Actualizado: 12/08/2022 22:46
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Manual sobre la ceguera

La Feria del Libro de La Habana y la posición de los comunistas españoles.

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Simpatizantes censurados

Ciegos a tales evidencias, estos turistas revolucionarios también parecen desapercibir ese claro indicio del absoluto control sobre la información, ejercido por La Habana, que constituye el hecho de que ninguno de los dos libros sobre Cuba, publicados por ellos en España el pasado año — Mañana, Cuba, de Andrés Sorel, y Cuba 2005, que reúne trabajos de Carlos Fernández Liria, Santiago Alba Rico, Carlo Frabetti, John Brown y Belén Gopegui, con prólogo de Alfonso Sastre—, se haya presentado en la Isla durante la feria. ¿Será que no los han publicado por falta de papel?

Es obvio que la razón está en que, a pesar de que sus autores apoyan decididamente al régimen castrista, ambos volúmenes contienen ciertos señalamientos críticos que el stablishment no puede asimilar fácilmente. Basta con leer, por ejemplo, las entrevistas de Santiago Alba a Abel Prieto e Iroel Sánchez, reproducidas en Cuba 2005, para comprender por qué par de libros repletos de argumentos en favor de La Habana no han sido puestos al alcance de los lectores cubanos.

Con audacia que ningún periodista cubano podría permitirse, Alba confronta al ministro de Cultura con la escandalosa aplicación de la pena de muerte en 2003. Insinúa que en Cuba no hay un "modelo vivo", sino más bien uno "virtual" de "democracia participativa" y, reconociendo el estado de excepción a que obligaría a la Isla el hecho de estar bloqueada, pregunta si hay tanta libertad como podría permitirse un país en esa situación.

Sin llegar nunca a captar, o soslayando siempre la lógica con que Alba defiende al régimen castrista, Prieto apela una y otra vez a esos "principios abstractos" que Alba suspende para introducir en la argumentación datos concretos. Se diría que allí donde el español da un salto fuera de la ideología burguesa —basada, según los marxistas, en la abstracción humanista y la falsa universalidad—, el cubano se mueve dentro de ella como en casa.

Otro tanto ocurre en la entrevista con Iroel Sánchez. Es muy ostensible el desencuentro entre ambas líneas de argumentaciones, cuando el presidente del Instituto Cubano del Libro se niega a admitir la contradicción, señalada por el filósofo español, "de que por parte del gobierno cubano se insiste en que Cuba vive 'un estado de guerra permanente' —lo que justificaría, por ejemplo, las condenas a muerte de abril del año pasado"— y al mismo tiempo se insiste también en que la vida cultural y literaria de la Isla es completamente "normal", en el sentido de completamente "libre".

Al afirmar que no sabe si la distinción entre "el apoyo incondicional a Cuba" y la "aprobación condicionada" de las sucesivas medidas de su gobierno, que lo hacen a él sentirse "al mismo tiempo, muy revolucionario y muy crítico", ha podido hacerse dentro de la Isla por los intelectuales cubanos, Alba insinúa que el gobierno revolucionario ha reprimido la crítica en favor de la militancia.