Actualizado: 18/01/2022 16:22
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El Gallego Fernández

¿Qué lecturas tiene el nombramiento de este militar de la vieja guardia?

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¿Desconfianza o indigencia? Las dos. Desempolvar al militar José Ramón Fernández, a sus 85 años, para reintegrarlo al frente del delicado sector educacional, significa lo que muchos analistas se resistían a observar: el Castro menor sólo confía en su vieja guardia, lo que aleja probabilidades de cambios sustanciales, de fondo y no de maquillaje.

Cuando Fernández entra al Ministerio de Educación, a principios de los setenta y como segundo del comandante Belarmino Castilla, pronto su extensión, atendida por un capitán, respondía al saludo con un "¡Ordene!", digno de la célebre Academia de West Point o de la Escuela de Tenientes de Matanzas en abril del 61, cuando Bahía de Cochinos o Playa Girón.

Si hay un militar de carrera en Cuba es este anciano, cuyas facultades físicas y mentales son envidiadas por sus amigos generales, en atención a su disciplina espartana, a cotidianas tandas de ejercicios y desde luego que a una sangre gallega al parecer más fuerte que la de sus únicos jefes.

¿Por qué el nombramiento? ¿Cuáles lecturas tiene, bajo la evidencia de que el sector educacional, antiguo orgullo, se halla en la peor de sus crisis, sólo comparable a los primeros sesenta, tras la nacionalización de la enseñanza privada, el éxodo de maestros y profesores, las diferencias entre ciudad y campo, la escasez de escuelas y la reforma de planes de estudio, programas de asignaturas y textos de materias?

Hay señales de dos tipos: las que conciernen al juego político que detrás del telón de unidad muestra fisuras, sórdidas conspiraciones por el poder; y las que atañen al sector educacional, que como cuando Fernández era viceministro primero, incluye la hoy destrozada educación terciaria o universitaria. Pero por encima de ellas la señal es geriátrica: indica sin muchos equívocos que un tal Cronos se encargará de la verdadera transición.

Dos argumentos en preguntas de respuesta implícita: ¿Acaso el Partido y el gobierno no tiene "cuadros" jóvenes capaces de dirigir la decisiva educación pública? ¿Colocarlos al frente no implicaría acelerar los demoledores cambios, es decir, clausurar para siempre los descabellados, antifamiliares y sobre todo autoritaristas planes educacionales del Castro mayor?

Por supuesto que sí. Sólo un militar de ordeno y mando, más acostumbrado que nadie a cumplir ciegamente cualquier orden, por suicida que fuese, puede hacerse cargo de un sector que a gritos agónicos pide un replanteo estructural que acabe, entre otros males, con las escuelas en el campo, la anual (cada septiembre) improvisación de maestros y profesores, la sectaria "batalla de ideas" en las aulas o el retraso científico-técnico y bibliográfico por las prohibiciones de acceso a internet.

José Ramón Fernández era el "cuadro cuadrado" ideal para la tarea de blindar posiciones, y de paso poner un poco de orden en el sistema educacional vigente, en el cumplimiento de resoluciones y demás hierbas burocráticas. Algo que en el MES (Ministerio de Educación Superior) debe traducirse pronto en sustituciones de funcionarios, quizás empezando por el actual ministro, hombre dado a disipaciones ajenas al espíritu castrense del marcial Gallego.

Hoy mismo, cualquier director provincial de Educación, director de escuelas clave o rector universitario, debe estar reordenando su oficina, viendo qué no ha cumplido de las directrices bajadas, esperando una fatal auditoría… Aunque lo importante es el mensaje de que la bota militar de nuevo patea, de que nada se puede cambiar sin autorización expresa.

Añado tres evidencias acerca de lo que significa el nombramiento de Fernández. Los acuerdos del tristemente célebre Congreso Nacional de Educación y Cultura (abril, 1971), fueron implementados en las escuelas (incluyendo la expulsión de homosexuales) por el mismo militar que ahora resurge.

La expulsión o minimización en el Ministerio de Educación de reconocidos pedagogos, como Raúl Ferrer y Abel Prieto (padre); o de psicólogos acusados de diversionismo ideológico por traducir a B. F. Skinner, como el Dr. Luis Miguel Gavilondo, fue obra del militar de marras. Personalmente me consta su odio a las melenas y a los Beatles, su incapacidad para dialogar con flexibilidad y sin estatutos previos del Estado Mayor.

El Castro menor se atrinchera con su vieja guardia napoleónica. Esperemos que la terca realidad y sus 85 marcas en la cacha del revólver, le impidan al olímpico Gallego Fernández cumplir la misión.


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