Actualizado: 19/05/2018 11:41
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Ministerio de Cultura, Prieto, Intelectuales

La vuelta de Abel Prieto

Aunque de forma “provisional”, el regreso de Abel Prieto como ministro de Cultura evidencia que Raúl Castro no quiere que se produzcan “alborotos” entre los intelectuales

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¿Por qué Raúl Castro ha vuelto a colocar a Abel Prieto al frente del Ministerio de Cultura?

La primera respuesta a esta pregunta es sencilla, y la ofreció el propio Gobierno cubano:

El Consejo de Estado, a propuesta de su Presidente, acordó liberar del cargo de Ministro de Cultura al compañero Julián González Toledo, dijo la nota oficial publicada en el diario Granma.

Para ocupar esta responsabilidad fue designado de manera provisional el compañero Abel Prieto Jiménez, actual asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Pero la escueta nota despierta interrogantes, y da pie, por supuesto, a especulaciones.

En primer lugar llama la atención el carácter de urgencia de la destitución. No se trata simplemente de que González Toledo no llevara a cabo de forma requerida sus funciones. En tal caso, lo normal sería sustituirlo por otro funcionario. No ha sido así. Lo quitan del cargo y llaman a Prieto, que ahora lo ocupa “de manera provisional”.

Luego hay un factor en este movimiento que va más allá de la simple destitución de un ministro. Tiene que ver con las características personales del destituido, con las de su antecesor y con las de quien por 15 años ocupara esas funciones y está de vuelta ahora.

Toledo es un diplomado de Administración Pública en la Escuela Superior de Cuadros del Estado y del Gobierno. Fue nombrado ministro de Cultura en marzo de 2014. Con anterioridad había sido viceministro primero de Cultura y director del Consejo Nacional de Artes Escénicas (1999-2011).

Antes de Toledo el cargo de ministro de Cultura lo ocupó Rafael Bernal, un licenciado en Educación Técnico Profesional y doctor en Ciencias Pedagógicas, quien fuera viceministro de Educación en 1973, viceministro primero de esa institución en 1991 y viceministro primero de Cultura en 1997. Su etapa de ministro de Cultura se extendió de 2012 a 2014.

La caída de Bernal obedeció a un hecho muy concreto: el reconocimiento, por parte de las autoridades cubanas, del robo de decenas de obras en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Sin embargo, más allá de ese hecho puntual, hay varias características comunes que comparten Toledo y Bernal: la trayectoria de ambos como funcionarios, y que no son intelectuales —ni escritores ni artistas y ni siquiera profesores— y el paso pautado de viceministro primero a ministro (el tipo de movimiento que ha caracterizado al gabinete de Raúl Castro).

Tiene sentido entonces la interrogante de esa interrupción —aunque sea momentánea— de la transición pautada, y de la vuelta de un escritor al frente de Cultura.

De la pregunta se desprenden a la vez otras dos interrogantes: ¿por qué la posposición constante de Fernando Rojas para ocupar el cargo? Rojas es el más antiguo de los viceministros y el que tiene mayor formación como intelectual.

La otra pregunta es: ¿qué pasa con María Elena Salgado? Salgado fue nombrada como viceministra primera junto con Toledo. Siguiendo la lógica de movimientos en los cargos durante esta etapa raulista, a ella le correspondería ahora el ministerio.

El primer elemento que de momento establece la destitución de Toledo es un entredicho del empeño de Raúl Castro, de poner al frente del Ministerio de Cultura a burócratas que desempeñaran su labor, en busca de una eficiencia ministerial similar a la de cualquier otra dependencia gubernamental, pasando por alto o al menos relegando las características únicas del organismo.

Un ministerio único

A lo largo de las décadas del proceso revolucionario, el Ministerio de Cultura nunca ha sido un organismo similar a otros.

