Actualizado: 22/10/2021 20:51
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En torno a la utopía: diálogo con un socialista crítico

Respuesta al artículo Respetemos la virtud allí donde florezca, de Isbel Díaz Torres

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Un amigo me ha enviado desde La Habana el texto de Isbel Díaz en respuesta a un artículo que escribí hace días para Cubaencuentro. Como en dicho trabajo el autor incursiona en el cuestionamiento de mis valores, me veo en la obligación de responderle y de paso intentar, si es realmente lo que desea, un diálogo con sus planteamientos.

Deseo inicialmente aclararle al Sr. Díaz que nunca estuve afiliado a organización política alguna en Cuba, me negué reiteradamente a pertenecer a la Juventud Comunista, nunca tuve el carnet de la FEU, ni disfruté de los beneficios materiales que se obtienen por ello. Gracias a esa decisión estuve tres años sin poder ejercer la docencia en la Universidad de la Habana.

No estoy interesado en divulgar mi autobiografía, solo le recomiendo al Sr. Díaz lea mi trabajo Diagnostico de nuestra incertidumbre nacional, escrito en Cuba meses antes de la publicación del dossier de Espacio-Laical, y publicado en dicha revista, antes de afirmar que:

(…) me sorprende cuán epidérmico y pueril puede ser el reclamo de Ariel de exigirle de algún modo que use palabras como “totalitario”, “estalinista”, etc. (…) Lo gracioso (para satisfacer sus reclamos) es comprobar cómo, en un espacio compartido por ambos[5], Chaguaceda hace uso de los términos caros a Pérez Lazo, sin embargo él (creo que para ese entonces aún estaba en Cuba), no se arriesgó a tanto en la misma publicación. (una insinuación de que fui un oportunista)

Asimismo el Sr. Díaz supone en mí el deseo de: “depositar un capital simbólico (y material) en manos de los opositores vinculados a las políticas de los gobiernos occidentales y la derecha internacional”.

No puedo compartir, Sr. Díaz, la desafortunada identificación que hacen Chaguaceda y usted entre la oposición cubana con las políticas de los gobiernos occidentales y la derecha internacional (¿): es el mismo argumento aburrido y falso de que la disidencia cubana no es un movimiento auténtico sino resultado de la injerencia foránea.

Semejantes términos no estoy interesado en discutirlos porque pienso que el diálogo debe de partir del respeto. ¿Hubiera habido constituyente en 1940 si los liberales y socialdemócratas cubanos hubieran considerado a los comunistas como Marinello y Roca una fuerza política vinculada a Moscú? Me gustaría saber cuál tipo de rigor analítico puede reclamar alguien que comienza su argumentación negando la existencia de una oposición auténtica en nuestro país (dentro de la cual también hay una izquierda). Habría que ver a quién corresponde la función de hacer invisible al de criterio opuesto.

Dejando estas poco agradables referencias, entro entonces a lo que realmente me interesa exponer aquí. Isbel centra su análisis en mi afirmación de que no son equiparables los dos bandos enfrentados en torno a la muerte de Zapata y el destino de los prisioneros de conciencia cubanos. Es a esto, y no a una comparación entre el exilio cubano y los partidarios del régimen cubano, a lo que había hecho referencia en mi artículo. Déjeme recordarle que lo que originó tanto el artículo de Arango como el de Chaguaceda fue la repulsa internacional contra los actos de repudio a las Damas de Blanco (sorprendentemente finalizados en La Habana. ¿No le llama la atención a la “izquierda” esta “coincidencia”?)

No puedo establecer una equivalencia entre el pronunciamiento de una organización cuyos miembros son elegidos democráticamente, y donde las principales tendencias de esa comunidad política están representadas, como es el Parlamento Europeo, y la declaración de los diputados a la Asamblea Nacional, ninguno de los cuales recibió su cargo por el voto de Isbel o el mío, sino por los criterios de las Comisiones de Candidatura, integradas en su nivel nacional por altas figuras del Partido Comunista.

Tampoco puedo establecer un paralelo entre los firmantes del manifiesto Yo acuso, que agrupa a artistas como Ana Belén o ensayistas como Rafael Rojas, y las diatribas contra Orlando Zapata escritas en la prensa cubana y suscritas por varios miembros de la UNEAC, quienes acudieron a tacharlo de delincuente —sin ofrecer prueba alguna—, considerando de poco valor la vida perdida.

En mi trabajo no estaba interesado en incursionar en la historia de la oposición contra la revolución cubana. Un tema como ese merecería un articulo aparte, no una referencia circunstancial.

