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Cuba, Periodismo, Literatura

Yoe Suárez: «Cuando ser honesto cuesta tanto»

Entrevista al joven periodista y escritor Yoe Suárez

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Yoe Suárez (La Habana, 1990) es uno de los jóvenes periodistas más destacados de nuestro país. Ha recibido importantísimos reconocimientos por su trabajo, los cuales acreditan la profundidad de su perspectiva creadora e investigativa. Cuenta con varios libros publicados por editoriales cubanas y foráneas, y en ellos se puede advertir una escritura de esencia filosa, aguda, que apuesta por la autenticidad del oficio periodístico.

Él afirma que la prensa cubana es evasiva, no cuenta con espacios que le permita abordar —crítica e investigativamente— asuntos de orden social, económico, y menos político o de la historia reciente. Esta es, desde su criterio, una de las causas por la que la mayoría de los jóvenes colegas migran hacia medios nuevos, con políticas editoriales dispuestas a contar un país más diverso y plural.

Cuando ser honesto cuesta tanto y duele —confiesa—, no todos dan el paso al frente, pero sabes que algo estás haciendo bien. Así se expresa este periodista que, con actitud sagaz, sabe de su oficio y avanza llevando a cuestas las consecuencias de realizarlo con pasión y franqueza.

La Editorial española Guantanamera recién ofreció al público tu libro de crónicas La Otra isla, el cual resultó, además, Finalista de la Beca “Michael Jacobs 2016” de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano…

El libro (como casi todos los libros) es el resultado de un momento de mi vida. Un período en que como ningún otro disfruté del excursionismo, que es disfrutar también de una Cuba silvestre, linda, sin dientes, de muchas descargas eléctricas y caminatas limpia-pulmones por sitios exóticos e increíbles de esta geografía.

Por otro lado, no sé bien de dónde me llega el interés por la crónica de viajes. Simplemente ha estado ahí. Quizá porque reúne la posibilidad de tratar temas medioambientales (que igualmente me interesan aunque no lo he hecho mucho) y hacer del periodismo una aventura en verdad.

Quizá mi madre, llevándome de ciudad en ciudad desde la infancia, encendió las ganas de carretera. Mis cuentos para dormir eran leyendas taínas; las vacaciones se diluían en el ruido de alguna guagua yendo a un criadero de cocodrilos o a un fuerte español.

Crecido me interesé por lo que mi madre no contaba: otra isla a la que no llegaban carreteras ni fotos de turistas. Un país donde el agua es un dios, hay pueblos fantasmas y los cuentos de camino parecen realidad.

En ese empeño, la crónica viene a la perfección. Fue una sorpresa que mi libro quedara entre los tres finalistas de un concurso como la Beca Michael Jacobs. Fue un espaldarazo también para sucitar el interés de las editoriales y los lectores.

En la recién concluida Feria de Libro de La Habana, Lantia Publishing Group tuvo un stand por primera vez. Trajo varios títulos de la Editorial Guantanamera, La otra isla entre ellos. Para mi temor, los precios eran bastante caros, estaban fuera de la realidad cubana, creí que aquello iba a terminar siendo un museo de cera. Para mi sorpresa, el libro fue uno de los cuatro que se agotó antes que terminara la Feria.

En una entrevista anterior, acerca de tu cuaderno Los hijos del diluvio (Ediciones Áncoras, 2016), expresaste que es un libro de entrevistas con autores de la llamada Generación del 50. ¿Por qué ofrecer un acercamiento a estas figuras de nuestra cultura, y no a otras más jóvenes que, por ende, podrían estar más cercanas en cuanto a cuestiones generacionales y temáticas?

Me gustaba la idea de la confrontación, ni siquiera generacional, sino del ser humano consigo mismo. Son personas que rebasan los 80 años, que formaron parte de esa masa gigante que armó/sufrió/amó la Revolución, y —mejor o peor— el país que hoy tenemos. De modo que escucharlos a ellos era también un modo de oír a lo más lúcido de un pueblo que, a casi 60 años de 1959, repasa su historia con ternura/dureza/equilibrio.

Me preguntas por la juventud, y creo que es importantísimo revisitar a los jóvenes que vivieron un diluvio como el del 59, quizá porque ahora y, en sentidos distintos, aunque no menos definitorios, los jóvenes de hoy vivimos eventos como aquel.

Nunca se sabe bien cómo hacer una Revolución, entonces al menos hay que saber cuándo hacerla. Este es un momento excepcional, donde hay que desbancar el dogmatismo que condenó a Arrufat al sótano de una biblioteca; el radicalismo que amenazó con bombas las presentaciones de Graziella Pogolotti; las barreras ideológicas que prohíben como autores a Rafael Alcides y a Manuel Díaz Martínez. Es un tiempo excepcional —repito—, porque Cuba se mueve como hacía tiempo no; y, por otro lado, fuerzas neoradicales y distanciadoras toman mayor fuerza.

¿Existen espacios suficientes que permitan la proyección de trabajos como los tuyos por parte de periodistas más jóvenes en Cuba?

