Actualizado: 26/10/2021 10:28
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Cuba, EEUU, Diálogo

Cuba y la ética democrática quebrada

Este artículo es el tercero y último de una serie de tres

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La racionalización más potente, de índole no-comercial, que sustenta la propuesta democratizadora a favor del restablecimiento de las relaciones entre EEUU y Cuba comunista es el “empoderamiento” popular. Tal postura se examinó y se criticó en el primer artículo de esta serie (Cuba y la tesis errada del “empoderamiento”). Sostuvimos que en un país donde un régimen de dominación total aplastó todo rasgo de la sociedad civil y controla la economía (directamente o indirectamente), no tiene sentido depositar fe en que la riqueza material producida por una apertura selecta de mercados y la comercialización subsecuente, vaya a producir ciudadanos dispuestos a unirse a las filas contestatarias y presionar a la dictadura para que inicie una apertura política. El pueblo, más bien, se acomodaría dentro de un statu quo, económicamente modificado, materialmente mejorado pero políticamente inmutable. De nuevo y valga la redundancia, China, Vietnam y Laos, son irrefutables ejemplos de lo explicado. En otras palabras, reformas económicas no conllevan a la liberalización política y civil cuando el despotismo es totalitario.

Sanciones, como un componente dentro de una política coordinada e integradora de confrontación, ha probado ser un mecanismo superior para producir cambios liberalizadores en sociedades cerradas. El totalitarismo, hasta la fecha, ha probado ser inmune al contagio democratizador que pudiera producir el crecimiento geométrico del Producto Interno Bruto. La posición que cuestiona y condena la utilidad de imponer sanciones queda, a nuestro juicio, contradicho por las campañas acérrimas, insistentes e invariables, por parte de dictaduras afectadas, para que se las remuevan. Si tan poco les impacta, ¿por qué no existe ninguna dictadura que haya permanecido indiferente ante sanciones? Ese fue el ímpetu del segundo artículo en esta serie (Cuba y las sanciones virtuosas).

Las repercusiones de la decisión del presidente estadounidense Barack Obama, de acomodarse con el régimen castrocomunista, tiene implicaciones que van mucho más allá de solo facilitarle la supervivencia a la dictadura más duradera en el Hemisferio Occidental. Estamos en presencia de la claudicación total y absoluta de requerir, como condicionamiento para tener membresía en foros gubernamentales continentales, el ser una democracia. El abandono de los requisitos democráticos, que es la médula práctica de esta política de coexistencia entre el gobierno de Obama y la tiranía de los Castro, ejemplificados con la inclusión de Cuba comunista en la Cumbre de las Américas, le cierra la puerta, siniestramente, a los principios de la libertad y la democracia. El Pacto Obama-Castro recoge las aspiraciones de una gama influyente de la clase política de los gobiernos americanos. Muchos de ellos son demócratas por la mera condición de haber sido usuarios del modelo, pero no son demócratas medulares. La ética democrática se la vendieron a los intereses mercaderes. Esto es la corrupción, con su más repugnante rostro.

El pueblo cubano ha sido traicionado. Esta traición no comenzó en diciembre de 2014. Tampoco se puede limitar esta deshonra al gobierno de EEUU. La realidad es que con claras y selectas excepciones, las democracias americanas han sido consistentemente frígidas ante la acción decisiva y decorosa requerida de confrontar, al menos moralmente, a la dictadura cubana. Nada. Algunos casos, como México y Canadá, han tenido el papel indigno de jamás haber cortado sus vínculos diplomáticos con el sanguinario despotismo cubano. Desde el inicio del castrocomunismo, siempre estuvieron dispuestos de sacar de cualquier apuro a los Castro y de servirles de apologistas. Otros países en nuestro continente padecieron la furia hegemónica y bárbara del terrorismo castrista bien definida y sin cuestionamiento. Sin embargo, poco han valorado el dolor, la sangre y la vida de tantos de sus hijos, causado directamente por esa tiranía comunista, que ahora (o mejor dicho desde hace un tiempo) están interesadísimos en abrazar y premiar con la inclusión en el mundo de naciones civilizadas a los asesinos de esos hijos.

La Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre de la OEA (1948), la Convención Americana sobre Derechos Humanos de la OEA (1969), la Declaración de Viña del Mar de la VI Cumbre Iberoamericana (1996) y la Carta Democrática Interamericana de la OEA (2001) son algunos ejemplos continentales de intentar codificar los principios democráticos entre los gobiernos americanos. Pese a la deserción paulatina exhibida desde 1959 por los Estados americanos libres del frente moral común (exceptuando México y Canadá) contra el régimen gansteril de Cuba roja, EEUU al menos servía de guardabarrera de esa postura ética al ser un obstáculo emblemático y resistir las presiones económicas y no renunciar al condicionamiento del respeto de derechos elementales humanos antes de abrir la barrera democrática. Obama acabó con esa tradición. Los cubanos, sin embargo, no son los únicos dañados.

La coexistencia con Cuba comunista, es en efecto el renunciamiento a que la democracia y la libertad sean principios incondicionales que hay que sostener. Su observación, como modo de gobernar en el hemisferio americano, ha dejado de tener validez. Esta tolerancia equivale a darle a Al Capone un puesto en una junta judicial. La inclusión del despotismo cubano en el seno de países democráticos es casi todo entendido y argumentado desde el prisma de intereses comerciales. En algunos casos, sin duda, el cabildeo de negocios es sincero en su expresión de querer comerciar con cualquiera que le compre algo. Dicho sector ha sido también bastante consistente. La cámara de comercio estadounidense estaba en desacuerdo con las sanciones contra la Alemania nazi, el Japón imperial, el Irak de Husein, el Irán de los ayatolas, la Rusia de Putin, etc.

Los ciudadanos de Cuba y el resto del continente se merecen un enfoque mejor. La libertad y la democracia sí son objetivos al cual no se deben renunciar. La tolerancia necesaria para coexistir con dictaduras, como siempre viene entrelazado con el comercio y todo su poderío, termina neutralizando las defensas necesarias para proteger la democracia. ¿Acaso piensan que Cuba comunista ha descontinuado su proyecto hegemónico de expansión? Qué es el “socialismo del siglo XXI” sino el mismo socialismo del siglo XX, pero con una envestidura diferente, con una metodología distinta, pero con los mismos despóticos propósitos. Obama les acaba de dar la llave de la casa continental. Gracias a Dios que en EEUU sí hay una democracia, imperfecta pero verdadera y competitiva. Los acuerdos entre Washington y La Habana no están escritos en piedra.



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