Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Política

«Ortega quiere perpetuarse en el poder»

Edmundo Jarquín, líder del sandinismo disidente, habla sobre la involución democrática de la Nicaragua actual.

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Tras fallecer en julio del año pasado Herty Lewites, entonces líder de la Alianza MRS (Movimiento Renovador Sandinista), correspondió a Edmundo Jarquín, su compañero de fórmula, asumir el reto de representar a la izquierda democrática nicaragüense y convertirse en el nuevo coordinador nacional del pacto.

Actualmente, Jarquín Calderón es un verdadero látigo político sobre las espaldas del errático Daniel Ortega.

En cuerda similar a los liberales disidentes —aunque con ideas propias—, Jarquín y la Alianza MRS están plantando cara al retroceso democrático que ha significado la vuelta de Ortega. La terrible situación económica, una oscura propuesta para reformar la Constitución y la caótica política exterior del gobierno, son los ejes prioritarios de la actuación opositora.

El actual 'club de amigos' de Nicaragua (Venezuela, Cuba y Bolivia), ¿es el que más conviene ahora a ese país?

Nosotros no vemos mayor inconveniente en que Nicaragua fortalezca relaciones con todos los países del mundo, incluidos Cuba, Venezuela y Bolivia; pero sobre la base de algunas condiciones básicas: primero, y antes que todo, que esas relaciones no signifiquen que nuestro país se va a enlistar en una nueva confrontación internacional.

Nicaragua tiene una gran dependencia de la cooperación internacional, que actualmente viene fundamentalmente de Europa, Estados Unidos, Taiwán, Japón y de los organismos financieros internacionales. Es la propia viabilidad de nuestro país la que está en juego, en términos de utilizar esa cooperación para sentar bases de desarrollo y autosuficiencia, pues no debemos depender eternamente de la cooperación internacional.

Segundo, que la diversificación e intensificación de relaciones con nuevos países se traduzca en fuentes adicionales de cooperación. Insistimos en la adicionalidad, porque nada ganaríamos si nuevas fuentes de cooperación son al costo de perder las existentes. A partir de las dos consideraciones anteriores, lo que menos se entiende son las relaciones con Irán.

Y tercero, que así como hemos demandado que Estados Unidos no se inmiscuya en el proceso político interno, tampoco lo hagan otros países. Para nosotros, a diferencia del presidente Ortega, no hay intervenciones buenas e intervenciones malas; sencillamente no debe haber intervenciones externas en los asuntos internos de Nicaragua.

¿Hasta qué punto Ortega hace seguidismo de Hugo Chávez en materia de política exterior? ¿Cómo afecta esto los intereses de los nicaragüenses?

Francamente, no creo que Ortega haga seguidismo de Hugo Chávez. Creo que él está —genuina pero equivocadamente— convencido de que hemos entrado en un nuevo período revolucionario mundial, en el cual el enemigo es lo que él ha llamado "la dictadura del capitalismo globalizado".

Según esa concepción, hay que apoyar todo lo que sea hostil no solamente a Estados Unidos, sino también a Europa, Japón, etcétera. Hasta ahora esos países han mostrado una gran paciencia, y ojalá la sigan teniendo, frente a la virulencia retórica de Ortega. El riesgo es que en algún momento se cansen y digan: 'si Ortega, como dijo en la Asamblea de la ONU, considera que nuestra ayuda es un insulto, pues llevaremos esa ayuda hacia donde sea bienvenida'. Y eso sería catastrófico para Nicaragua.

Ortega ha dicho que nadie le puede impedir decir la verdad —su verdad, desde luego—, ni limitar su libertad de expresión, o la de Chávez. Pero Ortega debería entender que por encima de su derecho a expresar lo que piensa, está su deber de pensar en las consecuencias que lo que dice puede tener para todos los nicaragüenses. Ese es el deber más elemental de todo gobernante: pensar no solamente en los que le apoyan —una minoría grande, pero minoría al fin—, sino en todos los ciudadanos.

Primero, el discurso ante la ONU, y luego el de la Cumbre Iberoamericana. ¿Por qué Ortega se concentra en abrir fuego contra Estados Unidos y España?

Por las razones que di antes. Déjeme establecer las diferencias básicas entre nosotros, desde la izquierda democrática, y Ortega. Primero, nosotros tenemos —como la inmensa mayoría de los nicaragüenses— desconfianza de Estados Unidos (por sus intervenciones y continuos errores en relación con Nicaragua, incluido el apoyo a la dictadura de Somoza). Pero Ortega tiene hostilidad hacia Estados Unidos y siempre va a apostar por cualquier cosa que se oponga a ese país.

Segundo, nosotros —como la mayoría en Europa, América Latina y el propio Estados Unidos— tenemos desconfianza del mercado; pensamos que el mercado por sí solo no produce competencia, que es el fundamento de su eficiencia, ni equidad, que es el fundamento de su legitimidad y la del sistema democrático. Creemos que debe haber un papel activo del Estado para compensar las deficiencias y abusos del mercado.

Ortega, en cambio, tiene hostilidad hacia el mercado y no cree que pueda construirse una relación eficiente, en términos de desarrollo y cohesión social, entre el Estado y el mercado. En el fondo, tiene nostalgia de las experiencias estatistas fracasadas. Así, gente como él y Chávez ven su enemigo en el éxito del modelo chileno, o en las experiencias socialdemócratas y de las economías sociales de mercado europeas.


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