Actualizado: 20/01/2022 14:54
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Chile

Hasta después de muerto

De haber sido condenado, ¿habría generado la muerte de Pinochet los mismos tumultos que hoy?

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Augusto Pinochet ha muerto y vale intentar una respuesta a lo que se viene, muy vinculada al simbolismo del que se fue. Este simbolismo es binario, combatiente, de partidarios y oponentes sinceros. En buena medida tal espectáculo es fruto del singular carácter de la transición chilena. Pero una pregunta se impone: Si Pinochet hubiera cumplido condena, ¿su muerte hubiera generado los tumultos que todavía genera?

Como se recordará, Pinochet arribó al poder de forma violenta, derrocando al presidente constitucional Salvador Allende. Pero ni la violencia que se ejerció muy pronto contra su régimen de facto, ni las presiones populares e internacionales, ni la gestión de los políticos alcanzaron a vaciarlo de poder, de manera definitiva.

Pinochet traspasó la piocha de mando al primer presidente democrático después de 1973; conformó la Constitución que hoy rige el país, y ya fuera de La Moneda se desempeñó por años como jefe del Ejército y luego como senador. Pinochet, en verdad, nunca fue derrotado, sino vencido a medias. Entre tal sí y no, jamás pidió perdón por sus crímenes.

A este semivencido la justicia chilena le temió, o lo vio como un aliado, o le debió. El juez Carlos Cerda, que no tiene un solo pelo en la lengua, dijo recientemente que en el ámbito judicial el Estado chileno fue incapaz "de ofrendarle a la patria histórica la verdad respecto de las acusaciones en contra de Augusto Pinochet". Y añadía que "el poder judicial incurrió en denegación de justicia y muchos de sus miembros —en su momento y hasta tiempos no muy lejanos— incurrieron en notable abandono de sus deberes".

Si es cierto que Pinochet no vivió en tranquilidad sus últimos años, gracias a la decencia de ciertos abogados y jueces, no resulta fácil criticar a las instancias que en más de una ocasión, por una causa u otra, lo sobreseyeron. Lo que hizo la justicia no fue más que imitar lo que el gabinete de Frei Ruiz-Tagle llevó a cabo cuando la detención del ex general en Londres: ampararlo. Constituyó aquella una labor diplomática y legal inteligente, aunque digna de mejor causa.

Muerte sin estocada

El sistema judicial, el gobierno y las fuerzas armadas fueron una coraza protectora para el hombre del 11 de septiembre de 1973. Los dos primeros, en los momentos más preciosos; la última, casi sin desmayo. Decir que evadió la justicia es un eufemismo. Fue el Estado quien lo protegió. Jamás ejerció seriamente contra Pinochet lo que Max Weber llamó "el monopolio de la violencia legítima". Y esto, porque el soldado no era un vencido, porque se temió una nueva división violenta en Chile, que es la misma que quiso conjurar Michelle Bachelet cuando autorizó exequias militares. La bandera, que es de toda la nación, ondeó a media asta en las instalaciones castrenses.

Cuando el Banco Riggs entregó nueve millones de dólares para que se repartiera entre las víctimas de la represión, estaba demostrando inobjetablemente que el ex gobernante era un ladrón a fajo ancho, pero faltó decisión para meterlo preso por una causa moralmente indefendible.

Pinochet ganó todas sus peleas, y cuando no, empató, incluso sin peso político en la dinámica diaria. Este irse a morir sin estocada, sino porque su corazón anciano le falló, ha levantado, en buena medida, la admiración de muchos. "Y no lo condenaron", gritaba un coro entre las decenas de miles de personas que fueron a rendirle pleitesía a la Escuela Militar. Acá y allá se veían manos alzadas, al estilo nazi.

No resulta, por cierto, casual que no pocos de los que lo lloraron en su sepelio —piénsese también en gente joven— disculpen al ex general por su ambición, luego que ladroncillos en la Concertación, que en 2010 cumplirá 20 años en el poder, han aireado sus trapos y sus robos a la vista nacional.