me dejaron trabajar en Lapermuta

porque mi personaje no tenía nada que ver que mi figura glamorosa de vedette, y muchas personas me contaban que presentaban guiones al ICAIC donde me proponían como protagonista, y no se los aceptaban porque estaba yo.

De la Rosita de Cuba, qué linda es Cuba a la de Papeles secundarios hay una gran diferencia, que cierto pequeño pero poderoso sector del exilio cubano en Miami no ha querido ver, debido a su extremismo de derecha —léase el petardo que explotaron en el Centro Vasco donde ibas a actuar en 1996—; ¿te resultó difícil y doloroso volver a Miami después de ese bochornoso y reprobable incidente?

RF: No, para nada. Vine y todo el mundo me recibió con mucho amor y con mucho cariño.

(Su hija Rosa María intervino para decir que “se demostró una vez más la humanidad y el cariño de mi madre por su público que tanto la quiere y la admira, lo que no significa que ella no respete a esas personas que no la quieren, porque están en todo su derecho a pensar de otro modo, en un país que así lo legisla y que también es el suyo, pues es ciudadana norteamericana por nacimiento, y puede entrar y salir de los Estados Unidos libremente cada vez que lo desee”).

Mejilla con mejilla, tu trabajo más reciente en el cine, ¿te ha dejado satisfecha?

RF: Bueno, yo he sido siempre muy exigente conmigo misma. Me gustó en general como quedó, pero hubo algunas escenitas que no me dejaron completamente satisfecha. Muchas personas me han felicitado por mi actuación, y además hacía mucho tiempo que no actuaba en un rol dramático como ese, que escribió para mí Nicolás Dorr, uno de los más grandes dramaturgos cubanos, con cuya obra Confesiónenelbarriochino, escrita también para mí, gané el Premio del Festival Internacional de Teatro de La Habana de 1984.

¿Cuál es tu mayor orgullo como artista y como ser humano?

FR: El cariño y el reconocimiento del público, de varias generaciones que me han visto actuar, lo cual es muchísimo más importante y valioso para mí que el cuarto lleno de trofeos, condecoraciones, fotos y cuadros que tengo en mi casa.

Como ser humano, estoy muy orgullosa de ser madre, abuela y bisabuela…

El premio más grande para mí es el cariño que me demuestra el público donde quiera que voy.

¿Algún mensaje o saludo que le quieras enviar a tu pueblo que tanto te admira y te quiere, tanto en Cuba como en cualquier lugar del mundo donde se encuentren nuestros compatriotas?

RF: Mi mensaje es un saludo y un agradecimiento eterno por ese cariño que siempre me han dado y que yo les correspondo, ¡es recíproco!


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