Muy a pesar —y con el respeto— de lo que digan eventos como el Encuentro de Jóvenes Periodistas, en Cuba no hay espacio para una prensa que aborde crítica e investigativamente asuntos de orden social, económico, y menos político o de la historia reciente. De ahí que la mayoría de los jóvenes más atrevidos y talentosos de mi generación migren hacia medios nuevos con políticas editoriales dispuestas a contar un país más diverso, plural, que es lo mismo que decir real.

Me preguntabas si hay espacios suficientes. Los hay. Lo que ocurre es que no están bajo la égida del Estado. El Estado sabe que son medios competitivos y donde está lo mejor de una hornada. Basta ver la arremetida contra determinados medios periodísticos a mitad de camino entre la extrema derecha y la extrema izquierda, que tratan de contar ese otro país que no está en los titulares de nuestro pequeño mainstream.

Si hacer un periodismo más audaz fuera posible, entonces las páginas de un diario no aclamarían las misérrimas ofertas de Etecsa, sino que la llamarían por lo que es: un monopolio con precios usureros y servicios poco fiables. O, por otro lado, la red de comercio interior en divisas sería juzgada según leyes de comercio justo que Venezuela esgrimió hace unos años criticando precios impuestos por especuladores.

La prensa cubana es evasiva, básicamente, porque es parte esencial de un mecanismo que confía en la evasión de grandes problemas nacionales para su supervivencia. Esto, que se habla entre colegas a diario y se expresa en congresos de la Unión de Periodistas, es verdaderamente revolucionario; sin embargo, se criminaliza si alguien lo dice en un espacio como la entrevista que me estás haciendo.

Has obtenido importantes reconocimientos como autor de no-ficción; entre ellos el Premio Nacional de Periodismo Cultural Rubén Martínez Villena 2013, y recientemente una Mención en el Premio Casa de las Américas. Desde tu posición, ¿qué opinión tienes acerca del trabajo periodístico que vienen realizando los más jóvenes en nuestro país?

Hoy en Cuba, me atrevería a decir, la no ficción (la crónica, el testimonio, la biografía) son lo que el cine en los 60 y la novela en los 90: el espejo mejor en que se mira el país.

Dentro de los medios oficiales yo destacaría a El Caimán Barbudo, que está tratando de reimpulsar el periodismo narrativo. Por otro lado, recomendaría las páginas de El Estornudo. Y si me pides nombres pudiera darte veinte, pero te dejo con tres (que es un número casi mágico): Lianet Fleites, Carlos Manuel Álvarez y otro Carlos, Melián.

Lo de narrar a este país cambiante no es solo para mi generación un disfrute, una maldición o como quiera verse; yo lo percibo con ojos de futuro: una responsabilidad. No quiero agachar la cabeza ante mis hijos, sino que se sientan orgullosos de que hice lo que debía hacer. No soy agrónomo ni militar; soy periodista. Hago las cosas lo mejor que puedo; y siento que varios muchachos del gremio sienten como yo.

Claro, las cosas no son fáciles, hay mucha oposición por parte de un sistema desacostumbrado del diálogo, de la otredad de su propio país, donde existen opiniones tan diversas de cómo pintar el futuro. Un país habituado a premiar a los bienportados, a los que asienten y niegan cuando se manda hacerlo, a los que cuidan un auto, una recarga mensual en el celular, una casita en La Habana, con tal de decir lo que se quiere oír.

Cuando ser honesto cuesta tanto no todos dan el paso. Cuando ser honesto cuesta tanto, y duele, entonces sabes que algo estás haciendo bien.

Eres graduado de Periodismo, ejerces también como realizador y poeta, ¿cómo enfrentas el proceso de producción, sobre todo cuando te desenvuelves entre diferentes vertientes creativas?

El tema es que cada una de esas maneras de contar satisface determinadas inquietudes. Hay cosas que puedo narrar mejor desde un poema (me siento muy cerca de la llamada poesía coloquial), que desde el cine; o desde el cine que desde el periodismo.

Es sabido que mantienes el blog Tenia q decirlo (www.yoesuarez.wordpress.com). ¿Qué papel juegan en estos tiempos las redes sociales y los medios de las llamadas TICS para un creador joven o ya establecido?

Son invaluables como espacio de socialización y de conexión entre autores. Claro, que también está la parte lúdica de las redes sociales, por ejemplo, pero cada quien la asume de distintas maneras en dependencia de sus intereses personales.

¿A cuál figura de nuestra cultura lamentas no haber podido entrevistar?

Aún estoy a tiempo, creo, aunque un ejército de secretarias intermedias lo aleja de mí y repele exitosa y burocráticamente cada intento por acercarme: Roberto Fernández Retamar.

¿Qué posición te genera más placer: entrevistador o entrevistado?

Entrevistador, siempre.

¿Qué espera Yoe Suárez de su trabajo periodístico?

El gran sueño de todo autor: que lo lean de la primera palabra, hasta el punto final.


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