Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Represión, Derechos Humanos, Cambios

El problema cubano: una cronología despiadada

Se consolida un presente que no es transición, sino que ha llegado a detenerse en el tiempo

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Gotta look this world in the eye
Curtis Stigers, This Life (2008)

El 14 de enero de 1960, el Consejo de Seguridad Nacional de EEUU discutió “el problema cubano como el más difícil y peligroso en toda la historia de nuestras relaciones con América Latina.” El subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Dick Rubottom, explicó que desde junio de 1959 se había decidido tumbar a Castro y el 31 de octubre, el Departamento de Estado y la CIA acordaron un programa de apoyo a la oposición interna.

El 15 de febrero de 1961, el sucesor de Rubottom, Thomas Mann, se opuso a la Operación Pluto porque la invasión provocaría, antes que alzamiento popular, más bien que la brigada de asalto 2506 quedara abandonada a su suerte o forzada a coger pa´l monte. Mann subrayó que tumbar a Castro presuponía la intervención militar de EEUU, pero el castrismo sería más útil al mundo libre como modelo socioeconómico fracasado que como héroe o mártir de la guerra.

El jefe de operaciones de la CIA, Richard Bissell, replicó que la brigada 2506 era la última oportunidad de EEUU para derrocar a Castro sin intervención militar directa ni bloqueo a cal y canto. Si Castro no caía por la invasión, se vendría abajo con la guerra civil subsiguiente.

Transición de la mentira a la hipocresía

El 16 de marzo de 1961, la CIA rindió informe “de inteligencia” que estimaba el apoyo popular a Castro por debajo del 20 % y la deserción de los milicianos en 75-80 % nada más que estallara la guerra. Ni por asomo era así y el fiasco de Bahía de Cochinos obligó a elaborar otro plan el 8 de julio de 1961. El asesor presidencial Arthur Schlesinger lo tachó de sinsentido político, por invertir recursos “en la gente menos capaz de generar amplio respaldo dentro de Cuba.”

No obstante, la Operación Mangosta echó a andar hacia “la rebelión abierta y el derrocamiento del régimen comunista,” que se previeron para octubre de 1962, pero correrían la misma suerte que la Operación Pluto. El 20 de agosto de 1962, el General Maxwell Taylor puntualizó al presidente Kennedy que tumbar a Castro era posible ya solo con la intervención militar directa de EEUU.

Esta posibilidad se desvanecería con el entendimiento Kennedy-Jruschov, que resolvió la Crisis de los Misiles. Hacia la Navidad de 1963, el oficial de la CIA George Joannides aconsejó al secretario general del Directorio Revolucionario Estudiantil (DRE) anticastrista Luis Fernández-Rocha: “Get out of politics, go back to school, and get on with your life.” Otro león tusado de la CIA, Howard Hunt, se encargaría de juzgar la hipocresía de la Casa Blanca: “Washington should put Castro in the file and forget basket, and make clear to Cubans still clinging to their dreams here that we didn't have the cojones to follow through (…) and we aren't going to do a reprise” (The Miami Herald, 28 de junio de 2001).

El ilusionismo sociopolítico

El 15 de enero de 1963, Fidel Castro soltó en el Teatro Chaplin que la Crisis de los Misiles no estaba resuelta: “Se evitó una guerra, pero no se ganó la paz (…) No creemos en las palabras de Kennedy.” La invasión armada de los americanos sería el extremo de la cuerda sociopolítica con que Castro produciría el efecto ilusorio más propicio para reafirmarse en el poder.

El 11 de marzo de 1965, sus tropas liquidaron la maltrecha columna de Blas Tardío en el Escambray. Salvo algún que otro papeleo, la guerra civil había terminado. El 28 de enero de 1973, el ex líder anticastrista José Miró Cardona resumía: “La única alternativa que les queda a los exiliados es el terrorismo.” Y el terrorista —según el FBI— “número uno de Miami,” Orlando Bosch, pondría la lápida: “Eso esta muerto ya (…) El cubano que te dice que va a hacer eso es un mentiroso. Hay cubanos valientes pero no sé quienes son. La prueba es que ninguna organización está en eso” (La Vanguardia [Barcelona], 16 de agosto de 2006).

El 28 de septiembre de 1965, Castro anunció que habilitaría “un puertecito en algún lugar” y desde entonces maneja la demografía como clave política en tiempos de paz, al extremo de revertir a su favor el ajuste cubano. Quienes componen sueños con flujos de información hacia Cuba pasan por alto que los juegos políticos se ganan con flujos de personas.

El 21 de diciembre de 2010, el censo de la población residente EEUU arrojó 1 785 547 cubanos, que en su abrumadora mayoría entran en sinergia con la industria castrista de viajes y remesas, paquetes y llamadas por teléfonos. Así y todo, la cubanología anda todavía con que “los cubanoamericanos representan un grupo mucho más subversivo que los turistas [americanos],” como si los “viajes de la comunidad” desde 1979 hubieran surtido algún efecto democratizador.

El 28 de enero de 1976, el ex preso político Ricardo Bofill abrió “la fisura en el vallado de caña,” como acuñaría Reinaldo Bragado, al fundar el Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH). El 20 de junio de 1988, el CCPDH se renombró Partido Pro Derechos Humanos de Cuba (PPDHC) y extendió la lucha del plano horizontal de la política (por los derechos) al plano vertical (por el poder). Para el 6 de noviembre, el PPDHC largaba su Declaración de La Habana con llamado a recoger firmas en convocatoria a plebiscito nacional y asamblea constituyente.

