Actualizado: 14/09/2019 3:07
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Terror Revolucionario, Revolución Francesa

Breves consideraciones sobre la Revolución francesa

Una historia colmada de terror, sangre, vestuario ajado y vulgaridades

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“¡Qué fatalidad! Eso es lo que es una revolución”.
David, cuando fue encarcelado tras Thermidor.
“La felicidad es una idea nueva en Europa”.
Saint-Just
“Haremos un cementerio de Francia antes de no regenerarla a nuestro modo y de no alcanzar el objetivo que nos hemos propuesto”.
Carrier

Recientemente, un artículo de la lectora Blanca Acosta sobre las “revodestrucciones” mencionaba entre otras, a la Revolución francesa, acaso la “madre de todas las revoluciones”. Recordé entonces, al traerlo la autora a colación, a los comités de vigilancia revolucionaria y/o los comités revolucionarios de la Revolución francesa, encargados de denunciar y hacer arrestar a los “sospechosos”, así como de vigilar a los extranjeros.

Durante el Terror, los vecinos oían cada noche los pasos de los miembros de los comités, acompañados por guardias. Se paralizaban de miedo; si estaban cenando, dejaban de hacerlo, quizás para no hacer más ruidos. ¿A la puerta de quién tocarían? Por la proveniencia de los sonidos, conocían de qué “ciudadano” se trataba. ¿Era pues un “enemigo del pueblo”? (Es un término de la Revolución francesa.) Cuando los pasos de los miembros del comité y los guardias no se oían más, los aterrorizados vecinos del infeliz arrestado reanudaban su colación, hasta que la escena se repitiera la noche siguiente. Muchos de los arrestados terminaban en la guillotina.

Cualquiera podía ser “sospechoso”, sin contar los ajustes de cuentas, las envidias y las cizañas entre vecinos, conocidos, o miembros de una cofradía profesional. Bastaba vestir con cierto cuidado, poseer buenas maneras o hablar con corrección para ser considerado noble, un “ci-devant” que trataba de pasar inadvertido pero que su apariencia había delatado.

Napoleón, cuando no era ni siquiera general y solía deambular por las calles de París, contaba que, al ser siempre tan pulcro y cuidadoso, una noche la turba revolucionaria lo consideró como noble y lo quiso arrestar. Les dijo que era un oficial del ejército de la República y lo dejaron tranquilo.

Los peluqueros a los que los “ci-devant” u otros llamaban a escondidas para que les empolvaran los cabellos, los denunciaban. Hasta los chefs de cocina de los aristócratas, faltos de trabajo al emigrar sus empleadores (por lo que comenzaron a abrir “restaurants”…), eran sospechosos incluso si eran plebeyos. A uno de ellos, aun si había abierto su restaurante poco antes de la Revolución, se lo confiscaron y debió esconderse, ya que la gran cocina aristócrata que hacía atraía como clientes a nostálgicos “elementos de la reacción”.

Con tal de aparentar pertenecer al “pueblo” —o más aún, a los “sans-culottes”—, las gentes se ajaban y se ensuciaban intencionalmente las ropas, se tiznaban las manos, o no se peinaban los cabellos. Lo que no impidió que Robespierre —entre otros— fuera maniático y atildado con su apariencia, o a que a Saint-Just, que decía Alejo Carpentier, nadie lo vio despechugado excepto el día en que lo guillotinaron. Y la vulgaridad del lenguaje revolucionario había llegado a tal extremo que Robespierre, tras la fiesta del Ser Supremo, propuso un decreto en la Convención para limitar “la blasfemia en el lenguaje cotidiano, así como las expresiones indecentes, vulgares y groseras”. Se adujo que la adopción del habla de los “sans-culottes” se debió a la necesidad de popularizar (sic) el lenguaje y diferenciarlo así del usado en el Ancien Régime. Pero como el objetivo ya se había logrado, había que limitar la utilización desproporcionada de los términos más viles.

