Actualizado: 07/08/2020 16:54
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Opinión

EEUU, Kennedy, Oswald

Las conexiones castristas del magnicida de Dallas (III)

Declaraciones de los excónsules cubanos en México, muchos años después

Enviar Imprimir

Pero hubo más. Aunque no declararan ante la Warren Commission, Azcue y Mirabal, así como de nuevo Sylvia Durán, la ciudadana mexicana empleada en el consulado, sí lo hicieron quince años más tarde, en septiembre de 1978, frente al Comité sobre asesinatos de la Cámara de Representantes (Select Committee on assassinations, HSCA, creado para investigar las muertes de John F. Kennedy y de Martin Luther King en 1968). Prueba de que Earl Warren y los miembros de la Comisión, entre los que figuraban el futuro presidente, entonces representante republicano, Gerald R. Ford, y el antiguo director de la CIA, Allen W. Dulles, máximo responsable, junto con Richard Bissell, del desembarco fallido de Bahía de Cochinos, cesado luego por Kennedy, no habían llegado al término de sus investigaciones, que tuvieron que concluir menos de un año después del asesinato de Kennedy el 22 de noviembre de 1963 y de la muerte del policía J. D. Tippitt ese mismo día, abatido por Oswald en Dallas.

¿Por qué accedió Cuba a dejar testimoniar a Azcue y Mirabal ante una Comisión de la Cámara de Representantes encargada de investigar los asesinatos, entre ellos el de Kennedy? Estábamos en septiembre de 1978. Eran los tiempos de la presidencia del demócrata Jimmy Carter, quien estaba dispuesto a buscar un acercamiento con el régimen castrista. Para ello necesitaba ciertas contrapartidas. Se hicieron en varias etapas. En diciembre de 1977 un grupo de jóvenes cuban-americans simpatizantes de la revolución llegó a Cuba para participar en un viaje de reencuentro con sus raíces en la Isla. Consciente de lo que podía representar simbólicamente esa apertura, Fidel Castro en persona los recibió calurosamente. Eso daría paso en noviembre de 1978 a un «diálogo» con lo que se vendría a denominar la «comunidad cubana en el exterior», representada en su mayor parte por una oposición moderada al régimen o cansada de un exilio tan largo. Esta negociaría con Castro la liberación al año siguiente, en 1979, de unos tres mil presos políticos, algunos de ellos encarcelados desde cerca de 20 años, y su partida hacia Estados Unidos. El «diálogo» y el acercamiento concluirían con la ocupación en abril de 1980 de la embajada de Perú por más de diez mil candidatos al exilio y con el subsiguiente éxodo del Mariel, cuando unos ciento veinticinco mil cubanos abandonarían la Isla rumbo a la Florida. La aceptación por el gobierno cubano de que la Cámara de Representantes interrogara a los excónsules en México formaba parte de esos intentos de romper el «bloqueo» (el embargo, en realidad), establecido por la administración americana del presidente republicano Eisenhower desde 1960 y endurecido por la del presidente demócrata Kennedy a partir de 1962.

La convocación de Azcue y Mirabal en septiembre de 1979, después de dos reuniones celebradas con ellos en La Habana, demostraba sin embargo que las interrogaciones sobre una posible conexión castrista con el magnicidio de Dallas persistían. Pero era muy improbable que, a partir de esos testimonios, se reabrieran las investigaciones, ya que la Cámara era en su mayoría demócrata y, por lo tanto, dispuesta en su mayoría a seguir la política conciliadora de Carter.

La agudeza implacable de las preguntas de los miembros de esa comisión a los dos excónsules cubanos en México podría, sin embargo, dejar pensar lo contrario. En efecto, los dos hombres, que no hablaban inglés y, por lo tanto, tenían que recurrir a intérpretes, se vieron empujados a confesar sus contradicciones. El interrogatorio fue intenso, interrumpido solamente por pausas de pocos minutos. El tono era directo y no admitía dilaciones. Los representantes volvían una y otra vez sobre lo que podrían parecer detalles a primera vista, pero no lo son. Así es como lograron sacarle al excónsul Eusebio Azcue, ya retirado en Cuba, que Oswald, al llegar a la Ciudad de México, había ido directamente, el viernes 27 de septiembre, al consulado de Cuba antes de ir a pedir una visa a la embajada soviética. Y, sobre todo, que no había estado allí solo dos veces ese viernes, tal vez fuera de los horarios de apertura de la sede, de las 10 de la mañana a las dos de la tarde, sino tres. Además, la tercera fue un sábado, un día en que normalmente los funcionarios no atienden a nadie. A menos de que se trate de alguien que disponga de alguna información de suma importancia. Las declaraciones de Sylvia Durán, recogidas pocos días después del magnicidio, en 1963, y las de Eusebio Azcue y Alfredo Mirabal, dadas a conocer solamente en 1978, concuerdan en la versión de los hechos. Hubo una fuerte discusión entre Oswald y Azcue, por negarse éste a extenderle inmediatamente una visa de tránsito, y eso a condición de que consiguiera antes una con destino a la Unión Soviética. Oswald lo trató entonces de «burócrata», de la misma forma que calificaba a los «camaradas» soviéticos cuando residía en Minsk, en la República de Bielorrusia, antes de 1962, donde tuvo ocasión de conocer a algunos becados cubanos, enviados por centenares en aquella época a la URSS.

