Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Cambios, Exilio

Afortunadamente, nos vamos poniendo viejos

La visita de Pablo Milanés a Miami, sus declaraciones previas y ahora su carta, son partes del proceso de cambio que experimenta la sociedad cubana

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Confieso que disfruté mucho la carta de Pablo Milanés a Edmundo García. Aclaro que no estoy de acuerdo con muchas de sus afirmaciones. Algunas me parecen incluso de una ingenuidad que solo se permite en el Parnaso, como eso de invitar a todo el mundo a “incinerarse” junto a él, sin darse cuenta que cuando uno es rico y famoso las incineraciones son más llevaderas, digamos que testimoniales. Pero sin dinero, andando a pie y con todo el aparato arriba, las incineraciones sí que pesan. Se sienten en los huesos, y si no me creen, solo pregunten a las señoras que tocaban un cacerolazo a dúo en Cuatro Caminos. En resumen, que todos nos podremos incinerar —como dice Pablo— pero unos se van a incinerar más que otros.

Pero la carta de Pablo no me parece una pieza con aspiraciones literarias o políticas, y por eso no debe ser analizada como tal. Fue como un desahogo espontáneo, justificado, ante la estulticia de uno de los representantes de esa fauna de militantes en la lejanía que compiten entre sí por ubicarse en “los breves espacios” en que pueden hacer dinero y carrera en Estados Unidos y mantener los vínculos con el Gobierno cubano, sencillamente para ver qué pasa. Realmente muchos pudiéramos escribir cartas así con mucha frecuencia, pero ello no sería importante. Sí lo es que la haya escrito Pablo Milanés, y que la haya escrito así, con un duro lenguaje coloquial que va a llegar a mucha gente que sigue creyendo —honestamente— en eso de la marcha de la historia y del comandante al frente.

Por eso, hay que felicitar a Pablo Milanés. Creo que la causa de un futuro democrático y de justicia social para Cuba ganó un tanto a pesar de Edmundo García y congéneres.

Vuelvo, sin embargo, a la tarea que Pablo se propone respecto a los intelectuales y la necesidad de adoptar posiciones más críticas.

En realidad si hay algún sector para el que la elite postrevolucionaria diseñó una política inteligente, fue el de los intelectuales, y en particular de los escritores y artistas. El caso Padilla y otros sucesivos de menor resonancia enseñaron a Fidel Castro y sus colaboradores más íntimos —personas con un sentimiento anti-intelectual muy profundo— que era preferible consentir a los intelectuales, concediéndoles algunas prebendas materiales y espirituales a cambio de la lealtad fundamental. El diseño de esta política se consiguió desde los 80, cuando confluyeron Armando Hart en el Ministerio de Cultura y Abel Prieto en la presidencia de la UNEAC.

El pacto es muy explícito: los miembros de la UNEAC, siempre que no haya vetos superiores, tienen derechos especiales en temas migratorios y a ejercer algunos espacios críticos que funcionan como catarsis periódicas con puertas entornadas. A algunos, los más renombrados y audaces, se les permiten algunas críticas mayores y públicas siempre que no rebasen algunos límites como la aceptación del monopartidismo y el respeto a eso oficialmente conocido como “liderazgo histórico”.

Con esto se logró un mayor espacio de creación para los intelectuales afiliados, mucho mayor que el que los chicos del Departamento Ideológico del PCC hubieran tolerado de no haber existido el pacto. Es el lado positivo del asunto. Pero en todos los casos, y este es el meollo del pacto, los intelectuales saben que no pueden intentar extender sus magros privilegios al resto de la sociedad. El acuerdo implica la castración consentida.

Pero no necesariamente asumida como tal. Existe obviamente una franja de estos intelectuales que se guían por motivaciones oportunistas: adulones, algunos millonarios, que no tienen el menor sentido del decoro. Pero también existe una franja de personas honestas en que la castración es entendida y explicada como compromiso más allá de las coyunturas, diríamos que histórico y patriótico. Afirman querer hacer lo que en realidad están obligados a hacer.

Aclaro que no hablo aquí de hordas-intelectuales-abrazadas-al-régimen- comunista, un tipo de vulgaridad bien cotizada en los mundillos de la ultraderecha de la que ya estamos hartos y que a ningún lugar nos conduce. Aunque en Cuba no hay nada que se pueda llamar comunismo, sí existen hordas progubernamentales impresentables que tiran piedras y posts, pero no hablo de ellas. Hablo, repito, de intelectuales honestos, que viven la vida cotidiana en Cuba, aceptan el status quo pero tratan de cambiarlo dentro del sistema, y creen que es mejor hacerlo así. Reconozcamos que es una situación contradictoria, que desde mi punto de vista implica complicidades de alto costo ético, pero que existe legítimamente.

Llevando la discusión al punto de arrancada, creo que la carta de Pablo —contradictoria y desde cierto ángulo, también cómplice— se ubica en este espacio. No olvidemos que Pablo Milanés no apoya a las Damas de Blanco por sus luchas por el ejercicio de los derechos humanos, sino que condena la bárbara represión que sufren. No olvidemos que no considera dioses a los dirigentes cubanos, pero afirma que los respeta y no está en desacuerdo con ellos.

La visita de Pablo Milanés a Miami ha mostrado que también en estos lares el mundo cambia. Me llamó positivamente la atención la solícita presencia en el camino al escenario de políticos cubano/americanos que hace muy poco tiempo hubieran machacado discos en la Calle 8 y hoy extienden una mano al cantautor, robando de paso unos minutos de fama. Pero en lo que a Cuba se refiere (es lo que en realidad más me interesa) la visita de Pablo Milanés a Miami, sus declaraciones previas y ahora su carta, son partes del proceso de cambio que experimenta la sociedad cubana.

Está desapareciendo el estado protector y junto a él los líderes que encendieron la imaginación de toda una sociedad y retuvieron la lealtad de una buena parte de ella cuando ya la imaginación se había agotado. Y por eso aparecen tantos motivos de sobresaltos para los dirigentes cubanos, sea un blog particularmente caliente, sea un festival musical en la playa, sea los jóvenes haciendo un conversatorio en un parque sin pedir permiso, sea las Damas de Blanco desfilando con sus invencibles fragilidades o la señora de Cuatro Caminos tocando vigorosamente su cazuela vacía. O sea ahora Pablo Milanés, con esta carta que hay que felicitar.

Y esperar que todos, junto al querido Pablo, sigamos oyéndolo cantar y afortunadamente poniéndonos viejos.


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