Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Literatura

«No pasa nada si no eres patriota»

Santiago Méndez Alpízar (Chago) habla de su poemario '¿Entonces, qué?' y de las poéticas del cuerpo.

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La Editorial Verbum acaba de editar ¿Entonces, qué?, antología personal de la poesía de L. Santiago Méndez Alpízar Chago (Remedios, Cuba, 1970), quien ha publicado los poemarios Plaza de Armas (1996) y Rockasón con Virgilio Piñera (1996), en las editoriales Letras Cubanas, Colección Pinos Nuevos, y Betania, de La Habana y Madrid, respectivamente.

Chago reside en España desde 1996 y el título de su antología es toda una declaración de intenciones: hay más preguntas que respuestas, más dudas que certezas en esta poesía que se va construyendo, como el cuerpo de los seres vivos, con los materiales disponibles en un entorno por momentos caótico. Jorge Luis Arcos nos habla de "un barroquismo de lo visceral", la "marginalia de la realidad", de una poesía "auténtica, rota, inacabada, con un ritmo interior antiguo, casi salvaje". Ricardo Alberto Pérez dice que "Chago gusta a intervalos, de ser cronista de la fractura, la pérdida, de lo que siempre va a impedir que el organismo logre restaurarse nuevamente".

Desde Punto negro hasta Efory Atocha, pasando por Flashback, ¿se podría trazar una ruta que va de lo visceral hacia la búsqueda de nuevos confines (geográficos, existenciales, pero, sobre todo, nuevos confines de la percepción)?

No sabría realizar ese croquis, el modo de adquirir el elemento poético, digerirlo, devolverlo otra vez sobre el papel con nueva vida y nueva energía. Creo que hasta hace muy poco he guardado la lucha interior entre el demonio que sin dudas convive con otro ser mucho más benevolente y piadoso que me completa. Mis aberraciones, mis miserias, los supuestos secretos y mi vida toda la vierto en la literatura.

Cuando voy a la calle y veo a los policías dándoles caña a los negros con sus jolongos cargados de CD piratas, con sus tantas ganas de ser europeos, cuando me siento en la Plaza Cabestreros con los marginales, cuando converso con los intelectuales, siempre estoy haciendo literatura. Mejorando el verso que tenga en la cabeza. Lo que cambia es el medio. El paisaje. Ahora ya no me hace falta imaginar la nieve, la sensación de patinar sobre el hielo. He acumulado esa experiencia, la he concretado. Aunque creo que no siempre se escribe del mismo modo.

Noto en sus primeros poemas una apelación más frecuente a lo metatextual, a la referencia literaria. A medida que cursamos el libro, los textos denotan que 'hay que fumar, hay que comer, hay que singar, hay que vivir la música, las imágenes insaciables, hay que coger la realidad, manosearla, como si fuera una mezcla de todos los sentidos: los alimentos terrestres', según afirma Arcos. ¿Cómo ve esa carnalización de sus poéticas?

Entonces me espesas aún más la muela, tengo que hacer un viaje a Remedios, en la memoria. Fue allí, en los pequeños viajes al campo profundo de Cuba con mi madre, poiesis trunca, donde se cimentó el pathos poético. Aprendí a leer antes de ir al colegio, gracias a un gallego que vivía puerta con puerta y que había tenido en otros tiempos un quiosco de prensa. Seguramente en la mezcla de aquellos días de viaje a la sabana, con mi madre, a forrajear la comida, mi primera casa, la librería oculta, todo ello formó lo ontológico que pueda haber en mi supuesta poética.

Los que llamas "primeros poemas" son textos escritos, pensados, luego de publicar Plaza de Armas, que es una especie de miniantología. Aquellos poemas eran deudores de un tono muy villareño. Me refiero a que yo iba a escuchar, visitar, a poetas de Santa Clara a los que leí mucho. Punto Negro es, entonces, un desprendimiento, una separación, una ruptura, con los propósitos y con esa poética, un tanto "blandita", de Plaza de Armas. Son textos que se muestran distanciados, y cuando se habla en primera persona, son "poemas fuera del libro"… Era un guiño a Corso, Ginsberg, Kerouac, Bukowski, a cierta poesía de Rolando Escardó, Luis Rogelio Nogueras y, sobre todo, a Virgilio Piñera, el Poeta Cubano. A eso se suman algunos contemporáneos.

En Punto negro se percibe una angustia, una ira contenida (o no) que deja paso en los siguientes libros a un juego mucho más complejo y rico de sensaciones. ¿Es que 'la demasiada luz', aquella de Eliseo, no le permitía afinar el enfoque de la mirada?

En Punto Negro me proponía un lugar vacío, un poeta, casi inexistente, una poética del distanciamiento. La cosa era que el escritor pasara a ser, a ratos, un anónimo. Un voyeur enfermizo, capaz de separar su adicción por los momentos íntimos ajenos y de verse con perspectiva, con distancia. En Plaza de Armas, en cambio, hay algún poema que podría encajar en libros de Eliseo Diego. Creo que fue una intención buscar diferentes tonos, razonamientos que ampliaran mi poesía.

