Actualizado: 05/08/2021 10:23
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El triunfo de una estrategia

Tras la caída del Che en 1967, la Operación Jaque ha sido uno de los golpes más contundentes contra el castro-guevarismo.

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La unanimidad acerca del triunfo político-militar del gobierno de Colombia con la Operación Jaque, que logró el rescate de Ingrid Betancourt, tres estadounidenses y once miembros del Ejército, rehenes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), es una evidencia que no necesita mayores comentarios. Sí merece evaluarse en su justa medida el diseño estratégico militar que permitió al gobierno de Álvaro Uribe semejante logro.

Desde el comienzo de su segundo mandato, Uribe se propuso mantener la iniciativa ante las FARC: algo que ninguno de los gobiernos de Colombia había logrado hasta ahora. Pese al acoso interno y externo al que ha sido sometido en su lucha contra esta organización terrorista —por parte de Venezuela, Ecuador y Francia (por diferentes razones cada uno)—, sin contar la animadversión de la familia de Betancourt, que se sumó resueltamente al bando anti-Uribe formado por Hugo Chávez y Piedad Córdoba, Bogotá defendió su postura. Mantuvo la ofensiva militar, al mismo tiempo que propuso entablar conversaciones para negociar la paz, sin aceptar, por supuesto, otorgar una zona desmilitarizada, como exigían las FARC.

Colombia supo colocar hábilmente a su favor el mesianismo infantil y arrogante de Chávez y la falta de discernimiento de la diplomacia francesa en el tratamiento del caso de la rehén franco-colombiana, al nivel de un Estado inexperimentado o una "república bananera", como se suele calificar en Francia el estilo caricatural de gobierno que se da a menudo en América Latina. Sin embargo, Latinoamérica ya no detenta el monopolio en la materia. Basta ver las maneras de Berlusconi y del propio Sarkozy, para cerciorarse de que la influencia ha logrado atravesar el Atlántico.

Cabe recordar la impotencia de los anteriores gobiernos colombianos, que no lograron diseñar una verdadera estrategia político-militar para sacar al país del callejón sin salida en el que la violencia lo había sumido. Precisamente, una de las peores consecuencias de ese fallo fue recurrir al paramilitarismo para suplir a un Estado debilitado, o simplemente cubrir su ausencia en amplias zonas del país.

Con el propósito de minimizar los logros del ejército colombiano, mucho se insiste en la ayuda otorgada por Estados Unidos. Aunque se debe recalcar, primeramente, que ningún otro gobierno, ni siquiera en Europa, ofreció tal ayuda a Colombia. Si bien es cierto que la ayuda de Washington ha permitido convertir ese ejército en el más moderno y aguerrido de América Latina, también lo es que de nada hubiera servido esa ayuda, de no existir el apoyo moral de las mayorías colombianas a la política de "seguridad democrática" de Uribe y la voluntad del presidente de enfrentar, de una vez por todas, el problema endémico de la violencia.

Desde su campaña electoral de 2002, que lo llevó a la presidencia, Álvaro Uribe no ha variado su programa, con el cual se comprometió ante los colombianos a restablecer la autoridad del Estado y la seguridad en el país. En ello radica la clave del éxito militar y, por ende, político.

Lo primero que se percibe es que la política de firmeza de Uribe se ha desplegado simultáneamente dentro de un esquema estratégico-militar en el que se ha impuesto la sabiduría. Por ello, sumando ambos —lo militar al servicio de una política y de la defensa de la democracia—, ha sabido diseñar un marco de referencias programático del cual se desprenden los éxitos obtenidos, entre ellos, el más espectacular: la liberación de Ingrid Betancourt.

Otros éxitos, de no menor impacto que el rescate de los rehenes, demostraron que las Fuerzas Armadas colombianas eran dueñas de la iniciativa. Demuestran la sutileza de estas acciones la captura de dirigentes de las FARC en otros países, la intercepción de las pruebas de vida de los rehenes, en particular de Betancourt, y la entrega del hijo de Clara Rojas, hecho que impidió la realización del inmenso show organizado por Chávez, en presencia de Oliver Stone.

Una guerra interna

Lo más delicado que se le ha presentado al gobierno colombiano en este escenario, es el hecho de que la guerra interna traspasara las fronteras del país, al haber encontrado las FARC dos aliados activos en los gobiernos de Caracas y Quito, que pusieron a disposición de los insurgentes sus territorios nacionales: Colombia comenzaba a estar militarmente sitiada.

