Actualizado: 25/04/2019 10:04
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Teatro

«Quiero vivir»

De paso por Miami, Héctor Quintero, el más popular dramaturgo cubano, habla de sus grandes pasiones.

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Héctor Quintero, el dramaturgo que llena teatros, es de los pocos "habaneros" que sí nació en La Habana, la de los tranvías, vitrolas bullangueras y personajes auténticos en cada esquina; esos que hoy pueblan su teatro popular, cargado de picardía, creíble.

Sin artistas en su familia, el pequeño Héctor recitaba y cantaba frente al espejo. De su padre no le hablen. Su madre se divorció cuando tenía dos años. Fue madre, padre, tierna a la vez. Y lo apoyaba. De bombachos lo presentó recitando en la Corte Suprema del Arte.

Sería estrella naciente junto a Pablo Milanés, Luisa María Güell, Caridad Cuervo, Aurora Basnuevo. Pronto se la buscaría en la calle. De niño actor infantil en la radio. De adolescente doblaba al español la serie hollywoodense Maverick. Y el teatro comenzaba a ser su obsesión.

Veía cuanto podía en las minúsculas salas que comenzaron a inundar La Habana, en la segunda mitad de la década del cincuenta. Pero sin dejar de observar a la mulata que lloraba un bolero, a las carteleras de oscuros cabarés, a la vedette bellísima en la portada de la revista Carteles, al acere de la flor tatuada que jugueteaba al dominó.

Con la revolución, Sartre sustituyó a Tennesee Williams; el cine Rodi se volvió Teatro Mella; Fuenteovejuna compitió con Santa Camila de la Habana Vieja, y Héctor Quintero encarnó al proxeneta Bonitаo, de Elpagador de promesas, bajo la dirección de Adolfo de Luis. Stanislavski empujaba al actor. El dramaturgo procesaba su Habana.

Con 20 años, escribía Contigo pan y cebolla; con 22, El premio flaco. El actor pasaría a engrosar las filas del mítico Teatro Estudio. Compulsado a escribir, estrenaría un título tras otro. Y se haría director. Sus obras, bajo su dirección artística, llevarían al teatro a las amas de casas y estudiantes. Sus espectáculos humorísticos musicales, como Algo muy serio, desbordarían por meses la sala Hubert de Blanck.

Para entender el arrebato que provocaba su nombre en cartelera, valga esta anécdota. Teatro Estudio presentaba los sainetes andaluces de los Hermanos Álvarez Quintero. Héctor fue como espectador. A la salida, dos señoras mayores, elegantes, con clase, lo abordaron. Una de ellas, le dice: "¡Ay, Quintero, no se ponga bravo, a mi me gusta más usted cuando escribe solo que cuando escribe con su hermano!".

Ha llovido sobre esta anécdota y sus protagonistas. Han pasado huracanes sobre Cuba. Pero, los 60 años de vida artística de Héctor Quintero —premio nacional de teatro 2004—, el autor cubano de más éxito de público, quizá el más publicado y traducido, hoy de visita en Miami, valen esta entrevista.

¿Escribes para la mayoría? ¿Buscas un teatro fácil? ¿Haces concesiones? ¿A qué atribuyes tu popularidad?

Tal vez sea mi origen popular lo que hace que mi teatro logre esa comunicación con el gran público. Recientemente tuve una experiencia desagradable. Me invitaron a Panamá para una puesta de Contigo pan y cebolla. Me pagaron el viaje. Pero les dije: "esta obra ha sido un éxito en todas partes, pero esta puesta es un desastre". No, nunca he hecho concesiones.

El bufo cubano (aquel que dio origen a la guaracha, llenaba el Alhambra y el Martí, que dio figuras como Arquímedes Pous, Alicia Rico, Candita Quintana) fue considerado populachero por las autoridades culturales de la revolución. De hecho, lo eliminaron. ¿No crees que en el bufo están las raíces de un teatro nacional?

Por supuesto, en el bufo y en el vernáculo está la única raíz del teatro nacional. Si alguna herencia teatral hemos recibido los cubanos, han sido los personajes pícaros, la música contagiosa, y la sátira política del bufo, elementos que yo he desarrollado a lo largo de mi carrera.

