Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Artes Plásticas

«Una parodia postmoderna infantil»

Entrevista a Pedro Vizcaíno, a propósito de su última exposición en la galería Figarelli Contemporary, de Arizona.

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La voluntad hace el oficio, que luego se transforma en talento, pero el arte necesita de ambos como de la oportunidad y la suerte. Tras el paso de los años, uno se pregunta qué ha sido de aquel grupo de jovencísimos y prometedores autores que a finales de los ochenta parecía tener un gran futuro. La mayoría de ellos no vive ahora del arte y buena parte ha dejado de crear.

¿Tenían talento o era que, aislados como estaban, apenas se podía contrastar su valor respecto al circuito internacional del arte? El paso del tiempo responde esta pregunta: a estas alturas, unos están y otros no.

Conozco la obra de Vizcaíno desde que estudiaba en San Alejandro: aquellas que hacía con la revuelta tropa de Arte Calle. Sobre todo, sus trabajos en papel, expuestos varias veces en La Habana. Repasándolos, descubro —tal vez por aquello de que el autor no escoge el tema, sino al revés— que su trabajo mantiene esa explosividad juguetona relacionada con los códigos del cómic y la historieta. Sin embargo, ahora está atravesada por una serie de fantasmas que han llevado al autor a replantearse su anterior trayectoria. Percibo una compulsividad con rizo neoexpresionista, donde ternura y agresividad se funden en extraña sintonía.

A lo largo de estos años, Vizcaíno ha mantenido una voluntad expresiva de hierro. Sus obras tienen de neoexpresionismo y pop art, de bad painting, cómic y graffiti, tanto como aquellas realizadas en La Habana. Ahora se aprecia una sensibilidad que no cita un estilo o tendencia, sino que está inmersa hasta los tuétanos en una realidad del capital y el consumo, que antaño era sólo un lejano motivo de inspiración formal.

Muchos de los jóvenes de los ochenta no supieron encajar este cambio radical de circunstancias y reorientar estas citas —al salir del aura isleña izquierdista, se quedaron en lugares comunes muy decorativos— hacia las rupturas de los tópicos que habían consumado. En esta exposición, Vizcaíno parece introducir al espectador en una realidad donde la vida se convierte en ese puro juego "que es igual a pura vida, que es igual a puro juego", como decía el poeta Antonio Machado.

¿Qué diferencia Wild child graffiti de su exposición ADN-Alien, exhibida en Ardex Gallery en el año 2007?

Creo que hay una diferencia conceptual esencial, por decirlo de alguna manera, entre Wild Child Graffiti y ADN-Alien. Es que la primera, entre otras cuestiones, está pensada como una gran instalación donde la obra sobre papel es la predominante y también la más importante. Esta es mi última exhibición en la Figarelli Contemporary de Arizona y una de las ideas imperativas para esta ocasión era mostrar al público de Arizona mis primeras obras en papel, esculturas, algunos dibujos nuevos y una pintura de 2007 con la imagen de un taxi.

¿A qué se debe la omnipresencia de la imagen del taxi, especie de icono citadino, en esta nueva muestra?

Bueno, en Wild Child Graffiti he hecho una gran instalación en la pared con todos los dibujos, de diferentes tamaños e ideas. En una esquina de la pared aparece un grupo de dibujos de taxis, que son como un símbolo de la gran transitoriedad de la sociedad contemporánea, donde la velocidad ocupa un lugar predominante. La sociedad parece estar regida por la fuerza de la velocidad, y esto conlleva una pérdida de centro, de pertenencia, de personalidad.

En otra parte de la pared, hay varios dibujos de diversos tamaños de la serie "Gangueros". Están inspirados en la técnica espontánea del dibujo de un niño, del graffiti callejero, el cómic underground y el expresionismo de los ochenta. También hay unos aviones en carton y unas esculturas que parecen unos juguetes para adultos, llamados Woman-Cars.

¿Y en ADN-Alien?