Sin embargo, en Colombia se era consciente de que se trataba de una guerra interna, y no contra Venezuela o Ecuador, como los gobiernos de estos países pretendieron demostrar para obligar al ejército colombiano a dividir sus fuerzas, abriendo frentes militares en ambas fronteras, y así debilitar el poder de fuego interno contra las FARC. Ante esa disyuntiva, Bogotá optó por desarrollar una forma de guerra singular por su grado de sofisticación.

Se sabe que el acoso militar a la guerrilla ha sido constante y exitoso. Simultáneamente, se priorizó el estudio profundo del enemigo, para desarrollar así un amplio y minucioso trabajo de información e infiltración de la guerrilla, dentro y fuera de las fronteras nacionales, como lo demostró la captura de Rodrigo Granda en Caracas y Simón Trinidad en Ecuador, y lo más importante, la detección del campamento de Raúl Reyes en ese mismo país.

La operación quirúrgica en territorio ecuatoriano le otorgó varios éxitos: la muerte de Reyes, segundo jefe de las FARC; desenmascarar la complicidad del gobierno ecuatoriano con esta organización y el hallazgo de los ordenadores de Reyes, que continúan dando dividendos a Bogotá y han posibilitado destapar la red de aliados internacionales con que contaba las FARC. Quien ha salido más debilitado ha sido Hugo Chávez, por ahora neutralizado, y sus ínfulas de liderazgo continental, deshechas.

A la muerte de Iván Ríos, a manos de su propio guardaespaldas, no se le ha dado la importancia que merece. Este hecho ha sembrado la desconfianza en los rangos de la guerrilla, lo que quedó demostrado con la entrega de la comandante Karina, temerosa de terminar como Ríos, asesinada por algún combatiente deseoso de cobrar la recompensa prometida por el gobierno.

Lo más relevante de la desaparición de Iván Ríos es que con su muerte, la de Raúl Reyes y la extradición de Simón Trinidad a Estados Unidos, a lo cual se agrega la muerte de Manuel Marulanda, las FARC quedaron literalmente huérfanas, pues perdieron a los dirigentes de mayor capacidad política.

Un concepto inédito

Lo más interesante del caso colombiano es el despliegue de un concepto militar inédito en el panorama continental. Contrariamente a lo sucedido en Argentina, Brasil, Uruguay y Guatemala, en los años sesenta y setenta, cuando ante el terrorismo castrista practicaron el terrorismo de Estado, Uribe se propuso terminar con las FARC y restaurar la paz y la plena vigencia del Estado de derecho, actuando rigurosamente desde la democracia.

El presidente colombiano ha evitado el enfrentamiento armado cuando las circunstancias lo han permitido, prefiriendo los golpes sorpresivos, que no sólo significan una victoria política sino que desmoralizan el seno de la guerrilla y a sus aliados, pues el gobierno colombiano ha demostrado tener la iniciativa de los acontecimientos, un hecho vital en el desenlace de una guerra.

Se pueden enumerar los éxitos obtenidos por el ejército colombiano, gracias a un certero trabajo de inteligencia.

Cuando el teniente coronel Hugo Chávez hizo el ridículo al llegar a París con las manos vacías (el objeto de su viaje era, precisamente, entregar al presidente Sarkozy las pruebas de vida de Ingrid Betancourt), fue Bogotá el que las dio a conocer, después de interceptar a los emisarios.

Igualmente, cuando Chávez montó un obsceno espectáculo para la supuesta entrega del hijo de Clara Rojas (la Operación Emmanuel), con la complicidad, entre otros, de Oliver Stone, Néstor Kirchner y del controvertido consejero de Lula para asuntos internacionales, Marco Aurelio García, fue finalmente Bogotá quien entregó el niño a su madre. Y hasta la noticia de la muerte de Manuel Marulanda fue obra del gobierno colombiano, que se encargó de difundirla.

Son estos suficientes antecedentes como para ahorrar los comentarios que dudan de la versión de Bogotá y desechar la hipótesis de un pago de rescate. Las últimas informaciones, de boca de los carceleros de los rehenes, dejan claro que las Fuerzas Armadas poseían suficiente información sobre el funcionamiento interno de las FARC, como para comunicarse con ellos y hacerles creer la veracidad del escenario que habían montado para rescatar a los rehenes.