Tu Lala Fundora de Contigo pan y cebolla, habla el lenguaje de la calle. ¿Tiene que ver con que te criaste en la Habana Vieja? ¿Calificarías tu teatro de costumbrista?

En una época me ofendía que me calificaran de costumbrista. Era mi ignorancia. Hoy no me da ningún pudor. Nunca he sido un escritor de vanguardia, de búsquedas formales. Aunque mi primer texto adolescente fuera una obra del absurdo, por influencias de Ionesco. Y qué cosas tiene la vida, cuando me dan el premio del Instituto de Teatro de París, por El premio flaco, uno de los jurados era Eugene Ionesco.

Actores que han trabajado contigo se quejan de que eres un director difícil, caprichoso, de mal carácter. Famosas actrices como Berta Martínez o Mirtha Ibarra pasaron por eso…

Debo reconocer que en mi juventud tenía una personalidad explosiva. Cuando hacía teatro musical, con decenas de bailarines, músicos, actores, me veía obligado a ponerme el disfraz de tirano. Por eso logré mantener por doce años una compañía tan grande y compleja como el Teatro Musical de La Habana. Pero cuando hacía teatro dramático, con pocos actores, me preocupé más por la armonía. Ahora soy un pan, uno va mejorando.

¿Cómo fueron tus años en Teatro Estudio? ¿Tuviste discrepancias con Raquel Revuelta?

¡Muchas! Sin embargo, la admiraba, porque era el ídolo de mi niñez. ¿Quién me iba a decir, cuando la veía en la televisión con Manolo Coego, que la vida me llevaría a trabajar con ella? Y debo reconocerle que Teatro Estudio me formó. Allí pude estrenar mis obras. Tuve la dicha de trabajar con los grandes actores y actrices del grupo, como José Antonio Rodríguez, Ana Viña, Enrique Almirante…

En los años setenta y ochenta, en la Isla había decenas de grupos teatrales, en cada temporada se estrenaban obras de autores del patio. ¿Pudieras comparar esos años con el teatro que se hace ahora?

Ya no tenemos grandes compañías. Teatro Estudio, Bertold Brecht o Irrumpe, ya no existen. Hay pequeños colectivos, quizás demasiados. Pero la gran diferencia, es que las carteleras teatrales de aquella época anunciaban a figuras como María de los Ángeles Santana. Y hoy, sólo los recién egresados de las escuelas de arte pisan los escenarios. Cuando comienzan a tener demanda en la televisión o el cine, se largan.

Escribes teatro, ensayo, poesía. Diriges, eres actor, cantante, declamador, compones música, ¿Te sientes genio? ¿Cómo anda tu ego?

Sólo soy un cubano polifacético. Eso sí, la musa me ha salido buena, no puedo quejarme. Si ahora descansa un poco, no voy a echarme a llorar. Algunos escritores ganaron la fama con sólo dos obras. Yo he escrito medio centenar, algunas mejores, otras peores. Unos críticos me alaban, otros no. Pero el público siempre me responde. Mi ego anda bien.

Desde que llevaste a escena tu polémico monólogo Antes de mí: el Sahara, no hay nada tuyo en cartelera. ¿Por qué? ¿Fuerzas extrañas?

¡Nada de eso! Tuve problemas cardíacos. El susto de morirse lo cambia a uno. Ahuyenté las tensiones que da el teatro. Además, perdí todas los escenografías que tenía almacenadas en el teatro Olimpic, del Vedado. Ni siquiera podía hacer reposiciones. Un día se decidió reconstruirlo para hacer allí el teatro Raquel Revuelta, y pasó, lo que sólo se da en Cuba: vino un camión, cargó con todos mis decorados y nunca más aparecieron.

Recuerdo los musicales Pedro Navaja, Tía Mame, Mi bella dama… ¿Qué sientes cuando te paras en la esquina de Consulado y Virtudes y ves las ruinas del Teatro Musical de La Habana?

Trato de no pararme ahí, y si no queda otra, camino rápido, sin mirar, porque duele. Narré un documental sobre el teatro musical en Cuba, que dirigió Jorge Aguirre, un estudiante del ISA. Fue su trabajo de tesis. Entrevistó a Nelson Dorr, a José Milián y a mí. Incluyó los pocos fragmentos de grabaciones de obras que sobrevivieron.