El 24 de febrero de 1996, el gobierno cubano atacó a cohetazos dos avionetas desarmadas de Hermanos al Rescate y cortó así el ademán del exilio en apoyo a la disidencia interna que se organizaba en Concilio Cubano. El 25 de junio de 1996, el Congreso de EEUU pasó como ley (22 USC § 6046) su “condena del ataque [como] asesinato a sangre fría” y exigió a la Casa Blanca “llevar a la Corte Internacional de Justicia este acto de terrorismo de Fidel Castro.” Ni el presidente de turno ni los siguientes hicieron nada.

Eso sí: al amparo del artículo 109(a) de la Ley Helms-Burton (1996) principiaron las asignaciones de fondos federales para promover la transición pacífica a la democracia en Cuba. Lo que jamás se pudo lograr con la CIA se previó hacerlo ahora con la USAID. Diecisiete años y 225 millones de dólares después prevalece aquel sinsentido político que advirtió Schlesinger en 1961 y el jefe de la Oficina de Intereses de EEUU en Cuba, Jonathan Farrar, ratificó el 15 de abril de 2009: “A pesar de que [los líderes de la disidencia] alegan representar a miles de cubanos no tenemos pruebas de ello [ni] vemos plataformas diseñadas para atraer a un amplio sector (…) Hay que buscar en otro lado, incluso dentro del propio gobierno.”

La transición pacífica de los cubanos a la democracia es el otro extremo ilusorio de la cuerda sociopolítica nacional, pero su efecto es contraproducente. La transición no requiere, como el poder, trucar la realidad, sino cambiarla. Y a tal efecto, la oposición tiene que enfrentar a un grupo político que alcanzó y preservó el poder ganando la(s) guerra(s).

De este grupo no puede esperarse otra cosa que posiciones consecuentes con el ejercicio del poder, por ejemplo: “Tendrían que expulsarnos, declararnos unos imbéciles y unos incapaces, si nos dedicamos a atender o hacer aquí un debate parlamentario porque diez mil personas lo deseen, o pueden ser cien mil.” (Fidel Castro, Biografía a dos voces, Debate, 2006, página 392).

Sin la fuerza del número en contexto vital, no en entradas a un blog o seguidores en Twitter, los proyectos y llamados, demandas y querellas, campañas y otras tantas cosas son actos de prestidigitación que intentan pasar como arte de lo posible (política), pero son apenas artes escénicas del ilusionismo sociopolítico. Tendrían que expulsarnos, declararnos unos imbéciles y unos incapaces si nos creemos que así se allana el camino. Por el contrario, se consolida un presente que no es transición, sino que ha llegado a detenerse en el tiempo.

¿Qué hacer?

El 1ro de agosto de 2012 salió al ciberespacio el “Llamamiento urgente por una Cuba mejor y posible,” que con la socorrida recogida de firmas ocultaba la realidad de que ya no se puede recoger dinero entre los exiliados para sostener la causa de la transición. Hay que recurrir a fondos de otros.

El 15 de abril de 2009, Farrar aclaró también que los opositores en Cuba tienen la misma preocupación cardinal que los familiares de aquel “grupo mucho más subversivo” inventado por la cubanlogía: “ir tirando en el día a día.” De ahí que la prioridad siguiente de los opositores sea “limitar o marginar las actividades de sus otrora aliados, para retener poder y acceso a los escasos recursos.” Digámoslo en buen romance: ripiarse entre ellos.

El 12 de noviembre de 2013, Cuba fue elegida miembro del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. No pudieron impedirlo ni tres premios Sajarov, ni hablar con el Papa y el Presidente de EEUU, ni las giras por ultramar, ni las bloguerías ni los twitteos, ni los programas de radio y televisión, ni las notas de prensa ni tantas otras cosas que tampoco han servido ni servirán para sumar seguidores.

Los líderes de la oposición se desfogan en convocatorias a plebiscitos, paros nacionales o diálogos con el poder sin haber conseguido antes ni siquiera que la gente del barrio salga en masa a defenderlos contra los actos de repudio. El único líder opositor que congregaría a la gente en Cuba es el hambre y para eso no hacen falta ni programas de la USAID ni disidentes.

Siempre quedará el consuelo de hacer lo que se puede y entonces cualquier cosa —hasta el acceso a Internet— se considera vehículo de la transición. Y de paso cunde la misma idea castrista de que “nada podrá detener la marcha de la historia.” Solo que, en vez de jugársela con “el tiempo opositor,” parece más lógico cabildear desde ya con el único poder real frente al Estado totalitario castrista: los Estados Unidos, para resolver cuanto antes el problema cubano en términos soportables.

A partir de 2018 el eslogan No Castro, no problem se retorcerá, como el ajuste cubano, contra el bando anticastrista. Y será mayor el riesgo de que un presidente demócrata, si contara con bancadas mayoritarias en el Senado y la Cámara, certifique la llegada al poder en Cuba de un gobierno democrático, normalice las relaciones y tumbe así todas las escaleras de la disidencia interna y del exilio solidario con ella, dejando a una y otro colgados de la brocha con que vienen pintando en el aire su transición a la democracia.


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