Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Artes Plásticas

«Soy un idólatra que desconfía de las imágenes»

Un iconoclasta en Manhattan: Entrevista al pintor Geandy PavónVer galería

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Geandy Pavón (Las Tunas, 1974) no es un pintor postmoderno, o sólo lo es de ese modo profundo con que se asume una fatalidad. Si Pavón fuera lo suficientemente ingenuo, creería en la belleza, la verdad y lo sagrado, con la confianza con que alguien se lo podría permitir hace quinientos años.

Como los románticos, Geandy Pavón es un nostálgico, en el doble sentido que esto implica: de aceptación de la pérdida y también de resistencia. De ahí que la pintura de Pavón nos hable de una inocencia perdida y de nostalgia por una época de la pintura que ha adquirido un carácter mítico. La nostalgia de Pavón, sin embargo, carece de melancolía. Es una nostalgia agresiva, casi rencorosa.

Su centro obsesivo es el mundo pictórico de los grandes maestros, sin que por ello remita a cuadros o pintores concretos. Como si su padre hubiera sido un curador del Museo del Prado y él mismo hubiese pasado los mejores momentos de su infancia en los almacenes del museo. Con esa familiaridad pinta, o como un estudiante de arte que tiene que conformarse toda su carrera con ver reproducciones en un manoseado libro de un lejano museo e imaginarse el resto. Con esa avidez.

Ahora, en un momento especial de su evolución creativa, tiene la oportunidad de compartir los últimos hallazgos de esa ansiedad en Milk, amplia y prestigiosa galería situada en el corazón del arte contemporáneo, el barrio de Chelsea en Nueva York, con una exposición personal, Idolatría: la estética del iconoclasta, que se inaugura este jueves 21 de junio. Para abundar sobre la obra del artista y, dentro de ésta, el peso que tiene la serie recogida en esta exposición, decidí someterlo al siguiente cuestionario.

Las piezas de esta exposición carecen de esa violencia que impregnaba series anteriores. También se podría decir que poseen una violencia distinta, sutil, dirigida resueltamente contra el espectador. Combina imágenes de factura exquisita con veladuras, pliegues, manchas y roturas de los lienzos, interrumpiendo el disfrute de lo que sería una pintura simplemente bella, para dejar la sensación de que algo importante queda fuera de su alcance. ¿A qué atribuye esta redirección de esa violencia, ese cambio? ¿Qué sentido tiene crear esa inquietud? ¿Qué ha significado llegar a ese punto?

Es cierto, en anteriores obras las representaciones (imágenes de violencia, como bien tú dices) estaban en la obra y eran proyectadas al espectador justamente desde el propio cuadro. En esta nueva serie, sin embargo, el cuadro se representa a sí mismo como algo que no se da del todo, este representar a medias. Y claro, esta fragmentación de la representación es violenta en sí y ejerce esa violencia sobre el ojo (o la sensibilidad) del espectador, que sólo puede alcanzar a apreciar parte de éste.

Soy un creador de iconos que sospecha de la imagen, porque la miro desde su acepción más degradante, partiendo de la idea básica que alguna gente tiende a desconocer, de que la imagen es la apariencia de la cosa y no la cosa en sí. Trato de decepcionar al espectador con el objetivo de acercarlo al mudo simulacro de la imagen. Creo que la forma más efectiva de trabajar con las imágenes es exponer justamente su ineficacia, descubrir su artificio. Este descubrimiento como artista ha significado dejar de ser un mero ilustrador, un narrador de sucesos a través de aquello que en su esencia es puro simulacro (la imagen).

Su referencia constante es la pintura o, para ser más exactos, la pintura europea que va de la alta Edad Media al barroco. ¿Cómo se explica esa obsesión? ¿Qué función cumple dentro de su obra?

Es obsesión en el sentido de que me interesa muchísimo ese período de la historia del arte, pero a la vez trato de hacer uso de esa pasión de una manera racional. Lo que en principio es una pasión o un gusto desmedido por ciertas formas y hallazgos del barroco, cuando entran a formar parte de la obra, los utilizo como instrumentos para explorar ciertos problemas con su condición como imágenes, más que simples referencias, y a la vez, los someto a cierta racionalización.

Mi intención no es crear una imaginería propia o nueva, recurro más bien a tópicos de la historia del arte occidental, sobre todo aquellos que son más frecuentes en la pintura barroca holandesa y española. El uso de estos arquetipos es necesario porque mi obra necesita de formas reconocibles que evoquen una memoria con la cual reconstruir lo que ha sido velado o fragmentado. Es vital para este trabajo que quien lo vea reconozca, aunque sólo sea en un fragmento, cómo debió ser la imagen que mira.


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Detalle de la obra Shell, de Geandy PavónFoto

Detalle de la obra Shell, de Geandy Pavón.

Idolatría: la estética del iconoclasta