Actualizado: 19/11/2019 9:12
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Literatura

«Mis amigos dicen que vivo en el siglo XIX»

Rafael Rojas habla sobre la publicación de 'Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba'.

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"Sé el que eres", escribió Píndaro en los albores históricos de la civilización occidental. Rafael Rojas acaba de sorprendernos con otro de sus libros necesarios e increíbles. Digo "increíble", por el relativamente poco tiempo que media entre uno y otro. Todavía está fresca la memoria con la lectura del XXXIV Premio Anagrama de Ensayo, Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano (2006), y ahora la Editorial Colibrí publica Motivos de Anteo. Patria y nación en la historia intelectual de Cuba. El propio Rojas ha expresado que ambos, junto a Isla sin fin (1998), añoran dibujar una suerte de trilogía.

En Motivos de Anteo tuve, como lector, la sutil impresión de que hay momentos en que se produce una tensión entre el ensayo más libre y el propiamente historiográfico…

Creo que tienes razón. Hay momentos del libro, como los que tratan sobre el mundo afectivo de Martí, las biografías intelectuales de Guerra y Ortiz, la "fe escéptica" de Varona y Mañach o las poéticas de la historia de Orígenes, en que el ensayo, por acercarse a la filosofía, se vuelve más literario. Pero el libro, como habrás notado, trata muchos temas propiamente historiográficos, como el surgimiento del criollismo letrado entre fines del XVIII y mediados del XIX, la historia política del autonomismo y el anexionismo, los discursos de la tierra y la sangre o la vertebración del republicanismo en la primera mitad del XX, que requerían de un abordaje más académico.

No quiero hacerle muchas preguntas concretas de un libro que todavía pocas personas han leído. Sin embargo, algunas no quiero posponerlas para un artículo o reseña. En su excelente ensayo-semblanza sobre Eliseo Diego —creo que uno de las más agudos y 'justos' que he leído—, donde, con el fino arte del matiz, lo distingue de los metarrelatos o poéticas de la historia origenistas, usted no atiende al por qué sucesivas promociones de escritores dentro de la Revolución, a pesar de su catolicismo u origenismo, lo leyeron con fervor y provecho, algo que sí reconoce.

Mi objetivo en la última parte del libro fue más modesto: reconstruir las ideas sobre la historia de Cuba que tenían los poetas de Orígenes, con el fin de encontrar rupturas o diálogos con el patriotismo y el nacionalismo colonial y republicano. Naturalmente, por el camino, tuve que acercarme a los estudios literarios sobre Orígenes, que no son propiamente mi campo, y aventurar algunas hipótesis que probablemente sean criticadas por otros colegas.

Mi interés en Orígenes tiene que ver más con la construcción de mitos nacionales en la historia de Cuba que con la crítica de la literatura cubana. Sin embargo, las fronteras entre literatura e historia, como sabes, son muy transitadas y hasta superpobladas, y se hace difícil limitar los juicios a una u otra esfera. Ese es un riesgo que la historia intelectual no puede eludir.

Por cierto, reconoce que en Motivos de Anteo hay un claro diálogo autocrítico con algunas ideas algo categóricas de Isla sin fin. ¿Podría ser más explícito?

El más notable desplazamiento entre ambos libros lo encuentro en el abandono de la tesis de las dos racionalidades, la emancipatoria y la instrumental, que en Isla sin fin, y a partir de Adorno, Horkheimer y Habermas, apliqué un tanto esquemáticamente a la historia de las ideas del siglo XIX.

En Motivos de Anteo regreso a la historia intelectual de aquella centuria, rastreando las representaciones discursivas de la patria y la nación, con un criterio más permeable. Ahora mi argumentación sigue otro marco conceptual que, en buena medida, corresponde al de los estudios sobre el republicanismo atlántico (Pocock, Skinner, Virolli, Aguilar, Palti, Béjar…) y que me ha permitido, por ejemplo, establecer un contrapunteo más detallado entre el liberalismo de Arango, Saco, el Conde de Pozos Dulces y los autonomistas y la tradición republicana de Varela, Heredia, Luz y Martí.

Noto en usted, tanto en su persona como en su prosa y en la fisonomía de su pensamiento, algo como de un estilo antiguo, a veces emparentado con una imagen y actitud de lo criollo, en última instancia de estirpe clásica… ¿Es conciente de ello?

Mis amigos me dicen que vivo en el siglo XIX. Por algo será.

En su libro anterior, Tumbas sin sosiego, ofrece una galería de ensayos sobre importantes figuras del orbe intelectual cubano. Hace gala de una 'cortesía' intelectual bastante inusual en nuestro medio, aunque creo que esa cortesía formó parte de nuestra propia historia. ¿Imagina un tiempo futuro donde pueda existir esa tensión dentro de un tiempo y espacio públicos democráticos?

Las biografías que juntan esos dos libros —las más exhaustivas en Motivos de Anteo son las de Enrique José Varona, Fernando Ortiz, Ramiro Guerra y Jorge Mañach, a mi entender, los cuatro pensadores cardinales de la primera mitad del siglo XX cubano— intentan una ponderación moral del juicio histórico.

