Actualizado: 10/07/2020 19:25
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La momia y el elefante

Un Comandante en Jefe disecado y expuesto en la Plaza de la Revolución no tendría un destino diferente del Lenin de la Plaza Roja de Moscú.

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El cuento es viejo y suele variar según las obsesiones del narrador. La versión cubanoexiliada reza así:

Naciones Unidas convoca a un concurso de estudios sobre el elefante. Los trabajos deben ser redactados por equipos de investigadores de la misma nacionalidad, en representación de su país de origen. Al vencerse el plazo de entrega, el equipo alemán presenta una enciclopedia de 39 volúmenes titulada Introducción al estudio del elefante; el equipo francés presenta una obra en dos volúmenes titulada La vida amorosa del elefante; el equipo norteamericano presenta un manual de 150 páginas titulado Aplicaciones económicas del elefante; el equipo de cubanos exiliados presenta un panfleto de 10 páginas titulado El elefante y el canalla de Fidel Castro.

Pues bien, en los últimos días se supo que a Tutankámon lo sacaron del sarcófago para exponerlo al público por primera vez. Se exhibirá en el Valle de los Reyes, en una urna especial que evitará los daños que podrían causarle el (mal) aliento y la transpiración de los turistas. Al parecer, las momias son seres delicados, que requieren cuidados excepcionales para mantenerse en forma.

El asunto de los restos humanos fósiles o momificados que se exponen en los museos tiene tela marinera. En Francia cunde ahora una polémica por la cabeza tatuada de un guerrero maorí que se conserva desde hace 132 años en el museo de Ruán. El gobierno de Nueva Zelanda la había reclamado en varias ocasiones y la directora del centro accedió finalmente a devolverla. Pero el ministro de Cultura la desautorizó y prohibió la repatriación del fiambre. Una medida de ese tipo, arguyó, podría desatar una ola de reclamaciones que afectaría a casi todos los museos de Europa.

Las momias incas o egipcias, las tsantsas o cabezas reducidas elaboradas por los jíbaros de la Amazonia, y hasta los fósiles descubiertos en los pantanos de turba o en las nieves alpinas —como el prodigioso Ötzi, que apareció en 1991 en perfecto estado de conservación, con ropa, armas y bagajes, y hoy se exhibe en el museo de arqueología de Bolsano—, podrían ser objeto de demandas, recursos judiciales y litigios interminables.

El cuento del bosquimano

En esas querellas los museos son casi siempre de Occidente y los cadáveres o restos amojamados suelen proceder de países del antiguo Tercer Mundo. De ahí el ineludible sesgo de corrección política que toma el asunto. Si una tribu de jíbaros cambió una tsantsa por una gorra de un equipo de béisbol o una botella de Chivas Regal, el gobierno equis (Ecuador, Brasil, Perú o quien se atribuya la soberanía sobre el trozo de selva en cuestión) puede sentirse obligado a reclamar la cabeza, pues, aunque reducida y maquillada, tuvo alguna vez talla normal y se bamboleó sobre los hombros de un ser humano.

Al respecto, existe un precedente curioso con el que tuve algo que ver por razones profesionales. Durante casi un siglo, un modestísimo museo del pueblo catalán de Bañoles conservó el cadáver disecado de un bosquimano. Los franceses le llamaban "le nègre empaillé" y para los catalanes era simplemente "el Negro".

El cuerpo, procedente de la región del Kalahari, en lo que hoy es Botswana, había sido robado de la tumba al día siguiente del funeral, allá por el año 1830, por dos taxidermistas franceses que lo disecaron y lo trajeron a París. Luego viajó a Bañoles como parte del legado testamentario de un rico coleccionista local.

En 1992, un catalán-haitiano (o haitiano-catalán, ignoro el orden de precedencia) escandalizado por el espectáculo de un africano disecado y expuesto en un museo como si fuera una bestia, inició una campaña para obtener la repatriación de los restos.

En honor de Bañoles, hay que decir que el bosquimano se exhibía con todo el decoro antropológico posible. Iba ataviado con una diadema de plumas, llevaba lanza y escudo, y un taparrabo color naranja. Estaba de pie en la urna, ligeramente inclinado hacia delante y blandía la lanza con fiero gesto de guerrero o cazador al acecho. Sus ojos de vidrio brillaban en la penumbra de la sala.


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