Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Deplorable conmemoración

¿Cuánto de culpa tiene cada uno de nosotros en la vergüenza miserable de padecer una dictadura?

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La tentación de parafrasear a Martin Niemöller es tan íntima como cubana: "…un día vinieron por los capitalistas, y como yo no soy capitalista, no dije nada. Luego apresaron a los socialcristianos, a los socialdemócratas y hasta a los comunistas ortodoxos, y como yo nunca he militado en ningún partido político, guardé silencio. Otro día vinieron por los homosexuales, y como yo no soy homosexual, miré hacia otro lado… Hoy vinieron por mi… y ya nada puedo hacer…".

¿Acaso la mayoría abrumadora de los cubanos no podemos parafrasear la célebre reflexión de Martin Niemöller? ¿Cuánto de culpa tenemos no todos sino cada uno de nosotros en la vergüenza miserable de padecer una dictadura oligárquica, anacrónica? ¿Qué silencio cómplice no recordamos?

Al conmemorar este 10 de diciembre aquel de 1948, cuando la Asamblea General de Naciones Unidas, reunida en Ginebra, proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nos abochorna recordar que Cuba fue signataria del documento, que apenas respetó Carlos Prío, muchísimo menos Fulgencio Batista y nunca lo ha respetado Fidel Castro o su círculo guerrillero.

Cuba cumple sin acatarlo los mismos 59 años que la hermosa y transparente Declaración exhibe ante el mundo: una edad similar a la que nuestros gobernantes llevan estrujándola como papel desechable. Esperemos que no celebre los sesenta bajo el mismo derrotero cavernícola, que sólo se justifica para oligofrénicos bajo la hipócrita mención de las violaciones que sufre en otros parajes del planeta.

Si un escrito resulta subversivo —hay que distribuir más ejemplares— en nuestra desolada Cuba de hoy es esta Declaración, cuyos 30 artículos vale repasar y contextualizar en este 2007, a pocos días de que el pueblo venezolano, y en particular sus jóvenes, le infringieran una humillante derrota a Chávez y su demagogo "socialismo (sic) bolivariano", aunque ahora aproveche, tras la pataleta, para disfrazarse de demócrata.

Mientras escribo esta reflexión, allá en Santiago de Cuba, a pesar de la represión de la semana pasada en la iglesia de Santa Teresita, estoy seguro de que un grupo de disidentes deja testimonio de su valentía, lo mismo que en otras ciudades del atenazado país, a la espera de que los jóvenes actúen como acaban de hacer sus coetáneos venezolanos.

Aunque la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido celebre el silencio "prudente" de las jerarquías eclesiásticas, la contradicción entre las declaraciones del padre José Conrado Rodríguez —párroco de Santa Teresita— y las del arzobispo Dionisio García, el tembloroso callar cardenalicio… Aunque el miedo esté bien argumentado por las mordeduras sistemáticas de la represión ambiental y la complicidad de tantos… Lo cierto es que 2007 no es ya 1965 ó 1971 ó 1980 ó 1994 ó 2003.

Mucho menos lo será 2008, con un chavismo a la defensiva y una falta de credibilidad que ni los malabares cantifleros de los Eliades Acosta o de los Carlos Lage juniors, podrán aguantar, disolver. Porque sencillamente sólo les queda negociar —como al cerril Chávez o al marrullero Ortega o al romo ("obtuso y sin punta") Evo Morales.

¡No tienen otra salida si piensan sobrevivir, salvar algo de lo mucho que usurpan! Y se les acaba el tiempo: la incertidumbre en los círculos de poder aumenta, para no hablar del movimiento entre jóvenes, sobre todo entre universitarios. A pesar del escamoteo a la información, se filtran encuestas que realiza el propio PCC, cuyos datos aterrorizan a los dirigentes de la cuarta, la tercera y la segunda edad.

Un abrazo admirativo

Mientras llega el momento, vale saludar desiderativamente el 10 de diciembre enviándole un abrazo admirativo a las Laura Pollán de Las Damas de Blanco, a los que participaron en 10 de Octubre en la marcha convocada por el Dr. Darsi Ferrer, a los miembros de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, encabezada por el viejo amigo Elizardo Sánchez; a Dagoberto Valdés, que prosigue en Pinar del Río escribiendo en el vitral que nadie podrá arrebatarle; a los que puedo y a los que aún no puedo nombrar.

Y no es síndrome del misterio… Dentro de las organizaciones de la disidencia hay infiltrados que, con absoluta reserva, han confesado que al principio fueron enviados a penetrar las células para servir de escuchas y luego desmoralizar, pero ya se han convencido de que lo mejor para Cuba está en el cambio pacífico que propugnamos (70% según las encuestas), que allá dentro —a riesgo cotidiano— defiende, para sólo citar un ejemplo, el Movimiento Cristiano Liberación y hombres como Oswaldo Payá Sardiñas.

Si tal fenómeno ocurre entre agentes de la Seguridad del Estado, ¿qué no debe estar pasando entre la oficialidad de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior, entre los cuadros del Partido, de la administración y del mal llamado Poder Popular? ¿Cuáles serán las conversaciones en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana entre estudiantes hastiados de humillaciones y eslóganes?

Hay pruebas que honran la defensa de los derechos humanos en las peores condiciones, desde la viril actuación de los presos de conciencia y sus familiares hasta el abstencionismo en las recientes elecciones, cuyas cifras se han ocultado siguiendo una vieja tradición; desde las burlas y el choteo a las trampas de "ahora sí se puede criticar", hasta los volantes con la Declaración Universal de los Derechos Humanos que reparten en el Instituto Pedagógico Enrique José Varona y en otras universidades del país, como la de Santa Clara y la de Camagüey.

Por ello hoy invito a cada cubano digno —sin enceguecedores fanatismos— a repasar los treinta artículos de la Declaración y preguntarse si honradamente cree que el gobierno autocrático los respeta. A que separe la pertinaz propaganda de otras violaciones fuera de Cuba, de las que allí cometen a diario, con el agravante de que además exigen que aplaudas, por lo menos que calles y pongas la vista bien gorda, casi tan gorda como algunos intelectuales del régimen cuando vienen a México y se les pregunta si en Cuba hay pena de muerte o presos políticos, prensa libre o discriminación racial, derecho a no estar de acuerdo.


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