No sé si en un futuro se pueda hacer una historia intelectual ponderada de la Revolución, como la que yo he intentado de la República, pero mi ideal sería que las posiciones públicas de los intelectuales pudieran ser comprendidas de un modo flexible, sin ocultar reparos ideológicos o políticos y, a la vez, reconociendo la calidad de una escritura o un pensamiento cuando lo merecen. En Tumbas sin sosiego fue lo que intenté hacer, por ejemplo, con Cintio Vitier y Roberto Fernández Retamar, dos escritores, a mi juicio, importantes, pero que se comprometieron con un régimen totalitario.

A pesar de la actitud cultural implícita en la pregunta anterior, usted ha sido objeto de una feroz crítica, que las más de las veces se rebaja a libelo. ¿Cómo le ha afectado esta beligerancia en su condición de pensador y como simple persona?

Al principio, esos ataques me afectaban mucho, sobre todo porque en más de una ocasión involucraron a mi familia. Con el tiempo he aprendido a convivir con esa mezquindad y a veces siento que, en materia de descalificación y calumnia, nos falta lo peor. Existe una gran incapacidad en la cultura cubana, lo mismo dentro que fuera de la Isla, para debatir ideas sin ofender personas. En Cuba, la polémica intelectual se confunde con la descaracterización moral. Por eso y, naturalmente, por el autoritarismo político, es tan rara, entre nosotros, una discusión intelectual seria y, a la vez, respetuosa.

Desde sus primeros estudios en la URSS, ¿cómo ha asumido la singularidad de haber vivido más tiempo fuera de Cuba que en la Isla? ¿En qué le ha beneficiado o perjudicado?

La experiencia en la Unión Soviética, en mi caso más breve que la de otros de mis contemporáneos, como José Manuel Prieto o Jorge Ferrer, tiene una importancia mayor que la que generalmente se reconoce en los estudios culturales cubanos. Por suerte, en los últimos años, varias estudiosas de la literatura cubana (Esther Whitfield, Jacqueline Loss, Anke Birkenmaier…), en Estados Unidos, se han interesado en esa "marca", en el sentido físico y comercial del término.

En cuanto al exilio, ya comienza a ser una condición natural para mí: vivo desde 1991 en México y todos mis libros se han publicado fuera de Cuba. Seguramente tienes razón, a partir de un momento, el exilio se vuelve una plataforma de la memoria, que esclarece o distorsiona los recuerdos.

Usted declinó la codirección de la revista Encuentro de la Cultura Cubana a raíz de obtener un año sabático, tiempo en que fue profesor visitante de las universidades de Columbia y Princeton, etapa que acaba de culminar. ¿Qué provecho intelectual le concede a esta etapa reciente? ¿Qué nuevos proyectos intelectuales tiene?

En los últimos años he podido concentrarme en mi trabajo académico. Estoy por terminar un estudio sobre tres colonias de intelectuales hispanoamericanos en ciudades de Estados Unidos, durante el siglo XIX: Filadelfia, Nueva Orleáns y Nueva York. Luego estoy pensando escribir una historia de los duelos en Cuba.

¿No será hora ya de que surja una nueva y más efectiva actitud política con vista al futuro del hasta ahora siempre sacrificado pueblo cubano?

Los exiliados debemos prepararnos para la consolidación de un proceso de sucesión lenta y autoritaria en el poder cubano, que nos mantendrá excluidos de la vida pública de la Isla. Ojalá me equivoque. Pero imagínate que en 2059, en medio del centenario de la Revolución, a un joven historiador cubano se le ocurra escribir la historia de estos años y sólo utilice como fuentes primarias Granma, Juventud Rebelde y Trabajadores. Se preguntará: "bueno, ¿y en ese país no había personas contrarias al partido único, a la economía de Estado y al liderazgo de Fidel y Raúl Castro?". Claro, el asunto es que los opositores cubanos están invisibilizados por una suerte de decreto de inexistencia, basado en la cárcel, la marginación y el exilio.

Una provocación: ¿No se animaría a escribir un libro o un ensayo sobre la condición del ser exiliado dentro de la cultura cubana, como, por ejemplo, hiciera María Zambrano en Los bienaventurados, aunque seguro de forma diferente?

¿No te animarías tú? Parece un libro hecho para ti.

Por último, usted pertenece a una generación intelectual (antes se llamó de los años ochenta, y noventa incluso) que pudiera calificarse como postrevolucionaria, no por su actitud, creo, sino por referencia a una época. ¿Cómo valora y siente su singular pertenencia a esa generación, que alguna vez soportó el ineludible pero unilateral reduccionismo de lo posmoderno?

Esa generación, con independencia de donde residan sus miembros más destacados, tiene un perfil que habría que dibujar sin rasgos demasiados rígidos. Es una generación que, en sus años formativos, vive la caída del Muro de Berlín, la desintegración de la URSS, la difusión del pensamiento postmoderno y, finalmente, la diáspora.

Esa experiencia perfila una doble condición crítica, contra el nacionalismo y contra el comunismo, y, a la vez, un cosmopolitismo intelectual, por momentos erudito o letrado, que se mueve entre la exterioridad y la cívica, entre la indiferencia y el interés por los problemas políticos de la Isla. Me temo, para inquietud de sus enemigos, que las más osadas intervenciones literarias y públicas de esa generación están por venir.


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