Actualizado: 23/01/2020 15:28
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La guerra de los símbolos

¿Por qué Juan Almeida nunca salió de la cúspide del poder si en realidad apenas lo ejercía?

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La muerte de Juan Almeida Bosque inquieta, al menos, con dos preguntas: ¿por qué nunca fue bajado de la cúspide del poder si no lo ejercía con la estridencia al uso? ¿Por qué la condescendencia vitalicia —más de 50 años— que no gozaron los comandantes de la revolución Guillermo García, Ramiro Valdés ni ningún otro?

En opinión de algunos, la condescendencia de los hermanos Castro tuvo que ver con la raza de Almeida, un símbolo que supuestamente indicaba a los negros cubanos que ellos tenían representación en el poder.

Tal vez, por otro lado, Almeida evitó protagonismos para que no se le tomara como chivo expiatorio por los errores estratégicos del régimen, que es donde todos los dirigentes terminan. Pero quizá sea en la historia, que en buena parte en Cuba se desconoce, donde descanse el origen de la condescendencia de los Castro, más allá de la probable simpatía personal que sentían por Almeida, algo que en la historia también pesa.

Castro y el suicidio

En una entrevista, afirma Jaime Costa Chávez —asaltante al cuartel Moncada y guerrillero en la Sierra que vive en Miami— que después del ataque a la fortaleza, Fidel Castro "estaba deprimido". No se sabe por qué, en un acto de desesperación, rompió su carné de abogado. Estaban de regreso, junto a varios heridos, en la Granjita de Siboney, desde donde habían partido hacia el Moncada. Cuenta Jaime Costa que en dos ocasiones Castro intentó suicidarse (Entrevista de Antonio de la Cova con Jaime Costa Chávez y Raúl Martínez Ararás, en Miami, el 4 de agosto de 1984).

"Yo no sé si era alarde de él o era verdad", añade Costa. La primera vez rastrilló la pistola y alguien se la quitó. En otra ocasión, le tomó la pistola a Almeida, una 45, con el fin de quitarse la vida, "y ahí forcejearon junto con un guajiro que luego se escondió en Santiago".

"Fidel se sentó —precisó Costa— al lado de Almeida después que comimos", al rato de intentar matarse.

Si a las características personales de Almeida sumamos lo que dice Costa, resulta evidente que con el "obrero negro" los Castro anudaron esos lazos, muy difíciles de romper, que se suelen crear entre los hombres en cualquier guerra. Son lazos llenos de silencios, de sucesos que no se confiesan ni se tocan en conversación alguna.

No creo equivocarme al afirmar que el primer comandante de la Sierra no fue Almeida, porque resultó herido y tuvo que bajar a curarse en Santiago. Con todo, ascendió a Comandante el mismo día que Raúl. Esto puede inferirse de lo que el propio Castro escribió en su artículo Almeida vive hoy más que nunca.

Otro guerrillero que devino comandante histórico de la revolución, el entonces campesino Guillermo García, dijo a la revista Bohemia en 1976 que "había hablado con muchos (sobrevivientes del combate de Alegría de Pío) y lo que querían era llegar a la ciudad para ayudar a través de sus contactos a los que no habían sido capturados".

Es decir, deseaban abandonar la Sierra. Cuando le preguntó a Almeida, este le respondió, "serenamente", que lo que quería era encontrar a Fidel y "seguir nuestra lucha revolucionaria". La impresión que le causó Almeida decidió a Guillermo García a incorporarse a la guerrilla.

Si bien se mira —y aludo aquí a un momento histórico en que la razón, los hechos y la justicia estaban del lado de los combatientes—, Almeida tuvo más confianza en la lucha que el propio Fidel Castro, quien con el tiempo monopolizaría todos los méritos imaginables.

Por otra parte, hay que recordar que Castro repudiaría el suicidio, sobre todo de quienes estaban de su lado, y en casos como el de Haydée Santamaría intentó bajarla del altar revolucionario, por lo que un comentarista llama "la dilapidación de su capital simbólico".