Pero esa versión tal vez fuera elaborada en Cuba, después de la muerte de Kennedy. Cuando el excónsul Azcue concluyó su misión en México ¿fue a petición suya o del gobierno cubano? Las explicaciones suyas, apoyadas en deseos de reunirse con parte de su familia que residía ya en la Isla, resultaron enredadas. Pero aún más sospechosas fueron sus explicaciones sobre las distintas copias del formulario que rellenó Lee Harvey Oswald para pedir su visa de tránsito a Cuba. Eran seis copias, finalmente puestas a disposición de los investigadores, pero no coincidían entre ellas: en otros términos, habían sido falsificadas. Y, en sus declaraciones, Azcue defendió la tesis de que no había reconocido en la persona considerada como culpable de los disparos contra el presidente americano, a quien dijo haber visto por primera vez en la pantalla cuando Jack Ruby lo asesinó, al hombre que se había presentado ante él pocas semanas antes. La descripción que dio no correspondía para nada a Oswald. Su sucesor en el cargo, Mirabal, quien dijo encontrarse en México por ponerse al día en los asuntos de la legación diplomática, afirmó por su parte haber captado solamente algunas frases de la discusión que hubo entre ellos, ya que se encontraba en un despacho aledaño. Pero ¿por qué no intervino, si se trataba de un enfrentamiento verbal a gritos?

Después del 22 de noviembre de 1963, ya en Cuba, el excónsul Azcue fue convocado rápidamente no por el Ministerio de Relaciones exteriores sino por el Ministerio del Interior. Tuvo largas conversaciones allí con el temible comandante Manuel Piñeiro, apodado «Barbarroja», entonces jefe del Departamento América del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, el organismo encargado de todas las operaciones guerrilleras en el mundo, particularmente sobre el continente americano, pero también en África y en el Medio Oriente, y luego de la Dirección General de Inteligencia, la DGI. Piñeiro era el interlocutor directo de todos los dirigentes revolucionarios partidarios de la lucha armada. Y uno de los hombres de confianza de Fidel y de Raúl Castro para todas sus intervenciones encubiertas, que fueron innumerables. «Barbarroja» murió en 1998 en un accidente de automóvil en La Habana, manejando teóricamente su vehículo —aunque no sabía conducir— por las calles del barrio del Vedado. Salía de una recepción en la embajada de México, donde se había explayado ¿demasiado? sobre ciertos secretos del poder que él conocía mejor que nadie. Tenía la intención, confiada a algunos periodistas extranjeros, de escribir un libro cuyo propósito era volver sobre ciertos asuntos sensibles[1]. Su muerte sigue siendo uno de los enigmas más impenetrables de la cúpula castrista.

En la ciudad de México, Oswald quizás no estuvo solamente en los consulados de la Unión Soviética y de Cuba. También habría participado, según ciertos testimonios, en una reunión (un party) en casa de Sylvia Durán y su esposo con intelectuales simpatizantes de la revolución cubana. Uno de ellos llama particularmente la atención: el de la escritora Elena Garro, por aquel entonces casada con el poeta, futuro premio Nobel de literatura y uno de los mayores críticos del castrismo a partir del «caso Padilla» en 1971, Octavio Paz, más tarde divorciada de él. La escritora, quien estaba acompañada por su hija Elenita, afirmó haber hablado con Oswald y haber visto allí a un cubano negro, pelirrojo, descripción que corresponde con la del nicaragüense Gilberto Alvarado. El FBI interrogó en dos ocasiones a Elena Garro poco después del asesinato de Kennedy pero desechó sus declaraciones por considerarlas contradictorias y por concluir que la escritora tenía demasiada imaginación.

