Actualizado: 19/04/2019 15:43
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Artes Plásticas

La historia como carambola

«Todas esas contradicciones del discurso oficial sobre la historia, del discurso político sobre Cuba, son las que he utilizado en mi obra». Entrevista inédita con Pedro Álvarez.

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El nombre de Pedro Álvarez (1968-2004) es uno de los imprescindibles en la escritura de la reciente historia del arte cubano. Sus obras metaforizan las inquietudes e inclinaciones estéticas e ideológicas de varias promociones de creadores, entre quienes la pintura, como medio privilegiado, se convirtió en un vehículo de expresión crítico y sutil desde el que continuar repensando la actualidad insular y las funciones del intelectual en la sociedad cubana en los años noventa.

Esto, tras el clímax de las tensiones en la relación artista-institución verificado con el cierre del Proyecto Castillo de la Fuerza (1989), las consecuencias de la acción La plástica joven se dedica al béisbol (1989) y de la exposición El objeto esculturado (1990). Sirva la publicación de esta entrevista como modesto reconocimiento a un artista sin cuyas obras la cultura cubana hubiese perdido una buena dosis del choteo desacralizador que continuamente la oxigena.

En su obra es tácita la importancia dada al estilo como distinción del autor. ¿Cómo funciona en su poética la evidencia del sujeto-autor a través del gesto repetitivo de la inclusión del fragmento como signo, especie de heterónimo o símbolo ontológico de la cultura cubana? ¿Es una estrategia de inserción y reconocimiento, de identificación institucional y comercial?

Mi intención no fue nunca estética en primer lugar, sino ideológica. Entre el año 1988 y el 1989, empecé a trabajar con la iconografía de Landaluze, a insertarla en contextos más o menos nostálgicos y a dialogar con el título y la imagen. En todo eso la intención era puramente ideológica. Por supuesto, hay una transformación estilística; hay otra intención de tipo estético para la aceptación, o sea, para que se permita colgar; porque en aquel entonces, como siempre, puede haber gente que te diga que tienes que bajar el cuadro. Entonces, siempre hay preocupaciones estéticas, pero mi intención fundamental siempre ha sido ideológica. Últimamente también.

Si estoy hablando sobre el arte y hago una serie de pinturas donde rompo catálogos de arte contemporáneo, los pego en el lienzo y encima pinto imágenes que he copiado de otros lados, la idea y la historia que hay detrás de esto son también chistes que tienen que ver con la cultura, la sociedad, las aspiraciones de la gente. O sea, que los discursos estéticos son secundarios. Primero deseo decir lo que quiero y después que me compren el cuadro, y que a la gente le guste, porque eso lo disfruto. Ello ha implicado que siempre tenga la intención de que las obras sean más o menos legibles para la mayor cantidad de público posible. Es una afirmación un poco peligrosa: nunca lo controlo.

¿Qué cree de la movida artística que protagonizó un importante sector de las artes plásticas en los años noventa, y viabilizó el hecho de enunciar la existencia de una reinstauración del paradigma estético en el contexto cubano?

Me parece muy interesante el tratar de teorizar sobre una característica evidente en el arte cubano de hoy. Según los análisis que he conocido a propósito de ello, en realidad, creo que empecé a "reinstaurarlo" como individualidad, al igual que otros artistas independientemente, no en los noventa, sino en los ochenta, porque antes hacía bad painting influido por la transvanguardia, pero siempre me ha gustado pintar, o sea, pintar con un sentido de la visualidad, de la técnica.

Claro, lo que hago es más heredero de Juan Bautista Vermay, es decir, como "mediocrillo", que del tipo de arte que puede hacer un Komali Mellamie en Estados Unidos, que viene siendo una tradición de academia rusa, del siglo XIX. Más bien soy heredero de ese tipo de cuadro de El Templete, que tiene "errores".

El discurso estético ha sido una especie de coartada que asumí para empezar a decir cosas, de modo que tuvieran el empaque jerarquizado del arte, de la pintura. Me parece que sí funciona, porque se empezó a pintar 'por un tubo' en los noventa, pues se había acabado todo tipo de chiste. Creo que no quedaban ya ni chistes y, por otra parte, había que vender, tenías que empezar a utilizar todo el material que te habías llevado de la escuela, o que habías comprado en el mercado negro, ya que no había dinero, ni nada.


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Al socialismo debemos hoy todo lo que somos, de Pedro ÁlvarezFoto

Al socialismo debemos hoy todo lo que somos, de Pedro Álvarez.