En primer lugar tardó muchos años en constituirse. No fue hasta 1976 que se creó y ello ocurrió “dentro del proceso de institucionalización de los Órganos de la Administración Central del Estado”, según la página web de la institución.

Con el surgimiento del Ministerio de Cultura, el Gobierno de la Isla intentó dejar atrás —al menos formalmente— algunos de sus episodios de represión y censura más vergonzosos en la arena internacional; las eternas rencillas entre diversos grupos culturales en lucha por el trono y los diversos feudos de poder cultural creados a lo largo de décadas.

La “institucionalización” de la cultura culminó en un largo proceso de permisividad, pasividad y aceptación mutua —entre los creadores y la institución— en que pequeños privilegios y libertades acotadas impidieron la repetición de grandes escándalos. Por supuesto que no se desarrolló en un decurso en blanco y negro, y no todo fue aceptación y “borrón y cuenta nueva”, pero en general el proceso logró encaminarse hacia una etapa donde la seguridad y ciertos beneficios marcharon parejos con una ampliación de posibilidades.

Quizá Raúl Castro, con su plan evidente de dejar la conducción del ministerio en manos de burócratas, pensó que a estas alturas en la cultura cubana todo se reducía a la “eficiencia” de un plan empresarial. Solo que esa “eficiencia” no se ha alcanzado y hay señales evidentes de descontento, aunque estas no se manifiesten siempre —aunque sí en ocasiones— en relación con los problemas inherentes a la libertad creadora.

Temores y reservas

El posible resurgimiento en Cuba de una situación similar a la ocurrida durante el llamado “período especial” produce cada vez más una creciente inquietud y preocupación entre los habitantes de la Isla. El sector cultural no es ajeno a esta situación.

En determinados centros —la UNEAC, el Instituto de Estudios Martianos— la jornada laboral ha sido reducida y al mediodía los trabajadores se van a sus casas. Al contrario de lo ocurrido en otros momentos —y de acuerdo a informaciones que CUBAENCUENTRO ha recibido desde Cuba—, el recorte de las horas de trabajo no ha causado indiferencia o incluso alegría, sino temor: los empleados tienen miedo de que, si la situación se prolonga, sus salarios serán afectados (cosa que no ha ocurrido ni se ha planteado de momento). En la Cuba de hoy el dinero cuenta y mucho, incluso los pesos cubanos.

Nada más lógico entonces que vuelva al Ministerio de Cultura una figura que no solo es uno más entre escritores —no es hora de valorar la calidad de su obra—, sino que también ejemplifica una etapa de liberación, permisos y mejoras para escritores y artistas. Prieto es esa figura.

A todo esto hay que añadir que la etapa en que Raúl Castro adquirió finalmente el control del poder cotidiano en Cuba se inició junto a la llamada “guerra de los emails”. Con independencia de los diversos propósitos tras lo sucedido entonces, es posible afirmar que lo que menos desea el gobernante cubano es que se repita un acontecimiento de tal naturaleza.

En el caso de Prieto, debe añadirse que su trayectoria tras abandonar el ministerio ha sido más bien oscura, para decir lo menos. Si un tiempo atrás resurgió en la prensa fue durante los actos de rechazo a opositores y exiliados cubanos, ocurridos en Panamá en 2015 —un papel nada brillante en su carrera, pero al parecer la actuación de entonces es fuente de mérito ahora para algunos: la “psicóloga de Panamá” acaba de ser nombrada como nueva secretaria general de la Unión de Jóvenes Comunistas—, luego volvió a la tranquilidad de un asesoramiento nada notorio. Pero la falta de lustre en estos últimos años ha permitido al exministro mantener una fidelidad que ahora lo devuelve al cargo.

Para finalizar, un detalle marginal aunque importante. La selección de Prieto como “bate emergente” en Cultura parece enterrar las esperanzas de Rojas: Raúl los prefiere fieles, pero no tan tan… tan: ¿y qué dirá de esto Iroel Sánchez?


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