En las sesiones de la comisión sobre asesinatos de la Cámara, varios representantes apuntan, sin embargo, a otro escritor, el inglés Comer Clark, quien tuvo un encuentro con Fidel Castro en 1967. Clark publicó el contenido de su conversación:

«Lee Oswald vino a la embajada cubana en la ciudad de México dos veces». Castro siguió:

«La primera vez me dijeron que quería trabajar para nosotros. Le pidieron que explicara en qué, pero no quiso decirlo. No entró en detalles. La segunda vez dijo que quería «liberar a Cuba del imperialismo americano». Luego dijo algo así como: «Alguien tendría que matar a ese Presidente Kennedy». Luego Oswald dijo —y es exactamente así como me lo reportaron a mí: «Tal vez yo intente hacerlo».

(“Lee Oswald came to the Cuban embassy in Mexico City twice,” Castro went on.

“The first time —I was told— he wanted to work for us.

“He was asked to explain, but he wouldn’t.

“He wouldn’t go into details.

“The second time he said he wanted to ‘free Cuba from American imperialism.’

“Then he said something like: ‘Someone ought to shoot that President Kennedy.’

“Then Oswald said —and this was exactly how it was reported to me— ‘Maybe I’ll

try to do it.’”)

Comer Clark transcribe así el final de su diálogo con Fidel Castro:

«Sí, yo oí hablar del plan de Lee Harvey Oswald para matar al Presidente Kennedy. Yo hubiera podido salvarlo, pero no lo hice».

Yes, I heard of Lee Harvey Oswald’s plan to kill President Kennedy. It’s possible that I could have save him, but I didn’t.»)[2]

Naturalmente, se dijo que ese diálogo nunca había tenido lugar y que Comer Clark, que trabajaba para un tabloid inglés, se lo había inventado. Sin embargo, Castro pudo haber cometido un desliz y hablado más de lo necesario, en medio de su verborrea habitual con todos y cada uno de sus interlocutores.

Cada vez que los representantes apuntaban hacia un posible conocimiento del plan por las autoridades cubanas, los dos cónsules, Azcue y Mirabal, respondían airadamente, con una argumentación semejante, retomando palabras o ideas del «Comandante en jefe», que condenaba cualquier forma de «terrorismo». Así, Eusebio Azcue:

«No mencionó nada por el estilo a ninguno de nosotros, y mucho menos hubiéramos transmitido ese tipo de información a Fidel. No veo cómo nuestro Comandante en jefe hubiera podido estar al corriente de alguna conversación que Oswald decía haber tenido con uno de nuestros agentes. Los únicos agentes presentes eran los tres que he mencionado —los dos cónsules y la secretaria. En primer lugar, yo nunca habría tolerado una conversación de esa naturaleza porque, sin lugar a dudas, se hubiera tratado de una provocación, y nosotros no permitimos que se nos provoque. Nuestra revolución nunca hizo tratos con nada que tuviera relación con el terrorismo, y mucho menos con la muerte del Presidente Kennedy. ¿Qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos intervenido en eso? Es ridículo pensar que podíamos haber intentado meternos en la boca del lobo, y eso ha sido reafirmado repetidamente por nuestro Comandante en jefe. Nosotros nunca hemos practicado el terrorismo. Nosotros nunca hemos apoyado el terrorismo, inclusive en los casos en que simpatizamos con los puntos de vista de los que lo practican».

El excónsul respondía indignado a la sospecha de que Fidel Castro hubiera podido no estar detrás del atentado sino simplemente estar al corriente de que se fuera a producir. Sin embargo, varios testimonios e indicios apuntan hacia esa posibilidad.

En cuanto a la afirmación de que la revolución cubana nunca apoyó el terrorismo, es lícito dudar, a la luz de la historia del movimiento castrista desde la lucha insurreccional en Cuba hasta en los años más recientes, una vez conquistado y consolidado el poder. La convicción proclamada por Eusebio Azcue solo demostraba una indignación calculada, común a los discursos de los militantes revolucionarios cubanos, quienes repiten los elementos de lenguaje ideológico inculcados por la plana mayor. Fidel Castro en persona se había dejado llevar ante algunos de sus interlocutores hasta insinuaciones de que le podía ocurrir algo al presidente americano si seguía amenazándolo verbal o militarmente, después del desembarco de Bahía de Cochinos en 1961, de la «crisis de los misiles» en 1962 y de la «operación Mangoose», que consistía en apoyar ciertas operaciones militares contra la revolución desde la Florida u otros puntos del territorio americano, que seguía en pie en el momento del asesinato de Kennedy.