Cuando vemos esas imágenes doradas y escuchamos los aplausos del público, mezcladas con las fotos de las ruinas de ese amado teatro donde dejamos tantos años de nuestras vidas, me hace sentir el artista más triste del mundo. Más cuando sabemos que en esa esquina de Consulado y Virtudes estuvo el glorioso Alhambra.

Te escuché decir que estabas cansado de hacer de Quijote. ¿Qué o quiénes son para ti los molinos de viento?

El Quijote no era joven, pero tenía el brío que ya yo no tengo para enfrentarme a las dificultades. El poco que me queda es para seguir viviendo. Quiero vivir. Trato de no tropezar con esos molinos de viento inevitables que son, tú sabes, todos sabemos, parte de la vida.

Tu obra El premio flaco fue llevada al cine por Juan Carlos Cremata. ¿Participaste en el guión? ¿Por qué no se ha estrenado?

Estoy esperando el estreno de un momento a otro. Feliz de que al fin alguien se haya decidido a llevar una de mis obras al cine. No. Yo no participé en el guión. Nunca me pidieron colaboración. Sólo autoricé a que usaran el texto. Y puse mi voz para una pequeña narración que se escucha.

Tengo en casa el legendario filme La Rumba, de Oscar Valdés, donde aparece Celeste Mendoza espléndida. Tú eres el narrador del documental. ¿A cuántos cortos del ICAIC pusiste voz?

Entre cortos y mediometrajes, narré más de 300 documentales. Recientemente puse voz al documental sobre el teatro musical que te conté, y otro sobre el centenario de la revista Bohemia. El ICAIC me encasilló como narrador, hasta ahora que Juan Carlos Tabío me dio un papel en su película El cuerno de la abundancia.

Te vi a través de HBO, ahorcado, colgando de una soga, en una de las últimas escenas de El cuerno… junto a Perugorría. ¿Estás satisfecho con tu actuación como el estafador suicida?

Aunque Tabío no me dio destaque en los créditos, el personaje se siente, no pasó de largo. Superó mis expectativas de reacción del público. En Cuba la película gustó mucho. ¿Qué te pareció a ti?

Me aburrió. Pero no cambies de palo pa' rumba… ¿Vuelves a la actuación? En el pasado Festival Nacional de Televisión ganaste el premio como actor protagónico masculino

Gané con un cuento de Jorge Luis Borges. Ya sabes, el genial argentino habla de regresar al punto de partida… Volveré a la actuación, cuando el personaje me interese. Me propusieron actuar en una telenovela que no acepté. Me ofrecieron encarnar un depravado sexual, y de eso nada. Quiero que el público me recuerde como el que le hizo pasar buenos momentos.

También has puesto a llorar a la gente. Tu telenovela El año que viene, que, fiel a tu tradición de hombre orquesta, escribiste y dirigiste, aún se recuerda. ¿Te han propuesto volver a dirigir en televisión?

Fui yo el que propuse llevar a la televisión la comedia musical Las vacas gordas, de Abelardo Estorino, con música de Piloto y Vera. Pero me dijeron que no había dinero para hacerla.

Los cubanos que han llegado después del noventa han cambiado Miami. Hace diez años, parte del exilio repudiaba a Rosa Fornés. Ahora una nueva generación la entrevista en televisión. ¿Crees posible el reencuentro de las dos orillas?

Hay artistas cubanos que admiro, otros que me repugnan, independientemente del punto geográfico en que estén. Rosita cada vez que pasa por Miami provoca un alboroto. Desapareció el Centro Vasco por anunciarla en cartelera, se armó la gorda porque visitó la casa de Willy Chirino. Rosita pareciera dinamita. Y los que la conocen saben que si alguien es ajena a la dinamita, es ella. Rosita es todo candor. Sí, Miami esta cambiando. Ha cambiado. Ojalá se derrumben esos muros de intolerancia. Y no sólo en Miami, de ambas partes.

Si pudieras dar marcha atrás al tiempo, cuando de aspirante a actor esperabas a que te dieran un papelito a las puertas de CMQ, ¿qué cambiarías?

¡Mi corazón! Quisiera tener un corazón nuevo, más grande, para querer más a los que me rodean. Creo que el amor salva tantas cosas. Nos hace falta mucho amor a los cubanos, los de aquí y los de allá.


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