En la exposición ADN-Alien, en cambio, hay un marcado interés por reflejar el ambiente citadino de la gran ciudad. Taxis hechos con cartones, pintados en canvas, y series de dibujos de taxis. El otro ambiente recreado es la guerra. Hay una lúdica instalación en una gran pared de la galería. La pesantez y gravedad del tema de la guerra (la muerte) es soliviantada por el trazo ingenuo, desenfadado, y el gusto por el lápiz de color de los niños (vida). En la pared hay una guerra entre tanques y unos aviones hechos en cartón que sobrevuelan estos artefactos bélicos. La guerra se mezcla con el bad painting y el pop art.

Me interesa construir una parodia postmoderna infantil a través de la cultura citadina, suburbana, outsider y underground. Los desechos del supermarket, como el carboard, cajas de cartón y papeles, los transformo en objetos-juguetes, como insectos o naves amenazantes, torpes pero letales. Naves antropomorfizadas, caníbales con los labios pintados de rojo, naves carcomidas que desafían el tiempo y el espacio. El ser humano aparece sólo a través del rastro, la estela que deja el medio de transporte (taxi), que a un tiempo lo contiene y engulle.

Comúnmente, hace pintura sobre lienzo y dibujo, sin embargo, en Wild child graffiti acude a las impresiones y la escultura. Desde el punto de vista formal, ¿a qué responde el empleo de estas técnicas? ¿Por qué estos objetos-esculturas de carros?

Por un lado, me interesa el grabado, el monoprint, como lenguaje gráfico, expresivo y repetitivo. Por otro, me interesaba aprovechar la repetición del monoprint, porque mis taxis, airplanes and tanks están en constante transformación, metamorfosis y estado de tránsito. La escultura y la instalación me permiten entrar en un terreno más experimental y tridimensional, llevando los dibujos al plano de juguetes en estado de alarma y desesperación.

La instalación permite jugar con la escala. Parecen tanques que se transforman en naves espaciales o Aliens. Esta instalación evoca los viejos filmes de ciencia ficción, donde viajamos de una escala a otra. Recuerdo que las películas, por ejemplo , La máquina del tiempo, la presencia de H. G. Wells y parte de la cultura norteamericana están conectadas con la sociedad de consumo, generando un proceso que convierte al ser humano en una máquina o en un objeto más…

Las mujeres en Miami te preguntan: "¿Qué carro tienes?". Si no tengo un Mercedes Benz o un carro del año, no soy persona. Por eso he hecho estas esculturas con forma de carro y de labios rojos. Su título es Woman-Cars. Las personas juzgan a las otras por los juguetes que te ofrece la sociedad contemporánea, por eso hago estas esculturas. La escultura y la instalación me dan mucho más libertad que un cuadro para crear algo.

Buena parte de la obra que ha hecho se mueve entre el neoexpresionismo de tinte más compulsivo y un graffiti pop. ¿Cómo se ha planteado la síntesis expresiva de ambas, hasta destilar la poética que caracteriza su obra?

La educación real viene del graffiti callejero que pintaba en Cuba en los años ochenta, junto a un grupo de artistas jóvenes, que se llamaba Arte Calle. Pintábamos los muros de la ciudad y bailábamos break dance. La academia mata la creatividad, la imaginación. El graffiti es espontáneo, antisocial, impuntual e inconforme. El expresionismo de mis dibujos es un graffiti de un niño adulto, donde el lirismo de la línea del lápiz de color se une a la fuerza del expresionismo de acción de De Kooning o Pollock, por ejemplo.

En los dibujos de "Gangueros" se ven unas pistolas que luchan en una dicotomía entre figuración y abstracción. La síntesis de los dibujos de las pistolas es una parodia a la violencia de las gan-guas de la calle, la violencia de la guerra, la violencia de una llamada de un teléfono celular, etcétera. También una pistola puede mostrar en su gatillo la ternura de unos labios rojos, en el cargador adiciono un bombillo para oprimir mejor a la víctima en la calle, y en la culata, unos zapatos Nike pueden enfundarse con la misma talla que el Ganguero que la dispara. El pop, el expresionismo y el graffiti se mezclan, se unen, igual que la realidad y la simulación.

El sentido de mis exhibiciones es mezclar las películas viejas de ciencia ficción y el deseo de conciliación del movimiento de los años sesenta, a través del cómic underground, que procuraba restaurar el deseo de amor tras la obstinada presencia del juego de la guerra.


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Pedro Vizcaíno.

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