Decir que la actitud de ambos bandos, unos en favor del encarcelamiento y otros a favor de la permanencia en prisión de los presos políticos, son equivalentes constituye un error que no puedo compartir. Ambas posturas están diferenciadas por un móvil ético: pedir la libertad de prisioneros de conciencia, aunque se haga por medios que puedan convertirse en actitudes extremas, no puede ser lo mismo que estar a favor de la práctica de sepultar en prisión a quien no comparta la ideología oficial y lo exprese.

Aquí valdría señalarle a Isbel que lea con detenimiento, antes de ensayar sus ataques no ya teóricos sino personales. A propósito de esta actitud hace referencia a un criterio que expuse meses atrás en Espacio-Laical, nuevamente malinterpretado. Allí llamaba la atención sobre la tendencia —y su exposición me ha reafirmado en este criterio— a asumir una postura anticapitalista sin pretender sustituir dicho sistema con una realidad positiva. Utilicé allí el término “positivo” en sentido filosófico no en el del lenguaje común.

Le pregunto entonces: ¿con qué se pretende sustituir al “capitalismo”, término de tan problemática conceptualización? ¿Dónde está el proyecto de sociedad alternativa? ¿Dónde la posibilidad teórica del socialismo por el que, según Chaguaceda y usted, los cubanos hemos padecido veinte años de “período especial”?

¿Qué “justicia social” puede haber en un país como Cuba, carente de una gestión económica que le permita salir de la supervivencia? ¿Qué tiene en común el “socialismo” cubano y el intuido por Marx?

Supone que en el tiempo en que viví en Cuba, toda mi vida, no me preocupé de estudiar las propuestas de la izquierda. El socialismo establecido por Lenin y estructurado en un complejo sistema totalitario —el de mayor perfección, pues todavía existen individuos como Isbel que lo niegan— por Stalin fracasó en 1989. Este único hecho debió de haber bastado para que la “izquierda” tuviera un proceso de recogimiento y reflexión acerca de lo que constituyó su historia en el siglo XX.

¿Necesita Isbel que le recuerde los innumerable crímenes de Stalin (a quien recientemente el parlamento ucraniano declaró oficialmente como autor de una política de exterminio contra esa nación en 1932); la sustitución del poder soviético, incluso bajo Lenin, por el del Partido Bolchevique; el aplastamiento de los anarquistas sublevados en Kronstad, también por Lenin y Trotsky; el genocidio de Pol Pot; las hambrunas provocadas por Mao y su estela de millones de víctimas; la que sufrimos los cubanos entre 1990 y 1993, con cincuenta mil casos de enfermos de neuritis óptica?

Usualmente cuando se señalan algunos de estos acontecimientos los autodenominados herederos del marxismo (disculpe que no mencione autores, no me interesa demostrar cuales han sido mis lecturas) afirman que ese no era el socialismo, que se violó el espíritu del pensamiento de Marx o de Lenin. ¿No ha reparado en que los liberales pudieran decir lo mismo de los ejecutores de sus ideas? ¿Qué distancia encuentra entre la obra de Locke, Voltaire, Constant, Stuart Mill, Ortega y Gasset, Hayek con la de los políticos “liberales” del siglo XX? No ha habido, en todo caso, un evidente abandono del liberalismo clásico, que estamos bien lejos de una restauración liberal y que 1989 no equivale históricamente, utilizando el método analógico de Ostwald Spengler, a 1815?

¿Cree que los principios de la “libre empresa” se aplican el mundo actual? ¿Dónde quedaron sus lecturas —ya que se identifica con el marxismo— de El imperialismo: fase superior del capitalismo? Yo que no soy marxista ni leninista le otorgo más valor teórico a Lenin que el manifestado en su exposición. ¿Frente a qué estamos entonces, Isbel: ante el choque entre individualismo y socialismo o en medio de la pugna entre sus distorsiones?

De cualquier manera, tampoco ha ofrecido lo que pretende que existe: una alternativa teórica consistente ante el capitalismo. ¿Dónde está el nuevo Marx que este siglo XXI necesitaría para que el socialismo —y esto lo afirmaba en el dossier de Espacio Laical, estando en Cuba— deje de ser una utopía (han vuelto ustedes al socialismo utópico, en dónde quedó el carácter científico del socialismo), para ser una propuesta económica concreta que permita evitar la contaminación, erradicar la pobreza, etc.? En tal sentido, las fantasías tecnológicas del proyecto Venus, que difunde el documental Zeitgeist, me parecen al menos más coherentes, ya que los creadores de este movimiento tienen un programa.