No solamente los vestigios del “Ancien Régime” en el vestuario y las maneras podían bastar para ser inculpado. Cualquier otra vestimenta que llamase la atención podía conducir a la muerte. El pintor David había creado un vestuario republicano, por encargo de la Convención en 1792. Se trataba, más o menos, de uniformar a las gentes, hasta en el vestuario de “andar por casa”. Pero no tuvo éxito. Inspirado en el estilo romano, más ciertas excentricidades, al parecer fue francamente ridículo. Como el actor Talma era amigo de David, quiso probar sus trajes portándolos en la calle y convenció a un actor para que también así se “disfrazara”. La turba vigilante pensó que eran espías de un lejano país extranjero y los quiso ejecutar en el momento. Pero los guardias a los que fueron entregados sabían que tanto Talma como su amigo eran “revolucionarios” y los salvaron, prometiéndole a la turba que los iban a conducir al cadalso. Pudieron escaparse al vestirlos los guardias con sus propios trajes, y abandonar así el lugar donde estaban confinados sin que “le peuple” los reconociera.

Esta “justicia-que-el pueblo-tomaba-con sus propias-manos” fue lo que condujo a Danton a, en definitiva, “estructurar” el terror revolucionario de ese “peuple” que ya había cometido las Masacres de septiembre de 1792. Danton propuso en marzo de 1793 (en el marco, por cierto, de la derrota del general Francisco de Miranda en Bélgica) la creación de tribunales criminales extraordinarios, sin apelación ni recurso a la corte de casación, para juzgar a los “contrarrevolucionarios”. Un diputado pidió que tras “tribunal criminal” se le agregara “revolucionario”. Dijo Danton: “La salvación del pueblo exige grandes recursos y medidas terribles. No existe término medio entre las formas ordinarias y un tribunal revolucionario. Ya que se ha osado en esta asamblea el recordar las jornadas sangrientas bajo las que todo buen ciudadano gimió, diría que si un tribunal revolucionario hubiese existido, el pueblo al que con frecuencia se le ha reprochado con crueldad por esas jornadas, no las habría así ensangrentado. Seamos terribles para evitarle al pueblo que lo sea (…), con el fin de que el pueblo sepa que la espada de la libertad pende sobre la cabeza de todos sus enemigos”.

Danton se calló y se suspendió la sesión. Nadie se movió. Hacia el fin de la tarde se retomó la discusión. Y se escuchó a Robespierre, quien propuso que el Tribunal revolucionario juzgara a los autores de escritos que atacaban los “principios de la libertad” y a quienes habían denunciado a los “patriotas” que votaron la muerte de “Capeto” (el rey Louis XVI).

El terrible —tal y como lo quiso Danton, a quien alguien le profetizó que sería víctima de su propia creación— Tribunal revolucionario prefiguró los juicios estalinistas.

Era el Comité de Seguridad General, la policía política del Terror, el que efectuaba los arrestos en coordinación con los comités revolucionarios y enviaba a los “contrarrevolucionarios” al Tribunal. David, uno de los doce miembros del Comité de Seguridad en el que se encargaba de los interrogatorios, decía (según Walter Scott) cada mañana al arribar al “trabajo”: “A moler el (color) rojo”, una frase de su profesión metaforizada en el sentido de que había que enviarle presas al sediento de sangre Fouquier-Tinville, acusador público del Tribunal revolucionario.

El polifacético David no solo fungía como policía sino como de facto “ministro de Cultura” de Robespierre, además de los cuadros que pintó que crearon una mística revolucionaria. Como promotor y organizador de las Fiestas fue asimismo el jefe de propaganda, instaurando con ellas la comunión del cuerpo realmente “ciudadano” con la Revolución, una lección posteriormente magnificada por otros regímenes del mismo modo ideológicos.

¿Y no fue el escritor Marie-Joseph Chénier —hermano del poeta guillotinado por “contrarrevolucionario”— el “primer intelectual comprometido”, de izquierdas, según Gérard Walter?

Fue la Revolución francesa la que inaugura en la modernidad la relación del arte y la política, notablemente con David y Marie-Joseph Chénier.

Como también la Revolución tuvo una política científica —hasta se llegó a hablar de “sans-culotizar” a las ciencias— especialmente retomada, con un éxito particular, por el general Bonaparte en la campaña de Egipto.

El genocidio de la Vendée.

Karl Kautsky, el “renegado”, escribió que el marxismo tenía tres fuentes: la filosofía alemana, la economía inglesa, y la “política francesa”, esto es, la Revolución, la cual había mostrado la necesidad de tomar el poder para alcanzar un objetivo.

