Actualizado: 17/10/2017 10:31
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La escritura y el reino

Una lectura literaria de la realidad: ¿Retornará Cuba a la situación anterior al 31 de julio de 2006?

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Cuando Fidel Castro levanta en el aire una máquina de escribir, para luego hacerla pedazos contra el suelo durante 'El Bogotazo', sella su destino como escritor.

Nunca podrá llevar a cabo una obra literaria, los versos quedarán en los cajones, la autobiografía sin comenzar, las memorias habrá que buscarlas en miles de discursos y entrevistas y al final sólo se podrán rescatar algunos párrafos. Pero la idea literaria sigue persiguiéndole siempre, sueña con reencarnar como escritor y no se resigna al destino más vulgar de líder continental y gobernante perpetuo.

Aunque se vanagloria de su historial y del récord de permanecer en el poder por más años que ningún gobernante —sólo superado por la reina Isabel II, apenas una figura decorativa para el turismo y la prensa sensacionalista británica—, aspira a una trascendencia mayor. De joven fanfarronea con la idea de que la historia lo absolverá; al final sabe que el veredicto no es tan fácil y organiza su derrota, con la esperanza de alcanzar un nuevo triunfo.

El 17 de noviembre de 2005, en el acto por el aniversario 60 de su ingreso en la Universidad de La Habana, hace pública su duda: "¿Creen ustedes que este proceso revolucionario, socialista, puede o no derrumbarse?". Luego su principal temor: "la Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos [Estados Unidos]; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra".

Ese temor lo obsesiona y día y noche elabora un libreto para exorcizar la idea. Ahora estamos asistiendo al clímax de una obra teatral que se viene desarrollando desde hace meses.

Vistos retrospectivamente, todos los acontecimientos encajan y marchan hacia este resultado. La obra aún no tiene un final. Su autor no lo ha escrito y se detiene ante los posibles resultados, pero no son pocas las páginas de los actos que se acumulan escenas tras escenas.

Un drama masculino

De pronto la sucesión se convierte en un tema que se ventila en discursos y artículos de prensa. Un tema ignorado o prohibido hasta el momento adquiere una relevancia absoluta, intervienen actores secundarios y entra en escena Raúl Castro como segunda figura. Un drama masculino, sin mujeres y con la acción concentrada en momentos claves.

El toque dramático llega con el viaje a Argentina. El esfuerzo de trasladarse a un país distante para la firma de un acuerdo que sólo consolida otros anteriores, el afán de aparecer en un pequeño balcón cuando los otros mandatarios y sus escoltas huyen de los periodistas, el intercambio con el periodista de Miami como un pequeño alivio cómico —un momento de farsa que relaja al espectador y al mismo tiempo lo torna desprevenido para lo que se avecina—, los actos públicos en un país distante que sólo aspiran a demostrar que el gobernante se encuentra, si no en pleno uso de sus facultades, al menos resuelto y combativo.

El regreso a Cuba y dos actos agotadores, con discursos de varias horas, el 26 de julio, confirman la impresión de que hay Castro para rato. A estas alturas, el golpe de una operación de emergencia, su desaparición pública y la de su hermano —el anciano delfín— sorprende a todos; incluso la Casa Blanca admite la sorpresa y se ve obligada a confesar su falta de información.

Al golpe de efecto se une la naturaleza del mal. El gobernante invencible, el hombre que acaba de regresar de una visita a la casa donde creció Ernesto Che Guevara, el guerrillero "eterno", se ve de pronto reducido por un mal que lo reduce a su condición humana más humilde: sangramiento intestinal. La metáfora de un destino demasiado humano. Tras un esfuerzo heroico, que el protagonista se encarga de destacar en la ya célebre Proclama, un enfrentamiento con la realidad más baja.

La mezcla de escatología y heroísmo de la trama no escapa a los significados medievales. La sucesión se establece según lo acordado por el texto constitucional, pero reafirmando la voluntad del mandatario por encima de los poderes que él mismo ha establecido, dejando en claro que a las instituciones que ha creado sólo les queda la opción de acatar sus destinos.


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