A pesar del abandono por su administración de los combatientes de la Brigada 2506 que combatió en Bahía de Cochinos, John Kennedy y su esposa Jacqueline recibieron a los presos liberados el 29 de diciembre de 1962 por el gobierno cubano, a cambio de 53 millones de dólares en tractores y productos para bebés, con todos los honores en el Orange Bowl de Miami. Las negociaciones habían sido llevadas a cabo, bajo la supervisión directa de Robert Kennedy, por el abogado James B. Donovan. Extrañamente, Donovan fue acusado más tarde por los servicios secretos cubanos de haber querido cometer, en 1963, uno de los múltiples intentos de asesinato atribuidos por el gobierno cubano a la CIA, cuando en realidad su intervención en la negociación había concluido en diciembre de 1962, en vísperas de Navidad. La ceremonia y las palabras de los Kennedy, sobre todo las de Jackie, muy emotivas, pronunciadas en español («Es un honor para mí estar en medio de los hombres más bravos que haya en el mundo…»), reafirmaban su apoyo a los combatientes hasta que el estandarte de la Brigada flotara en La Habana, lo que jamás llegó a producirse.

Al final del interrogatorio del cónsul Mirabal, quien precisó haber sido comunista desde antes de la revolución castrista para rechazar la posibilidad de una pertenencia de Oswald al Communist Party de Estados Unidos, el chairman Stokes, de la Comisión de investigación de la Cámara de Representantes les agradeció sus testimonios a los testigos, así como la cooperación brindada por las autoridades cubanas durante las dos estancias efectuadas por él mismo y por otros Representantes en la Isla, entre el 30 de marzo y el 4 de abril y entre el 26 y el 29 de agosto de 1978. Así mismo le expresó su «profundo agradecimiento» (deep appreciation) a Fidel Castro, con quien pudo reunirse, junto con otros miembros de la Comisión, durante cuatro horas en el transcurso de su primer viaje. Castro se mostró dispuesto a hacer todo lo posible para aclarar todo lo que podía rodear una tragedia de ese tipo[3].

Sin embargo, el tono de las preguntas y de las observaciones lanzadas por esos mismos representantes a los dos cónsules cubanos en México demostraban que esa conversación no los había convencido y que, efectivamente, necesitaban muchas más aclaraciones.

Ellos disponían, en efecto, de algunos informes secretos del FBI y de la CIA, transcritos en lo que se dio a llamar el «Lopez report». En su esencia, se concentraban en las visitas de Oswald a los consulados de la Unión Soviética y de Cuba entre finales de septiembre y principios de octubre de 1963.

Poco después de su llegada a la presidencia de Estados Unidos en enero de 2017, Donald Trump ordenó la desclasificación de todos los documentos secretos sobre el asesinato de Kennedy. 3.100 documentos pertenecientes a la CIA y al FBI iban a ver por fin la luz. Pero las dos agencias gubernamentales se opusieron rotundamente a la publicación en línea, prevista para el 26 de octubre según una ley votada en 1992, veinticinco años antes. Solamente 2.800 fueron revelados, quedando unos 300 bajo resguardo en los Archivos Nacionales. La presión sobre el presidente, incluso por parte de Mike Pompeo, entonces director de la CIA, más tarde secretario de Estado, fue demasiado fuerte. «I have no choice», declaró. La razón invocada fue que varios de los agentes involucrados están vivos aún y que el contenido de los testimonios y grabaciones pueden dañar a la vez la seguridad nacional y las relaciones con una potencia extranjera, México en la ocurrencia.

Esos archivos aún vetados no contendrían revelaciones sobre la presencia de otro u otros asesinos, colocados en la grassy knoll de Dealey Plaza, en Dallas, de donde habrían surgido los disparos, en lugar del Texas School Book Depository, donde se encontraba Oswald. Pero sí sobre su estancia en la ciudad de México, entre fines de septiembre y principios de octubre de 1963.

De los hechos ocurridos en la legación diplomática cubana en México y de las respuestas evasivas de los funcionarios interrogados, se puede deducir que la máxima autoridad cubana estaba, al menos, informada de las palabras de Oswald que apuntaban hacia un posible intento de asesinato del presidente americano, aunque no lo apoyara[4].


[1] Véase sobre ese tema el libro de Corinne Cumerlato y Denis Rousseau, L’île du docteur Castro, París, Srock, 2000.

[2] Gus Russo, Live by the sword. The secret war against Castro and the death of JFK. Baltimore, Bancroft Press, 1998, p. 224.

[3] Fidel Castro se plegó regularmente a esa afirmación suya. Incluso accedió a recibir en Cuba, en 1997, al hijo del presidente asesinado, «John-John» Kennedy, entonces director de la revista George, quien seguía investigando sobre las razones y sobre los responsables de la muerte de su padre. Murió en un accidente de avión en 1999.

[4] Es también la convicción de Brian Latell, antiguo analista de la CIA, autor de varias obras sobre el castrismo, entre ellas Castro’s secrets, New York, Palgrave Macmillan, 2012. Léase también su entrevista por Axel Gyldèn en la revista L’Express del 24 de abril de 2012, en la que afirma que Jean Daniel estuvo «manipulado» por Castro.