Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Panamá, Cumbre, Obama

Escenarios de la Cumbre

El show mediático en Panamá es muy posible que lo gane Raúl Castro, pero Obama lleva una carta de triunfo a la que teme Maduro: el petróleo

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Era de esperar. La Cumbre de las Américas, a celebrarse del 10 al 11 de abril de 2015 en la Ciudad de Panamá, Panamá, es uno de esos acontecimientos que provocan cientos de opiniones, análisis e interpretaciones. Hasta un viejo zorro de la KGB ha salido de su madriguera para decir lo que todos saben. Confieso no ser inmune y aquí van algunos comentarios, a la espera de otros en los próximos días. No sin antes señalar que en muchas ocasiones, eventos de esta naturaleza solo sirven para viajes, reuniones, declaraciones y cocteles. Espero que estos últimos estén a la altura de las circunstancias. Así que apuesto solo por aquellos en lo que siempre he depositado mi confianza, no libre de desengaños: los cantineros.

La Cumbre será un fracaso para Obama

Tiene todas las posibilidades de serlo. Por respecto a la democracia, el presidente estadounidense no debía asistir a la cumbre y mandar en su lugar al vicepresidente Joseph Biden, un hombre que tiene fama de no pararse ante excusas protocolares a la hora de decir cuatro verdades.

Eso es lo que pensaba hace varios meses y lo que sigo opinando a pocos días de la reunión.

La invitación oficial del gobierno panameño, para que Cuba participe en la Cumbre de las Américas, va más allá de una muestra palpable de la pérdida de influencia de Estados Unidos en la región, lo cual se sabe desde hace años, y es lo que acaba de recordarnos el ex teniente general del KGB Nikolái Leónov, quien a sus 90 años no deja de opinar, como Fidel Castro.

No hay que recordar aquí en detalle quién es Leónov, su papel reconocido en la formación política de Raúl Castro, su influencia sobre Vladimir Putin y su historial —no solo su rol activo en la “entrega” de Cuba a la Unión Soviética, sino en México, Polonia y dentro de la URSS durante diversos períodos, hasta llegar a Putin— porque todo ello está muy buen documentado, en parte por él mismo.

Se puede considerar que Leónov es un personaje tenebroso —es mi opinión—, aunque ese juicio es secundario y hasta simple tratándose de alguien que es y fue mucho más que un espía. Lo importante es que Leónov sabe lo que habla y lo que calla, y cuando ahora aparece con una declaración de este tipo no es por gusto.

“Si yo fuera (el presidente de Estados Unidos, Barack) Obama, estaría sorprendido. Antes excluían a Cuba de todas las organizaciones y ahora forma parte de una en la que no aceptan ni a Estados Unidos ni a Canadá”, apuntó Leónov.

Tampoco la Cumbre se limita a ser un ejemplo más de lo sencillo que les resulta a muchos países latinoamericanos el utilizar el caso cubano para dictar cátedra de independencia frente a Washington. La participación de Obama es, ante todo, una bofetada a la democracia.

Sacar a relucir un argumento moral en política conlleva a esta alturas apostar al fracaso. A la hora de decidir su participación, el presidente estadounidense ha tomado en cuenta otras consideraciones, como cualquier mandatario mundial, pero nada ha cambiado en la esencia represiva del sistema cubano, aunque sí en sus particularidades: hasta ahora el gobierno cubano no tiene la menor intención de iniciar reformas democráticas; no hay nada que indique un abandono del mecanismo coercitivo y el uso del terror para mantenerse en el poder continúa siendo su instrumento preferido.

Confundir el cambio de táctica, de encarcelaciones prolongadas a detenciones breves, con una transformación del sistema es un error; dejar de mencionar esta evolución, no apuntar una disminución de las presiones sobre algunos sectores, o considerarla irrelevante a los efectos de una percepción exterior sobre el régimen, es muestra de ceguera y de aferrarse al pasado como un recurso conveniente, y no como una forma efectiva de denuncia.

Lo que sí está demostrado, más allá de cualquier duda posible, es que se ha producido un cambio de enfoque —por oportunismo, conveniencia económica y hasta desidia— que ha desviado lo que debería ser un acoso político al régimen de La Habana hacia una presión sobre la Casa Blanca.

Porque el argumento de que lo más adecuado es sentar a Cuba junto a gobiernos electos —más o menos democráticos algunos de ellos, pero con espacios, estructuras económicas y de poder distintas a las imperantes en la Isla—, como la vía más adecuada para impulsar cambios políticos que La Habana no tiene ninguna intención de acometer, no solo es irrisorio sino nocivo: lo único que se busca por esa vía es legitimar una dictadura. Lo cual resulta más paradójico aún, si se tiene en cuenta que este tipo de cumbre nació por iniciativa de EEUU, para discutir acciones concertadas en el continente por parte de los gobiernos democráticos.

