Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Lecciones de Hanoi

¿Por qué el diferendo con La Habana sigue en pie, si Washington pudo entenderse con Vietnam tras un saldo de 54.000 norteamericanos muertos?

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Dos factores pusieron en marcha el proceso que llevó al establecimiento de relaciones diplomáticas plenas entre Estados Unidos y Vietnam, uno económico y otro político. El segundo fue el más espinoso y difícil. Se inició en 1991, durante el gobierno de George Bush, y al año siguiente cobró fuerza con la entrega por parte de Hanoi de gran cantidad de fotografías y documentos sobre los soldados norteamericanos muertos o desaparecidos en el sudeste asiático.

En aquel entonces, el anterior presidente Bush dijo: "Podemos comenzar a escribir el último capítulo de la Guerra de Vietnam". Estaba en lo cierto.

El primer factor resultaba igualmente apremiante, sólo que en un sentido más vulgar: Vietnam había comenzado un proceso de transformación económica que, aunque limitado, implicó la liberación del mercado y abrió el país a la inversión extranjera. A partir de ese momento los empresarios norteamericanos comenzaron a buscar el levantamiento del embargo.

Cuando Bill Clinton llegó a la presidencia hizo del restablecimiento de los vínculos comerciales un aspecto fundamental de su agenda de gobierno, y la Cámara de Comercio de Estados Unidos se encargó de recordarle a la nación, como hizo en 1994, que las empresas no estaban "aprovechando el mercado potencialmente lucrativo de esa nación".

Puntos de convergencia

Entre las corporaciones estadounidenses, la Boeing Corporation estaba ansiosa de que se restablecieran los vínculos, debido a un plan de venta a Vietnam de unos 80 aviones de pasajeros, por valor de $5.000 millones, durante la siguiente década.

De esta forma, ambos factores encontraron puntos de convergencia y destacadas figuras políticas de los dos partidos que se alternan el poder en Estados Unidos contribuyeron a hacer posible que dos países separados por una guerra cruel, sangrienta y costosa dejaran atrás las diferencias e iniciaran una era de entendimiento, pese a mantener sus diferencias.

Visto en perspectiva, llama la atención cómo acciones personales y relativamente menores tuvieron un alcance tan grande. A comienzos de la década de los años noventa, Ted Schweitzer, un investigador estadounidense que trabajaba con refugiados, logró permiso de los vietnamitas para recopilar información, en un museo de guerra en Hanoi, para un libro sobre el ejército de Vietnam. Schweitzer no encontró editor para su obra. Entonces ofreció toda la información que había recopilado al gobierno norteamericano y se convirtió en asesor del Pentágono. Lo asombroso entonces fue que lo hizo con el conocimiento y el beneplácito de los vietnamitas.

Aprovechando esa apertura informal, un grupo compuesto, entre otros, por el ex prisionero de guerra y senador republicano por Arizona, John McCain, en estos momentos virtual candidato presidencial por su partido, viajó a Hanoi y logró un acuerdo oficial en 1992. Fue en ese año que Vietnam dejó de afirmar que no retenía ninguna información significativa sobre prisioneros de guerra norteamericanos.

El resto fue el debate que se llevó a cabo en Estados Unidos, durante los últimos años del gobierno de Bush padre y luego el mandato de Clinton, sobre la utilización o no del embargo como instrumento de presión para obtener una mayor colaboración de la nación asiática en el tema de los norteamericanos muertos o desaparecidos durante el conflicto.

La respuesta es conocida. Con el apoyo de los empresarios, se impusieron quienes apoyaban el camino del diálogo frente a la confrontación.

A primera vista, parece singular que tras veinte años del fin de la contienda armada, donde murieron millones de vietnamitas y camboyanos y 54.000 soldados norteamericanos, se lograra el restablecimiento de relaciones diplomáticas, y el diferendo entre Washington y La Habana, tras casi cincuenta años, siga sin saldarse. Cuando Clinton estableció el pleno reconocimiento diplomático entre ambas naciones, aún 2.202 militares norteamericanos continuaban en el listado de desaparecidos en el sudeste de Asia, de ellos 1.618 en Vietnam.

Sin prioridad

¿Qué puede pesar más que la vida de estos norteamericanos, para impedir que Estados Unidos y Cuba se sienten a la mesa de negociación? Las respuestas son conocidas, pero las diversas maneras —no creo que exista una vía única— mediante las cuales se puede romper este estancamiento, no parecen formar parte de las prioridades de la nación, partido o grupo alguno.

Se asume que los restantes meses del funesto gobierno de George W. Bush serán de una inmovilidad total sobre el tema cubano, salvo que sucedan acontecimientos de trascendencia en la Isla. Igualmente hay la sospecha —aunque los sectores más conservadores del exilio no se atrevan a admitirlo— que de una forma u otra, con mayor o menor alcance, el nuevo inquilino de la Casa Blanca, sea republicano o demócrata, tendrá al menos que flexibilizar en cierta medida las restricciones que impiden viajes familiares e intercambios artísticos, culturales y entre profesionales.

Bajo esos supuestos, no tiene sentido esforzarse en la aprobación de medidas que el actual mandatario va a vetar, sino en las campañas políticas que lleven a un cambio en la composición del poder ejecutivo y legislativo, que posibiliten los cambios.


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