Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Diatriba contra el 'hombre fuerte'

Sobre Pinochet y Castro: Ninguna idea política merece fabricarse con la sangre de los adversarios.

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Ha muerto Pinochet y, con su cuerpo, se marcha el penúltimo dinosaurio del período Holoceno. ¿Sucederá lo mismo con sus ideas?

A juzgar por las manifestaciones de apoyo recibidas y el fervor fascista con que sus simpatizantes le despidieron, es evidente que la extrema derecha representa un sector no despreciable de la sociedad chilena, y que los fans internacionales del estilo "mano dura" siguen dispuestos a reivindicar el peligroso papel de los nuevos Mesías, unos antiCristo a los que incluso los Papas les extienden la hostia y los parlamentos electos les cuelgan medallas.

La teoría de quienes hoy, desde la extrema derecha, elogian el legado pinochetista, se fundamenta en que su irrupción violenta en la vida política chilena "salvó" a ese país del comunismo. Muy similar a la de quienes argumentan desde el izquierdismo radical que Fidel Castro "salvó" a Cuba de Estados Unidos y que a partir de 1959 la Isla fue por primera vez una "nación". Una vez más, los extremos se tocan.

Durante todo el siglo XX, la peligrosa tesis sobre "héroes" y "salvadores" del mundo elevó y mantuvo en el poder a siniestros personajes como Hitler, Franco, Castro y Pinochet, entre muchos otros. Tales mesianismos, sin embargo, a veces se resisten a ser enterrados junto a sus protagonistas, y la "necesidad de un hombre fuerte al mando" continúa siendo frecuentemente invocada desde algunos sectores que juegan al mal menor en coyunturas históricamente trascendentales.

La convivencia en democracia no debería permitirnos deslices como estos, porque absolutamente nada justifica un golpe de Estado ni una guerra de guerrillas en países con sistemas validados en las urnas. Ninguna idea política, por pretendidamente salvadora que sea, merece fabricarse con la sangre de los adversarios; ninguna recuperación económica, por brillante que resultara, puede edificarse con la navaja en la yugular de los ciudadanos, como tampoco tiene mérito escudriñar presuntos aspectos positivos en cualquier régimen violador de los derechos fundamentales.

De nada valen los éxitos económicos atribuidos a Pinochet ante los más de 3.000 muertos y los miles de desaparecidos que produjo su mandato. Las cruzadas, como la Inquisición, forman parte de un pasado lejano y tenebroso. Tampoco cuentan las loas a los sistemas sanitario y educacional cubanos frente al récord castrista de miles de fusilados, casi dos millones de exiliados y un país atado de pies y manos, sin libertades de ningún tipo.

La convivencia democrática pasa hoy, 58 años después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por el pleno respeto a la vida y la libertad de las personas.

Aunque la vía electoral no garantiza estrictamente la estabilidad democrática futura (verbigracia, Venezuela y Bolivia), por lo menos es un buen comienzo para un proceso urgido de legitimarse día a día. Contra una democracia consagrada mediante el voto, pero autoritaria en su trasfondo, no valen intentonas militares ni hechos de excepción, sino las propias urnas o, en su defecto, la justicia o la acción diplomática internacional. Esta última tan ausente, justo cuando más se necesita.