Así que al ir Obama a Panamá, y acudir a una reunión regional donde uno de los primeros invitados fue el gobierno de Raúl Castro, bajo las condiciones que actualmente existen en Cuba, en parte está destruyendo o transformando para mal lo que otro mandatario demócrata —Bill Clinton— creó. Y este tipo de concesión no tiene que ser obligatoriamente el resultado de la necesaria evolución que requiere la política estadounidense hacia Cuba. Es sencillamente un retroceso.

Para añadir burla al escarnio, habría que recordar que la primera Cumbre de las Américas se realizó en Miami, en diciembre de 1994.

Es muy posible que antes de partir Obama para Panamá quede resuelto lo que, por una cuestión de principios, es un problema clave para su participación junto a Castro en la reunión: sacar a Cuba de la lista de países que patrocinan el terrorismo.

Pero si la salida de Cuba de dicha lista es una premisa, no constituye, ni mucho menos, una solución.

Si bien se puede argumentar que la lista se ha convertido más en un pretexto que en un objetivo, y cuestionarse el papel de Washington para confeccionar tal listado, ello no convierte al gobierno cubano en una democracia.

Y este es el punto primordial: la falta de democracia. Un requerimiento que figura en las normas de participación. Si EEUU se hace partícipe de la aberración que significa darle carta de reconocimiento a un régimen militar —que acude al encuentro no para recibir lecciones sobre los derechos humanos sino para imponerse—, está despojando de valor la cita.

Todo lo anterior no invalida el estar a favor de la salida de Cuba de dicho listado, ni tampoco que se apoye el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana. Aunque vinculadas, se trata de cuestiones de diversa índole: el mantenimiento de Cuba en dicho listado no se ajusta a los parámetros actuales de la definición de terrorismo y relaciones diplomáticas con dictaduras es algo que viene sosteniendo EEUU desde sus inicios.

Pero si ambos hechos pueden justificarse a partir de que uno responde a criterios que han perdido vigencia y el otro a una situación de facto, la cuestión aquí no se reduce a darle solo la mano a Castro sino a validar su existencia (para dejar en claro una consistencia de opinión, algo que tampoco persigo, y aunque rechazo citarme, no tengo otro remedio que especificar que criterios semejantes los expresé en una columna en El Nuevo Herald el 7 de diciembre de 2014, antes del anuncio del “deshielo”).

El otro problema con la cumbre para Obama es que el presidente venezolano Nicolás Maduro buscará utilizar el encuentro para obtener también una legitimidad, de la cual en última instancia es capaz de prescindir, pero que indudablemente necesita.

Aquí la farsa resulta incluso mayor que en el caso cubano, porque todo indica que en lugar de acusado podrá presentarse como acusador. En vez de provocar un rechazo generalizado por sus reiteradas violaciones a los derechos humanos y la represión que ha desatado en su país, y gracias a la complicidad de varios gobiernos latinoamericanos, Maduro acude a la cita en el papel de víctima y no de victimario, como señala Moisés Naím en un artículo del diario español El País.

El punto clave aquí es que el gobierno de Maduro merece ser condenado por el resto de los mandatarios latinoamericanos, al igual que el de Castro. El que se celebren eventos paralelos, con la participación de disidentes cubanos, opositores venezolanos y activistas de la sociedad civil de ambos países es loable pero secundario a los efectos de la Cumbre; en el peor de los casos una justificación socorrida del país anfitrión y hasta para los presidentes participantes, incluso el norteamericano.

Un simple requerimiento legal —que obliga a que en EEUU los países sancionados sean declarados como amenaza nacional y permite a su presidente imponer nuevas sanciones sin tener que consultar al Congreso, un proceso largo y engorro— ha permitido al mandatario venezolano presentarse a las puertas del campo de batalla: las palabras de Obama al declarar una “emergencia nacional“ frente al país sudamericano.

Sin embargo, ese anuncio no es ni mucho menos algo cercano a una declaración de guerra de EEUU. Las sanciones han sido contra un grupo reducido de funcionarios chavistas. Claro que esta explicación no le interesa a quienes oportunistamente se colocan junto a Maduro.

Para empeorar la situación, las críticas no solo han venido de los partidarios de Maduro sino de los enemigos de Castro, al tomar el caso venezolano para volver a criticar a Obama por sus declaraciones en contra del embargo.

El uso de sanciones nunca debe ser una medida de todo o nada, sino de estímulo y respuesta. Washington no ha propuesto un embargo, declarado su disposición de adoptar sanciones amplias contra Venezuela ni estar dispuesto a cortar el comercio petrolero. Así que se puede estar en contra del embargo a Cuba y en favor de las sanciones al gobierno de Maduro, sin que ello implique contradicción alguna. Lo malo para Obama es que todas esta explicación racional caerá en oídos sordos, de intentar realizarla en la Cumbre.