Otro detalle

Según Fidel Castro le contó a Ignacio Ramonet, el combate más duro de la guerrilla "fue el que se produjo cuando atacamos el cuartel de Uvero". Castro aquí admite que él estaba en una loma con su fusil de mirilla telescópica cuando dio inicio, con un disparo, al combate.

Y añade Castro en Cien horas con Fidel lo que vio, no lo que le contaron: "Juan Almeida fue enviado con su pelotón desde los primeros disparos de nuestro ataque en dirección de la instalación principal; ya próximo a esta, entabla combate, prácticamente de pie, con un punto fortificado que le quedaba a la izquierda de su trayecto. Cae herido con tres balazos".

Manipulando símbolos

A Camilo Cienfuegos se le atribuyó durante más de dos décadas la frase "aquí no se rinde nadie", lanzada durante el descalabro del primer combate de la guerrilla en Alegría de Pío. Ernesto Guevara la cita en sus Pasajes de la guerra, y señala que la frase fue seguida de una "palabrota", y escribe: "después supe pertenecía a Camilo Cienfuegos". Tanto Raúl como Fidel Castro sabían, sin embargo, que Almeida era el verdadero autor de aquel símbolo de resistencia, pero callaron.

Almeida no reivindicó la autoría de la frase, a lo que desde luego tenía derecho. En 1991, cumplidos más de 30 años en prisión en Cuba, Mario Chanes de Armas ratifica que Almeida se había portado con mucha valentía en Alegría de Pío.

Y aquí cabría preguntarse: ¿a cuántos de los que después ocuparán los más altos cargos en la revolución vio Almeida correr entre la balacera de Alegría de Pío? Sin duda que la respuesta, ante la conminación a la rendición, tenía un carácter mucho más eficaz, por su simbolismo y dadas las peligrosas condiciones en que se produjo, que la imitación posterior que hizo Fidel Castro de Carlos Manuel de Céspedes ("Aun quedamos doce hombres: bastan para hacer la independencia de Cuba").

Con unos cuantos hombres y varios fusiles, Castro le agregó aquello de que "ahora sí ganamos la guerra". El comandante admitió ante el periodista Ramonet, que entonces recordó a Céspedes. O sea, que él desde entonces estaba forjando, conscientemente, su leyenda en el imaginario nacional.

Ya que Fidel Castro no se podía apropiar de la frase, daba más rédito atribuirla al desaparecido Camilo que a un Almeida que motu propio se agrisaba con el paso de los años y, de algún modo, rechazaba o se desinteresaba por cargos ejecutivos que quizá no se avenían con su carácter o con sus "inclinaciones artísticas". Quien quiera puede decir lo que le plazca, pero Dame un traguito es una auténtica pieza de la música popular cubana.

Si los símbolos son hacedores del imaginario de una nación, y tal vez con más fuerza cuando de política se trata, en 1983 un nuevo símbolo —generado contradictoriamente por el Estado— amenaza con surgir, luego de la invasión de Granada por Estados Unidos. Lo personificaba Pedro Tortoló Comas, pero era obviamente contrario a la revolución: el de la cobardía de un alto oficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Una manera de denigrar a Tortoló y enviarlo a Angola sin provocar suspicacias, fue enfrentándolo a un símbolo contrario, el de aquel que estuvo dispuesto a dar la vida por la revolución.

Pronto Raúl aseguraría en un vídeo, en principio para militantes del Partido Comunista, que había consultado con su hermano para dar a conocer al autor del grito contra la rendición en 1956 en Alegría de Pío. Por supuesto que allí estaba, a su lado como siempre, Juan Almeida. Y fue en ese contexto, por la necesidad de contrarrestar a Tortoló, que Raúl, a más de 20 años del triunfo de la revolución, confesó que él había escuchado el grito de Almeida "aquí no se rinde nadie".

Tal vez no exista ejemplo tan claro sobre cómo los Castro siempre han manipulado en su favor los símbolos revolucionarios.

Sinceramente preocupado por el destino de su país en la juventud, Juan Almeida Bosque negó con su posterior trayectoria los actos nobles y heroicos que había realizado. Su fidelidad a los Castro marchó pareja con la aceptación de canalladas que firmó, apoyó y sin duda ejecutó.


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