Afirma que desconozco los “proyectos” de la nueva zquierda, que resolvería las contradicciones de la sociedad “capitalista”, pero no menciona un solo autor ni una sola obra donde pueda éste hallarse. ¿No será más bien porque no existe? He leído a Lúkács, a Marcuse, a Holloway, a Kohan y en todo caso he encontrado una condena a los sistemas estalinistas que tanto le molesta denominar por su nombre, pero no ese proyecto positivo que “puerilmente” me atreví a reclamar. Su actitud me recuerda un pasaje de El Quijote, en que le fue pedido al Ingenioso Hidalgo un retrato de Dulcinea a fin de que pudiera probarse su belleza, algo que por supuesto, encolerizó a nuestro Alonso Quijano.

Tal vez podría decir que la nueva izquierda se propone un sistema mixto que incorpore elementos del liberalismo, como serían la libertad de opinión y de manifestación o el derecho al trabajo privado sin restricciones. No me opongo a que estos proyectos puedan ser implementados en Cuba en un primer momento, como tampoco se oponen figuras de esa oposición que tanto desprecio le merece. (¿Ha leído, Isbel, el Proyecto Varela?)

Las reformas en Europa Oriental y en la URSS también tuvieron similares comienzos, pero me parece una torpeza hacer del proyecto de una hipotética reforma del “socialismo cubano” (tan nacional que ha olvidado la frase del Manifiesto Comunista:” los obreros no tienen patria”) nada menos que una alternativa, no ya para Estados Unidos y Europa sino para países latinoamericanos como Chile, México, Argentina o Brasil. Pero estos proyectos mixtos no reconocen su deuda con el liberalismo clásico: siguen reverenciando los mismos ídolos caducos del socialismo teórico, falta honestidad para reconocer los errores (e incluso los crímenes) del pasado.

Solo en economías atrasadas la nacionalización a gran escala, como la realizada en Cuba, podría tener efectos menos devastadores que los que tuvo en las naciones donde se llevó a cabo. En una economía como la cubana en 1959, estrechamente vinculada al comercio con Estados Unidos, el socialismo tuvo efectos catastróficos. Sólo la cuantiosa ayuda soviética evitó un colapso como el que pudo haber tenido lugar a comienzos de los años 70, no voy a repetir aquí una historia de sobra conocida.

No veo una alternativa en el colectivismo, que sólo genera corrupción y un descenso continuado del nivel de vida, para superar la pobreza. Esto ha sido estudiado con detalle por economistas de varias latitudes y no voy a reproducir aquí sus conclusiones. Para ponerle sólo un dato: ¿qué cree que ha causado la ruina de la agricultura cubana? ¿Ha estudiado los efectos de la colectivización de la agricultura en todos los países donde se quiso aplicar, desde Rusia y China hasta Kenia?

Seguramente aquí plantearía que el gobierno de Raúl Castro está entregando tierras ociosas desde hace dos años. Sin embargo, el sistema de arriendo por diez años ya fue intentado por Gorbachov en 1988, sin lograr evitar la crisis económica que puso punto final al régimen soviético unos años más tarde. La producción agrícola requiere de una cultura campesina que ha sido prácticamente erradicada en Cuba, como resultado de la colectivización operada desde los comienzos mismos de la revolución. ¿De dónde van a salir los cultivadores si la población urbana se incrementó en más de un 25% después del triunfo revolucionario?

Le reitero, me parece una pretensión vana y ridícula hacer del caótico sistema económico cubano (incluso reformado) un modelo para el mundo, menos aún de su cuestionable sistema de redistribución de la riqueza, tan marcado por la corrupción. Cuba no tiene modelo económico alguno, tan solo un improvisado esquema de control de la actividad económica (con una fuerte herencia del existente en la URSS hasta el comienzo de la perestroika) que carece de toda posible fundamentación teórica. Además, como Chaguaceda y usted bien saben, dicho sistema ha creado una clase propietaria con privilegios jamás soñados por la anteriormente existente.

El intento de aplicar una fórmula similar en Venezuela —el llamado “socialismo del siglo XXI”, expresión tan ambigua y que hubiera podido significar lo contrario de lo que ha resultado ser— ya está dando los resultados esperados: mono producción, descenso de los índices industriales no derivados del petróleo, desabastecimiento, aumento de la corrupción sin contar los efectos en el plano político que no voy a comentar aquí. ¿Se ha preguntado por qué el gobierno de Brasil ha evadido la política de nacionalizaciones así como el dogma colectivista?

Estamos en condiciones entonces de ver cuáles son las peticiones de principio que supone tiene mi artículo. ¿Necesita que desarrolle aquí un concepto de totalitarismo? Afirma rechazar el autoritarismo, así como Chaguaceda el estalinismo, pero ambos términos no logran dar cuenta de la diferencia cualitativa que supone un régimen totalitario.