La Operación Jaque pasará a la historia de la lucha por la democracia como el golpe más contundente contra el castro-guevarismo, equiparable al realizado por el ejército boliviano cuando derrotó a las guerrillas que operaron en ese país en 1967, bajo el mando del propio Guevara, y que culminaron con su muerte en octubre de ese mismo año.

En ambos casos se truncó no sólo la instauración de un gobierno de inspiración castrista en el corazón de América Latina, sino, ante todo, el proyecto continental que llevaban implícito. Así como en 1967 Fidel Castro escogió Bolivia como centro de irradiación de la revolución, en los últimos tiempos ha adjudicado ese papel a Venezuela. Es de una meridiana claridad que el proyecto de Chávez con las FARC ha consistido en una alianza para instaurar el castrismo, primero en la zona andina y luego en el resto del continente.

La disolución del ejército venezolano y su reemplazo por el "ejército revolucionario bolivariano", formado por la fusión de las milicias de jóvenes venezolanos entrenados en Cuba con las FARC, es una operación que está en marcha en Venezuela.

El politólogo venezolano José Machillanda, especializado en temas militares, dijo en el diario Tal Cual que el "planteamiento del presidente Chávez es crear en América Latina una guerra de identidades, en ánimos de formar un frente de tipo operacional militar. Con las FARC, los Piqueteros, Sendero Luminoso, los grupos indígenas de Evo, Chiapas, y el FMLN, intenta crear una relación utilizando el bolivarianismo. Él no habla con los Gobiernos, sino con los alcaldes o los grupos emergentes".

En Bolivia, el gobierno de Evo Morales, pieza importante del proyecto continental, todavía está en fase de seducción de sectores de las Fuerzas Armadas, para lo cual cuenta con los petrodólares venezolanos que distribuye sin pudor entre la jerarquía militar.

En Ecuador tienen como aliado a Rafael Correa, quien presuntamente contó con ayuda económica de las FARC para su campaña electoral. Y si quedaba alguna duda sobre sus metas, acaba de intervenir dos canales de televisión.

En Bolivia, la técnica es más directa: dos canales de televisión, uno en Tarija, el otro en Sucre, dos regiones que se han rebelado y optaron por la autonomía, han sufrido atentados a manos de oficiales del ejército entrenados en Venezuela; mientras tanto, las FARC imparten entrenamiento militar a las milicias indígenas.

Betancourt en Francia

Sin hacer uso de la violencia, apoyándose en una sofisticada operación de infiltración en el Secretariado de las FARC, los militares lograron la liberación de los más importantes secuestrados. El ejército colombiano ha sabido asimilar y sintetizar la tradición clásica occidental de la guerra de Carl von Clausewitz con las teorías asiáticas de la guerra, que aconsejan evitar el enfrentamiento con el enemigo, prefiriendo el ardid, devolviendo contra el enemigo sus propias armas.

De esa manera, el ejército colombiano ha hecho suyas las técnicas militares de la guerra de guerrillas, aplicándolas contra la propia guerrilla.

Mientras tanto, gracias a la tenacidad del gobierno y del ejército colombianos, Ingrid Betancourt se entrega en París a la embriaguez de su inmensa popularidad. Su liberación ha prodigado a los franceses uno de esos momentos en que olvidan o traicionan su legendario cartesianismo y se libran embelesados a la emoción. Han sido secundados por los medios, que han entregado al acontecimiento la totalidad de los espacios televisivos y los periódicos.

Hasta los momentos de recogimiento para estar con Dios, pues la ex rehén se ha vuelto una creyente practicante, han sido escogidos en función de su impacto mediático. La Iglesia Saint Sulpice, célebre por el libro El Código Da Vinci, que desde su publicación vive invadida permanentemente por turistas, y la Iglesia del Sagrado Corazón, en Montmartre, el lugar más visitado después de la Torre Eiffel, fueron los templos escogidos por Betancourt para elevar sus plegarias; por supuesto, acompañada por un séquito de cámaras y fotógrafos. El 14 de julio, día de la gran fiesta nacional francesa, el presidente de la República le impuso la Legión de Honor.

A Álvaro Uribe le espera ahora librar la más difícil de las batallas: el dilema de ir o no a la reelección.


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