Su visión contrasta con la de otros autores en la historiografía marxista de la Revolución. En Terrorismo y comunismo (1919) compara a la Revolución de octubre con la de 1789, comparación que luego repetiría. Propuso remontar a la Revolución francesa en general, y a 1793 en particular, para entender al terror bolchevique. Vincula a ambos terrores, y escribe que el “instinto humanitario de las masas” tiene que derrotar el que se suprima a la burguesía por “medios terroristas”. Trotsky le respondió enseguida con Terrorismo y comunismo. El anti-Kautsky, en el que defendió al terror bolchevique.

Curiosamente, fue Gracchus Babeuf, a quien Karl Marx señaló como proto-comunista o “padre del comunismo” según otros, quien denunció lo que hoy se conoce como el genocidio de la Vendée. (Lenin, apasionado por estos hechos, pasó vacaciones en la región, y se inspiró de la limpieza efectuada por los republicanos para llevar a cabo la exterminación de los cosacos.)

La Vendée, en el oeste de Francia, se resistía a la República, al ser eminentemente católica y monárquica (“royaliste”.) Tuvo lugar una sangrienta guerra, en la que murió un quinto de la población francesa de entonces, entre habitantes de la Vendée y soldados republicanos. Los métodos de exterminio no fueron solo estrictamente militares, sino por medio de las tristemente célebres “columnas infernales” de Turreau y los ahogamientos en masa en el río Loira, efectuados por Carrier.

Saint-Just, enviado por la Convención para reportar de vuelta en París lo que estaba sucediendo, leyó un informe entusiasta en el que se admiraba de que se confeccionaban jabones con la grasa que se recuperaba de los ejecutados. Así, todo se aprovechaba. Saint-Just alababa especialmente la calidad de la grasa de las mujeres.

El historiador Reynald Secher, mientras terminaba su libro Vendée: du génocide au mémoricide (Cerf, 2011), descubrió al azar en los Archivos Nacionales de Francia una caja con documentos firmados por Robespierre, Carnot o Barère en 1793, en los que pedían explícitamente la liquidación de la población de la Vendée.

Casi todos los militares del ejército republicano destinados en la Vendée cometieron crímenes. El entonces general Bonaparte se negó a servir en el “ejército del oeste”. Cuando uno conoce que el admirado general Kléber, llamado “el dios Marte de la guerra”, quien sustituyó a Bonaparte como general en jefe en Egipto (donde sería asesinado, víctima de la Jihad), y uno de los pocos que se atrevían a plantarle cara al corso (“Bonaparte, el mundo no es suficiente para usted”, le dijo, en magnífica ambigüedad), sirvió en la Vendée…

Fue en 1795, en la ocasión del proceso contra Carrier, cuando Gracchus Babeuf publicó su libro de denuncia La guerre de la Vendée et le système de dépopulation. Babeuf utilizó “dépopulation” (despoblación) con tal de encontrar un término a algo hasta entonces desconocido. Hoy se utiliza el moderno de “genocidio”.

Stéphane Courtois, historiador del comunismo, precisa no obstante que Babeuf fue manipulado por Fouché, gran terrorista él mismo, conocido como el “ametrallador de Lyon”, para que escribiera La Guerre de la Vendée… donde paradójicamente exponía el genocidio. También Fouché lo incitó a que hiciera la Conspiración de los Iguales, por lo que fue guillotinado. Carrier no fue sino el chivo expiatorio, y guillotinado en consecuencia. Esta táctica de ejecutar a los testigos será retomada por Stalin.

Napoléon (un antiguo jacobino y amigo de Agustin, el hermano de Robespierre), el “hombre providencial”, ha sido considerado como el “enterrador” de la Revolución pero al mismo tiempo fue quien hizo que ésta pudiera consolidarse, no solo en Francia sino en Europa (o el sobrenombre que se le endilgó de “Robespierre a caballo”), como es conocido.

François Furet, de la escuela denominada “revisionista” o liberal en la historiografía de la Revolución francesa (y quien habría escrito el prólogo del Libro negro del comunismo si la muerte no se lo hubiese impedido; monumental publicación que por demás le está dedicada), preparaba en el momento de su desaparición una biografía sobre el emperador. No sabremos nunca lo que hubiese sido su Napoléon. Aunque acaso es posible imaginárselo, gracias a los artículos que publicó sobre el emperador o ciertas entradas para diccionarios. Eso sí, lo llamó “el rey de la Revolución”. Pero esto es otro tema.


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