Actualizado: 13/12/2019 11:14
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Campañas, Dictadura, Represión

Maleconazo y disidencia vitiérica

No se trata de que para oponerse a la dictadura haya que tocar a degüello. Se trata de que ninguno de los tantos cuadernos disidentes da resultado alguno porque la gente no responde

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Llegó el XX Aniversario del “único tumulto que se ha creado” (Fidel Castro, Biografía a dos voces, Debate, 2006, página 303) y no se rememora un pasaje que parece dar algo así como una lección de la historia: el grito de ataja que profirió Cynthio Vitier en el Centro de Estudios Martianos, al largar su conferencia Martí en la hora actual el mismo día, viernes 9 de septiembre de 1994, en que Ricardo Alarcón y el subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, Michael Skol, firmaban en Nueva York el comunicado conjunto Cuba-USA sobre migración para resolver la crisis de los balseros.

Vitier gritó que si los cubanos leyeran bien a Martí no habría ni más crisis ni más balseros. Y a tal efecto propuso compilar “verdades esenciales que —según el propio Martí— caben en el ala de un colibrí” y —según el propio Vitier— podían darse a los cubanos en unos cuadernos para evitarles el trabajo de buscarlas por entre las obras completas de Martí regadas por toda la Isla.

Desde luego que los cuadernos martianos —preparados por Vitier y su fina esposa— no sirvieron para nada. Los cubanos siguieron yéndose a EEUU como podían y Vitier falleció sin haber completado su propia alfabetización martiana con aquello de que la persona redentora es “una idea de otro mundo y edades” (Patria [Nueva York], 1 de abril de 1893).

Vitierismo opositor

Sin embargo, el ademán de Vitier de resolver problemas con cuadernos parece haber arraigado en la bandería contraria. Los líderes de la oposición (pacífica o cívica), disidencia, resistencia o como se llame, que no capitalizaron “el único tumulto” ni mucho menos al electorado antigubernamental[1], se creen o fingen que se puede hacer política eficaz al margen de la gente y, en vez de provocar los problemas de legitimación en las urnas, proceden con cuadernos.

No importa que sean panfletos sujetos a firma o discusión, memorias flash o CDs, twitters o blogs, documentales o videos, periódicos impresos o digitales, programas de radio o lo que sea. La clave es la misma de Vitier con sus cuadernos martianos: impartir una lección ilustradora que animaría a la acción ciudadana. Y sobre tal o cual lección ilustradora de la oposición se arman campañas y más campañas, que siempre terminan sin atraer jamás a tantos ciudadanos como para hacer política.

No se trata de que para oponerse a la dictadura haya que tocar a degüello. Se trata de que ninguno de los tantos cuadernos disidentes da resultado alguno porque la gente no responde, ergo: las plataformas de oposición no dan por ningún lado con el apoyo popular. Como advirtió en 2009 el jefe de la SINA Jonathan Farrar sobre los líderes opositores: “Pese a sus afirmaciones de que representan a ‘miles de cubanos’, vemos muy pocas pruebas de tal respaldo.” Y entonces no puede menos que abrigarse la sospecha psico-sociológica o socio-psicológica de que realmente no hacen política, sino bullshit.

La redención vitiérica

Quizás otra lección histórica estriba en que el castrismo traspasa sus problemas a EEUU. Así como el tanganazo en la embajada del Perú vino a parar en la segunda invasión demográfica desatada por Castro contra Estados Unidos [la primera fue por mar y aire: Camarioca - Vuelos de la Libertad], el Maleconazo propició la tercera invasión demográfica por jugada política de manigua: el 8 de agosto de 1994, Castro autorizó a emigrar con “medios propios”.

Tras desbancar a la CIA con agentes, Castro recurrió a la gente como su clave política contra EEUU. De casi dos millones de cubanos avecindados al norte, la mayoría abrumadora entra en sinergia con la industria procastrista de viajes y llamadas, paquetes y remesas, para sobrepujar a quienes todavía componen sueños políticos con flujos de información sin atenerse a flujos de personas.

Desde luego que siempre queda el consuelo de hacer lo que se puede. Cualquier bullshit pasa entonces por oposición política, sobre todo en la creencia de que el paso del tiempo milita también en la oposición. Solo que el justo tiempo humano para hacer política opositora en Cuba se estira ya a la extensión cuasi-religiosa y la transición valdría tanto como aquel vitierazo de que Martí es “la imagen capaz de engendrar hechos redentores de la historia”. Sustitúyase a Martí por democracia y libertad para propagar bullshit de la práctica a la teoría política.



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