Si lo que mayor peso tendrá en la reunión presidencial es el show mediático, y la preocupación principal de los medios de prensa internacionales es tener las cámaras listas para cuando se produzca el esperado apretón de manos entre Obama y Castro —hecho por otra parte repetitivo— no hay duda que el régimen de La Habana tiene todas las posibilidades a su favor para salir airoso. Se ha preparado a fondo para la ocasión, con una nutrida participación secundaria. Sus “teloneros” incluyen desde “empresarios”, trabajadores por cuenta propia y miembros de supuestas organizaciones no gubernamentales, que siempre han sido más que gobernadas por el partido comunista cubano, hasta un concierto gratuito de Silvio Rodríguez. Ya Fidel Castro se preocupó en aparecer “en público” para cumplir dos objetivos primordiales: dejar bien en claro que está “vivito y colando” —y por lo tanto que apoya o ha dado su consejo en todo lo que va a hacer o decir su hermano— y al mismo tiempo respaldar el frente ideológico con su saludo a un grupo de venezolanos en la Isla. Difícil enfrentar a un país que lleva décadas especializándose en este tipo de espectáculos. Obama no la tiene fácil, dirían los cubanos.

Obama gana en la Cumbre

Por encima de discursos y declaraciones, hay una realidad económica latinoamericana que juega en favor de Obama. Como ha señalado Andrés Oppenheimer en El Nuevo Herald, a diferencia de las anteriores reuniones, donde Venezuela, Ecuador, Brasil, Argentina y otros países poco amigos de Washington estaban en pleno auge, gracias a los altos precios de sus materias primas, la cumbre de Panamá tendrá lugar en un escenario regional y mundial muy diferente.

“Hoy en día, con la caída de los precios de las materias primas, las economías de Venezuela y Argentina están por el piso, y Brasil está teniendo su peor crecimiento económico de los últimos 25 años. Con China creciendo menos, Rusia quebrada y Europa estancada, Estados Unidos se perfila como el marcado más promisorio para las exportaciones latinoamericanas”, señala Oppenheimer.

En este sentido, antes de viajar a Panamá Obama visitará el jueves Jamaica, donde uno de sus objetivos principales es ofrecer más apoyo a los países caribeños para reducir su dependencia energética de Venezuela, de acuerdo a un cable de la agencia Efe.

A continuación, el presidente estadounidense se reunirá con líderes de los países de la Comunidad del Caribe (Caricom), como ya hizo en la Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago en 2009, y participará después en un foro, abierto a preguntas, con jóvenes de la región.

Sin dar más detalles, la Casa Blanca indicó que Obama hablará con los líderes de la Caricom de una iniciativa de seguridad energética para la región.

Esa iniciativa fue presentada en enero pasado en Washington, dentro de la primera Cumbre de Seguridad Energética en el Caribe, que estuvo liderada por el vicepresidente Biden.

Su propósito, en coordinación con el Banco Mundial (BM), es crear una Red de Inversiones en la Energía Caribeña que permita a los inversores públicos y privados en la región coordinar sus proyectos y unificar sus objetivos.

“Ya sea en Ucrania o en el Caribe, ningún país debería poder usar sus recursos naturales como herramienta de coerción contra otro”, dijo Biden durante esa cumbre, en una aparente referencia a Venezuela y a su programa de petróleo subsidiado conocido como Petrocaribe.

La mayoría de los países del Caricom se beneficia de Petrocaribe, lanzado en 2005 por el entonces presidente venezolano, el fallecido Hugo Chávez, para exportar petróleo barato a esa región a cambio de efectivo, bienes y servicios.

Sin embargo, en la actualidad Venezuela se ha visto obligada a reducir sustancialmente sus entregas de crudo debido a la caída del precio del combustible y a la crisis económica por la que atraviesa el país. Incluso hay dudas de que el plan pueda continuar para la mayoría de los países, a excepción de Cuba, aunque se ha dicho que las entregas de petróleo a la Isla también han sido reducidas.

Aunque desde enero el gobierno estadounidense trata de deslindar su iniciativa energética de cualquier motivación política, lo cierto es que analistas y medios coinciden en que, en última instancia, EEUU busca mermar la influencia de Venezuela en el Caribe, pero también la de China y otras naciones asiáticas.

Tras la cumbre con los caribeños celebrada en Washington, Maduro acusó a Biden de haber usado ese encuentro para comentar a los mandatarios y primeros ministros asistentes un supuesto plan en marcha para derrocarlo y apoyado por EEUU. Washington negó tajantemente esas acusaciones.

Si tiene éxito con su iniciativa en Jamaica, Obama acudirá a la Cumbre mejor preparado para enfrentar la posible “avalancha” populista de Cuba y Venezuela.

Ni gana ni pierde

Como suele ocurrir con Latinoamérica, lo más probable es que se produzca una mezcla de los dos escenarios anteriores: declaraciones reafirmando la “soberanía nacional” de los mandatarios latinoamericanos, y su independencia de Washington, al tiempo que oídos atentos a las ventajas que puedan obtener de la competencia entre las superpotencias, China y EEUU. Nada nuevo sobre el tablero.

El zorro de Leónov solo se refirió a una cara de al moneda en sus declaraciones. La realidad, desde hace décadas y sobre todo tras el fin de la lucha guerrillera en Centroamérica, es que Latinoamericana ha dejado de ser una prioridad para EEUU, salvo en aspectos puntuales, como el narcotráfico, la inmigración y el terrorismo. Y ello no va a cambiar en Panamá.


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