Lo que emparienta la poética de Plaza de Armas con Punto Negro, Flasback, Efory Atocha, lo único que lo conjuga, es el poeta, que soy yo, claro. Las demás intenciones son distanciadotas. España es el descubrimiento. Los pájaros son nuevos pájaros. La comida es comida, y nueva, se comprenden las tradiciones y se comprende, que es bien importante, de dónde venimos. Se está libre en el mundo. Estás verdaderamente contigo.

Hay en Flashback un poema que me parece antológico de algo que yo llamaría 'el desarraigo eufórico', ese que no viene en tiempo de bolero y nostalgia, sino con playback de músicas mestizas y alborotadas. Es Poética martiana, donde usted afirma: 'estoy a salvo de una Patria'. Pero ¿está, realmente, a salvo de una Patria? ¿O le acosa en la memoria y no puede (quiere) librarse, como en Poema de familia, Flashback y Flor de isla?

Posiblemente yo no llegue a estar, ciertamente, fuera de un sentimiento patético-patriótico. Somos parte de un ejercicio de envenenamiento ideológico. Yo no fui un niño, fui pionero. Pero cuando pienso en la patria, realmente pienso en el portal de Los Caturlas en mi pueblo y en un aguacero enorme, en la finca de Jinaguayabo, donde viví feliz tan poco tiempo; en un grupo de colegas en la Plaza de Armas; en La Habana de finales de los ochenta y principios de los noventa; pienso en otro caserón, en la Avenida del Puerto, en el, quizá, momento más libre de mi vida.

Pienso en un grupo de poetas desnutridos, escribiendo, leyendo sus poemas en una escalera, en una noche cualquiera de Santiago de Cuba; pienso en más de un concierto, en más de un amigo; en un solar de la calle O'Reilly, y me veo cerca de mi hija, y de mi otra hija, la que viene, que ya trae el nombre de mi madre. Mi patria no estaría completa si en ella no cohabitaran los días en que trabajé de camarero en Fuerteventura, durmiendo en un bunker con muchachos saharauis que me invitaban a tomar té y fumar en suksi el kifi; si no me veo recostado a María Lado, Uxía, poetas galegas, sobre un césped verde, en el antiguo cementerio de Compostela; o en Castrelos, con Marcel, Duyos, Charlyn.

La patria tiene que dejar de ser un peso. Lo que siempre ha existido son los pueblos. En el fondo, guardo el sueño de montar un chiringuito en el Batey de Jinaguayabo, canturrear, leer poemas y venderle gazpacho a la gente.

Incrédulo desde su más tierna infancia, no es usted 'el hombre viejo' ni mucho menos el cacareado 'Hombre Nuevo', sino, como dice Arcos, 'el pre o el pos, la víspera o la postrimería, de ese Hombre Nuevo'. ¿Es acaso el hombre posnacional de un exilio devenido diáspora, de una nación trasterritorial, ciudadano de una patria portátil y electiva?

Mi padre, ibaé bayé tourum, Santiago Mario Méndez Díaz, el Chago original, fue un hombre luchador, de los que se pasan la vida trabajando por cuenta propia, muchas veces en "negocios profundos", con mucho riesgo y poca ganancia. Era consciente de que él era una especie de isla, un átomo disgregado, un elemento incómodo. Cuando vine al mundo un 19 de enero de 1970, el mismo año de la frustración azucarera, él cumplía sentencia de dos años. Lo primero que me faltó fue mi padre. Crecí de forma arbitraria, intuitiva. A los diez años, la pérdida de mi madre propició mi adultez. Comencé a vivir prácticamente solo, bajo mi responsabilidad.

No me identifico con casi nada de lo que se suponía fuera el hombre nuevo. No soy guerrillero, ni creo en los nacionalismos. Menos, en exportar la guerra para conseguir la justicia. Soy un conejillo de indias más dentro del gran laboratorio que es y ha sido la Revolución Cubana. Por eso le doy tanta importancia a la posibilidad de elegir. Es importante desintoxicar al pueblo de Cuba. No pasa nada si no eres patriota. Mejor si eres buena persona. Parte de nuestras desgracias, es que no se supera el chauvinismo-patriótico-insular, y no es exclusivo de los cubanos en la Isla. Soy cubano, pero yo elijo la patria.

Percibo por momentos un intento de negar ciertas emboscadas de la nostalgia, negarlas sin desconocerlas, 'paseando la dejadez a golpe de salitre y lejanía / a leves toques de recuerdo', al tiempo que asiste, apesadumbrado (¿resignado? ¿expectante?) a una nueva dimensión de sí mismo, cuando 'Definitivamente me hago a las buenas costumbres / Costumbre antigua/ vergonzosa'. ¿Prefigura esto un nuevo giro en su poesía de hoy, de mañana?

Llegué a Madrid un 20 de mayo de 1996, con una invitación falsa y con una maleta y una mochila rotas. Me interesan menos los inventos formales en la literatura, y los escritores sin vida me aburren. Escribo por decisión y dedico mi vida a almacenar momentos que luego pueda devolver en la escritura. Aspiro a definir una poética, aunque reconozco que soy un poco esponja. Inquieto y vividor. Me va la noche… Ojalá y tu pregunta sea certeza cuando pasen veinte años. De momento, sigo dándole mamporrazos a la literatura, que un día cede, se humilla, se deja.


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