Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Colaboración, apatía e intransigencia

¿Quién tiene la vara moral para clasificar a oportunistas y trabajadores sinceros, a indiferentes y cobardes?

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Se han levantando algunas voces contra un comentario de la cantante Lucrecia, a propósito de la salida de su último disco, Álbum de Cuba.

Lucrecia, residente en Barcelona, dijo que el centro de su nueva producción es una Cuba que sueñan todos los cubanos, "sin política, que lo embadurna todo". "Hay que ser libre", añadió.

La intransigencia no es buena, sobre todo cuando se tiene un techo de cristal parcheado con tiritas de cinta adhesiva. Esto se aplica a quienes desde el exilio en Londres, Madrid o Miami, critican a los que no asumen posturas abiertamente contrarias a la dictadura, y es particularmente discutible cuando se señala a quienes viven en la Isla.

La mejor forma de acabar con el castrismo sin disparar un tiro es que cada cubano, en la esfera de su responsabilidad personal, haga lo necesario para que se respeten sus derechos individuales. Si todos los cubanos exigieran sus derechos, si se negaran a participar de aquello que consideran impuesto y fantoche, la dictadura tendría los días contados.

Una realidad compleja

Pero la realidad es bien compleja. Los que conocen desde dentro la sociedad cubana saben que difícilmente verán una carga policial, que el gobierno no reconoce la existencia de un solo preso político, ni la expulsión de trabajadores o estudiantes por sus ideas.

Las cargas policiales se disfrazan de "civiles partidarios" que combaten la "contrarrevolución"; vestir a 50 o 100 policías con una camiseta blanca y soltarlos entre una multitud disidente es más útil para burlar a la opinión pública. A los opositores se les acusa de delitos comunes o de poner en peligro la seguridad del país, y a los expulsados de sus empleos por tener una ideología contraria al régimen se les fabrican indisciplinas.

La "sutileza" de la represión es un rasgo característico de la dictadura de la Isla. A un artista no se le dice: "Te doy un puesto para que seas colaborador del gobierno"; se le envía en un momento de vulnerabilidad un amigo o un conocido que le ofrece un cargo con beneficios y le garantiza la independencia.

Con el tiempo y presiones, la independencia desaparece y la colaboración se enmascara con las responsabilidades del cargo. Se consigue anular la individualidad subordinándola a la colectividad.

A un opositor se le envía un "civil" para que lo ofenda en la calle y provoque una reacción que permita acusarle de alteración del orden público.

A un estudiante de Historia, Filosofía o Derecho no se le obliga a que piense únicamente en términos socialistas, pero tampoco se le autoriza a expresar que otras alternativas son defendibles, ni se le facilita acceso a bibliografías consideradas peligrosas para el régimen.

Este proceder hace que no siempre se pueda discernir fácilmente entre trabajo ordinario y colaboración con el sistema, respeto a la ley y represión, independencia y oposición, desacuerdo y crítica abierta.

Intransigencia y futuro

Quienes conocen bien cómo funcionan la censura y la represión saben que en Cuba lo que hoy es motivo de alabanza mañana lo puede ser de exilio.

Por ello, es insensato fustigar a los artistas que no critican directamente al sistema y pretender tener la vara moral capaz de diferenciar a los oportunistas de los trabajadores sinceros, a los indiferentes de los cobardes.

Oportunistas hay, por supuesto. Algunos pasan de ser los más críticos a convertirse en oradores entusiastas de movilizaciones a favor del régimen. Pero en muchos casos no es tan sencillo mantener la independencia cuando el medio social y político conspira en contra.

Ciertamente, la apatía política no es la mejor forma de llevar la libertad a la Isla, y la justificación de los actos de colaboración con el sistema indigna. Sin embargo, otra cosa es vivir con el temor de que a las cuatro de la madrugada toquen a la puerta, de que el hijo sea señalado (o separado) en la escuela por la actitud de su padre, o de ser hostigado en el trabajo por tener ideas diferentes.

La Cuba del futuro tendrá que asimilar que un poeta defienda la época fidelista, que un antiguo ministro del régimen sea dirigente de un partido político que se presenta a elecciones libres, o que un ex entusiasta colaborador del castrismo aparezca como su más ferviente crítico.

Si no somos capaces de aceptar esto, por mucha antipatía que nos produzca, no habrá valido la pena tantos años de sufrimiento.


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