Le recuerdo que un régimen autoritario se diferencia notablemente de uno totalitario. Este último basa su fuerza en mantener a la colectividad en la creencia de que existe la unanimidad, que no hay oposición. La incorporación generalizada a las “organizaciones de masas” —con el mismo carácter multitudinario en la Alemania nazi, la URSS de Stalin y la Cuba actual— los desfiles, la creación de un “pueblo uniformado” —Hitler le llamaba a esto “guerra total”— todos son rasgos totalitarios típicos, aunque las ideologías sean diferentes y pueda discutirse si son “humanistas o anti humanistas”.

En una dictadura se censura a la prensa de oposición, en un régimen totalitario no se permite prensa alguna de oposición. Una dictadura asesina a sacerdotes y pastores, un estado totalitario los expulsa de su país, controla o prohíbe la enseñanza religiosa y crea una iglesia paralela en total armonía con la ideología oficial. Sucedió en la Alemania de los años 30 y en nuestro país en los 60. Entiendo que el régimen que impera en Cuba ha evolucionado, pero las diferencias con los modelos clásicos no nos pueden ocultar las continuidades. Y ya que me ha sugerido lecturas, le invito a las de El poder de los sin poder de Vaclav Hável y El pasado de una ilusión de François Furet.

Si a usted le parece inadecuado el término totalitario por la diferencia entre las ideologías fascista y comunista, le pregunto entonces: ¿dónde está la diferencia entre el marxismo-leninismo, ideología oficial de nuestro país y el de la URSS de Stalin? ¿Sabía usted quien creó el concepto de marxismo-leninismo? ¿Ha leído lo que el marxista Néstor Kohan, lo que Sarte, Althusser, Lukás, Horkhaimer, Adorno y Habermas, Marcuse, en algunas relación con la tradición marxista, han opinado en torno a nuestra ideología oficial, la misma que imperó en la URSS hasta 1990?

Considera igualmente que hago una descalificación arbitraria el aparente análisis de la problemática política cubana hecha por Arango. ¿Se tomó el trabajo de leer la pregunta que allí hago?: ¿Qué socialismo puede existir en una sociedad donde los sindicatos no responden a los intereses de sus miembros?

En cuanto a que yo solamente he pedido aclarar qué es el socialismo que según Arango y Chaguaseda existe en Cuba, nuestro critico Isbel responde con un verso de Silvio Rodríguez. Lamento informarle que la “respuesta” de Silvio nada dice (se trata de arte, no de filosofía) y es precisamente ante esta negatividad, aparentemente dialéctica ante la que precisamente he reaccionado.

Ya ni siquiera les estoy pidiendo una definición de socialismo, también he leído a Hegel, señor Díaz, tan sólo no pretenda pasar gato por liebre y seguir considerando como síntesis una realidad que la historia misma ha superado: esa que insiste en un partido único, en los actos de repudio, las comisiones de candidaturas, las militancias forzadas, la discriminación por motivo de opinión política, la doble moral, la supervisión ideológica de la economía con su inevitable resultado: huelga de brazos caídos generalizada, miseria extendida y creciente emigración actual a gran escala, robo, colapso de las rentas públicas y privadas, causas que ni Chaguaceda, ni Arango y usted están interesados en señalar.

Considero que el destino de una colectividad es demasiado valioso para entregarlo al utopismo.Le recuerdo una frase que resume la problemática que aquí se ha expuesto: “Se han roto demasiados huevos pero no se ha logrado hacer una tortilla (socialista)” o, como decía una persona muy querida: ”Prefiero que el socialismo me lo den construido″, expresada en alusión de los millones de víctimas de la construcción del socialismo en la extinta URSS, en China, en Europa Oriental, y también en Cuba.

Considero que toda política ha de ser sensata. El pueblo cubano, como cualquiera de los pueblos que sufrieron los totalitarismos, está harto de experimentos sociales. Se impone ahora que comenzamos a andar la segunda década del nuevo siglo la sensatez, el aprendizaje de la historia, la que nos constituye como humanidad, como decía Ortega y Gasset.

Ya que considera de escasa utilidad para el pueblo cubano mis análisis, si en verdad quiere que nuestro país pueda salir de la grave crisis en que se encuentra, le propongo a usted y a los miembros de la Red Observatorio Crítico, un programa concreto: exijamos juntos que el gobierno cubano respete el artículo 137 de la Constitución que violó en 2002 y convoque a un referendo (tal y como la constitución “socialista” exige) para ver qué opinión tiene el pueblo cubano acerca de la “reforma” de ese año en favor de un “socialismo irrevocable”. Ese pudiera ser el comienzo de las reformas a las que aspira y de algunas con las que estaría identificado. Dios quiera Isbel que pudiéramos compartir ese nuevo espacio.



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