Actualizado: 18/04/2019 9:42
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Política

El vocabulario zoológico y los improperios

Desgraciadamente, la práctica de descalificar a los que piensan diferente con insultos ha rebasado nuestras fronteras y es utilizada ahora por los dirigentes venezolanos

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La revolución cubana, desde los primeros días del año 1959, comenzó a utilizar el insulto y la descalificación cada vez que alguien se atrevía a cuestionar algo o cuando algún ciudadano no mantenía un comportamiento incondicional ante el nuevo régimen.

Los que querían irse eran “gusanos”, junto con todos los sinónimos posibles de este pobre animal que, veinte años después, terminó convertido en “mariposa”, cuando se levantó la prohibición a los cubanos que habían emigrado de visitar su país. El término “gusano”, “la gusanera de Miami”, etc., no ha perdido su vigencia y se encuentra ya, con el significado de “contrarrevolucionario”, recogido en el diccionario El habla popular cubana de hoy, de Argelio Santiesteban (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1997, pag. 214). Pero el autor se apura en aclararnos que “La contraposición —antonimia política— gusano vs. compañero tiene ya casi noventa años. En la arenga de Gómez, en ocasión del juicio de Masabó, encontramos: ‘Este hombre no es nuestro compañero, es un vil gusano’, de lo cual da fe José Martí en su Diario de campaña, con fecha 4 de mayo de 1895”. No recuerdo cuándo fue que se dijo por primera vez, pienso que ahora, con todas las posibilidades que ofrece Internet (para quien lo tenga…), alguien lo pudiera averiguar, pero de lo que sí casi estoy seguro es de que, cuando el Comandante lo dijo, no sabía que estaba citando nada más y nada menos, que al Generalísimo Máximo Gómez. Santiesteban no se queda ahí, y nos ilustra con tres ejemplos más: “A ningún gusano le gusta que le digan compañero” (José Soler Puig, El derrumbe, 1964); “…los bitongos y gusanos hijos de puta que habían puesto una bomba…” (R. Moya, Amor entre las llamas, 1981); “¡Esos gusanos no pueden hablar aquí! ¡Son asesinos!”, (Del guión de la película Ustedes tienen la palabra).

Cuando arremetieron contra los homosexuales, las melenas y la música “de afuera”, también se lucieron. Eran “los raritos”, “los flojitos”, “los extravagantes”, “los lumpens” y una larga lista de improperios, propios de la rabia y de la impotencia. En vez de criticar esas supuestas “desviaciones ideológicas” con razones, la respuesta a los “diferentes”, ya fuera por motivos políticos y religiosos o por sus preferencias sexuales, siempre ha parecido una pelea callejera, donde la gente se grita lo primero que le viene a la cabeza.

Cuando los hechos ocurridos en la Embajada de Perú, en 1980, se añadieron otras palabras como “escorias”, “antisociales”, “sabandijas”, “alimañas”, “sanguijuelas”, además de los ya tradicionales “mercenarios”, “enemigos del pueblo”, “asalariados del imperio”, “neo-anexionistas”, “vendepatrias”. ¿Disidentes?, ¿opositores pacíficos?, imposible, todo el que se considere que está “fuera de la Revolución”, es un traidor a la Patria. La Revolución, por decreto, es la Patria y el socialismo. Y, también, es “irrevocable”, en “respuesta”, nunca confesada, al Proyecto Félix Varela del cual la inmensa mayoría de la gente no tenía el más mínimo conocimiento. Tres días estuvieron acosando al pueblo para que diera su aprobación con su nombre, firma y número de su carnet de identidad. Llevaban las urnas a hospitales, asilos de ancianos y hasta a las cárceles. El que no firmase se convertía, automáticamente, en un “enemigo de la Revolución”, esto dicho y repetido hasta la saciedad por los locutores de la televisión. Pocos fueron los que se atrevieron a no hacerlo, y tengo muchos amigos que me confesaron que habían firmado por miedo a perder sus trabajos. Llegaban a sus casas llorando de rabia y frustración.

Desgraciadamente, esta práctica de descalificar a los que piensan diferente ha rebasado nuestras fronteras y es utilizada ahora por los dirigentes venezolanos. En un acto público, en conmemoración del décimo aniversario del intento golpista contra el gobierno de Chávez, los ministros venezolanos de la Juventud, Maripili Hernández, y de Exteriores, Nicolás Maduro, tildaron de “fascista” y “mariconzón” al candidato presidencial opositor Henrique Capriles. “Mariconzón” fue el insulto que escogió Fidel para atacar a aquel periodista que logró hablar por teléfono con él en su propio despacho, y tomarle el pelo, al imitar la voz del presidente Chávez.

Los políticos deberían aprender a criticar y polemizar con argumentos y no con insultos. Sería bueno, ahora que nos hemos puesto tan católicos, recordar el octavo mandamiento de la Ley de Dios: “No levantar falsos testimonios ni mentir”. Porque, siguiendo con la Biblia, podríamos correr el riesgo de acabar “sembrando improperios y recogiendo tempestades”.


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